dijous, 30 d’abril del 2015

Y15W18: Houellebecq: Sumisión

Pequeña polémica la organizada en tanto a la propuesta coral que tenemos sobre la mesa. Sabéis, la de rendir un pequeño homenaje, ahora que aún está vivo, al gordo Casciari. Curioso que yo me incline, en un ejercicio no exento de vagancia, por que el evento no tenga ningún tipo de orden, y curioso que haya quien me presione para lo contrario. Es decir, para que ejerza alguna especie de regulación. La cosa me choca: creía que este era el lugar idóneo para que la gente (con la consabida limitación de la libertad de los demás y blablabla) actuara con total libertad, pero me veo sorprendido por cierta tendencia a la sumisión.

Sumisión

Comprenderéis que, para mí y para un blog como este, la publicación de una novela de Michel Houellebecq constituya un acontecimiento de primer orden, jerga completamente estereotipada pero que describe de forma sublime la sensación. Más todavía, si, como es el caso, la novela irrumpe de forma estrepitosa en la vida de la adormecida sociedad occidental que Houellebecq siempre ha disfrutado tanto perturbando, desde su primera novela, y que con Sumisión sacude con fervor. Quede claro que en mi reseña de anteayer en UnLibroAlDía ya abordé con sumo placer muchas de las cuestiones que la novela plantea, pero que, visto como sus efectos perduran, he entrado en una pequeña espiral de interés por comprobar cuán dispares son las opiniones que suscita, incluso me he planteado volver a leerla, pero leer dos veces una novela en el curso de cinco días es una exageración y, posiblemente, una distorsión del sentido común. Así que, tanto remarcando mis sensaciones ya publicadas, como apoyándome en algunas opiniones posteriores, creo que estas líneas pueden aportar algo. De hecho, me gustaría haberme extendido como hacen muchos, pero llega un punto en el que uno pierde el mundo de vista.

Parece que mostrar entusiasmo por esta novela signifique alinearse con muchas cosas éticamente reprobables. Parece que considerarla una excelente lectura, absolutamente necesaria para empezar a comprender el panorama de gran parte de la civilización occidental (aquella que tiene cuna milenaria en la vieja Europa) represente alinearse con corrientes ideológicas cercanas a xenofobia, intolerancia, sabéis, esas cosas tan propias de gente reaccionaria y conservadora, ergo, tan inesperadas aquí. La cuestión es que el planteamiento de Houellebecq en Sumisión no es provocar la ira de los islamistas (cosa que ya hizo en otras novelas, como la excelsa Plataforma), sino mostrar su asco por los partidos políticos que han gobernado su país en las últimas décadas, poniéndolos en la picota y haciendo muy creíble la premisa de que, con tal de mantener alguna cuota de poder, entregarán a sus votantes a quien haga falta. Simplemente esa primera sensación ya es completamente universal, ya convierte a la novela en un lienzo sobre el que cada lector puede encontrar un reflejo de su mundo particular. Pero la soledad de Francois, una soledad que atraviesa fases y circunstancias críticas, casi grotescas, es Houellebecq en estado puro. François es uno de sus personajes, pero, curiosamente, cuando Houellebecq ha mostrado (aunque en su rueda de prensa de esta semana para presentar el libro en Barcelona lo hemos visto más adecentado) un aspecto más desaliñado y decadente, François parece ser un hombre algo más joven, más atractivo para las mujeres, y con ese indudable halo de atractivo que para ciertos círculos representa un cierto nivel de intelectualidad. A pesar de lo cual, parece incapaz de manifestar sentimientos diferentes de la contrariedad o la resignación. Dispuesto a adaptarse a su entorno, su decisión final  parece caer por sí sola.

Ya veo más difícil defender Sumisión desde el punto de vista de la posibilidad total de que sus premisas se cumplan. Uno de los argumentos más usados contra Houellebecq (en esa guisa no buscada de adivino de acontecimientos futuros) ha sido que no contempla una reacción del colectivo femenino. En Sumisión no hay mujeres negándose a abandonar sus puestos de trabajo ni rebeldes que rechazan el uso del velo, ni tan siquiera mujeres que se suban al estrado a plantar cara en serio a Mohammed Ben Abbes, Houellebecq, por este mero hecho, es tildado de misógino. Por sus descriptivas escenas sexuales, más de un crítico puntilloso le ha acusado de limitar la función del género femenino, no solo aquí sino en toda su obra. No sé pronunciarme al respecto. No creo que en la mentalidad de Houellebecq esté construir una novela, como si de una obra policíaca se tratara, donde todo encaje y todo sea coherente y todo sea posible. Creo que, como entregado conocedor de la filosofía, el francés simplemente busca un buen camino por el que hace que se crucen sus fantasmas particulares. En su imperfección, en dejar flecos colgando que acaban haciendo las veces de poderosas opciones para revertir un proceso imparable, Sumisión es la novela que marcará, al menos mientras los ecos de lo de Charlie Hebdo y el espectáculo semanal de ISIS perdure, la primera mitad del año. Otros pueden decir otras cosas: yo no dejo de pensar en esta novela desde el momento que cayó en mis manos.

diumenge, 26 d’abril del 2015

Y15W17: Gordo

Encontrar la primera frase, decía Kapuscinski, era capital. Decía, esa tirará de todo el resto del texto. Vaya con los polacos. Jan Potocki va a ser mi siguiente polaco, por cierto. Pero vayamos a lo que decía Kapuscinski. Sí: la primera frase es importante, da acceso al primer párrafo y, claro, una mala elección (como puede darse con el título, con la imagen de la portada, con la editorial a la que se envían los borradores) dará al traste con mucho de lo que vaya detrás. Y en literatura, o en los blogs, en lo que queráis decir que es esto que estáis leyendo, eso representa que el lector no siga, que no abra más puertas porque no le ha gustado lo que había tras la primera, significa trabajo y tiempo desperdiciado. Porque la ilusión y el ego y el darse patadas en el pecho diciendo ante el espejo qué cojonudo soy no tienen más repercusión, pero el tiempo, dicen, es un tesoro.
Todo ello viene al caso de que, en una incomprensible pero loable cesión a la voluntad popular, he aceptado las sugerencias y (evitando la pretenciosa expresión he decidido) voy a hacerme cargo de sacar adelante algo a lo que le hemos puesto el working title de Los buenos, que en un principio, porque ya sabemos aquí que empezamos hablando de una cosa y nos vamos a demasiadas otras, será una especie de pieza coral (odio la palabra pieza coral, pero quizás no tanto si tiendo a pensar en ciertas películas de Robert Altman, sobre todo las inspiradas en piezas de Raymond Carver) a la que todos contribuiremos de forma rendida y desinteresada, y cuyo leitmotiv (aviso: acaban aquí los cultismos en cursiva) será, porque ese es un lugar común, el asunto de Orsai y, claro, el gordo Casciari. Habrá quien piense que a buenas horas, habrá quien diga que cada uno tomó su camino, habrá opiniones diversas y todas respetables, pero, golpe en la mesa, suave que hay gente durmiendo, dejadme que me imponga un poco, ya sabéis, cederé, seguro.
Y la frase; terrible que sea mi elección por lo que representa en pretensiones, en falta de vergüenza, en pésima catadura moral cuando no soy capaz de desbrozar ni cinco mitos de las grandes obras clásicas, pero me hace ilusión, no ilusión bárbara, más bien una ilusión modesta y adormilada.
La primera frase de Los buenos será esta:

"Hoy voy a ser metaliterario"

Libros: un muy digno contendiente a novela enseña de la literatura colombiana del narcocrimen: Rosario Tijeras, de Jorge Franco. Sorprendido por la convicción del narrador, y por esa habilidad de ciertos autores en ir deslizando piezas de la sociedad que retratan, sin esfuerzo, sin pretextos.
Pobrísimo bagaje del que habría que culpar a los resfriados que cursan con congestión. Pero la súbita y precipitada publicación de Sumisión de Houellebecq parece ir a salvar algún mueble.
Y La ira es energía, autobiografía de John Lydon en 600 páginas: otra de esas cosas por las que te frotas las manos cuando miras los estantes.




diumenge, 19 d’abril del 2015

Y15W16: Galeano

Las luces son crepusculares y la primavera empieza a apoderarse de las ramas por doquier. Yo me travisto de cursi y empiezo con las loas y los panegíricos y a todos se nos pone el corazón en un puño y nos tanteamos los bolsillos de las chaquetas de entretiempo, a la búsqueda del socorrido pañuelo que, indefectiblemente, no está.
Porque Galeano ha muerto y Galeano representa un hito en este blog, en este nada modesto rincón de la virtualidad el ataque y defensa de Galeano representó un antes y después con cotas aún inalcanzadas, y me pasmo de ver que sí, que Horacio tiene razón y fueron 70 comentarios, ay, señores, qué mal van estas cosas para las curas de humildad, escribo para un blog literario de prestigio, nos leen 7000 cada día, somos fijos en el top 10 de influencia, y resulta que esta sola entrada de un blog personal acumula más comentarios que la que más del otro, que son unos 70 e inflamados de chiflados ultracatólicos ensimismados en el engendro del Caballo de Troya. Olvidaos de que aquí habláramos de pamplonas y de otras cosas, olvidaos que la gran polémica la suscitara, granada bajo la mesa, el odio visceral de Quién Pereira, a la sazón compatriota del finado e, igual, no creo, pero a veces la consciencia oprime, primero en postrarse a llorarlo. Olvidaos de que las defensas estaban arremolinadas en torno a Horacio, presidente de la república del comentario desbocado. Iguala eso, quién sea, iguálalo, 70 comentarios. Con sus desvaríos, con sus comprensibles intercambios de argumentos pringados de subjetividad, de personalidad de quien comenta.
Galeano es un icono aquí porque allí estuvimos muchos y estuvimos mucho rato, y más de uno rebeló aspectos de su personalidad de los cuales sospechábamos con fundamento pero ahí esos fundamentos pasaron a cimientos y sobre esos cimientos edificamos esos palacios de verano a los que, gustosos, volveríamos, si todo fuera igual, si el momento pudiese meterse en la nevera para que tarde en congelarse, como una botella de buen limoncello.
Germán dijo:

Respecto a lo que dice Talita sobre la gente que adora a Maradona, a mi me pasa lo mismo con los que usan camisetas del Che, los incondicionales de última hora de la gente que se muere (Soriano, Fontanarrosa, Spinetta, Pappo, Luca Prodan, etc) y me pasa lo mismo con los seguidores de Orsai que hablan del "olor de la revista". No hay nada tan insoportable como la gente que es incondicional a cualquier cosa que no sea a uno mismo


Cómo se echa de menos por aquí ese pertinaz cabreo mezclado con sentido del humor tan propio de Germán. Veo a los que intervinieron en esa pieza única, lo veo algo precipitadamente, he de reconocer, pues me mueve esa angustia propia de los domingos por la tarde, ese querer hacerlo todo antes de que anochezca y entremos en otra espiral de cinco días sacrificados al absurdo juego de la subsistencia, veo a Talita y veo a Karina Ocampo y creo que en ese diálogo multicontinental y multicultural pero monotemático está la esencia de la civilización moderna y seguramente el misterio de por qué no va a haber puñetazos entre nosotros, porque somos capaces de discutir hasta la extenuación y de sacar (al menos yo) conclusiones desproporcionadas por cómo un tipo acaricia la cabeza de su perro mientras lee, de elevarlas a aspectos capitales de la personalidad, y luego relativizarlas porque sí, quizás era el tipo que hizo el montaje del vídeo de marras, a lo mejor fue el tipo que se le había encaprichado un hijo de tener una mascota y prefería eso, prefería la imagen del perro a los pies del sofá que no al perro destrozando a dentelladas cualquier par de zapatos de precio prohibitivo.

No lo sé: Talita mencionó en FB momentos como ese, y yo, que soy de los que abogo siempre por mirar al frente y no vivir a expensas de la nostalgia, que es una carretera de un solo sentido, pensé un poco lo mismo, y pensé, quizás, tal vez, quién sabe, who knows, quizás algún día dés otra vez con la tecla, no desesperes, sigue probando, sube otra vez a rematar el gol que fallaste, sigue leyendo y sigue escribiendo y sigue enviando botellas al mar, porque los barquitos chiquititos (avisé de lo de cursi) que surcan estas aguas, puede que las tomen, las abran, y piensen, mira, sí, hoy, mira, sí, vamos otra vez a empezar.

diumenge, 12 d’abril del 2015

Y15W15: Mea culpa

Todo viene por estas modas por las que me dejo llevar. En serio, no es por escudarme bajo pretextos estrambóticos. Dije que escribiría cada semana para poder cumplirlo y, de hecho, lo estoy haciendo. Lo que no puedo evitar es no disponer de la ingente cantidad de temáticas de tiempos pretéritos (estoy prácticamente en fase letárgica en lo concerniente a cultura visual) y que el ritmo semanal da más a la dispersión y menos a la insistencia en temas determinados. Aparte de esa nauseabunda costumbre que mi falta de tiempo me ha hecho adquirir. Prefiero escribir un post nuevo a enzarzarme en comentarios sobre los ya escritos. Pero esto es un error. Es una estrategia de ensimismamiento y unilateralidad que no puedo permitirme. No son pocos los que me lo están recriminando, pero en algún momento mi reflexión había de llevarme a decidirme en algún sentido.
Este momento se ha dado en algún minuto del día de ayer. 
Concretamente en el intermedio de un partido que el Barça debería haber ganado. Claro, qué momento se da más a la reflexión que esos interminables quince minutos entre las dos partes de estimulantes partidos donde todo parece ir a salir bien. 

Lecturas: decepcionado por la lectura de Esto es agua (que no refleja el talento de DFW, que es un remedo, que es un espejismo o un aparato mercantilista o una mezcla mal combinada de todo ello), debo reconocer que la necesidad de una revisión semanal de mis lecturas me lleva a una curiosa conclusión: olvido algunas de ellas, como olvidaba a veces la película que había visto justo hace dos días, cosa que es muy cruel y muy reveladora y, en el fondo, alarmante síntoma de algo perverso: lo de leer con el piloto automático, sin el estímulo adecuado. No es preocupante: lo achaco a mi férrea disciplina y a la jugosa recompensa que suele esperarme tras una lectura: la posibilidad de solazarme hablando de ella. En todo caso, avisar que me he zampado bastantes novedades últimamente, si novedad puede llamarse a un compendio de artículos de prensa sobre los bombardeos que se intercambiaron la RAF y la Luftwaffe allá por los años 40 (cosa que ha complementado mi relativa decepción por cierto tomo de Sebald), cortesía de los amigos de Libros del Asteroide. Que le ha acompañado, cortesía de Malpaso, un libro extrañísimo, un ensayo sobre máquinas Arcade que escribió (y se arrepintió de hacerlo) Martin Amis, y que me ha dejado un agridulce pero agradable (perdón por la ligera pero elegante aliteración) sabor de boca un corto relato de supervivencia urbana en condiciones extremas, cortesía de Automática Editorial. Que ando de cortesía en cortesía, y que creo que es bueno que no sea demasiado expansivo en esto. Las envidias son muy malas. En todo caso, que, como ya empiezo a autodenominarme crítico y ya empiezo a tener una cierta corte de aduladores, seguramente volátiles, caprichosos, infieles por definición y prestos a darme con la zapatilla al primer desliz, mi opinión más reglada ya la leeréis por ahí, pero aquí puedo eso, compartir sensaciones en modo pre y en modo post, y apuntar que, a pesar de que ese escritor que marque una época y sea proclamado el escritor de la post-crisis, la voz de la generación de la desazón, y tantas y tantas cosas que lastran y aplastan cualquier carrera, a pesar de que ese tipo se resiste a nacer o a revelarse o a hacerse notar, pues cada semana encuentra uno alguna cosilla que echarse al gaznate y sobrevivir a este nefasto mundo de telebasura y decapitaciones semanales, ese mundo que aunque, repito, es nefasto y cruel y nauseabundo, muchos seguimos bastante reticentes a abandonar a su suerte.





diumenge, 5 d’abril del 2015

Y15W14-2: Reacción

La secuencia de hechos refiere, en concreto, al vuelo de Germanwings: 


1. La compañía contrata a cualquiera sin tener demasiado en cuenta sus antecedentes.

2. El copiloto decide suicidarse arrastrando a otros 150 que no compartían dicha decisión, o, en todo caso a los que el copiloto prescindió de consultar.
3.Los tweets de ciertos individuos empiezan a relativizar las muertes de los accidentados, aludiendo a entrañables y cariñosas condiciones que pueden resumirse en breves frases:

Los catalanes debemos morir porque no queremos aceptar el estado español como propio.
Los catalanes no podemos ser considerados personas.
Los catalanes, sea cual sea la ideología, no merecen que su muerte sea lamentada en modo alguno.

Etc. Un largo y variado etc., por cierto.

4. Se pone en marcha un mecanismo de denuncia de estos tweets por la consabida retahíla de motivos tendentes al victimismo: incitación al odio, esas cosas.
5. El estado español reacciona deteniendo al autor de uno de los Tweets. No menciono su nombre ni el contenido del Tweet. Coincideréis conmigo en que la indiferencia ante estos tipos es lo más aconsejable.

Con lo cual estoy en total desacuerdo. Bueno: por algo he cambiado una de las frases en mi perfil de Twitter, y ahora pone: siempre en contra del estado español.


Detener a un tipo por un Tweet es injusto. Es como detener a un tipo porque, ebrio, dice que va a matar a alguien. No es que Twitter sea una borrachera. Es que la expresión de una opinión puede que sea no solo inofensiva sino francamente saludable. Hablar es diferente que hacer. Y al tipo que detuvieron no le va a pasar nada malo. Vamos. Como mucho se expondrá a una miradita condescendiente del agente que lo detenga, o de algún mando de medio pelo de la comisaría, acompañada de un comentario estilo "tenemos que hacer esto" o "es que te has pasado, esto aunque muchos lo pensemos no se puede decir" y, cosa que me parece improbable, a ser reprendido por un juez que le imponga una sanción mínima que, en caso de ser económica, va a ser sobradamente recaudada por todos aquellos adalides que, con idéntica opinión a la suya, le consideren una víctima de una especie de perverso sistema de compensaciones. Saldrá como un mártir en vida, sino como un símbolo de los que, en aras de la defensa de unos valores putrefactos, se ha desorientado y ha pasado la raya.

Porque personas como el tipo éste las hay a miles, y me quedo corto. Usarán los términos con mayor contención, sugerirán lo que este mamarracho ha proclamado, dispondrán, para sus comentarios, del receptáculo de 20 followers o de los millones de seguidores de un programa de televisión en prime-time, lo harán con más sentido de la mesura o amparándose en el teórico anonimato, pero compartirán la línea editorial: la obcecación en la condición monolítica del estado español y la obsesiva negación de cualquier matiz, de cualquier grieta que pueda ponerla en duda. Por tanto: una represión inmisericorde de cualquier esbozo de movimiento en sentido contrario.
Yo no quiero que colgar un Tweet o expresar una opinión pueda acarrear a quien la expresa pasar ni un solo minuto entre barrotes, compartiendo techo con violadores o asesinos. No quiero que, llegado el caso, si yo, es una hipótesis, yo les dijera a los de la milicia somalí, por ejemplo, que dejen en paz a estudiantes universitarios que a nadie hacen daño, y que elijan sus víctimas, entre, no sé, cualquiera de los miembros del actual gabinete encabezado por Rajoy. No me gustaría que, si yo sugiriera que tal cosa me iba a alegrar sobremanera, me expusiera a que algún miembro uniformado de las fuerzas de seguridad viniera a llamar a mi puerta. Eso sí, si vienen a horas decentes, que insistan. No solemos abrir la puerta a extraños.


dijous, 2 d’abril del 2015

Y15W14: Lenguaje

Verbalizar los pensamientos: no sé si acabamos de darnos cuenta de cómo lo hacemos desde que empezamos a incorporar el lenguaje a nuestro día a día. En ese diálogo interior seguro que no dudamos ni balbuceamos, seguro que no hacemos borrones ni cometemos faltas de ortografía, seguro que desplegamos nuestro monólogo interior con toda nuestra capacidad de seguridad y contundencia, quizás hasta lo despojemos de cualquier conato de convicción pues no hay a quien persuadir. Puede que los que de vez en cuando escribimos tengamos algún leve trazo distintivo: muchas veces nuestro monólogo interior muta, en algún momento, en una especie de borrador efimero y atropellado que, en algún momento, con suerte, con tiempo, con memoria, con orden, acabe en forma de palabras, de tinta real o virtual, negro sobre blanco como puntualizan con firmeza aquellos con cierta tendencia a la pedantería.
Puede entonces que cierta brillantez literaria responda a esos parámetros, obedezca a cierta capacidad de traspasar fluidez de pensamiento a fluidez escrita sin pérdida de contenido, sin edición ni ápice de erosión más que el lógico reordenamiento de aquello que sale atropellado y hay que dotar de una coherencia. Seguramente algunos de nuestros escritores favoritos hayan usado ese recurso: apuesto por aquellos acusados con más frecuencia de mostrarse incontinentes. Pero no hay que descartar que aquellos más espartanos, aquellos de prosa más concisa, sean lo que puede parecernos, usando un símil que casi me repele conforme lo escribo, escultores que sacan la escultura del pensamiento que hay dentro del bloque monolítico de la verborrea, o de la palabrería.
Da la casualidad que todas esas opciones cuentan con su público, y que esas opciones y esos públicos no son excluyentes entre sí. Tan capaces somos de reconocer buena literatura tras una como tras la otra. Puede que haya días que nos mostremos más proclives a las florituras, a recrearnos en dar vuelta a un concepto y otros, mundo moderno y prisas que apremian, necesitemos ser asaeteados a frases certeras, cortas, directas, a contenidos sin relleno, todo sentimiento, cero superficie.

dissabte, 28 de març del 2015

Y15W13: Suicidio

Tenía que ser justo la semana 13, claro. Para los que creen en supersticiones, claro. Entre los que no me incluyo, por supuesto.
Porque aunque los accidentes aéreos ya vienen suscitando gran interés desde siempre, los que ocurren, por los guiños del azar, cerca de nuestros lugares de existencia, acaparan y son acaparados por los medios de comunicación. Añádase aquello del mundo global, sabéis. Y cada accidente tiene sus peculiaridades y cada uno tiene aquello que lo hace único. Porque todo es único en este nuestro universo: las personas, los ríos en que uno no se baña dos veces, las catástrofes aéreas. Ah: ya le he cambiado el nombre y ya no es un accidente. Me gusta cómo apreciáis los matices. Daremos una vuelta más de tuerca, cosa que a los aficionados a la terminología legal parece excitar bastante. Homicidio. Asesinato. Suicidio combinado con ambas cosas. Yo no quería, pensaba que dándome contra la montaña, así de morro, solamente yo tenía garantizado mi traspaso. Oh. Los demás. Qué importan los demás. Qué más dan las circunstancias por las que van en ese avión que yo conduzco. No. Que yo piloto. Uy. Piloto. Yo y los de la F1 somos pilotos. Lo de conductor queda para los taxistas y los camioneros, y lo gente de aquí, Yo soy un piloto y conduzco una máquina que vale un dineral y los demás confían sus vidas a que yo haga bien mi trabajo. No será cuestión de irlos a decepcionar. Miremos el paisaje.

Curioso: Lufthansa publica notas con diferentes textos en función de los idiomas y el medio en que aparecen. Para los medios nacionales el agradecimiento en español es a "Francia, España, Alemania y muchos otros países del mundo". Traduzco el texto empleado en la nota de condolencias publicada en medios en catalán: "Francia, Alemania, Catalunya y el resto de España, así como numerosos otros países". El mercantilismo obliga al equilibrismo y el equilibrismo, pueda o no ser apreciado, siempre tiene algo de patético. O no es un tipo haciendo aspavientos con tal de no precipitarse al vacío una estampa patética. Por eso hay tantos estetas que mueren jóvenes. Antes dignidad que salvar la vida a costa de resultar grotesco.
Las notas de condolencia, todas ellas a página entera dentro de las 10 primeras páginas, como para distinguirse de las necrológicas, y para despersonalizar las 150 tragedias: un artefacto como cualquier otro para recuperar valor en bolsa y evitar que el pánico se propague entre los usuarios.


Lecturas (algunas de ellas con cierto atraso): en medio de una previsible y futura obsesión por Caldwell ("tapado" del southern gothic), comentar la relativa decepción que me causó el ensayo de W.G. Sebald sobre los bombardeos aliados en la Alemania nazi: me esperaba que Sobre la historia natural de la destrucción fuera, como las valientes novelas de Heinrich Böll, un auténtico arañazo en la llaga, un incondicional mea culpa de la nación alemana (curioso, muy curioso decir esto justo esta semana) y una asunción más o menos contundente de que donde las dan, las toman. Pero percibo en Sebald una incómoda falta de aceptación. Empeñado en explicar las técnicas de bombardeo, y su plena planificación, veo a Sebald con demasiada cautela, con esa precaución del niño que ha hecho una gamberrada ante las visitas, ese que sabe que cuando éstas se vayan, y la puerta se cierre, le espera una buena. Sin ti no hay nosotros, reportaje periodístico de Suki Kim, escritora infiltrada como profesora de inglés ante la élite juvenil de Pyongyang, tercer texto sobre Corea del Norte en unos meses, valioso por lo que sugiere, por ese miedo subterráneo presente en los gestos más insignificantes. 


diumenge, 22 de març del 2015

Y15W12: Péndulo

Suele sucederme los días de Barça-Madrid. En que ando excesivamente pendiente del rato que falta para el partido, y suelo organizar una especie de liturgia (nada que ver con la superstición) consistente básicamente en encontrar cosas que hacer que me aparten de esa constante mirada al reloj. Nada  de gran enjundia (siento decepcionar a algunos: no he encontrado aún una lectura tan intensa e impostergable para eclipsar un evento así), pero sí algo que, más o menos pueda acaparar la atención para evitar la corrosión del ánimo inherente a cualquier espera prolongada. Claro: una cosa sería escribir uno de esos post donde hablamos un poco de todo. Cuarenta o cincuenta líneas donde lamentarme de la calma chicha del proceso de independencia, algún apunte sobre las elecciones de Andalucía, que podrían representar el primer toque de atención, las primeras cornetas de la fanfarria de la defección del partido tardofranquista que es el PP. Mencionar como un mango de una espumadera muestra la cara perpetuamente sonriente de un delfín cualquiera, evaluar los irónicos comentarios sobre la música electrónica, quejarme de las nubes que no dejan ver contemplar eclipses, aludir a Túnez, reírme de alguna patética fotografía en La Vanguardia con caras de policías pixeladas, pero sin pixelar el resquicio visible de la cara de una mujer que deja un burka.
Podría lamentarme del enorme atraso que llevo en la contestación de comentarios aquí, y en lo desesperante que es constatar que ese, justo ese deba ser el motivo de esa abulia de la que me quejo.
Y al final de todo zanjaría el tema con una pequeña relación, siempre generosa y excesiva, de las lecturas que me han ido acompañando a lo largo de la semana.
Pero no: como hay quien se ha empeñado, con mucha amabilidad, por atribuirme una condición icónica en mi peculiar faceta de crítico literario, he pensado que es un buen momento para destapar un poco el tarro de las esencias.
Leo mucho, aún, sí. No tanto como solía, lo cual me obliga a aplicar ciertos criterios selectivos que no dejan de ser curiosos. Pues se trata de que empiezo a evitar libros de los que sospecho que voy a acabar teniendo un pronunciamiento tibio. Eso suele saberse en menos de 50 o 60 páginas iniciales. Si veo que los tiros van por ahí, los libros de ese tipo pasan a esa enorme pila virtual de libros eternamente empezados cuyo final del camino suele ser su devolución a la biblioteca, pues son atropellados por libros que son manifiestamente mejores o escandalosamente peores, o su tránsito por los diversos estantes de mi casa, hasta el improbable momento en que haya olvidado su poco estimulante condición.
No voy a lamentarme de ese comportamiento pendular. La cuestión es que, en el enorme y poco poblado por el talento océano que es el aluvión de constantes ediciones y traducciones, uno tiende a buscar los extremos. Todo aquello que sale disparado por la fuerza centrífuga. De la ficción al ensayo. De la gran extensión al formato corto. 

(Haré un inciso: la amable gente de Penguin Random House Mondadori me hizo llegar un bonito libro de David Foster Wallace. Esto es agua es un discurso, parece que uno de los pocos que dio, que, alargado innecesariamente por el intercalado de enormes espacios en blanco (y destinando de forma hábil pero perversa hojas enteras a resaltar una sola frase) llega a alcanzar el formato de libro, a lo que ayuda una presentación que, no negaré, lo convierte en un objeto estéticamente impecable. Bien: ni el discurso es de lo mejor que hizo, ni creo que sea la manera. Reediten sus obras. Divúlguenlas, editen unas Obras Completas, discutan sobre sus traducciones, agrupen sus escritos según temáticas por aquí y por allá. Pero no den, por favor, esa sensación de aprovechamiento exhaustivo, a costa, incluso, de bajar el listón de aquello tan cacareado que es la relación calidad-precio.)

Así que, en la enorme órbita de oscilación que representan muchos polos opuestos, los que andamos, por iniciativa propia y por conciencia social absurdamente autoimpuesta, a la caza de textos atractivos, estamos condenados a caer, uno tras otro, en cientos de arquetipos. Ensayo debe ser largo y narrativa debería ser corta. Porque ensayo ha de ser profundo y detallado y narrativa ha de ser precisa y dinámica. Como si concisión en el primer caso y suntuosidad en el segundo fueran crímenes a perseguir. Otra: facilidad de lectura huele a best-séller y complicación, uso constante de recursos, intención de desorientar al lector, es sinónimo de autor retorcido, sufridor, auténtico al que el texto le sale disparado cual vómito en una intensa noche de excesos varios. Finales abiertos son un estímulo para el lector que va más allá y finales cerrados condenan a los libros a no ser leídos más de una vez, como si leyéramos muchos libros dos veces, cuando hay tantos que no son leídos ni una.
Todo ello puede que venga a cuento por lo que me ha encantado El camino del tabaco, extraña y triste novela de uno de esos escritores que, víctima de las modas que imponen a otros por encima de ellos, parece relegado a un injusto olvido. Erskine Caldwell publicó más de 30 novelas y forma parte de la generación de Faulkner y Steinbeck, de Mc Cullers y de O'Connor. Y El camino del tabaco me ha parecido ejemplar por su capacidad de generar, con una historia que parece grotesca, irreal, turbia y pesadillesca, un enorme interés por la situación de los Estados Unidos de esa época, los años 30, que tanto influye, aún, en nuestra actual visión del mundo. Este no es el sitio en el que yo empiezo a relatar detalles, pero puede que haga una excepción, en cuanto me haga con las dos siguientes novelas de Caldwell que he planificado leer (La parcela de Dios y Un lugar llamado Estherville), y empiece a pertrechar una de esas conclusiones que, dicen, acaban con una de esas tan efectivas frases lapidarias que son, dicen, marca de mi estilo.


diumenge, 15 de març del 2015

Y15W11: Oscuro

Ya me diréis cuando os hartáis de la serie "Cielos de Barcelona"
La horrible presión de 22 minutos para acabar un post: porque mi compromiso es ineludible e impostergable y, porque si dilapido el prestigio ahora, qué me va a quedar. Y porque estoy calentando dedos, o qué chuli queda eso de que, como lo de calentar antes de correr una maratón o salir a correr la banda en un partido, lo de escribir necesita un calentamiento, una inercia que seguir, un impulso irrefrenable que, coño, no lo dice la palabra, no puede ser frenado.
De momento, tiraremos de patilla. Intuyo que, como es lo primero que me consta que ha hecho últimamente, toda una remezcla de doce minutos a cargo de Nicolas Jaar no puede ser otra cosa que fascinante, apabullante, y digna tanto de los elogios más encendidos como de los clásicos silencios horacianos hacia la música electrónica. Que comprendo absolutamente, qué narices, uno tiene que cuidar de su propio rebaño, y aunque no suscribo ciertas opiniones que alineaban la eclosión de la música electrónica con el auge del capitalismo dentro de lo que es la dinámica cultural, sí que acepto que la más adocenada, la más industrializada (no en lo sonoro, en lo comercial), ergo, los Ghetta de turno, esos no merecen otra cosa que (metafóricamente hablando) el tiro de gracia. Lo de la patilla es haber oído una sola vez la pieza de marras, lo cual ya es suficiente para encontrar cambios de ritmo, matices, sutileza, parones, y algún que otro hallazgo que a lo mejor no es hallazgo. A lo mejor ya encontré ese sonido antes, pero no sé donde y ya lo he olvidado.


Cuidado: hacía semanas que la banda musical de mis idas y venidas estaba entregada a un equívoco neoclasicismo pertrechado por el encantador loco del piano llamado Chilly Gonzales. Me encantaba esa tonalidad oscura y azulada y parisina de sus cortas piezas, y aunque, en secreto, me temía que la gente que no conocía la influencia de Erik Satie en grupos como Japan atribuyera esta nueva manía mía a un envejecimiento y a un progresivo decantamiento hacia maneras más clásicas, reconozco que el disco ha funcionado lo suyo. Cosa de la que me enorgullezco. Jodido flequillo, bonito batín. Jodida transición la del minuto 2:15. O así. 




Lecturas: finiquitado La inmensa minoría, mis planes se ciernen sobre tres o cuatro cortos libros en los que tengo depositadas esperanzas de, al menos, encontrar diez o doce páginas de las que cambian la vida. Los autores son curiosamente europeos y finados: Dostoievski, Sebald, quizás Primo Levy. Ah: también cayeron, pero eso será tratado en otro (U)lado, una novela peruana y una novela argentina. Cueto y Soriano. Pero hay que esperar, vaya, hay que esperar siempre y para todo en este mundo. Pues hasta me sobraron dos minutos.

dimarts, 10 de març del 2015

Y15W10: Francotirador

No jodamos. Si ni siquiera usar el título de una de esas peliculillas tan de moda me aporta visitas, voy a llevarme un severo disgusto. El mundo entero obcecado en dar la espalda a mi talento. Cuántos andan perdiéndose y qué cosas se pierden. Tendrán muchas oportunidades más para redimirse. Los tickets para redención andan de oferta últimamente. Una oferta ilimitada, pues ando conformándome cada día con menos. Esta semana, con un mero comentario en FB del muy añorado en estos pagos Quién Pereira. Porque acompañó a la foto de un flamante bajo eléctrico un comentario donde me mencionó como introductor, a él y a su entorno, de una de esas geniales canciones de Scott Walker. Para qué voy a exigir más, si ese es mi objetivo primordial: alumbrar música fascinante para que la gente la incorpore a sus bandas sonoras vitales. Insistir sobre ello cuantas veces sea necesario. Incorporar toda clase de tretas para esa finalidad, sin descartar la coacción o la amenaza fisica. Puede que lo haga también con ciertos libros de ciertos autores y solía hacerlo cuando el tiempo me permitía embutirme serie tras serie de TV. Pero cualquier triunfo es apreciable en esta guerra sin cuartel que es el proselitismo cultural. Sin cuartel ni domicilio fijo: soy un francotirador apostado en un almacén de libros, en una planta con dominio de la curva.

Probemos con algunas de estas ahora. Todas, menos una, piezas que incorporé a mi historia musical personal, cuando, hacia el 2001, descubrí lo mucho que me fascinaba la mezcla del toque electrónico con las cuerdas llevadas al extremo. Qué tranquilo estaba hasta que alguien empezó a abusar de la etiqueta chill-out.






Lecturas: Un muy interesante experimento autobiográfico llamado Cuando llegue la revolución habra patines para todos  a cargo del escritor estadounidense de origen iraní y judío Saïd Sayrafiezadeh. Una novela sobre cómo la excesiva inmersión ideológica de las convicciones paternas no siempre es lo más aconsejable.
Y una futura inmersión en literatura argentina y erm, soviética, que procuraré detallar con más profundidad cuando haya tomado, erm, ciertas decisiones, digamos, descartes, más bien, porque uno se pierde, sabéis. En la pampa y en la estepa.

diumenge, 1 de març del 2015

Y15W09: Dios

Para los que éramos conscientes de nuestra existencia el 11 de septiembre de 2001 ver un avión surcando el cielo a baja altura nunca será lo mismo. No creo que seamos pocos los que interpretamos esos hechos como circunstancias clave en el devenir de la humanidad, no porque representaran un cambio sustancial de ninguna situación, sino porque nos alertaban de una cierta sensación de surpasso. Se nos había perdido el respeto a los de Occidente. Y como todas las cosas que uno se otorga inmerecidamente, ha sido imposible recuperarlo. Hasta entonces los talibanes gobernaban Afganistán y nos poníamos las manos en la cabeza durante una parte razonable de rato porque ejecutaran en estadios, pasearan en rancheras Toyota armados con AK-47 y maltrataran a mujeres de las cuales tardábamos unos minutos en olvidarnos. Pero las cuotas funcionaban, con nuestras ONG comandadas por barbudos progres que aquí nos molestarían bastante, pero que actuaban en defensa de intereses lejanos, lo cual nos reconfortaba a la par que nos mantenía ajenos y calentitos.
Pero las torres cayeron y la sensación a ido cuajando año tras año.Y esta semana la imagen ha sido la de dos milicianos de ISIS arremetiendo, mazas y sierras radiales en mano, contra dos estatuas de los asirios, de hace más de 25 siglos. Estatuas blancas, impolutas, solemnes, que estaban en el museo de Mosul. Dicen, reproducciones de originales que están a buen recaudo. Imposible discernir si es así, pero poderosa imagen que representa otra vuelta de tuerca más en el desafío. Porque, acostumbrados al show semanal de rehenes decapitados o quemados vivos, que, a costa de su frecuencia y su previsibilidad ha empezado a interesar sólo por las circunstancias puntuales (países de procedencia, situación familiar, motivos de su presencia en zonas tan calientes), los integristas han pasado a atacar otros de los iconos de nuestro mundo de esperanzas y oportunidades: la engañosa sensación de perpetuación de la especie que nos otorgan las obras de arte. Otra cuestión en la que la hipocresía de Occidente me deja patidifuso. Podemos destruir edificios para poner otros más grandes y modernos, podemos dejar que la gente tire libros a la basura y los ejércitos del reciclaje los conviertan en pasta de papel al día siguiente. Podemos dejar los cuadros de caballos a la luz de la luna en el contenedor de la basura cualquier noche en nuestro barrio. Pero nos escandalizamos si los nazis queman unos libros o si los talibanes se cargan unas estatuas. No soportamos el simbolismo de ese hecho. Las personas son sustituíbles: podríamos clonarlas y no lo hacemos. Pero el arte; con qué vamos a llenar los mensajes que enviamos al Universo sino es con nuestra aportación eterna. Para qué gastamos en restaurar y conservar. Todo porque, dicen, solamente el culto a Alá es admisible.
Justo esta semana, que, dicen, van a volver a hacer que los niños recen en la escuela.


Lecturas: pocas, pero muy bien. Las ganas, constatación de que Santiago Lorenzo es un rara avis suicida empeñado en que los académicos le tomen manía por imponer nuevas palabras y el público general se quede descolocado ante su curioso y meritorio anacronismo. No es que vaya a descubrir nada del otro mundo, pero al menos un escritor está menos pendiente de imitar a sus grandes ídolos foráneos que de crear un lenguaje (literario) con algo de originalidad.
Un holograma para el rey, de Dave Eggers. Muy adecuada para ajustar el tono de este, post, al mostrar una Arabia Saudí tímidamente abierta, en la cual la oficialidad y la realidad son placas tectónicas que solo se solapan y chocan si no se va con el debido cuidado, Eggers asciende un peldaño, mejor dicho, recupera algunas de las posiciones que le había negado al considerarlo un escritor excesivamente pendiente de no disgustar a nadie, cosa que va muy bien para vivir mucho tiempo, pero fatal para acceder a la eternidad. Cómo no me vais a entender.

diumenge, 22 de febrer del 2015

Y15W08: Grey

La primera palabra que revoloteaba mi cabeza como leit-motiv de la semana andaba siendo rutina. Ante la escasez de acontecimientos de relevancia, me disponía a someter al sufrido público a una anodina letanía de toda mi reiterativa vida semanal, con detalles de horarios, dedicación, empleo de ratos muertos, y explicaciones que no vinieran a cuento, pero que actuaran de contrapeso, solamente, aclaro, para que el desespero no cuajara hasta el punto de que se decidiera, en masa y gritando casi al unísono a nosotros qué narices nos importa la existencia del tipo éste.
Pero murió Steve Strange. Murió a mediados de semana con 55 años, edad que todo el mundo encuentra injusta, incómoda. no exactamente la flor de la vida, sabes, pero sí una edad en la que uno ya empieza a estar en una especie de poco confortable zona gris. Murió Steve Strange como podría haber muerto Boy George, y murió de un ataque al corazón sobre cuyas causas no voy a especular. Pues Steve Strange hace tantos años que no tenía ninguna aparición artísticamente relevante y ya se resignaba a ser conocido por un público muy nostálgico y restringido como el tipo con la cara pinturrajeada que cantaba en Visage, sabes, los de Fade to grey. Un bagaje pobre y raquítico, casi un auténtico monumento a la expresión one-hit-wonder, pero esa clase de artistas que, como algunos de los iconos más característicos de los ochenta, se sustentaba más en su condición de influyente que en sus meros logros artísticos. Que se redujeron a algún otro single de éxito, a la extraña elección de alguna de sus caras B como estrambótico complemento de sesiones electro, y a la fuerte implantación de su impactante imagen, a medias entre un clown de nuevo cuño, un artista de cabaret futurista, un intérprete de performances, un adalid de la androginia, y una suerte de crash-test-dummy de rebajas. La irrupción de Visage, inusual aventura en la que tomaron parte algunos músicos de los agresivos Ultravox! no hizo más que llevar al extremo, cual canto del cisne tocado por sintes. todo el planteamiento del más amanerado glam-rock, el aporte técnico de músicos como Eno o la primera oleada tecno-pop, con The Human League al frente. Strange eligió no ser una vieja gloria de primera fila. Seguramente los royalties de Visage le dieron más que suficiente para mantener en un estado digno su arsenal de trajes de chorreras doradas y hombreras imposibles y, visto su final, para qué más iba a necesitar. Podría haberse arrastrado en giras espaciadas por lustros, en mínimos conciertos en los que siempre concedería el mismo bis, en patéticos shows donde la gente cuchichearía de lo mucho que había envejecido o engordado, o lo mal que le salía ya el ajuste con el play-back.
Todo ello la semana en que todo el mundo hablaba de la inmunda peliculilla de las sombras de Grey y todo ello la semana en que, aún, tardo en verme reflejado en otra paleta de colores que ésta triste y nocturna que organicé un día, tras ser severamente abroncado por Selene por incorporar tonos flúor.

Todo ello la semana en que he descubierto que para que existan casas azules tienen que haber calles azules.
Todo ello la semana en que leo La pell freda de Sánchez Piñol (que, una vez más, me deja perplejo preguntándome qué ven muchos en ciertos libros y qué no ven muchos en algunos otros). La semana que termino engullendo las páginas de uno de esos pequeños futuros clásicos (Las ganas de Santiago Lorenzo). La semana en que, si vamos a seguir jugando con eso de las tonalidades grises, los grandes políticos de referencia en Catalunya parecen empeñados en demostrarme que no he de confiar en ellos para nada, nunca, en ninguna circunstancia.

dissabte, 14 de febrer del 2015

Y15W07: Corea, Sr. Juez

Cielos de Barcelona, vol III
Menos mal que los políticos de aquí (de los dos "aquí" con los que potencialmente puedo jugar) no se dedican a lo que los de otros países. Los políticos españoles y catalanes parecen programados por sus respectivos enemigos políticos y a la vez parecen programados para fastidiar a su enemigo colectivo que son sus potenciales votantes. Si una de las actitudes lógicas y naturales de cualquier trabajador es odiar a su jefe queda muy claro que los políticos consideran a la gente que podría votarles como sus jefes, habida cuenta del denuedo con el que se granjean un odio mutuo que no presagia nada bueno.
En España ese cadáver llamado PSOE (no me hagáis recordar a que corresponden sus cifras: la vejiga anda floja) se dedica a sus guerras internas que, seguro, se recrudecerán ante su más que previsible batacazo en las elecciones municipales, donde ya voy vaticinando que no va a obtener más de una o dos alcaldías de las áreas metropolitanas de grandes ciudades que habían sido su feudo.
Su alternativa por la izquierda sigue más pendiente de despejar dudas que de avanzar. Sus líderes han de lidiar con mil y una acusaciones en distintos grados de concreción, todas ellas agudizadas desde que el triunfo de sus equivalentes en Grecia se produjera y, también previsible, el estado griego se enzarce en una especie de lucha a varios bandos que, salvo colosal sorpresa, tiene perdida de antemano.
Y por la derecha el PP, corrupto y putrefacto hasta la médula, se limita a ver cómo sus rivales se debilitan.
Y en Catalunya nada está mucho mejor. Pero ya he escrito mucho para lo que merece esa chusma.

La lectura que marcó la anterior semana y parte de esta fue El huérfano de Adam Johnson, extensa y algo forzada novela dedicada a la cuestión norcoreana, lectura dura en muchos pasajes por cuanto a todo lo que sugiere en torno a la realidad de esa críptica sociedad. Curiosamente, más me reafirma en pensar que hay algo muy oscuro en ese país el leer el mundo de Yupi descrito en el panfleto de Cao de Benós que la lúgubre letanía descrita por Johnson, que a ratos parece obsesionado en incluir a cualquier precio una descripción de todos los posibles métodos de maltrato, represión y coacción a una sociedad por parte de sus gobernantes. Donde Cao de Benós parece el clásico vividor que ataca para defenderse (de lo reprobable que es ganarse la vida a través de sus exclusivas y sus acuerdos comerciales), Johnson debería moderar no su prosa sino su obsesión. Hasta hubiera quedado mejor si hubiera convertido El huérfano en una especie de trilogía multigeneracional. Porque estamos en una sociedad muy hipócrita y muy enfrentada donde es fácil meter en el mismo saco a Stalin, Cuba, Corea del Norte, Chávez, Irán y Pol Pot, donde la Ley de Godwin impera a sus anchas. Yo me creo a Johnson: se me clavan en la mente esas torturas y esa crueldad y esa frialdad perpetradas desde un aparato maquiavélico y desquiciado.

Leyendo ahora mismo: Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre, novelón ganador del Goncourt en 2013, tremenda y fascinante historia gris muy oscuro.
Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie, que tiene más de 600 páginas pero unas críticas bastante unánimes.
Un holograma para el rey de Dave Eggers: tercer intento de comprobar si Eggers es un escritor como el Spórting de Gijón de hace unos años. O sea, intentando acceder a primera división constantemente pero sin capacidad para consolidarse.

divendres, 6 de febrer del 2015

Y15W06 : Tongoy

Vayamos al grano. Si habré insistido veces sobre la condición narcisista e inmodesta que acarrea presentar un blog bajo las señas auténticas no os iréis a sorprender de que el acto inaugural de esta suerte de fase de renacimiento se sostenga firmemente sobre cuestiones personales más de lo que solía sostenerse.
Porque, además, no es que la cuestión pública haya hecho méritos esta semana para eclipsar lo personal con la menor relevancia. O es relevante que un endeble líder de un supuesto partido opositor en caída libre haya posado solemne, firmando al lado de un individuo de la calaña de Rajoy una ley que viene a reincorporar la cadena perpetua al sistema judicial. Para proclamar que la derogará en cuanto acceda al poder. O es relevante contemplar que una situación meteorológicamente excepcional como que nieve en una gran parte de Catalunya acabe siendo, otra vez, un pretexto para mostrar lo precaria que es la unión forzada entre las formaciones políticas partidarias de la independencia. O quizás sea relevante hablar de otro de esos programas basura que acaparan la atención de mayorías tan sustanciales que me hacen acabar deprimido, angustiado y desesperado respecto ya no al futuro de la oferta cultural, sino a la posibilidad de la existencia de su demanda. Más relevante es, lo reconozco, la cuestión del piloto jordano quemado vivo por la turba del Estado Islámico. Aunque seguro que en sus enfermizas mentalidades cabía el pasar a una season 2, toda vez que el espectáculo de las decapitaciones de rehenes empezaba a ser repetitivo. Soy de los que opinan que no hay que hacerles caso. Hay que presentarse allí donde estén y acabar con ellos. No vamos a pasarnos la vida huyendo de una religión absurda para abrazar otra.

Pues no: mi semana está marcada porque me han dicho (me han repetido) que tiendo a imitar a Tongoy. Tongoy es otro blogger dedicado a la cuestión del comentario literario. Este es su blog. Otro devorador de páginas sin ningún sentido de la mesura. Un tipo que abre un libro, avanza en él, muy rara vez lo suelta para dejar correr lo de acabarlo y, en cuanto acaba (a veces compartiendo sus impresiones iniciales o un avance de éstas a través de redes sociales) corre a reflejar sus sensaciones en su blog. Sin recato ni pudor, ni demasiada contención suelta lo que le ha parecido la novela o el ensayo o la colección de relatos y ahí queda eso. Emplea un tono confidente, irreverente y poco académico, un lenguaje coloquial y, aunque ha leído lo suyo, no le duelen las prendas en sustentar sus opiniones, que suelen ser contundentes y tienden al extremismo, en argumentos que más de uno de esos obsesionados en el seguimiento de cierto método crítico calificaría como peregrinos, erráticos, caprichosos o hasta inconsistentes. Lo que quieran: leerle es un placer, y leerle rara vez disuade de seguir leyendo. Su contumacia le ha acarreado no pocas polémicas y desencuentros con figuras de distinto rango del mundo editorial. Cómo no. Como el del dicho, Tongoy no sabe cómo se triunfa pero sabe que queriendo gustar a todo el mundo seguro que se fracasa. Así que no me siento insultado porque se sugiera que lo que escribo recuerda a él. 
Pero señores: yo iba primero. Y por mucho que algunos de ellos me causen vergüenza ajena, algunos de mis escritos iniciales aquí contenían justo eso: mala gaita, socarronería, entusiasmo bien o mal encaminado, y ganas de convencer por las buenas o por las malas. No sé si tiene sentido reivindicar ya no haber sido primero (antes estuvo el personaje de Hornby en Cómo ser buenos), sino el ser uno de ellos. Pero cada uno segrega su propia bilis. Seguro que contiene ADN, y éste es el mío.

Ah. Y ya que se trata de aceptar ser hasta cierto punto inspirado por alguien, mencionaría a Rodrigo Fresán y su colaboración semanal en Página 12, que cierto amigo se ha encargado de recordarme puntualmente cada martes.

Lecturas en las que ando:
La gran marcha, en la que tomo contacto por primera vez con Doctorow, uno de esos (cientos de) autores norteamericanos adorados por la crítica. Me gusta, aunque no acabo de comulgar al cien por cien con una narración tan sujeta al clasicismo narrativo.
El huérfano,  de Adam Johnson, novelón por encima de las 600 páginas sobre la sociedad norcoreana (sobre las cloacas de la sociedad norcoreana) que, aparte de abrumarme por su algo excesiva duración, me tiene sometido a una especie de dilema. Creérmelo o no, y en qué porcentaje. Algo de Solzhenitsyin flota por ahí, algo de denuncia, algo de desmedida crueldad casi grotesca. Incómodo, lo cual no es malo.
La inmensa minoría, de Miguel Ängel Ortiz, novela barcelonesa cuya solapa menciona a Candel y a Casavella, lo cual es mucho mencionar, y cuyo avance algo tímido aún no acaba de decantarse con claridad. Puede ser Manolito Gafotas en la Zona Franca o puede ser Junot Diaz pasa unas semanitas en Europa.
En la Patagonia de Bruce Chatwin. Inferior a Los trazos de la canción por lo visto hasta ahora. Pero Chatwin es mucho Chatwn.
La ruta del tabaco de Erskine Caldwell. Solo he leído la contraportada, joder. Es un melón por abrir. 

dissabte, 31 de gener del 2015

SU CAMBIO, GRACIAS

Media hora para tomar una decisión. Media hora aderezada con diversos ingredientes que habrán pesado lo suyo. Media hora observando por la calle con el pretexto de unas compras. Viendo el movimiento de un barrio medio pero céntrico de una gran ciudad europea en medio de una mañana benévola de invierno. Arrastrando los prejuicios educativos anclados. Sorprendido por mujeres conduciendo motocicletas de alta cilindrada. Por hombres musculados, barbudos, enfundados en ropa de motorista macarra y que tienen gestos completamente afeminados. Viendo abuelos arrepentidos de haber dejado que fueran sus nietos quienes eligieran la montura de sus nuevas gafas, aquella lejana mañana en que se hicieron cargo de ellos. Comprobando como el repentino aluvión de librerías de segunda mano acaba reciclándose en almacenes de vaivén para novelas románticas cuyas lectoras puede que ya hayan olvidado que aquella que se llevan en una bolsa, todas contentas, la leyeron ya apenas hace unas semanas. Viendo como todas las tiendas que ahora venden cartuchos de tóner para impresoras eran las que hace unos meses vendían cigarrillos electrónicas. Especulando en qué venderán de aquí o unos meses, llegando a la conclusión de que pronto se unirán al ejército de tiendas de alimentación que se aprovechan de la confusa legislación para pasarse abiertas todos los días. Pensando en el cartel que leo cada cierto tiempo : "Mini-Supermarket". Pensando en Twitter y cómo se lleva algunos de mis mejores flashes. Sin vuelta atrás. Elucubrando sobre la diferencia entre reseñista, crítico y prescriptor. Pensando que si fuera prescriptor (cosa que me suena muy farmacéutica) me ganaría muchos enemigos a base de definir el público idóneo para cada libro. Que me llamarían misógino, caprichoso, gerontófobo, clasista, radical, errático, incoherente y muchas cosas más. Reseñista suena industrial, como a producción. Crítico es perfecto. Tú haces y yo juzgo lo que tú haces. El gusto de despacharse a gusto. Ja. Decisión tomada: menos leer y más escribir. Decisión tomada porque empiezo a leer alguna cosa que pienso que yo haría mejor. Qué leches es la modestia cuando le pones a un blog tu nombre. Deberes: facilitarle mi contraseña a Alex Azkona para que mis párrafos en bloque (como este va a acabar siendo) no descorazonen a la gente. Deberes: publicar un post cada semana, entre viernes y domingo, explicando qué tal han ido las cosas. En lo político, en lo cultural, en lo deportivo. Porque echo de menos aquello de generar cierta expectación y porque ya está bien de reservar ciertas cosas para ciertos sitios. Si algo me encanta lo repetiré o lo cambiaré para adaptarlo. Cada post llevará un número, el del año y el de la semana, y una o dos palabras que lo definan. Sin pasarse.
La semana que viene Y15W06. Las palabras ya las veremos.

dimarts, 27 de gener del 2015

GENTILICIOS


Joder con mi indecisión a la hora de escribir mis espaciadísimos posts. Lo que el sábado iba a ser una plácida descripción de la relativamente tensa espera de las elecciones griegas, el domingo por la mañana hubiera sido una casi exacta previsión de sus resultados, y por la tarde, una mera crónica con un leve toque de euforia (leve porque Grecia sigue estando muy lejos). Pero hoy martes es simplemente una plana y fría descripción de algo que no hay ningún término que defina mejor que la palabra decepción. Confiado como estaba, tanto por los avisos paternalistas previos (griegos: no votéis a Syriza que son el demonio colorao) y por las desconsideradas reacciones posteriores (capitaneadas por el insultante juego de palabras: desGrecia) de que la victoria encrespara los ánimos e hiciera, al fin, reaccionar de alguna forma a este amodorrado y aborregado estrato social que podríamos aglutinar bajo el término clases desfavorecidas, la fulgurante progresión y no menos fulgurante búsqueda de un socio contra-natura, que habrá impuesto sus condiciones, me hacen albergar muy pocas esperanzas acerca de que ese torbellino que iba a arrasar el conservadurismo y los recortes y las políticas de avaricia vaya a ser mucho más que un vaso de gaseosa agitado con una pajita. Vamos.
Claro: van a tener que gobernar y van a tener que poner en práctica algunos de los postulados que les han procurado esa amplia representación. Pronto para criticarles o pronto para plantarme como un Don Cenizo cualquiera a echarle el agua al vino de todo un continente. Pero mi poca esperanza ya no viene solo de que pacten con una fuerza de derechas. Mi esperanza se desmorona por la escasa determinación que he notado, por la falta de contundencia y la carencia de una chulería que hace mucha falta. Sí: la gente espera con avidez que los políticos de izquierdas se decidan a poner la carne en el asador en serio, y que lo hagan sin mirar de reojo las reacciones de los índices bursátiles. Expropiaciones, encarcelación de defraudadores, solicitud de responsabilidades a los responsables de la crisis que llegó para quedarse. No amabilidad, no buenas maneras, no darse la mano con quienes de buena gana te destruirían. Reformular la política realmente sería eso: negar el saludo a los que han hecho todo lo posible para no perder su poltrona.
Entonces quizás al lado de la tortilla francesa, el pastor alemán y la montaña rusa podamos hablar de la revolución griega.

divendres, 9 de gener del 2015

Charlie, oportunamente

Pues sí: el deterioro físico de Michel Houellebecq empieza a resultar bastante preocupante. Ya no es solo que su edad empiece a marcar sus rasgos y que sus (posibles) vicios hagan mella en él. Es que el brillo malicioso de sus ojos cuando rondaba la cuarentena no hacía presagiar esa repentina metamorfosis. Cuando muchos escritores, conforme pasan los años, optan por revestirse de cierta pose honorable, Houellebecq parece obstinado en parecer un malvado duende de esos que gastan bromas crueles y pesadas que dejan a todo el mundo sollozando en un rincón. Pero acaba de ser víctima (faltan muchas comillas aquí) de una broma cruel y pesada, de la más cruel y pesada que podía imaginar. Pues resulta que Soumission, su última novela, ha salido a la venta justo en la misma semana del asalto yihadista a la redacción de Charlie Hebdo. Última novela que, por si alguien no se ha enterado, plantea el acceso al poder, en la Francia no tan lejana de 2022, de un partido islamista. Merced a un descabellado (y por tanto, muy posible) acuerdo entre los dos grandes partidos, y con tal de evitar que el Front National se erija en gobernante. Así que Houellebecq se ha convertido, súbitamente, en una referencia perfecta para analizar todo lo acontecido. Lo tranquilo que estaba Houellebecq, y Soumission va a convertirse en un best-seller global, en carne de tertulias, en objeto de encendidas defensas e inflamados ataques. El hombre (que además mantenía amistad con una de las víctimas mortales del ataque) ha corrido a esconderse (no sé bien de qué exactamente) y ha suspendido la promoción del libro (al que ya no va a hacerle falta).
Por supuesto, habré de esperar para leer el libro, aunque puede que la enorme repercusión precipite su traducción y publicación en castellano, o en catalán, para opinar sobre él. Estoy seguro de que Houellebecq no me decepcionará. Pero va a ser complicado abstraerse al circo mediático que le rodeará. Pero centrémonos un poquito. El humor, malo o bueno, ha sido siempre un componente necesario aquí. Y Charlie Hebdo era un semanario satírico, es un semanario satírico, y aunque ya hace mucho que dejé de prestar mucha atención a estas publicaciones, no hay nada malo en provocar que la gente piense a la vez que sonríe. Y hay que burlarse de todo el mundo. Qué cojones. Pero es que lo que, parece, hace Houellebecq en Soumission es provocar a toda esa gran mayoría del buenismo político que opta por comprender a todo el mundo en todas las circunstancias. Sí; todos sabemos de qué hablamos. Ahora, otra vez, tras el 11S, tras el 11M, habrá sesudos señores de gafas de concha y pose adusta que nos dirán desde las tertulias que no todo el mundo musulmán es así. Tendrán razón. Habrá osados señores de aspecto juvenil, algunos llevarán pelo largo y patillas y camisas con dos botones desabrochados, que dirán que quizás la convivencia de tan distintas concepciones de la vida es más problemática que el idílico melting-pot a cuenta del que muchos llevan años babeando. Tendrán razón. Habrá gente hablando de sus magníficos amigos llamados Mohamed, que son ciudadanos ejemplares y acuden a las reuniones de padres de la escuela y suben las bolsas de la compra a las ancianas cuando se estropea el ascensor. Tendrán razón. Habrá metepatas de toda la vida que hablen de los crímenes del capitalismo/occidente/sociedad de consumo/totalitarismo y se presenten blandiendo estadísticas de los muertos, no de muertos elegidos y designados, sino de muertos anónimos y aleatorios. Tendrán razón. Habrá, hay, a montones, ojo, gente desesperada, desorientada y fanatizada, jaleando esas acciones y considerándolas modestos pero heroicos triunfos de enormes masas de población del mundo que son ignoradas, porque no nos gusta mirar esos rincones, solo nos gusta que sean escenarios para películas de gran presupuesto para recoger rápido los bártulos e irnos de cabeza a la ducha. Claro que tendrán razón, también. O es que vamos a decirle a la gente de qué tiene o no tiene que alegrarse, Habrá gente recordando de dónde sale el dinero que financia esas acciones y por qué esa linea de relación acaba en los logos de las camisetas que llevan cada fin de semana nuestros equipos de fútbol. Tendrán razón. Y habrá quien enlace eso con la dependencia de los combustibles fósiles, con el hundimiento del barril de brent, con un dólar por los cielos. Todos tienen razón y todos creen que las cosas no pueden seguir así. Pero siguen.

dissabte, 13 de desembre del 2014

LAS PUERTAS DE LA PERCEPCIÓN


¿A qué obedece ese brillo en la mirada? Bueno, a qué obedecía. Puede que ese día, antes de la entrevista o la intervención televisiva o lo que quiera que fuera el evento al que corresponde esta imagen, Monzó se pimplara un par de vasos de bourbon. Id a saber: confeso amante de la buena "be-vida", jamás tuvo el mínimo reparo en reconocer su costumbre en lo referente a las bebidas espirituosas, sobre las que no escatimaba comentario alguno en sus escritos, si la ocasión lo precisaba. Para los que vamos siguiendo sus andanzas, pues Monzó encarna a la perfección ese perfil a la vez militante y crítico, queda bastante claro que, últimamente, el escritor, que debe rondar la sesentena, ha sido apercibido acerca de su estado de salud, cuestión que suele llevar aparejado el clásico consejo médico de alejarse de muchas cosas. Tabaco, bebida, comidas grasas o copiosas, estupefacientes sin receta, malos hábitos de sueño, ya sabéis. Y parece que Monzó les hace caso. Y parece que eso ha afectado a su brillantez. Por lo menos, la verbal. Monzó ha perdido su mojo. Habla más pausado, habla sin saltar de un tema a otro, sin atropellar al interlocutor, sin que su tono de voz ya nos haga imaginar su clásico derroche facial de tics. O eso me parece.
El caso es que vengo de aburrirme ayer de lo lindo en una cena de empresa. Sí; de lo lindo, y simplemente porque, años que uno tiene y temor a los controles policiales que suelen proliferar en noches como esta en Barcelona, decidí limitar de forma drástica mi consumo de alcohol, que venía siendo mi manera de sobrellevar estos eventos. El resultado fue un desastre absoluto, una especie de incomprensible actitud de no estar para muchas tonterías, y una reflexión que se me solapa con muchas cuestiones. Como acordarme del famoso personaje de cierto añejo capítulo de Friends, un tipo al que apelaban el divertido porque eso era lo que era bajo los efectos del alcohol, pero que aparecía en una fiesta hecho un absoluto aburrimiento y explicando que esa persona que era antes lo era porque era alcohólico. Como hacerme eco de todos esos famosos mitos que, aparte de afectar a escritores de los 60 y los 70 como Burroughs o Hunter S. Thompson, se extendían hacia mitos como Poe, del que se hablaba (hasta concretar en cuales en concreto de sus cuentos) que escribía bajo los efectos de los opiáceos. Y no hablaré de música en relación a ello.
Pero el remate ha sido cierta coletilla en cierto mail de hoy. Pasar página respecto a DFW. Ese escritor. Para mí, Foster Wallace no es ese sino este. Tal es su cercanía y tal es el interés y el sentido de la comprensión que me acerca a su obra. No a toda su obra. O tenemos alguna necesidad de ver a nuestros amigos en todas las facetas de su vida. Dicen, escriben, que DFW acusó cómo el abandono del Nardil, medicamento que usaba para la depresión, afectó a lo brillante de su obra. Que era extrañamente receptivo a las críticas y que su afán de perfección, su obsesión por gustar y mantener el nivel que era consciente de ser capaz de alcanzar, pesaban como una losa en una personalidad que era complicada. No voy a especular con fechas ni con eventuales reencarnaciones, aunque no puedo, a estas alturas, descartar nada. Pero ese espíritu insano, turbio, obseso y vitalista es todo un testigo que, junto a otros miles, me gustaría tomar. Aunque puede ser que ni el planteamiento de este post sea del todo cierto. 
Pues estamos bien.

diumenge, 30 de novembre del 2014

LA CUESTIÓN DE LA ESDRÚJULA


Me gustan las palabras esdrújulas. Es, seguramente una filia surgida de mis tiempos de estudiante, pues las esdrújulas eran palabras que desvelaban todas las dudas en lo concerniente a su acentuación. Menudas demócratas, las palabras esdrújulas. Sí, ya sé que la cuestión de la acentuación es una ayuda para la correcta lectura de los escritos. Sí, ya sé que este comentario está un poquito prendido con pinzas. Claro, para los que no escriben a menudo (yo, aunque no sea siempre aquí, me las doy de escribir a menudo: sale en cada conversación una o dos veces), esto que digo es una tontería. Pero la escritura en internet tiene esas cosas. Uno descuida las formas o se ve a sí mismo repitiéndose en exceso, abusando de las expresiones, de los dos puntos, de las elipses, del "y" como enlace entre frases, de la asíndeton, de la polisíndeton. Uno abusa de muchas cosas y entonces, igual que, en mis tiempos de comprador de discos, tanto una mala como una buena compra significaban que volvía a la tienda el sábado siguiente, hoy, en mis tiempos de escritor abnegada o resignadamente amateur, cuando encuentro algo que me gusta incido sobre ello: sea una canción, una frase, un libro o un autor. Owen Jones sería un ejemplo paradigmático: La demonización de la clase obrera me hace reconsiderar muchas de mis opiniones. Constantemente.

Por ejemplo: la cuestión de las élites. Para empezar, brillante mención mía al inicio del párrafo, esa palabreja, élite, importada del idioma francés, es igualmente admitida como palabra esdrújula y como palabra llana. Y se puede pronunciar a la francesa, así "elit". El elitismo es uno de esos conceptos que viene y va en las Grandes Modas a Gran Escala de Nuestra Señora la Humanidad. De repente gusta el sentirse miembro de un grupo poco concurrido, de repente esa minoría es señalada como la responsable de las enormes desigualdades, de repente unos elegidos parecen abocados a preservar una cierta exquisitez, de repente nos damos cuenta de que tildar a las representaciones masivas de lo popular como vulgares es injusto, avieso, perverso, en definitiva, otra forma de proyectar un aire de superioridad que no nos corresponde. Y yo lo dije en un correo privado de hace unos días: hay mediocridad mala y hay mediocridad buena. Metámosnoslo en la cabeza, porque este convencimiento mío es de esos que no admite demasiada discusión. La mediocridad de lo que gusta a muchos porque ha dispuesto de la suficiente difusión para hacerse popular no puede ser intrínsecamente mala: puede gustarnos o no, pero no es mala. Por mucha gente que alabe a Breaking Bad o OK Computer de Radiohead, no van a ser peores: puede que nos hartemos de ellos a causa de la sobreexposición a que pueda someternos el entusiasmo generalizado pero, si vamos a ser puntillosos, eso no pasó cuando los disfrutamos por primera vez y caimos cautivados por sus virtudes. En el fondo, querernos poner a salvo de toda mediocridad, querer hacer bandera de esnobismo y exclusividad en los gustos es como lo de los artículos de lujo: un ejercicio absoluto de egoísmo, cuando no es una actitud de narcisismo insano. El compartir en pequeños comités (otro galicismo) nos otorga un halo de seres únicos, nos pensamos que sabemos cosas que los demás no saben, nos pensamos que disponemos de un sexto sentido en nuestras apreciaciones, y ello, creemos, nos distingue de toda esa masa a la que le gustan cosas más comunes. De ahí, Freud no tardaría ni tres frases en deducir que tenemos gustos minoritarios para follar más, o para acceder a mejores personas con que follar. Bueno era Freud. Entonces, la mediocridad solo es mala cuando responde a la precipitación, al engaño, al plagio, a la falta de elaboración, con tal de apelar al perfil de la simplificación per se, con tal de programar resortes para el éxito en función no de talento sino de planificación. No: los gustos mayoritarios no tienen porqué ser mediocres. Son eso, mayoritarios, por algún motivo que, seguro, si muchos de los artistas que nos parece que son vocacionalmente minoritarios llegaran a descubrir, anda que no aprovecharían. Pues vamos.

dijous, 6 de novembre del 2014

MANIOBRAS DE DISTRACCIÓN

Yo debería estar hablando de otra cosa. De una cuenta atrás que ahora estaría en ese 3,2,1 final tan premonitorio, tan de señor pistola en alto, tan de manos sobre el tartán y musculatura de pierna en absoluta tensión.
Pero tengo esas cosas: tras algún tiempo en el que, Vampire Weekend aparte, me ha costado mucho concentrarme en búsquedas de nuevos sonidos, resulta que apenas un par de minutos de un inquietante vídeo del cual todavía no soy capaz de sacar ninguna conclusión, más el correspondiente sonido, sí, claro, me sitúan en pie de guardia ante la posibilidad de que Arca pueda ser el nuevo salvador de la deprimente (por repetitiva, por uniforme, por estereotipada) escena electrónica. Curioso, un músico alejado de los perfiles habituales. ¿Cuántos venezolanos conocemos, que estén metidos tan a fondo como para tener dos grandes referencias en su CV? Diseñar el sonido de FKA Twigs, que podríamos decir que son, casi, una mezcla bastarda de lo mejor que podrían ofrecer Kelis o Mrs, Dynamite en sus mejores momentos, más lo que parecían prometer AlunaGeorge y un tracklist estropeó. Y participar en Yeezus, único disco que he soportado de Kanye West, aportando ruido, distorsión, reverberación, corpulencia. Eso es todo lo que sé del tipo este, porque, hoy escribía en otro lado y a cuenta de algo que no era un disco, la mitomanía forma parte del pasado y si busco una foto del tipo, y me decido a comprobar su nombre es porque, Francesc, un mínimo, Francesc, vamos. El nombre es Alejandro Ghersi: también dicen que anda metido en lo nuevo de Björk, cosa muy coherente, dado que Björk ya obtuvo una cúspide de su carrera con Mark Bell jugueteando con ritmos y cuerdas en Homogenic. Y eso es lo que parece que Arca obtiene de su sonido. Podría citar una referencia obvia en lo estético, Richard D. James alias Aphex Twin y otros 300 alias más. Hasta esa curiosa filia por los vídeos perturbadores, que contienen figuras asexuadas (o multisexuadas, que me despisto), que retuercen órganos y extremidades, que parecen evoluciones de tumores plasmadas a cámara fija, hasta eso parece emparentarlos. Y el uso de las figuras infantiles. Condenado Youtube, condenadas cámaras en infrarrojos. Michael Cunningham, cuánto te debe la cultura visual moderna.


Y aunque Thievery, que así se llama este experimento de sensualidad equívoca, sea un hito solitario de apenas tres minutos dentro de un disco que no dura ni cuarenta, pues resulta que le noto alguna cosa que no había notado hacía tiempo. 

Pero yo debería hablar de otra cosa, lo sé. Para qué insistir en el tema, pienso. Cartas sobre la mesa, excitación como no recuerdo antes. Lo intentamos de una manera, de otra, quizás haga falta otra treta, apenas 60 horas para comprobar si, ya que nuestros políticos demuestran ser iguales a otros en ciertos aspectos, les da por ser diferentes de otros en valentía, en firmeza, en sentido de la determinación.


En cualquier caso, hay que ir conociéndome. Aún oigo muy a menudo esa maravilla que es el speech inicial de Giorgio en ese disco de Daft Punk que ahora nos parece que es de la prehistoria. Aún me sorprendo oyendo a un tipo hablar del sonido del futuro y cómo el sintetizador estaba agazapado en una pista de la mesa de mezclas, esperando a ser descubierto. Oigo como la música se incorpora por capas bajo sus palabras y como esas cuerdas hacen que la música adquiera una especie de calidez nocturna que no sé llamar de otra forma.
Puede que Arca sea el futuro, pero puede que mañana yo diga que ya es el pasado. Ya me iréis conociendo, ya veréis.


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