¿Racionalidad y cerebralidad frente a emoción y sentimiento?. Hace un cierto número de horas que me lo planteo. Porque emoción y sentimiento pueden compararse a la pimienta de Cayena. Pásate en el pellizco y habrás de tirarlo todo a la basura. Y resulta que, de todas las cosas que me avergonzaría profundamente reconocer que aspiro a ser, la que menor rubor me causaría (dios, estoy fusilando a Bolaño!) es una especie de Riszard Kapuscinski: un reportero que viaja y acompaña y mira, y luego explica, con una objetividad aplastante, lo que va viendo, pero que (como en el buen jamón al que lo que le da el gusto es la grasa entreverada) progresivamente, filtra su opinión sobre lo que es justo y lo que no de todo lo que ve.
Perdón: todo esto último, en pasado; Kapuscinski ya murió.
Pendiente está su biografía, en la que, por supuesto, odiaría leer testimonio tras testimonio de gente que le venera y le echa de menos. Eso no mitigaría pensar que no habrá más libros. No me preguntéis el motivo por el que odiaría eso. Pues es mejor reconocer defectos hasta entre los iconos más sagrados. Bolaño fumaba en exceso y Bob Marley veneraba a un tirano. Los humaniza y los acerca a nuestro status de mortales de a pie. Mortales que reparan en esa condición gradualmente, gracias a esa traidora trampa que es la madurez, o de sopetón, cuando un tipo con una bata blanca al que visitaste por una tos o por una mala digestión gira el reloj de arena.
Así que la falta de emoción será en realidad una pantalla para esconder cierto miedo.
¿Quiere decir eso que el que escribe no tiene alegrías de relumbrón, ni penas de bandoneón?.
¿Quiere decir eso que el que escribe no tiene alegrías de relumbrón, ni penas de bandoneón?.
¡Pero si dije que me podía emocionar una línea de bajo!. El ritmo marcial y constante de Get the balance right de Depeche Mode: desnudo, firme, sin más aderezo que el sonido que lo quiebra, levemente a lo glockenspiel. La suave flauta que irrumpe cuando todo el mundo piensa que Radian de Air es un atorrante experimento fallido o de música para terror de serie Z o incluso para un reportaje sobre el día a día de la más aburrida abadía centroeuropea. O una frase de Bolaño: no las que jalonan los pasajes que aprenderíamos de memoria de sus inmensas novelas. No. Las que se hayan ocultas en rincones inexplorados, en las calas vírgenes de sus obras menores.
Ocurre que, a pesar de que todos seamos muy valientes y tengamos muchas pelotas (a partir de ahora, igual menos) para decir desde internet que hay que rebelarse y salir a quemar todos los emblemas de los que nos reprimen, nadie está dispuesto a llorar delante de los demás. Ya lo hacen los reality-shows en la TV a diario. Llorar y discutir y usar bajezas para acumular gente babeante ante la pantalla. Pornografía emocional. Lógico preferir la pornografía real. Es puro deporte, pura exhibición.
Dice Lydia, en su blog, al que, parece, otros hacemos más caso que ella misma: "hasta al final del llanto más sublime uno acaba por sonarse". Lo digo de memoria, no sé si las palabras serán exactas, pero es eso. Público, no sé si tengo o no, pero no me sentiría cómodo en absoluto, mostrando emociones que no puedan ser compartidas. Y un beso de mi mujer (de esos que ponen la máquina en on), o una caricia de mi hija, o un pase particularmente intencionado de mi hijo, sólo me emocionarán, lógicamente, a mí. O el llanto por cualquier desgracia que pueda afectarme, por descontado. Y como después de ese llanto, sacaré el pañuelo y me sonaré los mocos, pues me lo ahorro, y paso por encima.
Pero emocionarse al unísono: por una frase, porque a todos nos gusten (o nos disgusten) películas o libros parecidos. O en negativo, porque pensemos qué o quién nos sobra y tiraríamos al cruel pozo de la indiferencia. Ese es el radiador que está en un extremo de la habitación. Ubicado inteligentemente bajo la ventana, evita que, al final, nos helemos. Porque helarse significa quedarse quieto.




