¿Tendré que recurrir al psicoanálisis para averiguar el motivo de mi obsesión por la literatura contemporánea?. Para concluir que esa contemporaneidad me acerca al protagonista, me posibilita estar al lado, o en frente de esa acción, ser el narrador, ser Arturo Belano o alguno de los escritores metaliterarios (denostados por Deborah, por cierto), y vivir los vaivenes físicos y emocionales, usando la literatura no para escapar de sino para escapar hacia: entrando en otras realidades que pueden ser más estimulantes que la mía propia. Que las hay a patadas.
Por eso haber leído Extraños en un tren (y comprobar los años de publicación de los restantes libros que reposan en la mesita de noche en la habitación del hotel) me trastoca algo en ese convencimiento.
Pues estamos ante una excelente novela que resulta algo caduca. Los ingleses tienen esa palabra, intraducible, dated.
Que define exactamente lo que pasa. Son 62 años, caramba, desde su publicación, y el mundo ha cambiado hasta el punto de convertir esta novela en imposible, en hacerla traspasar del thriller al género, casi, de novela de época. Las relaciones ya no son así, la tecnología lo ha dinamitado todo, es difícil, para mí, situarme en las cercanías de la historia. Que por otra parte esta espléndidamente escrita. El progresivo avance de la trama es ejemplar. Como la escritora marca el ritmo, como sincroniza cuatro ritmos que confluyen (la locura de Bruno, la inseguridad de Guy, las dudas de Anne, la implacable lógica de Gerard). Sólo por ese detalle esta novela negra, que no policíaca, merece ser recomendada ávidamente como ejemplo de estructura narrativa. Nada sobra aquí, si acaso echo de menos algo más de carnalidad, unos cuantos grados más de temperatura en las relaciones. Y el planteamiento inicial es de una concepción absolutamente original. El suspense hasta el último momento, el penúltimo giro: magistral. Todo, todo absolutamente aquí emana clasicismo: ojo, clasicismo de otro siglo, otro siglo que parece otro planeta donde los veinteañeros tienen carreras profesionales enfiladas, y se tratan de usted y se casan y se divorcian sumamente jóvenes. No había leído nada de Highsmith, asociada (aunque la contraportada acertadamente destaca su valor literario por encima de géneros) a un género del que no soy excesivo seguidor, cuando se manifiesta abiertamente: el género negro. Gran escritora, y, seguro que si hubiera leído este libro a los diez o quince años de publicarse, lo apreciaría mucho más. Leído hoy (y a mí me es imposible quitarme de la cabeza que hoy, 2012, esa historia es sencillamente inconcebible), uno no puede evitar una cierta mueca de comprensión ante cierto exceso de ingenuidad.
Y hacía treinta años que no leía llamarle a los bocadillos emparedados.
Y hacía treinta años que no leía llamarle a los bocadillos emparedados.
