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dilluns, 16 d’abril del 2012

COSAS DE NIÑOS

Me gustan los niños. Los míos, seguro. Aunque cada vez lo sean menos y entiendan más cosas de las debidas.Y digan palabras que yo no me atrevía a decir ante mis padres. Sobre los niños de los demás, ya sería otro tema. Los de nuestros hermanos y amigos, un rato, aunque sea por darles a sus padres el merecido respiro de un par de horas sin sufrir su elevado nivel de exigencia. Pero ya no pasaríamos mucho de ahí. A partir de la edad en que dejan de ser bebés, lo mejor es que cada uno, como los gobiernos, disfrute de los niños que se ha merecido.
La comedia humana es una novela protagonizada por niños. Los adultos restringen sus presencias a papeles secundarios: la madre bondadosa y resignada, el padre ausentemente presente, el telegrafista que busca refugio en la ebriedad, el tendero que vive el sueño americano.
Es un sutil alegato antibelicista, ambientado en Ithaca, un pueblo de California en plena época de la II guerra mundial, cuando el ejército americano interviene en el conflicto, presumiblemente, aunque no queda claro en el libro, en Europa. Entonces, que yo diga que un sutil alegato antibelicista, concepto que desborda elementos positivos, me parece insuficiente como gran novela, no va a quedar muy bien. Porque apenas lees la breve introducción al argumento en la contratapa y la descripción de la familia de Homer y Ulysses (nombres a añadir al nombre del pueblo en las no tan sutiles referencias clásicas) los niños protagonistas, y la situación particular de cada uno de sus miembros y, apenas a las diez páginas, la lectura de las 214 restantes se convierte en una espera inminente de lo que va a terminar por producirse. El acontecimiento que sabes, seguro, que marcará el libro, y que no haces más que preguntarte si el autor lo situará en el centro del relato, desplazando  el protagonismo hacia sus repercusiones, o al final, con lo cual marcará el desenlace de la narración. Esta previsibilidad lastra el libro, que acaba convertido, conclusión que he de confesar tomo una vez acabado, en el relato de una serie de experiencias infantiles, domésticas, callejeras, escolares, que sirven poco más que de escenario del redoble de tambores que es el preludio de la desgracia inevitable.
Bien traducido (por Javier Calvo, novelista barcelonés con carrera en ascendencia) y bien escrito, la obviedad de los hechos impide su disfrute, aún a sabiendas de que no estamos ante un thriller, y de la innegable validez de su mensaje central.



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