¿Cuánto hace, seis, ocho meses, que recomiendo la librería Ópera en Sitges?. No voy a mirarlo. Lo recuerdo con cierta claridad. Una mesa sobre la que reposaban buenos libros y un librero hablando entusiasta sobre El jardín colgante de Javier Calvo, libros de Blackie Books, Kapitoil, las habituales pilas de libros de las editoriales por las que siempre me siento atraído, y ese desfile de señoreo algo decadente dispuesto a escuchar con amabilidad las recomendaciones para acabarse llevando aquello en lo que ya pensaban.
La calle donde estaba la librería trazaba una pronunciada pendiente hacia la playa.
Sí: he dicho estaba.
Posiblemente Sitges no sea el lugar más idóneo para que sobrevivan muchas librerías. De todas las que hay, Ópera era la de mejor selección. O sea: la que no pondría los tres libros de la infecta trilogía de Grey en su escaparate. Ya veis de qué ha servido. Para que ayer mirase a través de su cristal, sucio por el paso de los días, y viera las estanterías desmontadas, alguna pila de libros que parecen no haber triunfado en un remate de stocks, y una triste nota con un número de teléfono anotado, que miré con aire de melancolía pensando si sería el librero que buscaba un último contacto para dar una última explicación o el propietario del local ávido de encontrar otro comerciante de ropa o calzado que acabe de saturar la oferta de la calle y certifique el cadáver de cualquier esperanza de salvación a través de la cultura. Sitges, donde ya sólo se conciben las hordas de gays cada vez más corporativistas adueñándose de la noche, paseándose ante burguesía conservadora y bienestante, dos comunidades tan antagonistas en según qué cosas y tan parecidas en una: ser incapaces, por entrega a la diversión más carnal y hedonista o al esfuerzo más arduo y materialista, en conseguir que una buena librería pueda seguir adelante.
Qué extraño amigo era. Consciente de la fascinación que nos despertaba, inventaba teorías una tras otra para explicar el funcionamiento de casi todo. Claro que lo hacía para acaparar la atención. No era suficiente la que le tocaba en ese reparto desigual que son las relaciones humanas. Así que no había día en que no tuviera preparado algún bizarro razonamiento que dejaba bien a las claras, siempre según su amateur, pero meditada opinión, los motivos de alguna cosa.
Recuerdo lo que decía de los gays. Dijo que los gays querían dominar el mundo y ello podría aniquilar la raza humana, pero que en el último momento alterarían ese plan y todos volverían a ser heterosexuales. Sólo después de acercarse a sus objetivos y haber constatado que eran capaces de alcanzarlos.
Decía : los gays activos son hombres que quieren aumentar su cuota de poder a base de imponerse sobre otros hombres. Es una carrera loca de poder absoluto. De la imposición cruda y carnal que representa la penetración. Son tan machos que han perdido interés que un día tuvieron por las hembras pues las consideran débiles, así que la imponen sobre hombres, y cuanto más poderosos mejor.
En medio de las carcajadas todos le preguntábamos entonces que qué pasaba con los gays pasivos.
A lo que él respondía contundentemente que eran aún peores, en ese retorcido planteamiento del dominio. Que, conscientes de la capacidad de esclavización que una mujer era capaz de ejercer sobre un hombre en el ámbito sexual, habían tomado con determinación ese rol con el objetivo de someterlos. Así, tanto gays pasivos como activos lo eran en función de un enaltecimiento irracional de la condición de machos.
Todos reíamos de la vehemencia con la que defendía hipótesis tan descabelladas. El mantenía un posado serio, a veces esbozaba una tímida sonrisa teñida de sorpresa y escepticismo, mientras daba un trago a la cerveza que ponía, ceremoniosamente, ante sí , ligeramente desplazada a la derecha, mientras desgranaba sus argumentos. Un día, dijo, os hablaré de lo que estoy descubriendo: los argentinos quieren dominar el mundo. Os diré por qué.
¡Cómo se hundía esa seguridad cuando quedaba a solas con alguien! El público, que quedaba reducido a una persona, a la que no tenía más remedio que mirar a los ojos. Entonces los ojos de quien le escuchaba eran dos balcones sostenidos precariamente sobre un precipicio de cincuenta o más pisos, dos inmensos lagos en los que se hundiría y se confundiría con el agua, llevado por alguna corriente subterránea. Nadie aplaudiría en primer lugar y nadie seguiría una primera salva de aplausos.
Ayer tuve un ajetreado día familiar. Partido de fútbol de mi hijo, a una hora insanamente temprana. Que prosiguió con una fiesta a la que acudía, en casa de un compañero de clase, en Sitges. 40 kilómetros de Barcelona. Mi mujer y mi hija acompañándonos previas negociaciones. Amigas acompañando a su vez a mi hija para autoprocurarse un día teenager en las encantadoras calles de la villa, y mi mujer pidiéndome cierta comprensión en un agotador maratón de tiendas de ropa. Santo varón, aporté coche, conducción, tarjeta de crédito y paciencia infinita a cambio de dos condiciones: visitar una librería, con la intención declarada de sólo husmear y ver, y regresar a casa a tiempo de ver el partido del Barça. Todas las partes involucradas cumplieron las condiciones y fue un día magnífico.
Descubrí que en Sitges hay una bonita librería llamada Ópera, en la calle Major haciendo esquina con una de esas empinadas calles que llevan al mar, y que quien la atiende los sábados por la tarde no osa recomendar ávidamente un libro que no haya al menos intentado leer.
De la librería no me llevé nada: es indecente la pila de lecturas y reservas pendientes, compradas o de la biblioteca, a las que he añadido ya incluso cuentos de Cortázar y Bolaño conseguidos en la red. Hay que bajarla: es un objetivo prioritario.
Pero en una de las tiendas de ropa no pude evitar coger un papelito, de una pila que estaba al lado de todos esos flyers que promocionan bares de copas y sitios cool donde cenar. Alguien se ofrecía para dar sesiones de coaching. Yo ya le dije a alguien lo nervioso que me empezaba a poner eso del coaching. Pero como todos los conceptos modernos que se han creado por la necesidad de vender a la gente cosas nuevas (mejor, cosas antiguas que parecen nuevas porque se les atribuye un termino anglosajón), pasa a imponerse y a aparecer hasta en la sopa en un santiamén.
Yo entiendo que la gente necesite que alguien especializado les ayude en el desempeño de ciertas cosas. Pero la cuestión del coaching (en adelante, el cdc, couching de los cojones), me parece que es una especie de coartada para que la gente ya no se plantee solucionar por sus propios medios sus problemas. Soy tímido, o no sé comprarme ropa sin que parezca daltónico, o estoy gordo, o me pongo como un tomate en cuanto dos me miran. Hay montones de expertos en cdc que, por módicas cifras, harán por resolver esa carencia. Entonces el cdc me parece como amistad que se cobra. Porque la gente siempre confiaba en amigos, o en familia, para que les ayudasen en las cosas. Amigos que te acompañaban en tu quijotesca aventura de ponerse a correr, o de montarte una biblioteca básica, o en comer sano. No es necesario: el experto en cdc ya se preocupará en hacerlo, aunque sea por el polvo que te mete en cada factura. Cdc para empresas, para colectivos, para particulares o para grupos de amas de casa aburridas que ya no saben que hacer para gastar el dinero. Cdc emocional, que acabará mostrándote que odias porque amas y viceversa. Justo cuando Germán se mostraba entusiasta con lo que este insignificante rincón del éter significa. Aquí todo es for free, 24/7. Y el remate fue ver lo que ese experto en cdc ofrecía como servicios adicionales : tarot, reiki y fengshui.
Dije; au revoir.
Las cuatro y media de la tarde de un sábado de febrero. Tardes que se van alargando conforme nos acercamos a la primavera. Tardes de este Mediterráneo que baña países en situaciones críticas.
Hace justo siete días nadie pensaba, en la primavera. Pisando escarcha helada sobre el césped artificial, en lo único que se podía pensar era en el frío inmisericorde y en el tiempo que faltaba para que el partido terminase. Mi hijo Gerard procuraba no enterarse corriendo arriba y abajo.
Pero, ayer, esa primavera ya se respiraba, porque estábamos en Sitges, era Carnaval, y el día se alargaba y el termómetro alcanzaba los 15 grados. Tres cisnes, tres cisnes blancos, porque toda poesía es poca, estaban en la playa rodeados de gente, de niños y no tan niños, todos observando un respeto mutuo, un respeto de sonrisas obnubiladas porque estamos en una zona donde las aves sólo son noticia cuando son extrañas y están vivas. Para los que me leen desde lejos, Sitges es una pequeña ciudad costera a unos 35 kilómetros de Barcelona. Bonita como pocas, es relativamente famosa por ser un activo punto de encuentro de la comunidad gay.
Su encanto como lugar para vivir, junto a un clima muy benévolo, han motivado también que mucha gente haya acudido a vivir, en su mayoría, por lo elevado de los precios allí, familias de clase media alta y de corte conservador, que no ven con muy buenos ojos la presencia de una comunidad gay tan activa e influyente. Las familias han ocupado las caras urbanizaciones de las afueras, los gays ocupan el casco antiguo. Conviven, pero apenas interactúan.
Tras el fiasco de Sons of anarchy me desoriento: decido ver una película, cosa inusual últimamente. Elijo Los descendientes, cuyas críticas son bastante buenas. Me cae bien George Clooney (a mi esposa le cae mejor), me gustó mucho la única película que vi de su director (Sideways).
Ver películas así le da cierto sentido al cine. Apenas dos horas en las que se cuenta una historia, con su progresión y sus momentos clave. Le quitaría dos minutos de momentos algo lacrimógenos, pero muy buena película, muy buena música. Después de las playas de Sitges, el reportaje encubierto de las islas Hawaii que es la película (como Sideways parecía un reportaje encubierto de los viñedos del estado de California) era un goce para los sentidos. Y la música, emotiva, ininteligible en lenguas autóctonas, las guitarras con esa especie de perezosa melancolía. Espero que algún día se reconozca a George Clooney su condición de gran actor y su capacidad de resultar cómico simplemente por un matiz de su expresión facial. Espero que alguien recuerde en cinco años lo que digo ahora : Shailene Woodley será la próxima Scarlett Johanson o la próxima Natalie Portman, joven actriz de belleza esplendorosa y ojos almendrados, perfecta en su papel de rebelde tardoadolescente cuya rebeldía, progresivamente, se entiende y justifica. Toda una elegía contra las estupideces de la vida occidental (la que aliena y saca de casa al varón en busca de dinero, dando la espalda a pareja e hijos), pocas películas me han gustado tanto y me han mantenido tan atento con tan poca cosa: unas playas, una familia algo desestructurada, y una guitarra punteando las imágenes.
Hace días que le doy vueltas a un post que vendría a parecerse a alguna de la poesia visual de Joan Brossa. Con cuadros y lineas del estilo de esos complicados organigramas y diagramas de flujo, pero con un cierto tono antropológico. Supongo que 6Q no ha tenido esa feliz idea antes, sobre todo estas semanas en que se ha vaciado profesionalmente, y hoy, que lo habrá hecho físicamente. Como debo aportar ciertos matices a su contundente declaración : no quiero poner de moda a ese Scott Walker de los Walker Brothers pasto de los fans y dado a la dulzura de las armonías vocales. No me interesa que ese grupo entrase en esa dinámica de rivalidad con los Beatles. Me interesa el artista suicida que abandona la fama y la notoriedad y la vida fácil, para ceder a su egoísta deseo de perpetuidad creativa. El creador que se abre paso en sus discos, controlando y componiendo su propio material, tan excelente como incapaz de llegar a los hit-parade. Que se esconde desconcertado cuando el mundo (y no tardará en darse cuenta qué clase de mundo) le da la espalda, justo cuando empieza a mostrarse con la mayor sinceridad. Ese Scott Walker, capaz de justificar él solito prácticamente la mitad de la carrera de otro genio como Marc Almond.
Así que, para no contradecir a nadie, y por tanto invistiéndome en presidente virtual de un ignoto club de fans que domiciliaríamos en algún imaginario país centroeuropeo (antigua monarquía, y país de largos y blanco inviernos) anuncio con cierta pose chulesca que voy a colgar sus canciones durante toda esta semana, y que
alguien diga basta o pida otro encore, o apague el sonido. No hay que esperar a que muera para apreciar su absoluta genialidad. No en este caso, por favor.
A pesar de mi escepticismo hacia este extraño e intervencionista montaje de los cambios de horario, me gusta que anochezca tarde y que entremos en esa época del año en que el alargamiento progresivo del día, cuya cúspide es esa extraña noche de San Juan (en la que querría saber ya que debo hacer), modifica sensiblemente nuestros hábitos horarios. Esa agradable situación me ha permitido hoy alargar un poco el día (acortando por tanto el agobio de la tarde del domingo), y pasar una parte de la tarde de paseo por Sitges. Cuando dices que te encanta ese sitio y que vas todo lo que puedes, sobre todo en según que entornos, empiezan las sonrisitas cómplices. Ya hemos avanzado mucho el siglo XXI para que sea todo tan rancio. Nada es de nadie y menos los luigares comunes. Así que me niego a que un lugar tan encantador (porque nadie reivindica lugares como los bares de comida de los polígonos industriales o las casetas cutres que sirven para guardar porquerías al lado de las gasolineras) se erija en bandera ni de un lado ni del otro. Si Sheldon de Big Bang Theory ha generado un universo de 26 dimensiones no sé el motivo por el que todo el mundo tira de Sitges. Ni me apetece que sea sólo una especie de parque temático gay, como una parte baja de la rambla barcelonesa que se traslada y se instala allí, donde la oscuridad física da paso a otras oscuridades, ni mucho menos me da la gana que toda la élite adinerada y conservadora que ha podido pagar los prohibitivos precios de pisos y casas y mansiones allí intenten arrinconar a la comunidad gay y convertirlo en una especie de nuevo Pedralbes para familias con Touareg y Cayenne, lleno de familias repeinadas y de misa semanal, que tapan horrorizadas los ojos de sus pobres niños cuando ven a dos osos andar cogidos de la mano. En medio de esa especie de sordo conflicto, con dos bandos tan poco relacionados (conjuntos que pudiese ser que tuviesen miembros en común muy a su pesar), los que ya hace años que andamos de vez en cuando por allí contemplamos atónitos la callada guerra.
Lo dicho (y uno de los mejores arreglos de cuerda de la historia)