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divendres, 30 d’agost del 2013

LA HOGUERA DE LAS NAVIDADES

No tengo vergüenza. La gente se agolpa y deja mensajes que supuran una amarga mezcla de cierta manía y cierta impaciencia. Mucha gente: tanta como en esas películas donde el amo de la casa que se está incendiando ha de abrirse paso entre la multitud y convencer a los bomberos de que le dejen atravesar el cerco (esa cintita de plástico amarillo tan endeble pero tan socorrida) porque la que se quema es su casa. Bueno: el tiempo. El tiempo que empleo en otras cosas más mundanas que la escritura compulsiva de mis devaneos. El tiempo que es oro y el tiempo que es un canalla. Cómo noto que llevo un tiempo sin escribir con espíritu desprendido de algo que no sean libros o discos. Joder. Cómo lo noto. Cuando se acercan muchas cosas y a la vez otras se alejan, lo cual viene a darme la idea de que el universo es, al menos para las personas, bidimensional. Atrás o adelante, izquierda o derecha. Sí: hago un hueco para el mantenimiento de la carcasa. Comer y descansar. El espíritu: los libros que ya ni hace falta que salgan aquí, que insisto que los de UnLibroAlDía ya están llegando conmigo a extremos grotescos. Lee lo que quieras, hasta auténticas porquerías. Despáchate a gusto, vomita en un rincón y ponlo todo perdido que ya enviaremos a alguien a que pase la fregona. Joder, qué individuo adorable el Santi este. La cuestión visual: pero si hasta vi Argo, por primera vez en largos meses una película nueva y no una reposición de tarde aburrida de domingo en un canal de mierda. Ah: y Walter White: esa cita sí que me tiene ahí, cada martes sus tres cuartos de hora para que yo vaya comprobando el lento posicionarse de las piezas sobre el tablero. Para que yo elucubre de que igual sería un buen tema el hablar acerca de cómo ciertas series modernas han entronizado la figura del hombre de mediana edad y escaso atractivo a priori que decide tomar las riendas y revelarse como el auténtico héroe del nuevo milenio. Si, llamese Don o Tony o Walt, tipos con barriga o con gafas o con enfermedades de mucho cuidado que se convierten en paradigmas del hombre medio: el que ya tiene más vida por detrás que por delante, el que tiene que mirar la etiqueta de lo que come, el que cada año por estas fechas piensa si no debería pasarse por un gimnasio para hacer algo más que estar sentado ante un teclado, o en un sofá, o en una sala de espera, o donde sea, porque eso es lo jodido, la edad en que ya no queremos estar estirados sino sentados. Que de eso a echar comida a las palomas hay medio paso.



dijous, 15 d’agost del 2013

CRESCENDO


Un post libre de spoilers.

Ser cuñados. Una relación curiosa. Dos hombres que son cuñados porque se han casado con mujeres que son hermanas. Lo diferentes que pueden ser dos hermanas. Bueno, si son gemelas, está aquella cosa del equivoco y el morbo añadido. O lo de que se casen con dos hermanos, y si son gemelos. Puf. Qué lío. Pero no: Hank y Walter son cuñados y sus respectivas mujeres no son hermanas gemelas. Su relación es doblemente política, pues ni sus mujeres tienen mucho que ver uno con la otra (la de Hank es impulsiva y la de Walter es reflexiva, por ejemplo), ni sus vidas han llevado derroteros demasiado parecidos. Bueno: eso ha sido muy obvio. En todo caso, Hank y Walter han demostrado a lo largo de cinco temporadas haber desarrollado una buena relación, una relación que, sin llegar a tratarse de una amistad, es lo bastante cordial y confidente como para confiar en su solidez. Si se conocerían si sus mujeres no fueran hermanas es muy improbable. Pero Hank y Walter tienen esa relación familiar asida por nudos que parecen ser, o nuestra cultura nos ha convencido así, muy fuertes.

Leer en el WC. Una declaración de principios, la gente que tiene revistero en el WC. Ahora justo que ando leyendo un libro de Roth en el que el padre del protagonista está agobiado porque sus tripas no se mueven. Pues leer en el WC, cuestión de la que ayer conversaba a cuentas de lo apretado de mis horarios, resulta ser un ejercicio saludable. Importante relajarse ahí. Una lectura no demasiado densa, yo aconsejaría. La prensa, si es que somos capaces de encontrar periódicos que no nos enerven, o algún suplemento de esos que hablan de ocio, de lugares donde divertirse y comer. Después de todo, algún equilibrio habrá entre leer sobre comer cuando estamos descomiendo. En cualquier caso, en casa de Walter White en el WC hay un libro de poesía de tapa dura y verde, verde y dura, que es de Walt Whitman. Curioso lo de la poesía en el WC, tiene algo escatológico cuando se asocia poesía a lirismo y romanticismo, pero no: hay poesía arisca y que emplea palabras malsonantes y que para nada es incompatible con el vaciado de los intestinos.
En eso anda Hank cuando, dos casi amigos maridos de dos hermanas, dos por dos es cuatro y dos más dos es cuatro, ve esa doble-doble v, esa montaña rusa que es la WW. La ve en la dedicatoria y lanza esa mirada: digo lanza, pero diría pone, muestra, interpreta. Y uno sabe que no es porque ese sea el justo y placentero momento de relajación del esfínter: es una mirada estulta, perdida, indignada con el mundo e indignada consigo mismo. Mirada de ya lo tengo y mirada de qué se me viene encima. Mirada de qué tonto he sido. Claro. Cuando uno sube por primera vez a la montaña rusa, no sabe lo que le espera.

Está aquí, desde el 11 de agosto.

Y sí, esta es la entrada número 1000.

dissabte, 8 de setembre del 2012

CABOS SUELTOS

No es humano, o algo así, le dije a Horacio. Lo de esperar cerca de un año no es humano, aunque tampoco lo sería si simplemente fueran no más de un par de meses. Ese problema que tenemos, el de volvernos más exigentes. 
O sea, la cosa va de unas iniciales, una doble W y de un tarro de cristal que contiene una tarántula. La WW está en una dedicatoria de un libro de poesía de Walt Whitman. Cuestión a la que cada uno puede otorgarle el simbolismo que crea necesario. Esos son los cabos sueltos, y creo que no estropeo a nadie la fiesta, de la primera serie (8 capítulos, a cual más brillante, que irán seguidos de otros 8) de la que será, lástima,  la quinta y última temporada de ese artefacto demoledoramente perfecto llamado Breaking Bad. Que empezó como una especie de turbio viaje de mescalina; polvorienta, sucia y casi escatológica aventura de tintes tex-mex, hace ya cierto tiempo. De ahí mutó, y digo mutó porque eso fue exactamente lo que hizo: como un virus, en algún punto impreciso de la segunda temporada, especulo, y diría que sería gracias a guionistas con capacidad de adaptación fuera de lo común, pero puede que no, que todo estuviera maquiavélicamente planificado. En ese punto nos dimos cuenta que no estábamos ante un divertimento cruel y pasado de vueltas, o ante una metáfora del hombre intentando adelantarse a su destino más cruel y preavisado. No. Breaking Bad es más grande. Pero esto ya lo dije: no me obliguéis a buscar justo las palabras que usé. A partir de la tercera temporada (y no significa que hasta ahí no, pero ahí la cosa se desborda) cada capítulo es un despampanante ejemplo de maestría narrativa. Donde todo encaja y hasta la más absurda de las tomas de cámara cobra sentido. Walter sentado mirando una mosca posarse sobre un portalámparas. Walter calándose con pose algo desafiante el sombrero que lo convierte en Heisenberg, el alter-ego con el que parece que simplemente juguetea con el mundo y se reivindica en inteligencia y en astucia, que son sus respuestas a la constancia y a la paciencia, esas virtudes que no puede permitirse como prioridad. Sí: será que la serie se ha vuelto orgullosa de sí misma, al igual que su protagonista. Walter ya no traga saliva cuando habla con capos de la droga. Pues entonces la serie ya pierde esa condición de serie aspirante a. No: Breaking bad ya hace mucho tiempo que ha dejado de ser aspirante. Es una de las cinco mejores series, por lo menos, de los últimos 10 años. Lo cual es mucho decir, visto lo que ha llegado a salir. Pero dejémonos, mejor, de rankings y de clasificaciones que obligan a descartar y a seleccionar y a descabalgar del pódium a una para poner a otra. Como poco, la mejor de las series que no es de HBO. Pero ojito, HBO. El tiempo, decía miles de veces un periodista deportivo poco afín, pone las cosas en su sitio. Si vista hace apenas 24 horas esa sutil pero esplendorosa season finále ya mantengo este nivel de excitación, esperad esa eternidad a que sus productores nos van a condenar, salivad, preparad el festín y los pañuelos para despedirse. 

divendres, 3 d’agost del 2012

EL MUNDO DE WALT

Tiendo a profesionalizar mi actitud, y opto por no adelantar acerca de mis opiniones si estas no son finales y definitivas. Pero cuando no puede ser, no puede ser. Los tres primeros capítulos de la quinta y última temporada de Breaking Bad son tres absolutas obras maestras de encaje de piezas. De cierre de filas y de precisión suiza. De irrupción de nuevos personajes y de nuevas tramas, que serán solucionadas, seguro, pues si algo me demuestra esta serie es capacidad de adaptación al éxito, y compromiso de cabo a rabo con esa especie de filosofía: la huida hacia adelante, que se perpetúa, y los personajes, que aprenden cada vez mejor a ser nómadas. Hasta qué punto serán nómadas en esta temporada, vistos estos tres capítulos. Breaking Bad me hace reparar en que tampoco he sido tan estajanovista en la reseña de series que veo: poco he escrito sobre series que el blog me pilló comenzadas: extraordinaria The Office (a pesar de su agotamiento y desorientación post-Steve Carell), emblemáticas The Big Bang Theory y Modern Family (impecables, ambas, ejemplos de acometer la diversión para todos los públicos sin renunciar a cierto sentimiento canalla). Entonces Breaking Bad puede que me afecte en otra dimensión: en esa dirección casi cinematográfica, en esa omnipresente pose fronteriza, en esos personajes que van guardando giros inesperados. O, al revés, que obedecen justo a lo que te esperabas de ellos. O, espera, que combinan ambas cosas: comportamientos obvios y sorpresas mayúsculas. Extraordinario, no sé cuantos premios se ha llevado, en todo caso, menos de los que se merece, Bryan Cranston, virando del atribulado profesor de instituto superado por todo: alumnos, familia y, colofón, diagnóstico fatal, hacia ese ser que se manifiesta ahora, frío, inteligente, astuto, de una rigidez lógica aplastante. Nadie puede pensar que el mundo haya cambiado tanto a su alrededor. Pero su perspectiva es tan magnética que así hace que parezca. Donde en la primera temporada esos matones con tatuajes trepando por el cuello y botas de tacón cubano parecían arredrarlo antes de doblar la esquina, ahora es él quien ha tomado el timón.

Mike: yo dirijo el negocio.
Walt : de acuerdo.

Hace un aparte:

Jesse : estás loco, vas a dejar que el dirija?
Walt : él dirige el negocio, y yo le dirijo a él.

Tres capítulos: no sé cuantos quedan y, creo, casi seguro, esta es la última temporada. Semanas salivando. Semanas.

divendres, 17 de febrer del 2012

DOS HOMBRES Y UN DESTINO

Imposible hablar de ese último capítulo de Breaking bad, que ví ayer, sin intercalar spoilers. Así que, gente, espabilad. Si hay quinta temporada ya hablaremos en su momento. 

Todo se complica: ayer publiqué tres posts, Casciari no acudió a su jueves de gloria habitual y ahí se quedó mi link, en los comentarios finales de un post de una semana. Casciari esperaba agazapado en una esquina y yo salí a dar el primer disparo. Descubrí mi posición.

Y hoy se han juntado comentarios pendientes que debo hacer (para merecer esa fama de generosidad), que acaparan tanta necesidad de tiempo y de talento que, en un mundo justo, significarían necesariamente que este post sea muy corto.

Entonces mi estómago da una patada. O la recibe, ya estaréis familiarizados con esa sensación.

Porque ya he esperado demasiado.

La primera vez que leí Estrella distante fue en 2005 o 2006, cuando José Luis Rodríguez Zapatero era presidente de España.

Entonces mis hijos eran pequeños y a veces iba a comprar comida a un bar llamado La Paninoteca, en la calle Rosselló, al lado del Hospital Clínic. No puedo decir que se comiera muy bien. Iba una vez a la semana, cuando se hacía tarde y no nos apetecía cocinar.

Mientras esperaba mi pedido, a veces me acercaba a una librería, apenas a 30 metros, y husmeaba allí. Compré ese libro y empecé a leerlo de pie, en plena calle, con luz de día (era verano y cenábamos pronto). Siempre recordaré ese momento, y que el libro empezaba hablando de poetas.

No hablaba demasiado. Yo sí. La mayoría de los que íbamos hablábamos mucho: no sólo de poesía, sino de política, de viajes (que por entonces ninguno imaginaba que iban a ser lo que después fueron), de pintura, de arquitectura, de fotografía, de revolución y lucha armada; la lucha armada que nos iba a traer una nueva vida y una nueva época, pero que para la mayoría de nosotros era como un sueño o, más apropiadamente, como la llave que nos abriría la puerta de los sueños, los únicos por los cuales merecía la pena vivir. Y aunque vagamente sabíamos que los sueños a menudo se convierten en pesadillas, eso no nos importaba.                                                                                                                                            

Uno no siempre identifica a la primera los libros que van a marcar su vida. Muchas veces tienes que pasar por la tortura de leer muchos malos libros para darte cuenta de los buenos que echas de menos. Curioso que pase con las personas, también. Mi memoria ya no da para decir en qué escenarios seguiría esa lectura. Pues llevé la comida a casa y había que cenar y, casi seguro, bañar a los niños. Seguramente seguí leyendo en el sofá, porque puede ser que en la terraza hiciera aún algo de fresco.

El bar donde compraba la comida cerró. Nos dijeron que el dueño del local iba a montar una tienda para vender prótesis y esas cosas. Pero al tiempo un bar nuevo se estableció. Jamás he entrado.

Entonces, en aquellas visitas con las Garmendia, la casa le pareció preparada, dispuesta para el ojo de los que llegaban, demasiado vacía, con espacios en donde claramente faltaba algo. En la carta donde me explicó estas cosas (carta escrita muchos años después) Bibiano decía que se había sentido como Mia Farrow en El bebé de Rosemary, cuando va por primera vez, con John Cassavettes, a la casa de sus vecinos. Faltaba algo. En la casa de la película de Polanski lo que faltaba eran los cuadros, descolgados prudentemente para no espantar a Mia y a Cassavettes. En la casa de Ruiz-Tagle lo que faltaba era algo innombrable (o que Bibiano, años después y ya al tanto de la historia o de buena parte de la historia, consideró innombrable, pero presente, tangible), como si el anfitrión hubiera amputado trozos de su vivienda.                                                                                                        

La culpa de mi interés por Bolaño la tenía una crítica, sumamente entusiasta, leída en el número de resumen anual de Rock De Lux. Que usaba esta frase como colofón: Si la literatura es placer, 2666 es el éxtasis. Así que mi pasión por la música tuvo también algo que ver ahí. Llegué a Bolaño porque amantes de la música dejaron que amantes de la literatura (puede que fueran los mismos, pero no me apetece indagar) escribieran en una esquina, y esa esquina relució como una colilla de cigarro en la noche, en medio de la distancia. Esa llamada de atención, que tampoco debo exagerar, no iba acompañada de hadas ni ángeles que llevaban de la mano, me apartó de montones de libros de management que se apilaban en mi mesa. Me llevó de vuelta a la ficción. De la que a veces nunca deberíamos salir. También ocurrió que Estrella distante era una novela de apenas 160 páginas (Lydia sabe siempre la cantidad exacta), y 2666 era un magno esfuerzo que aún no estaba preparado para afrontar.

Pocos días después llegó el golpe militar y la desbandada.                                                             

También recuerdo que por aquella época yo había empezado a trabar amistad con un compañero de trabajo uruguayo. Que quedábamos con las familias en Sitges, que estaba lleno de argentinos, y que, como yo estaba fascinado por Bolaño que era chileno, estaba en una confusión terrible. Que por el hecho de tener acentos parecidos, uruguayos, argentinos y chilenos, debían ser todos como una enorme comunidad hermanada, de esas comunidades en que uno queda en un sitio y cada uno se encarga de preparar uno de los platos. Y un último, una enorme tarta que se comparte. Qué equivocado. Esos tres países sólo han estado unidos en la desgracia de sufrir dictaduras. Ni siquiera sé si las diferencia el grado de crueldad. Pero prefiero no plantear eso en la web de Orsai. Algo me dice que es mejor no sacar el tema.

Tuvo que ser así. Un atardecer, uno de esos atardeceres vigorosos pero al mismo tiempo melancólicos del sur, un auto aparece por el camino de tierra pero las Garmendia no lo escuchan porque están tocando el piano o atareadas en el huerto o acarreando leña en la parte de atrás de la casa junto con la tía y la empleada. Alguien toca a la puerta.                    

Hay libros que te atrapan porque su temática te interesa, los hay que tienen palabras que te hipnotizan, y hay que tenerlo muy claro: bajo los efectos de la hipnosis puedes cometer crímenes atroces, puedes dejar que la sinceridad deje de esconderse tras los arbustos de la corrección y aflore y tome el control. Las pasiones ocultas dejan de serlo (ocultas).
Y no puedes dejar de leer una y otra vez la misma frase, una y otra vez el mismo pasaje.

Y detrás de ellos entra la noche en la casa de las hermanas Garmendia. Y quince minutos después, tal vez diez, cuando se marchan, la noche vuelve a salir, de inmediato, entra la noche, sale la noche, efectiva y veloz.                                                                                                 

Si pudiese decir que el libro irrumpió en mi vida en una época particularmente feliz esa sería una explicación. Pero dos años antes o tres más tarde las cosas eran, casi, lo mismo. Hay que darle a la literatura la importancia que se merece, que es mucha más que el hecho de que un estante repleto sea un estímulo superior a la campana del perro de Pavlov, o de que las mesas de determinadas zonas de las casas que se precian necesitan grandes libros echados de través con títulos en inglés de no más de dos palabras. Hay que aceptar que, igual que la primera canción que oímos o la primera palabra que decimos, los libros que nos impresionan son, en su delgadez y su fragilidad y el deterioro de sus sucesivas lecturas, tablones que nos salvan de la mediocridad.

Todos estaban contentos de estar allí, en la fiesta del piloto poeta; estaban contentos de ser lo que eran y de ser, además, amigos de Carlos Wieder, aunque no lo entendieran del todo, aunque notaran la diferencia que existía entre ellos y él.                                                               

Si una reseña es un homenaje, a veces no tiene sentido seguir leyendo, pues hablamos de filias y de fobias y, en días de carnaval, no hay que quitarse las caretas sino ponérselas. Pero al mirar hacia atrás, al empaquetar las cosas, vi que no tenía sentido seguir olvidándome de ésto. Cuenta saldada, pues.

Nos tomamos un último té y más tarde lo acompañé a la calle. Durante un rato estuvimos esperando a que pasara un taxi, de pie en el bordillo de la acera, sin saber qué decirnos. Nunca me había ocurrido algo semejante, le confesé. No es cierto, dijo Romero muy suavemente, nos han ocurrido cosas peores, piénselo un poco.                                                      



dijous, 16 de febrer del 2012

ME AND WALTER

Él me perdonaría que, descortés que soy, me ponga primero en la frase. 

Si existiera, me refiero, me perdonaría.

Aunque puede que exista alguien parecido en algún lado, sería difícil, pues en eso está la gracia de la ficción, que hubiera alguien en el planeta como Walter White. Lo que mi padre diría que son fantasies de pa sucat amb oli (traduzco : fantasías de tres al cuarto), aquí es justo el punto de libertad que hace  Breaking bad (o que hace que me lo parezca) tan fascinante. Cuarta temporada, de la que me quedan cuatro capítulos de los que pienso dar cuenta antes de que llegue el fin de semana. Y el sábado ya decidiré por dónde tiro a continuación. Temporada aparentemente de transición, donde White y Jesse sufren vaivenes en esa enferma relación maestro-discípulo, jefe-aprendiz que progresa entre traiciones que cuestan vidas, favores que salvan otras vidas, debilidades, y cierto cariño (aquel que dicen que produce el roce). Relación puramente profesional que progresa a una especie de simbiosis anclada en el instinto de supervivencia. Dos enfermos, uno de cáncer, otro de politoxicomanías. Dos escuelas: la universidad y la calle. Vivir en directo una gran serie y disponer del altavoz apropiado para explicar sus bonanzas es un regalo de los dioses. Véis, recibo regalos, no los doy. Aunque me llamen generoso. Poder hablar de como me gustan las desconcertantes primeras escenas, que van atrás minutos o años, que son trailers puros frente a esas intros que me crispan un poco (las de previously on...). Prácticamente no hay relleno en esta serie, incluida una selección musical particularmente acertada. Sé que hay quien me lee y empieza a plantearse verla, o sea, está a punto de caramelo. 
Hank, de la DEA, no sabe que el científico con pseudónimo teutónico (Heisenberg) al que intenta identificar es su cuñado. Parece no tener ni idea cuando, prácticamente inmóvil por las secuelas de un tiroteo, le pide que le ayude en su personal obsesión en acabar encontrándolo. Que lo acompañe a los sitios donde piensa que puede encontrarlo. Hace que Walter se busque a sí mismo, mejor, que busque al alter ego cruel e implacable que se ha desdoblado, casi full-time, de su cuerpo. En una comida familiar Hank habla con admiración del ser al que persigue, de su inteligencia, del talento que podría haber usado para algo mejor que sintetizar metanfetamina de elevada pureza. Walter paladea cada palabra extasiado, y querría prolongar ese momento, seguir oyendo ese cúmulo de alabanzas, y el vino que ha ingerido hace que alargue la conversación, que la estire hasta un punto sospechoso y arriesgado. Apenas cinco minutos que valen más que temporadas enteras de series insustanciales.
Los que están a punto de caramelo, que vayan preparándose. Diría que El día del perro es una influencia  involuntaria, con esas páginas que parece que vayan a soltar polvo del desierto.

Y sobre mí?. Paladeo cada palabra que escribo, y eso ya es un placer inmenso. Soy un jodido egoísta por hacer esto, no lo olvidéis.


dilluns, 13 de febrer del 2012

ATENAS Y ALBURQUERQUE

Llego tarde pero merezco disculpas. No todas las excelentes series son comprendidas a la primera. Igual que 20 o incluso 100 páginas iniciales de grandes libros cuestan ser superadas y sólo cobran sentido, a veces, por hechos que ocurren a partir de la página 400. Breaking Bad no es una serie nada sencilla. Su arranque en el primer capítulo, con un aparentemente incomprensible flash-back, un hombre de mediana edad en calzoncillos en medio del desierto, es lo más alejado del glamour que uno pueda concebir. Como una antítesis de los barrios bienestantes de series como Mujeres desesperadas. Pero, repito, cobra sentido. Ese tono amarillento, esa sobreexposición solar excesiva del desierto de Alburquerque, Nuevo México, que me recuerda las escenas mexicanas de la excelente Traffic de Sondenbergh (aquellas iluminadas por la presencia de Benicio del Toro), y también algunas escenas de Kill Bill, que recibe un tributo más adelante, en lo que podríamos llamar el capítulo de la mosca.
El hombre de la foto, ante el espejo, rapado, envejecido, con sus medicamentos preparados, es Walter White. Químico que consume sus días entre anodinas clases a estudiantes desinteresados y un trabajo extra en un túnel de lavado de coches. Hasta que un día un médico le hace iniciar una cuenta atrás en su tiempo de vida. Repasa sus finanzas y, para cuadrar la posibilidad de dejar la vida arreglada a su familia, toma la decisión de usar sus conocimientos en química para sintetizar drogas. De una pureza que las convierte en la bomba. Contacta con amistades peligrosas, entra en el arriesgado círculo de traficantes y gente de la peor calaña. Lo hace todo con la mejor de las intenciones, pero las cosas se irán complicando. Los surcos de su cara dejan de ser de madurez y pasan a ser de astucia. Una astucia torpe, pero una astucia que le permite seguir adelante.
Repito: Breaking bad no es sencilla ni, seguramente agradable. Para delicia de los estudiosos más profundos, quizás su personaje busque la redención, quizás huya del laberinto sin salida que una curación le procuraría. Quiere cuadrar plazos y cantidades. Morir justo cuando tenga el dinero que necesita, dejarlo todo limpio y claro. Posiblemente esos críticos que aúllan ante la excelencia de dos series que son casi literarias, The Sopranos y The Wire, estén algo desorientados buscando referencias en un personaje tan contradictorio como White, buscando la composición exacta de héroe y villano, pues existe el momento, sencillo de determinar, donde White cruza la línea, donde atraviesa con funambulismo circense la barrera de la buena persona. Pasa al otro lado, mira atrás y querría volver, pues eso supondría  recuperar su estampa familiar. Pero el mal está hecho y empieza a pagar por él.

El mismo tono ardiente y amarillento del desierto de Nuevo México lo desprende esta fotografía. El pie decía que era el ayuntamiento de Atenas, que ardió ayer en medio de durísimos incidentes. También ardieron: la central de un banco (oportunamente llamado Alphabank), un Starbucks, un cine de esos céntricos y antiguos que en Barcelona sólo hacían arder las inmobiliarias. Declaro que no sé decir que pienso cuando veo ésto. Que no sé, pero me suena que sí, son griegas palabras como catarsis o némesis o apocalipsis. Que me extrañaría que ese cruce a la maldad tenga marcha atrás. Que tampoco sé si es un cruce a la maldad. Bastille, Bastille, Bastille.



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