Los ingleses sacan mil barcos al Támesis. Mil barcos deben costar su buen dinerito para sacarlos un día a pasear, se supone que convenientemente engalanados y tripulados. Bueno: sus mandatarios asumen ese, y otros enormes dispendios para celebrar alguna efemérides de esa reina que tienen. Jubileo, o algo así, le llaman. Tenían una reina madre, que es como lo de las abejas, pero en señoras vestidas de tonos pastel y con unas pamelas horrorosas, forradas de dinero, por otra parte. Pero creo que la reina madre ya fue llamada por el señor y ahora tienen a la reina, y al príncipe de las orejas grandes, a la Camilla, a los niños que se visten de nazis, y a sus letizias correspondientes. Todos a ser homenajeados en un acto que debe salir por un ojo de la cara. Pero les da igual: los ingleses están en su rinconcito de Europa, sin problemas con el euro ni con eventuales rescates. Y pasando la mano por la cara a los demás, desperdiciando en fastos de adoración unipersonal lo que a otros les iría muy bien: para no pagar recetas, para rescatar algún pequeño banco, para unos cuantos ordenadores escolares, para coches oficiales. Si en España ya hay hasta un rey que pide perdón: así de jodida está la cosa. Pero los ingleses pasan. Cómo será en jerga, eso de pasar en plan me la sopla. Quieren sacar la banderita y salir un rato a la calle, que igual ese día toca de los que no llueve. Enseñar esa bandera que casi todos adoran, como los americanos, porque han conseguido hacer de ella un icono, sin ponerle toros ni águilas ni coronas. Limpia, estética, y con los colores de Ralph Lauren y un diseño original. Ni los catalanes nos decidimos por una estelada en concreto: a mí me gusta más la que lleva la estrella blanca sobre fondo azul.
La sociedad inglesa es muy clasista, dicen. Están los patanes que van a los estadios, con tatuajes talegueros y barrigas prominentes, y que se pueden apreciar por hordas en Eivissa en pleno agosto. Bueno: ellos le llaman Ibiza, así, en castellano. Si les pones Eivissa en el cartelito del minibus que les lleva a los hoteles, ni se suben, asustados. Es lo que les dura la sobriedad: el acceso al minibus. Bien: esos ingleses que van a los hoteles playeros son la clase tirada de Inglaterra. Los guays son como la familia que adopta al monitor de tenis en Match point: remilgados, estéticos, hipócritas e inmensamente ricos en libras esterlinas. Con trajes algo estrechos y cortos, con ademanes refinados. Clase alta que ha entregado al mundo palabras que desprenden refinamiento y distinción: Ascot, Eton, Oxford, Valmoral, Buckinghamm, cottage. Bueno, también ha librado esas ridículas pelucas de los jueces. Lo que tiene que ser pasarse la vida estudiando leyes para acabar encasquetándose algo tan espantoso.
Buena parte de eso lo compensa la buena música que los ingleses han creado. Fruto de la alegría o fruto del sufrimiento. No todo son estúpidas canciones que, al traducirlas, dan vergüenza ajena (muchas de los Beatles: dios!): Ghost town, de los Specials, hablaba de la Tatcher cerrando bares. Imposible disociar Inglaterra de la cultura pop, del glam, del sonido Sheffield, de Madchester.
O el fútbol: aunque sepa que hay gente que lee esto y lo odia. Aunque muy posiblemente sea el opio del pueblo que muchos proclaman. Sí, nos hemos enganchado, muchos, a ese opio y no hay manera. Excelente post de Casciari, ayer, por fin, hablando de Messi, hablando de Messi justo con la manera y el espíritu y la santa paciencia del que quería hablar hace tiempo y esperaba el momento.
O sea: les agradezco a los ingleses aportaciones clave al goce de mis sentidos, pero me jode ese chulesco alarde de superficialidad y absurda servidumbre. Ellos están bien allí, con su libra y su estabilidad y una anciana ricachona a la que veneran.
Con su pan se lo coman.
