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dijous, 25 d’agost del 2016

OCEAN, SUTIL

 
Curioso post: la obstinación de la gente de Youtube por hacer inaccesibles los vínculos que voy colgando hacen que cada vez que accedo a renovarlos me decida a añadir algún concepto a mi opinión sobre el disco. 
No sé cuánto rato va a durar este juego.

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Algo de ojo tendré para esto. Los cuatro años que ha tardado Frank Ocean en entregar su segundo disco no han hecho más que confirmar lo magnífico de Channel Orange y cómo éste creció con el tiempo y caló entre la gente. De qué, si no, una expectativa de tal tamaño y toda esa liturgia habitual de anuncios de fechas, anulaciones, retrasos,  que sólo suele darse cuando se habla de algo importante. Y Ocean ha demostrado, por lo menos, madurez y personalidad como artista, la suficiente para no ceder a lo sencillo en apariencia, que hubiera sido confeccionar un disco de estructura parecida al anterior, consiguiendo evitar el fácil recurso de buscar equivalentes a las canciones más destacadas de esa obra magna.
 Y eso es algo que aquí se respeta mucho. 
Qué difícil, es, por eso, evaluar de primeras un disco que apenas se ha podido escuchar entero unas pocas veces. También en eso se ha demostrado la importancia de Ocean. Cuántas reseñas de primera escucha, cuántas impresiones iniciales, posiblemente precipitadas, que no hacen más que demostrar que este mundo ya ha sido cambiado, para siempre, por la presencia de internet. Horas tardó en estar disponible para descargas, horas para asimilar la sorpresa relativa, y vamos, oigamos el disco, juzguemos los primeros, que el que da primero da dos veces. Incluso con el juego del despiste al que se entregó Ocean publicando ese experimento de outtakes llamado Endless.
Blond no tiene el impacto inmediato de su antecesor. Pasma que la canción que lo abra contenga una parte vocal inicial con el pitch acelerado. Sorprende que las partes vocales sean tan dominantes, que las instrumentaciones sean en algunos momentos tan escasas, tan espartanas. Aunque las capas se van revelando, y un oído bregado pronto empieza a descubrir detalles que fascinan. Es posible que sea uno de esos discos a los que mucha gente le va a costar entrar. Los ritmos están algo relegados, son lentos y perezosos, estructuran las canciones, pero no se hacen con ellas. Las canciones son cortas, nada de diez minutos con cambios de ritmo. No hay Pyramids, y los equivalentes a grandes cumbres como Sweet life son más en espíritu que en sonido. Puede, por eso, que sea algo pronto para que Ocean entregue su Behaviour particular. Pero lo que no ha hecho, seguro, ha sido ceder a entregar un disco borracho de gloria previa. A lo mejor se trata de un acto de prepotencia muy sutil. Cuántas suposiciones. Qué pasará en unas semanas, en unos meses, calará algo tan hondo como esos golpes de ritmo que abrían Super Rich Kids. 







De momento, la guitarra en Ivy me recuerda tanto a Prince como a algunos temas de los primeros Style Council, el piano percusivo y la deliciosa  subida de cuerdas en Pink + Blue parecen extraídos de alguna decadente película francesa de los 60 musicada por Michel Legrand, y lo que suena en Skyline to, que empieza a capella y se eleva al paraíso, (noto un extraño y cosmopolita aire de Rufus Wainwright), puede, no sé, cuánta hipótesis, que sea un theremin. Todo el disco está envuelto de un halo de irrealidad, de riesgo, pues lo que parece es que Ocean se ha planteado el disco como un proyecto personal completamente ajeno a exigencia comercial alguna. Lo demuestra la elevada presencia de canciones lentas, no baladas al uso, más bien exhibiciones nada narcisistas de introspección, y ahí Ocean experimenta en lo vocal y experimenta en lo instrumental, y las influencias surgen de debajo de las piedras. Y aunque la más visible sea la del Prince más rebelde, montaraz e íntimo, no creo que sea exagerado comparar algunos pasajes con las atmósferas malsanas del primer disco de Goldfrapp o con bandas sonoras planeadoras (desde el Vangelis de Blade Runner hasta los experimentos noctámbulos de bandas sonoras como Lost in translation o Drive).
Pronto para decirlo: la inspiración tiene caminos muy caprichosos, y más aún lo son los que tomamos los oyentes ante un disco. Importa la secuencia, importa la presencia de temas centrales a los que referirse, importa que no haya canciones que nos despierten las ganas de usar el skip, pero importa la actitud, la intención. Y la actitud de Frank Ocean aquí es la adecuada, qué digo, la perfecta: la de un músico (como el Kanye West de los dos últimos discos) que no permite que otros tomen las riendas de su carrera. Por eso, no voy a comparar aquí sus dos discos. Sería injusto. Estoy seguro de que merecen mucho la pena ambos, que los dos son seguramente hitos a diferente niveles, y estoy seguro de que la carrera de Ocean va a dar más alegrías en el futuro. Porque este disco es un triunfo, a la vez desmarcándose del pesado lastre del disco anterior, de la tendencia superproducida del r'n'b actual, incluso de las exigencias del insaciable mundo de la innovación permanente, Blond, con sus ritmos sutiles, sus colaboraciones que cuesta identificar, con su renuncia al hit, nos lo confirma. Que ninguna estúpida etiqueta os aleje de disfrutar esta fascinante música.

Post-facio: dos cuestiones que me atribulan respecto a este disco. La insistencia de Apple Music en perseguir cualquier medio de reproducir sus canciones sin el previo pago. Y la cuestión del tracklisting suicida que, especulo, Ocean ha impuesto, con sucesiones de canciones que son ejercicios vocales despojados de ritmo y, por tanto, que lo alejan aún más de la escena hip-hop. Esto resulta desconcertante porque cambia el paradigma de la música "negra" publicada en USA, donde el racismo latente aún espera que cualquier tipo de color vaya calzado con zapatillas y se lance a bailar al primer chasquido de batería.



diumenge, 23 d’agost del 2015

Y15W31: DIOSES MUERTOS

Debería ser un pretexto para negarme a hacerlo, pero no lo será. Hago la cama y me quedo absorto: una sábana a rayas, en tonalidades a medio camino entre lo mediterráneo y lo levemente árabe, me sume en pensamientos que toman curiosos vericuetos. Que si ese algodón que ha necesitado ser plantado, recolectado, tratado para convertirse en hilo. Que si las máquinas que lo han tejido hasta convertirlo en tela. Los tintes, los minerales extraídos o los componentes vegetales para obtener los distintos tonos. Los aditivos químicos para evitar que, una vez teñida la ropa, el detergente no acabe con sus colores al primer lavado. La red de distribución para que eso haya llegado a mi casa. Las carreteras, los camiones, los barcos que han llevado a la fábrica cada uno de los materiales. La construcción del edificio donde está el comercio donde se adquirió, los empleados que allí te atienden, como llegan desde sus casas, el transporte público, las infraestructuras, la motocicleta que el dependiente aparca a la vista para vigilarla mientras trabaja, la gasolina gracias a la cual funciona, el poste donde la dispensan, la máquina de autoservicio, la manguera, la presíón del combustible a través del tubo, el mensaje desde el terminal de cobro hacia la máquina para que entregue tantos litros o el equivalente de tantos euros. Solo estoy haciendo la cama y ya me he entregado a una cábala que abarca miles de elementos.
Me da miedo pensar en todo eso y pensar a la vez en lo sencilla que es la existencia de la mosca que se ha colado aprovechando que he abierto la ventana, para dejar que la estancia se ventile, aunque sea con ese desagradable y húmedo aire caliente del agosto barcelonés. Me da miedo porque, a continuación, el proceso lógico es pensar en la humanidad como en un estado avanzado de algo y en el mundo animal como un estado más primario. Y me da miedo pensar que de eso a creer en las divinidades puede haber muy pocos pasos. Pero como, frase que suscribiría ese silencioso espectador llamado Horacio, para algunos escribir es difícil pero no escribir es aún más difícil, heme aquí, pensando qué foto ilustrará esta disquisición, qué final o qué conclusión aparecerá, pasadas treinta o cuarenta líneas. Pensando que si los fines de semana toca texto y aquí hemos pasado por encima de laberintos políticos, de comienzos de temporada futbolísticos repletos de falsas dudas existenciales, pero que no, que hay que ser serio, hay que cumplir y hay que esperar la respuesta de turno, la que no llega, la de dijiste el 1 de septiembre y ahora qué. El lamento sobre lo mermado de nuestro poder de convocatoria, que ahora no merece ya ni esa palabra, poder. 
Pero volví a perderme. No tengo ganas de creer en dioses. O quiero creer que si fueron superiores para organizar el inicio de todo esto, la cosa no les dio para más y ya lo de inmortales no pudo ser. Dioses muertos. Eso. Sin herederos ni código genético a clonar. Puede que sea otro de los efectos colaterales de hacerse mayor. Pero, por encima de todo, no me apetece nada que condicione mis actos al margen de mi voluntad, que tan mala no es. Ya hay bastantes cortapisas y bastantes límites dictados por la física y la química y la naturaleza. Valorarlo todo en función de. No. Esa sensación de necesidad de sentido de todos los actos me resulta nauseabunda. No es suficiente la presión del instinto de supervivencia, que ya es muy poderosa, para qué pensar en seres superiores y en sentido de todo, simplemente porque el pensamiento se vaya por las ramas mientras se allana una sábana. Para esto ha dado, para uno de esos inexplicables textos que no llevan a ninguna parte, salvo que alguna parte sea la reiteración de ciertos recursos que ya deberían empezar a cansaros. Para otro aleteo inútil, otro número en la estadística, otro esperar un cada vez más lejano e improbable regreso a tiempos pasados.



dilluns, 15 d’abril del 2013

SI VEINTE AÑOS NO SON NADA, QUÉ SON DIEZ MINUTOS


Qué equivocado estará quien interprete que yo soy fan de Queen. No es que les tenga una manía especial, reconozco sus méritos pero me cargan demasiado sus errores. Algunos de ellos relacionados con su primera época (como escoraron de cierto glam-rock dramatizado a un vodevil de hard-rock de guitarra al aire) otros relacionados con la segunda (una excesiva búsqueda del impacto comercial por encima de experimentos). Aún así, pertenezco a la extensa tribu planetaria a la que le es imposible pertenecer indiferente cuando oye las primeras notas de Bohemian Rhapsody. Sí: justo ese coro inicial a cappella que dice Is this the real world,is this just fantasy.
Si hay que hablar de una canción que es el emblema de un grupo es esa. Puede que los fans enganchados a la banda en su última fase hayan optado por otras elecciones, pero la verdadera quintaesencia está recogida en esos seis o siete minutos. En esa época se consideraba que unos cuatro minutos era el máximo tolerable para las canciones que se publicaban en formato single. Se requería inmediatez, radiabilidad, estructura de corte clásico, y van y presentan una canción que transita por toda clase de tiempos y estilos, desde la balada desgarrada hasta el coro incluyendo el interludio operístico y el arranque de rock casi heavy, ese que siempre que oigo me rememora una escena de una película infecta de hace muchos años llamada Wayne's World. Lejos de culpar a Queen por el heavy-metal, que ya podría, pero me temo que otros muchos hubieran caído en el pecado, escribo estas líneas para disculpar que no controlaran el monstruo que contribuyeron a crear. Queen fueron solamente un experimento con un punto de partida más cercano al glam-rock que se escapó de las manos. Para sus bolsillos, mucho mejor. Para el curso de la historia de la música popular, un inexplicable caso de lo que los pesados del marketing llaman transversalidad. Lo que sí que ha arraigado es el ejemplo de Bohemian Rhapsody como amago de suicidio comercial por su duración y su estructura saltarina entre estilos.
Todos los singles que han desafiado a los corsés de la industria y se han alzado triunfadores deben algo a Bohemian Rhapsody. Todos han pasado por la comparación por la simple cuestión de su duración y de sus cambios de ritmo.


Un ejemplo paradigmático sería Paranoid Android de Radiohead. Mucho más aguerrida en su estructura, son otros siete minutos con unos parones y unos arranques mucho más violentos y psicóticos y con la voz de Thom Yorke, técnicamente más comedida que la de Freddie Mercury, pero que, qué coño, quien imagina a los Radiohead con otra voz que no es la suya. Paranoid Android es tan fiel a su título como la de Queen, y Ok Computer es un disco mucho más respetado, sí, ahora que hace dieciséis años de su publicación ningun crítico se atrevería a discutirlo. A night at the Opera, el disco de Queen, gravitaba alrededor de la canción, aunque había otras canciones brillantes como Death on two legs o la algo pastoril '39. Sin embargo, Ok Computer rebosaba de otras canciones, su escucha no tenía un hito tan destacado y un día la favorita era Exit music (for a film), una de las mejores canciones de todos los tiempos y otro lo era Karma Police o No surprises. Puestos a ser brutos, el solo de guitarra en la canción de Radiohead es más esquizoide, menos tarareable y más desquiciado. Claro, han pasado veinte años y el rock'n'roll, o lo que sea, ya ha pegado muchos vuelcos. Entre el disco de Queen y el de Radiohead hay muchos años de evolución de la música. Está, mínimo, mucho punk, la new wave, el tecno y el techno.


Y el último ejemplo es el nuevo paradigma: Pyramids, diez minutos plantados en medio del fenómeno que es channel ORANGE, de Frank Ocean, como apostando por ir más lejos aún. Los años han pasado y Ocean es otro de los encargados de hacer evolucionar la música. Combina historias de emperatrices e historias de prostitutas, despanzurra la versión inicial de la canción para editar un vídeo de carácter cinematográfico, pero sigue ahí para demostrar que los artistas de verdad no son cómplices de los capos del marketing sino sus peores pesadillas. La canción acelera y para y hasta se permite intercalar un solo de guitarra de John Mayer, con cuyo apellido me dan ganas de jugar para los que sepan algo de inglés. Brian May- John Mayer. Mayer es más que May y Frank Ocean sabe perfectamente con quién lo compararán y qué terreno pisa. Nueve meses y el disco aún echa chispas.


dimecres, 2 de gener del 2013

POULIDOR, SAMPRAS, ROSBERG, OCEAN Y EL FANTASMA

No soy capaz de pasarme media mañana consultando en Wikipedia y en todos esos contenedores virtuales de información que llenan la red, que la llenan tanto que se rebosa y los conocimientos se desbordan, se derraman por el suelo como la leche puesta a hervir y acaban poniéndolo todo perdido. Así que tiro de mis recuerdos de cuando prestaba atención a más deportes que a uno, como hago ahora (ni eso: es atención a un deporte y a un equipo de este deporte que es el rey Sol alrededor del cual todo gira y gravita).
Había un ciclista francés llamado Raymond Poulidor, allá por los años 70. Parece ser que quedó segundo en unos cuantos Tour de Francia. No ganó ninguno. Bueno, quizás si en aquellos años se hubieran llevado a cabo los controles que se llevan hoy en día resultaría que había ganado todos. O no, igual él se dopaba también. Si esto fuera una entrada dedicada a David Foster Wallace aquí iría un numerito y abajo iría una explicación. Pero la pongo aquí. No sé por qué continúan organizándose carreras o concursos o competiciones o certámenes o como coño se les diga (curioso, todas ellas palabras que empiezan por "c", igual que "coño" y "curioso" (y "ciclismo")) cuando (otra "c") se ha constatado (...) que las trampas y el dopaje se han constituido (.) en la norma habitual y han despojado el deporte de toda gracia que no sea la de ver a un tipo esforzándose heroicamente por salvar una cuesta de tomo y lomo en medio de unas vistas espectaculares tomadas desde un helicóptero (montones de palabras sin "c"). En fin: Poulidor sería tildado de eterno segundón por cualquiera al cual le haya sido inoculada en vena la cultura de que el primer lugar es el único válido para un auténtico competidor nato. Señores: somos un planeta con un líder y miles de millones de súbditos. Nonono.

Ahora que he leído unos días sobre tenis (porque DFW me lo ha impuesto: no soporto el tenis más que en las contadas ocasiones en que soy yo quien juega), también creo recordar que Pete Sampras, creo que tras Ivan Lendl y la actual fase de dictadura combinada por Federer (me cae simpático) Nadal (no lo soporto: ¿cómo puede ser del Madrid el sobrino de una destacada figura del Barça de los 90?) y Djokovic (del cual hasta la fecha soy incapaz ni de retener su estructura facial ni de haberme formado una opinión tan tibia y escasa de argumentos de peso como los dos anteriores) llegó a ostentar el número 1 en la clasificación de la ATP (gracias de nuevo a DFW sé que esa clasificación es una especie de timo encubierto) sin haber llegado a ganar ningún Gran Slam, cosa que subsanó en muy escaso margen de tiempo y creo (que va con "c" -cosa que correspondería al párrafo anterior - y que estoy empleando en exceso aquí, pero es que quiero escribir, no consultar la Wikipedia) que ahora es, incluso, de los tenistas que ha conseguido más títulos Gran Slam. 
Y, aún más atrás en mi memoria y más brumoso y por tanto menos creible, creo ("c", creo, joder que reiterativo estoy) que hubo un campeón de F1 (cuando aún se llamaba Fórmula 1, cuando aún había más emoción que lo que tardaba un coche en cambiarse las ruedas, cuando aún no había cámaras en los boxes enfocando a mecánicos mirando monitores (que, aparte de una reiteración de "m", es el espectáculo más absurdo del mundo), cuando, en resumidas cuentas, ver una competición automovilística conservaba un cierto deje gladioresco y eran tipos que se jugaban la vida en cada curva) que ganó el campeonato habiendo ganado en ninguna o muy poquitas carreras (que debería llamar grandes premios o Grandes Premios pero opto por las palabras con "c" para aportar algún elemento de cohesión (c) a este post.

Por cierto, compruebo que Keke Rosberg fue el que alcanzó tal proeza, pero confirmo que se produjo en motociclismo (curiosamente una mezcla entre ciclismo y automovilismo técnicamente hablando) cuando Sebastià Alzamora se alzó con el campeonato mundial en 125cc sin ganar una carrera.

Por todo ello he de hacer hincapié en un hecho que constato una vez (con la inexplicable ausencia de la lista de Go-Magazine, que opta por publicar su número con las votaciones de final de año prácticamente a finales de enero, con lo cual quedan completamente fuera tanto de la posibilidad de que esas listas constituyan guía alguna para los compradores ocasionales navideños de ocio como de su inclusión aquí) he visto las listas anuales de los mejores discos de 2012 de publicaciones de referencia y credibilidad fuera de toda duda ya no individualmente sino en cuanto a su variedad y dispersión. Hablo (el orden es el de mi memoria) de Pitchfork, Metacritic, FactMag, Jenesaispop (no estoy muy seguro), Playground, Jotdown, NME, La Vanguardia, El Periódico, o sea, cerca de la decena de publicaciones, de la más diversa (insisto) filiación en cuanto a géneros. Prácticamente todas ellas han situado channelORANGE (creo que es la primera vez que lo escribo correctamente, con las últimas palabras en mayúsculas) como segundo disco del año. Algunas como primero, pero, curioso, las que lo han considerado segundo no han considerado nunca como primero al mismo disco. Primeros mejores discos con channelORANGE (segunda vez) han sido discos de Springsteen, los Swans, Kendrick Lamar, The XX (otra maravilla, también recomendado con avidez y también muy presente en estas listas a pesar de su condición de difícil segundo disco) y otros.

O sea, que oigáis el disco y no jodamos más.



Selene: el fantasma lo estamos compartiendo. Completamente seguro.

divendres, 2 de novembre del 2012

OTRA VEZ FRANK

Sonríe: uno a la fuerza tiene que ser consciente del disco que ha hecho
Como en 1997 seguramente no existía Blogger, apenas el E-mail, e Internet empezaba a amagar toda su futura importancia y posibilidades, entonces yo no pude escribir todo lo que debía sobre aquel disco que tanto me impactó: Ok computer de Radiohead. Si hubiera sido como hoy, yo hubiera empezado con una reseña entusiasta tras cinco o seis escuchas, con un cierto candor casi adolescente, sobreexcitado por las canciones que iba descubriendo y por como éstas se me revelaban matiz tras matiz. A los dos o tres meses, con treinta o cuarenta escuchas, aparecería una nueva reseña ensalzando esas canciones escondidas, esas joyas de sencillez aparente ocultas entre las más inmediatas, justo las que le aportan coherencia de gran obra y equilibrio evitando que sea un disco estridente, fácil y excesivamente accesible: las que, gracias a la secuencia, quedan escondidas pro van apareciendo. A esa reseña la seguiría, en el ineludible momento en que el disco fuera justamente votado como el mejor del año, otra breve en la que, entre destellos de falsa modestia por mi preciso ojo de halcón o de águila real, habría un pequeño recuerdo a esas dos primeras, y, ya en el terreno de la opinión experta, se ensalzaría, en medio de las virtudes unánimemente apreciadas, aquellas detectadas por mí, propias del estudio minucioso y del conocimiento magnánimo de la obra. Me atribuiría el encuentro de ciertos momentos álgidos que elevaban su disfrute a cotas nunca alcanzadas, esos detalles que pasan desapercibidos al que oye música distraídamente, pero no al experto escrupuloso que considera cada sucesiva escucha como un potencial descubrimiento de hallazgos.
Siempre había echado de menos hacer una de esas reseñas track by track que sólo se hacen por parte los fans más irredentos o a los discos más sensacionales.
Por si no lo sabíais, channel Orange se ajusta plenamente a la última definición.

1. Start
Música incidental. Ruidito de mensaje de Whatsapp.
2. Thinking about you
Ojo: el falsetto, el tono de la instrumentación, la melodía ligeramente azucarada, pueden inducir a pensar erróneamente sobre el total del disco. Una especie de falso inicio que parece marcar el tono equivocado.   8/10
3. Fertilizer
Otra vez música incidental, aunque parece más bien publicitaria. Ruidos de sintonización.
4. Sierra Leone
Ya vamos en serio. El Marvin Gaye de los mejores tiempos, la voz desdoblándose, el portentoso arreglo de cuerda. La melodía trazada por la voz, que es la que empieza ya a gobernar el disco, sin eclipsar el sonido, a partir de ese momento: "Y un nuevo día traerá otro amanecer/Y un nuevo día traerá al mundo otro bebé llorando (niña esta vez)/Nuestra hija busca el pezón, porque le toca comer/Esta noche la dejaré en su cuna si es momento de dormir/Le cantaré una nana de Lennon/para que tenga un dulce sueño" 10/10


 
5. Sweet Life
El festín es generalizado. Chasquido inicial, piano eléctrico, entrada de sintetizador, jugueteo de bajo casi jazzístico. Esta vez es Wonder. Impresionante desplazamiento de la voz por la canción, en un tono cálido, confidente, tostadísimo, emotivo, valiente. Muy difícil no exponerse a considerarla la mejor canción del año, aunque muchas de las otras candidatas la acompañan en el disco.: "Tuviste un paisajista y un ama de llaves desde que naciste/la luz de las estrellas te mantuvo caliente/así que para qué ver el mundo/cuando tienes la playa". 10/10


 
6. Not just money
Interludio ambiental
7. Super Rich Kids
Aplastante. Ritmo marcial, speech milimétrico, fondo casi percusivo aderezado por una sección de viento casi de desfile de New Orleans. Otra vez la voz de Ocean lleva la canción hacia el paraíso: respuesta melódica impecable, coro femenino de fondo, congelación del ritmo.    10/10


 
8. Pilot Jones
Ligero descanso. Esta vez es un tema con carga vocal, otra vez falsete y quizás el único uso del Auto-Tune en todo el disco, sonando como un tema de Prince a incluir en una reedición de Around the world in a day. Leve tono psicodélico   8/10
9. Crack Rock
Vuelta al trabajo: ritmo suave, piano eléctrico, scratching, otra vez a lo Wonder, esta vez con el testimonio en primera persona de un adicto al crack : "Tu familia dejó de invitarte a cosas/y no te dejaban sostener al bebé".   9/10


 
10. Pyramids
Si uno cuela una canción de 10 minutos en el centro del minutaje de un disco, si la publica como single, si existe una versión reducida de 8 minutos para insertarla en un vídeo con cierta pinta de gran apuesta. Si uno hace todo eso, es que la canción es el emblema, el mascarón de proa del que uno quiere presumir, la joya de la corona que uno enseña a los amigos cuando le dicen, hey, tú eres músico, ¿no?. Ecos de stadium-house (esos teclados) de psicodelia, de las cosas que caben en diez minutos cuando un músico desbordante de creatividad decide sacar el catálogo.  10/10

 
11. Lost
Claro: tras Pyramids todo puede sonar banal y todo puede sonar hasta breve. Entonces lo mejor es colar un tema pop, un tema que casi se puede silbar, con ecos a bandas vocales femeninas como las TLC. Confirmas el cambio de tono, y demuestras tu cintura.  9/10


 
12. White
John Mayer, guitarrista de estudio que parece sacado de otra época, adereza esta nueva pieza de interludio, última del disco, que dura, como las otras, apenas un minuto.
13. Monks
Tenue influencia de acid-jazz de bandas como Galiano o Incognito en uno de los temas que menos resplandecen en el disco.  6/10
14. Bad Religion
Lo que yo criticaré los discos de r'n'b que recurren a las baladas: cómo me tengo que comer esa apreciación, cuando ésta es una de las más descomunales muestras de emotividad, de expresión vocal, de todo lo que uno critica cuando lo encuentra almibarado y no sincero, como es este tema.  "Si hace que me postre en mis rodillas/es una mala religión". 10/10

 
15. Pink Matter
Léase, palabra por palabra, lo expuesto en referencia a la anterior canción. Ríase de mi opinión, y emplee una frase del estilo, no quieres caldo, toma dos tazas, o similares. Dos: va el tío y mete las dos baladas seguiditas, ahí al final del disco. Y sale triunfante.  10/10


16. Forrest Gump
Curioso cuando en lo que lees sobre un disco la gente elige canciones muy diferentes como favoritas. Hay quien considera esta canción, algo obvia, lo mejor del disco. Este vuelve a ser Prince, pero de Sign 'o' the times, incluida la tenue instrumentación.  8/10
17. End
Track escondido pasados tres minutos de música filtrada y silencio. Groove, ligera sensación lo-fi y tono confidente. Después del prolongado viaje, un tono introspectivo, para que se vaya desalojando el avión.  9/10.


Caminé hace unos días por la tienda de FNAC en el centro L'Illa Diagonal de Barcelona. Un par de copias de este disco estaban, sin destacar en modo alguno más que por su plano tono naranja, en el estante frontal de la categoría hip hop. Al lado de discos que no mencionaré, de cafres dedicados a cantar odas sobre culos y coches de gran cilindrada, sobre samples de discos que ya sampleaban a otros. Pensé, tengo estas cosas, cómo el atribulado y despistado encargado de la sección se agobiará cuando se haga justicia y la gente acuda a comprar esta maravilla, y se encuentre con tan magro stock producto de su escaso olfato. En caso de que en este mundo haya justicia, claro.

Lo digo ahora, aunque puede que juegue con la ventaja de haber indagado mucho y a fondo: este, ya que lo he mencionado, es el Ok computer de estos extraños tiempos. Tenía que hacerlo un tipo de color y tenía que hacerlo un tipo americano y tenía que hacerlo un tipo gay. Como Ok computer tenía su Paranoid android, largo single con cambios de ritmo y melodía, éste tiene su Pyramids. Hasta tiene, como el viejo disco de Prince, su balada terminal, su Purple rain: no una, dos, a elegir entre Bad religion y Pink Matter. Habrá quien mencione a Wonder o a Gaye, a Prince o a D'Angelo, quien atribuya el éxito a la correcta dosificación de buenas referencias más el pico de inspiración de todos los involucrados, quien con pose algo remilgada estime que esto es como ensalzar un collage. Ojo: ni esto es hip-hop ni se fusilan bases a manta sobre las que montar nuevas canciones. El primer disco de Massive Attack era justo eso: nuevas voces sobre viejos arreglos, y aún así es, continúa siendo, un disco enormemente respetado. Channel Orange hace sus dedicatorias de la mejor manera: no pagando derechos ni mencionando trescientos artistas en los créditos: channel Orange demuestra que muchos terrenos aún pueden dar excelentes frutos; una colosal dosis de esperanza para los que aún creemos en las emociones que aporta la música. Escuchadlo, todo, atentamente, no esperéis más. Insistiré más, si es necesario. 




dimarts, 2 d’octubre del 2012

LA HERENCIA - parte 2

-¿Para qué queremos ver mundo, si tenemos una playa?
-Ver cómo vive la gente que es diferente que vosotros, ampliará vuestra perspectiva. Os hará mejores personas.
-Papá: ¿no somos ya buenas personas?, ¿o no lo somos lo bastante para lo que te gustaría?.
-No sé: hay algo más importante que la temperatura del agua para bañarse. Pero no sé si habéis llegado a saberlo.

En ese punto, que le era ya muy familiar, todas las discusiones se convertían en un bucle. No era el ADN ni la cuestión genética. Se acordaba siempre de un viejo libro que había leído cuando era joven : Los niños del Brasil, de Ira Levin. No era nada en concreto más que el entorno en que se habían educado lo que conformaba el carácter. Pero resulta que podía ser que esa fuera la última vez que discutieran sobre el tema. Y no sabía decir si tenía ganas de que así fuera. Sabía muy pocas cosas con seguridad. Últimamente, pero lo encontraba muy lógico, adoptaba perspectivas diferentes. Pensaba en su pasado. Se veía en su habitación de hijo único, en casa de sus padres, oyendo discos hasta entrada la madrugada. Veía a su madre entreabriendo la puerta, pidiéndole con complicidad que bajara el volumen. De la época del exceso permanente apenas retenía más que caras y sensaciones de estar en un tanque de flotación. La excitación de la música y el sudor frío antes de salir a los escenarios. La amabilidad de la gente. Los hoteles en las giras. El Jaguar que Oriol le insistió en comprar, porque algún crítico había hablado de presencia felina en el escenario. Los paseos con los niños, metidos en el coche, con ellos poniéndolo todo perdido y él mirando casi avergonzado por haber sucumbido al lujo burgués del vehículo ostentoso. 
Sabía que su ex-mujer no podía recibir toda la fortuna que había acumulado, casi sin querer, porque le había sido imposible gastar todo el dinero y había renunciado a eso tan socorrido de las fundaciones, porque las consideraba decadentes y sospechosas. Pero sus dos hijos: los que estaban sentados ante él en ese momento, inconscientes aún de la noticia que iban a recibir, entregados a la displicente vida de los que han crecido bien alimentados por cucharas de plata. Él no había podido evitar que su madre, bajo el trauma inducido de ser una mujer separada de un ídolo de masas, hubiera  optado por darles todas las facilidades: habían tenido un paisajista para el jardín, un ama de llaves. Habían sido niños súper ricos que solo tenían falsos amigos. No sabía si había ya tiempo de enmendar. Claro que no lo había.

Las miradas de consternación se mantuvieron justo unos minutos.

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Nos dejó ese imperio, que funcionaba solo. Nos lo dejó, pero quiso hacernos atravesar un trago humillante a cambio de hacerlo. Nunca sabremos por qué lo hizo, si fue una venganza hacia nuestra madre, hacia sí mismo, o un intento desesperado de que mostráramos alguna madurez. No tenemos la culpa de no tener madurez. No sabemos de qué sirve la madurez: siempre hemos pensado que cuando alguien no tiene algo, lo más sencillo es conseguir quien lo tenga. Lo queríamos, sí, pero si él nos puso a prueba con eso, nosotros sólo podíamos pensar en superarla.

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La piel de su padre, desplegada como la de un animal, mostrando los tatuajes que acumulaba y que, decía, eran la obra de arte que no podría sobrevivirle, estaba allí, expuesta, desplegada, disecada sobre un enorme marco protegido por un enorme cristal. Presidía su casa y les recordaba, al principio, la lección que quiso darles. Cuando se acostumbraron a verla cada día, pronto dejaron de prestarle atención.



dilluns, 1 d’octubre del 2012

diumenge, 16 de setembre del 2012

ALTERNANCIA DE PODERES

Mari Alcira Matute, seguidora de mi cada vez más activa cuenta en Twitter (con lo que yo llego a quejarme de lo escueto que obliga a ser...) asegura ser capaz de combinar lectura y audición de mùsica. No sé, si tuviera capacidad de disfrutar de la música clásica, igual probaría con algún cuarteto de cuerda, pero hoy por hoy me declaro incapaz de compatibilizar un buen libro con un buen disco: mi atención se inclinará y se concentrará en una o en otra cosa en detrimento de la otra: lo cual no es malo, en el fondo. Se trata del hecho pasional aplicado a una u otra cosa: pero esa guerra se cobra víctimas. Los discos excelentes arrinconan la lectura, como mucho son capaces de convivir con intentos más o menos dignos de escribir. Pero no puedo, entonces, escribir sobre libros, si no leo. Así que la moda de esta temporada, la moda de estas semanas algo extrañas, es música a espuertas: casi exclusivamente música nueva escuchada a través de auriculares a un volumen de esos que hace aparecer mensajes de advertencia.
Joder, si cuidaran de nuestro bolsillo como de nuestra salud. Para un mayor placer, reproduzca este disco extremadamente alto. Yup. Eso ponían muchos discos en sus carpetas: enormes carpetas de LPs de vinilo donde podían poner Play it loud en letras de una pulgada sin que monopolizasen el artwork. Pero a los que no le faltaba razón: Channel orange, de Frank Ocean, hubiese sido uno de esos discos con ese mensaje: ahora llevan lo de explicit lyrics, que parece ser la estrella de seis puntas de los discos de Hip Hop. Y no: es muy reduccionista llamar a esta portentosa colección de canciones simplemente hip hop. O rhythm and blues, o neo soul. Este disco bebe de fuentes comunes a la mùsica negra: Marvin Gaye, Prince, Stevie Wonder (directamente o via Jamiroquai), pero resulta que lo hace de la mejor de las maneras: primero, optando por la instrumentación orgánica (excelente piano eléctrico, bajo elegantísimo) en piezas de orfebrería neo soul como Sweet life, puro Wonder era Songs in the key of life o por la levedad del puro ritmo urbano a lo Nerd en Sierra Leone, homenaje al Gaye de What's going on con Ocean desdoblándose vocalmente. No es nada fácil encontrar discos de semejante ambición: las barreras son superadas una tras otra y estereotipos como la escena hip hop de la costa oeste o el artificioso Kanye West son fácilmente reducidos a la nada por este inspiradísimo album.



Super Rich Kids, otra pieza sustentada en un esquemático ritmo casi marcial, que resulta progresivamente enriquecido a medida que las partes vocales (joder, qué voz la de este tipo) toman el poder, supera en originalidad y actitud la integra carrera de muchas estrellonas más pendientes de su bragueta y su billetera que de desarrollar un talento como el de este nativo de New Orleans que ha declarado su bisexualidad, detalle irrelevante, pero significativo por lo que ello implica de desmarque de la corriente casi misógina de la mayoría del género. No sé si Frank Ocean quiere ser el Omar Little de alguno de los géneros derivados en mayor o menor medida de las corrientes musicales de color... soul, hip hop, etc., pero mientras publique discos tan soberbios como este, que haga lo que quiera.



dissabte, 15 de setembre del 2012

LA GUARDIA BAJA

Pues hoy sábado no tenía muy claro lo de poder publicar. La temporada futbolística de mi hijo se inicia con amistosos: tres o cuatro horas de obligaciones de delegado de equipo que ejecuto con rigor y sudor. Pero como he sido educado en la reciprocidad y la generosidad, veo un comentario curioso de un nuevo seguidor, y digo, va, espabila, pon unas cuantas líneas antes de reseñar la relectura de Monsieur Pain, que será un día de éstos, o de hablar del nuevo par de excelentes discos de nuevos artistas descubiertos a base de eso, de llenar el teléfono de música para tener algo que combinar con mis escuchas exhaustivas de Coexist: vaya, otra virtud de la obra de The XX: ser un pretexto de acompañamiento idóneo para encontrar otras músicas. Joder, que me voy por ahí. Bienvenido, Alex Azkona y tu www.cafekubista.wordpress.com a esta ínfima, y digo yo, ridícula, (pero espero que pronto se me contradiga), esquina de un mundo con muchas esquinas en que la has elegido aunque sea un rato. Dormía: por eso tardó el comentario en ese trámite automático de aprobación. Ale, señores, leamos a Alex que me parece que tiene una longitud de onda bastante afín. Leamos y disfrutemos la última semana de verano o la última semana de invierno. Muerte al aburrimiento.

Segueix a @francescbon