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divendres, 12 d’octubre del 2012

BIZARRE LOVE TRIANGLE

Si todas las películas fueran biografías, esto sería un soberano aburrimiento. Decía Quim Monzó aquello de las mujeres y el cine porno: que veían la película hasta el final para ver si se casaban. Y hablaba de nuevo cine porno con final, al uso del cine romántico. Pero yo no hablaré de amor, sino de muerte. Jo, qué frase para iniciar una carrera literaria. Dejadme que la repita. No hablaré de amor, sino de muerte. Igual vuelvo a ponerla más adelante. Pues Control narra la vida de Ian Curtis, desde que empieza sus escarceos con el grupo, con Joy Division, hasta que se cuelga de una viga en el apartamento de su mujer. Esperaba la señal, con una televisión encendida viendo Woyzeck, para prepararme para ver su previsible clímax. Como es una película biográfica, sé que se va a morir, y como conozco la historia, sé cómo, y cuándo. O sea, que la gracia de las películas biográficas consistiría en cortar ahí donde todo lo demás ya es de prever. Morir, previa agonía, previa enfermedad, por sorpresa, como sea, pero si el cine cuenta cosas, pues las cosas de la vida son los ríos que decía el poeta. Por eso, supongo, David Lynch decidiría un día publicar películas sin sentido aparente, para que la gente pensara que se puede morir en medio de la película y volver a la escena final a echarle un polvo a la protagonista. Encima, a Control no le hizo un gran favor que un director anterior, Michael Winterbottom, incluyera en 24 hour party people escenas del final de Ian Curtis, que se recuerdan poderosamente aquí: a Tony Wilson con su perenne foulard al cuello y la historia triangular de la esposa inglesa y tradicional y de la amante belga y cool; y la circunspección de los miembros del grupo conscientes de perder a su cantante, de ver cómo un mito se pulveriza y no se sabe cuándo surgirá otro. Por cierto, Michael Winterbottom hizo una película con secuencias porno, 9 songs, que me pareció absurda. Por mucha inclusión de concierto de Goldfrapp, absurda. 
Pero volvamos a Control.
Anton Corbijn la dirige en blanco y negro en clave de manifiesto estético: parece que no se puede usar color para hablar de Joy Division. Mira esas portadas, lee esas letras, capta ese espíritu. El disco, decía mi mujer, de la portada del cementerio. Robert Smith puso los pelos, Ian Curtis la actitud vital.  Bueno, sin bromas con lo de vital. Hunky Dory, The idiot, 2.H.B., la portada de Transformer de Lou Reed. Todo eso aparece oportunamente, todo eso y más cosas: el absurdo de la precipitada boda juvenil, los ataques de epilepsia, la gestación de la banda. Basar una película en un icono de la música alternativa que se cuelga a los 23 años es, quiero pensar, una manera de rendir homenaje. Aunque Corbijn no aporta nada: la película es una lenta melodía sin tono que se ralentiza constantemente hasta parar. Y sí: la música de Joy Division está presente: con una sorprendente omisión de canciones de Closer, sólo Isolation, creo, en una versión de ritmo absurdo, en una, esta sí, memorable escena donde se contempla, espero, en su plenitud, lo borde que era Martin Hannett. Puede que otra: en una escena , Ian dice que ya todo estaba dicho con Unknown pleasures, su disco anterior. No lo sé: la película tiene justo lo que esperaba. Desesperación, dolor, sentido del absurdo, y a Curtis encajonado en una caja de esas cuyas paredes avanzan hasta aplastarte: enfermedad mental, matrimonio fallido, nihilismo, presiones artísticas, alienamiento. Excelente música de cuatro tipos que redefinieron cierto ámbito del sonido: el bajo, la guitarra áspera, el eco inquietante. Quizás, entonces, sea un mérito de una película no gustar porque sabes que la historia no te puede gustar, que es gris y agobiante y sólo podía rodarse así, como si las imágenes fueran fractales de la realidad. En cualquier caso, a Corbijn no le veo haciendo una en color sobre New Order.

dimarts, 24 de gener del 2012

LOS RATONES SUICIDAS

Ciertos científicos ejemplifican en especies animales algunos comportamientos que, humildes que somos, consideramos exclusivos de la especie humana. Por suerte, otras especies no me leen (a veces podría pensarlo, pero definitivamente no), con lo que puedo despacharme a gusto. Así que nada en contra de especies hermafroditas, monos homosexuales, y delfines suicidas. Si libres son los actos de personas hechas, derechas y educadas a las que la existencia les deviene tortura y suplicio al que tienen que dar fin, imaginad lo libre que es el monito que copula sin muchas manías con el primero que pilla (me viene a la memoria el extremo cuidado que debo tener con el verbo coger ahora que ando triunfando en Argentina).
Yo no sé si este es el objetivo que perseguían los avispados diseñadores de Disney cuando se decidieron a poner a la venta la camiseta con el estampado que reproduzco aquí al lado, gracias a la web de pitchfork.com. Porque aceptaré el derecho de todo el mundo a acudir a las más variadas fuentes en busca de inspiración (menudo yo para criticar). Pero es bueno saber donde has ido a copiar, o a inspirarte, para que ciertos tiros no salgan por la culata.

Recuerdo cierta extraña revista musical publicada en Zaragoza cuya votación para el mejor disco de un lejanísimo año acabó con una curiosa terna entre dos discos dobles (London calling de The Clash, The river, de Springsteen) y uno sencillo, Closer de Joy Division). Acabé teniendo los tres discos. Que me entusiasmaron en diversas épocas. El último, por cierto, el de Springsteen. Pero el primero que compré, en una, para mí, mítica tienda (Star Records : Pau Claris/Valencia, que duró apenas un par de años), una tarde de sábado, fue el de Joy Division. Con una portada consagrada a esculturas de arte funerario. Cuantos comentarios habrá hecho mi esposa sobre lo rarito que había que ser para comprarse un disco así. En fin. La portada de Closer no ha sido tan usada como lo fue la del anterior disco de Joy Division: Unknown Pleasures. Camisetas a millares, cuando el disco que los encumbró, curioso, fue el siguiente, casi póstumo, la poderosa imagen ligeramente oriental, ligeramente evocadora, de las montañas alineadas sobre fondo negro pasó a formar parte de la iconografía de un determinado tipo de gente: afterpunks que no llegaban a góticos, almas atormentadas en el fondo, pocos deberían ignorar la historia con Joy Division : la influencia de los Doors, la oscuridad sepulcral del sonido, las letras atormentadas, el nombre del grupo procedente de las mujeres obligadas a prostituirse por los nazis. El suicidio de Ian Curtis, la película Woyzeck. La luz al final del túnel, New Order.

Todo eso a Disney le da igual, con tal de vender camisetas. Así que cogen la idea y hacen la forma del ratón Mickey. A vender, que siempre habrá algún zumbado que le encuentre la gracia. Igual que a Zara cuando hizo las de los Ramones, que ni siquiera tendrían la decencia de separarlas para que ni se rozaran con las de Lady Gaga...tanto hablar de los derechos de los autores y de la propiedad intelectual. Me pregunto cuánto dinero recibiría el estudio de diseño de Peter Saville como royalties todas las veces que esa imagen se ha usado. No me lo preguntaba cuando era en forma de camisetas que hablaban sobre quien las llevaba (casi siempre tíos paliduchos, por cierto), pero, con Disney por el medio, claro que sí.


dimarts, 6 de desembre del 2011

VEINTITRES DIAS

Si uno no quiere sonrojos (y cierto nivel de sonrojo a veces provoca efectos coercitivos), es bueno abstenerse de mirar hacia atrás en lo escrito anteriormente. Pero a veces la cuestión estadística lo requiere. Entonces, uno debe despojarse de devaneos nostálgicos y apreciar el criterio que aporta disponer de cierta perspectiva. Por una parte, para comprobar que se acerca la entrada publicada número 500 (con cierta trampa por la presencia de entradas en dos idiomas), por otra, porque ese breve vistazo me permite constatar un hecho avergonzante: llevo tres semanas y dos días sin reseñar nuevas lecturas. 
Cuando, apenas hace cinco meses, me planteaba prácticamente un ritmo de libro diario (planteamiento tramposo, por eso, con libros de menos de 200 páginas). Que era una cosa de locos, lo sé, un sinsentido que solo lleva a la confusión (palabra que hoy me trae de cabeza), pues es humano reconocer que, sobre todo en la ficción, tantas lecturas seguidas acaban por enredarse como la hiedra, y las tramas y los personajes terminan, en ese enigmático lío que es el cerebro humano, por sentarse en las sillas que no les corresponden.
Un tímido indicio que indica que esta fase puede acercarse a su final es que, por fín, he vuelto a alcanzar el nivel de concentración necesario para una lectura algo exigente. Y ese modesto renacimiento está a punto de producirse (muy apropiadamente pues Bolaño prendió la mecha que encendió esta hoguera, por lo cual él revivirá las ascuas) gracias al magnífico, pero curiosísimo, falso ensayo titulado La literatura nazi en América. Obra aparentemente primeriza (publicado inicialmente por Seix Barral en 1993, reeditada por Anagrama), pero en la cual ya está presente el desbordante potencial creativo del escritor chileno. Que se manifiesta de una manera suntuosa, en muchas vertientes. Nombres. Títulos de libros. De capítulos. Evoluciones de la obra de escritores imaginarios. Vínculos entre ellos, imaginería, circunstancias biográficas. Maneras de morir. Alternativas al final de la II guerra mundial. La imaginación y el talento de Bolaño trabajan en este libro a pleno rendimiento. Ahí está la semilla que más adelante es el frondoso árbol de Estrella distante. Está, descarado, ese sencillo disfraz con el cual Bolaño viste a la trascendencia. La literatura nazi en América parece, a primera vista, un ameno divertimento con el cual Bolaño juega a crear un universo literario virtual. Pero en esas descripciones, más sintéticas a veces, más detalladas otras, está oculta la realidad más oscura y temible de la ideología de ultraderecha. La que debe alimentarse de sangre y violencia para crecer. La que no puede celebrar sus ritossin que existan trastiendas de horror y de sordidez. La que precisa del odio como combustible que pone en marcha la maquinaria.
Debo reconocer que alguna de las primeras novelas de Bolaño (Amuleto, Amberes) son recomendables solamente para fans rendidos. No es el caso de este libro. Aquí los grandes trazos de su estilo están presentes. Por encima de todo está su portentosa imaginación, casi abrumadora para los amateur (otra palabra que hoy me desorienta) que nos vemos incapaces de penetrar tan hondo en unas escasas líneas. Resplandeciente como un espejo en medio del desierto y, otra vez, la tabla que me engancha al fragor literario más inmisericorde: el que te obsesiona y te impide conciliar el sueño.




divendres, 22 d’abril del 2011

EL ESPIRITU

De repente piensas que antes no te fijabas ni en ciertos anuncios ni tampoco mirabas ciertas páginas en los periódicos. Tampoco pensabas si lo que ibas a comer podía o no sentarte mal. Lo hacias y punto. Un día te das cuenta que el zumo de naranja es mejor por la mañana. Otro día te parece bién que ciertos aparatos tengan limitado el volumen, cuando antes eras de aquellos a los que cualquier potenciómetro se le
quedaba corto.
Pero el punto de inflexión definitivo para mí está siendo constatar como ciertos músicos con los que comparto, años arriba, años abajo, generación, empiezan a tener problemas de salud, en algunos casos problemas de salud que han acabado con ellos o con sus carreras. Martin Fry, de ABC, Edwyn Collins, o Green Gartside de Scritti Politti. No, no hablamos de esos viejos rockeros (sólo por acuñar ese término Miguel Ríos ya debería pasar el resto de su existencia en el más absoluto ostracismo) a los que los excesos del pasado les pasan factura, ni siquiera de esos otros, yonkis de lujo de largo recorrido que vivieron esquivando sobredosis. Hablo de enfermedades la mar de normales, que si el riñón, que si una depresión, que si problemas cardiovasculares. Todo eso me hace sentir cercano a ellos, claro, pero también a sus organismos.
Para bién o para mal, incluso los íconos se hacen mayores. Un día como hoy he consultado la web de la revista Time, y su famosa lista de los 100 seres humanos más influyentes. Listas así pueden unir bajo un mismo techo a Obama, Messi, Mark Zuckerberg (serio responsable de la existencia de estas líneas).... y Justin Bieber. Entonces me ha dado por pensar en una entrevista que leí el otro día con un joven productor de documentales norteamericano : hablaba de las diferentes realidades que uno puede llegar a pensar que existen, en función de los medios de comunicación a los que se es fiel. He pensado en Intereconomía, y en la COPE, claro. Debería pensar en El País y en la SER, y también en mi fidelidad a los medios del Grupo Godó, aunque siempre he aclarado aspectos de estos medios que no me acaban de cuadrar. Pondré énfasis en que me revienta su exceso de atención a los temas religiosos. Y daré la razón a 6Q. No he visto Balada triste de trompeta. Me sorprende que 6Q se diese ese festín de payasos, esos que dice que le dan miedo. Pero el soberbio montaje de créditos de la película, que recomendaría a cualquiera medianamente interesado en cualquier arte (lo tiene casi todo), resulta el paradigma absoluto de lo que uno interpreta de estas fechas, en ciertas partes de este estado. Y no negaré, pues una fiel fotógrafa de estos actos, lectora de este blog, es una asidua testigo de estos eventos, que haya cierto atractivo decadente en toda esa imaginería. Pero, y aquí debo recordar que titulé un reciente post Marcel Proust, las tardes de días como éstos me recuerdan aquellos aburridos parques de mi niñez donde no había más remedio que refugiarse en estas fechas (y veo unos pantalones llenos de parches en las rodillas que llevaba de niño). Uno puede sentirse fascinado por esas descarnadas imágenes religiosas (yo sólo veo yeso y pintura en ellas), como ciertos diletantes se sentían fascinados por la imaginería nazi, con sus gorras de plato y sus abrigos de cuero y sus relucientes botas de caña alta. Puede que de ese mundo de referencias surgiesen dos nombres tan alejados de eso como Joy Division y New Order. Aún recuerdo como me criticaban porque me gustaban esos discos de Joy Division con sus portadas con fotos de arte funerario, con su sobrio blanco y negro. A mí, que en ese lejano 1980 no comprendía aún sus letras, me gustaba el sonido, el espacio entre las notas.

http://www.youtube.com/watch?v=w2mKRjPHUNg

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