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dimarts, 11 d’octubre del 2011

EL PEQUEÑO PAIS

Puede que supere, sin prisas, no quiero agobios, el pequeño tapón en que me confinó (no encuentro palabra más apropiada) la lectura de El mundo de los prodigios. A mí me pareció el libro más denso de la trilogía, de una densidad que a veces me resultaba un poco forzada: había que zanjar la historia de las artes escénicas de los primeros tres cuartos del siglo XX, el circo, el vodevil, la magia, el teatro, el cine. El rigor de Davies para encajar, sobre los diálogos de los personajes y ese recurso de la historia del subtexto, esa necesidad de detalle (gran frase la de un miembro del circo : Hollywood nos enviaría a todos al paro), acaba siendo un pequeño lastre pues demora el desarrollo de la trama, y alarga algo innecesariamente el desenlace que acabamos esperando, a medida que los detalles de los otros dos libros acuden a nuestra memoria; cómo intervino Magnus Eisengrim en la muerte de Boy Staunton.

Entonces la vida sigue tras dar cuenta de la Trilogía de Deptford. Estaba claro que otra lectura de tamaño requerimiento hubiese obrado sobre mí un efecto disuasorio. No todo pueden ser platos principales. Así que mi táctica marcaba acometer otro tipo de libro. Uno dinámico, con diálogos sencillos, básicos. Elegí No es país para viejos de Cormac McCarthy casi seguro de que cumpliría esos requisitos, con el pequeño y tramposo acicate de conocer previamente trama y desenlace pues vi esa película hace un par de años. Aparte de situar físicamente la trama y asignar facciones a los personajes, con la indiscutible supremacía de Bardem como Chigurh, haber visto la película ha permitido, en ciertos momentos, volar sobre las líneas y las páginas, de suerte que han sido apenas cuatro horas las necesarias para despachar el tomo.

No diría que McCarthy sea un escritor con un estilo espectacular, pero es indudablemente un gran novelista en el sentido ortodoxo. Crea buenos personajes, es original en la trama, la resuelve con solvencia. Ninguno de los tres libros que he leído de él me haría levantarme a aplaudir encendidamente, pero en ningún momento me he sentido decepcionado, y no he acabado hasta llegar hasta el final. Ahí es donde James Salter o Richard Ford pinchan un poco: McCarthy no adormece al lector yéndose de la trama o ralentizándola. No es país para viejos es un libro que funciona tanto si has disfrutado de la película antes como si (recomendado) lo haces despues. Diferente que Soldados de Salamina, pues detrás de la pelicula no está un nerd ávido de colocar a la novia y demostrar a todo el mundo que, además de guapa, tiene talento (Trueba & Gil), sino los hermanos Coen, cineastas que han metido cagadas, y de las buenas, pero que se redimen de ellas bastante a menudo. Leído el libro, lo que de ellos han desestimado lo está, siendo importante, en función de conseguir un ritmo visual, para nada con la intención de conseguir un impacto comercial o un guiño a una historia menos desesperante. Gran libro y gran película, y esto no es muy frecuente.

kd lang (con minúsculas en sus iniciales ) me fascinó un corto período de tiempo, en los primeros 90, por las inexplicables razones que nunca seré capaz de aclarar. Un físico andrógino y poco agraciado, un género (country de camisa de cuadros y zamarra con corderito) que me repelía por principios, y unos referentes completamente ajenos a mi cuadriculado mundo en esa época (el house, el acid, New Order, et al). Shadowland, disco de covers, es su absoluta cima creativa antes de ser fagocitada por una combinación de su propia estampa militante y la inevitable marea AOR que su discográfica lanzó sobre su obra para vender cifras con muchos ceros. Aunque sus discos ya viven muy alejados de mis reproductores, tres cosas tan ideológicamente dispares como un cover de Cole Porter, otro de un clásico de Peggy Lee, y, para acabar, uno de Donna Summer y Barbra Streisand (una especie de final de fiesta gay/lesbiana con la loca de Andy Bell, cantante de Erasure empeñado en mostrarse en todo momento más femenino que ella misma), no hacen más que revelar que a veces, copiar, o inspirarse bien, es otra vía de salida para el talento.


divendres, 7 d’octubre del 2011

CAMBIO DE ORIENTACION DEL NEGOCIO

Sometí a estas páginas a un período de reflexión. Me alejé hacia un rincón y vi, desde diferentes perspectivas, como estaba quedando eso. Sabéis esos días en que a uno le da por cambiar los muebles de lugar, para acabar dejándolos como estaban. Justo como si nuestra memoria fuese la exacta que alcanza para olvidar que ya lo habíamos hecho tantas otras veces. Para ver que, igual que en los rincones de los pisos (pero no por caprichos de los constructores), a veces en nuestras vidas hay cables, donde no deben, que te unen a cosas importantes, y esa toma de corriente, la que te sirve para cargar las baterías, muchas veces está escondida en el lugar más inverosímil y cuesta acceder a ella. Y los radiadores radian calor, pero no siempre te apetece estar cerca de ellos.

Ya basta de metáforas dignas de libros de Jane Austen o, peor, de Paulo Coelho. 

La cuestión es que no quiero cambiar nada, en la forma y en el fondo, pero esto tampoco puede seguir igual. Me gusta el cuadro de Klee. Recuerdo verlo en circunstancias de absoluta felicidad y relajación, pero seguro que ví otras cosas que no inundaron mi espíritu como ese conjunto de formas y colores. Convivir con los grandes momentos es importante, pero no lo es por sí solo. Me gusta ver mis palabras en la pantalla como si se tratase de algo que puede sobrevivirme, aunque sea en esa realidad virtual. Me gusta ver esa relación de nombres a la derecha, que he tomado prestados, la mayoría, por la escasa renta de alguna palabra de elogio. Otros no han recibido elogios, pero están ahí porque hay que recordar también lo que nos disgusta.

Así que si leéis esto, puede que signifique sólo un post más de esos excesivos 400 (también me planteo eliminar algunos que son indignos, pero no me veo como juez de mi propio escaso talento, prefiero la lenta tortura de esa entrada que nadie ha leído), pero para mí será una inflexión, un extraño punto y coma en el que he parado, apoyado en un muro, para decidir si la carrera seguía o acababa ahí.

La cuestión personal : emulando (patéticamente) a algunos de mis favoritos, he jugado con demasiada frecuencia aquí a proyectar hechos y circunstancias sobre mí que han sido ciertas, en parte o no, y ahora no soy capaz de desprenderme de ese personaje, que ha tomado vida propia. No debo mencionar 2001, una odisea en el espacio, no lo haré por que el Francesc que escribe sea un trasunto de HAL9000, la broma con la película estaba oculta en los post que llamé El círculo vicioso. Sólo digo que, frente a ciertos hechos que aquí se han dado, he dejado de actuar como yo y he actúado como el personaje, un personaje al que he querido despojar de mis defectos, o esconderlos, o magnificar sus virtudes, aunque virtudes no me he atrevido a crearlas, eso ya era una barrera que no quise traspasar. A mi alter ego acaban gustándole más los bajos que apuñalan el estómago de lo que me gustan a mí. Tal vez haya de comprar sales minerales. A mi alter ego puede que le siguieran gustando discos que en el 94 o 96 eran vanguardia total y ahora encuentro insustanciales, inescuchables, insípidos, demasiadas palabras que empiezan por in, cesto donde no encuentro intrigante, ni mucho menos increíble.

Nadie debe olvidar la culpa de Robertson Davies. Por leer La ciudad de los prodigios estoy llegando a una conclusión. La palabra conclusión entraña algo más o menos definitivo y final, en cualquier caso muy difícilmente reversible. Es que jamás escribiré como Robertson Davies. Digo jamás y sé que puedo decirlo. Imposible encontrar entre mi espíritu y mis registros y mi impostada superioridad cultural, suficientes recursos para llegar a la altura de semejante genio. Diría que ha sido la casualidad, con la intervención divina de la programación otoñal de los editores, la que ha designado que lea El mapa y el territorio y luego La ciudad de los prodigios. Dos libros tan diferentes, en vocabulario, en temática, en época en que se sitúan, pero a la vez tan idénticos, en ambición inabarcable de sus escritores, en suntuosidad resplandeciente en su desarrollo y en su concepción. Todo desprende un desagradable tufo a caducado cuando has transitado por esas páginas. Todo se relativiza, y palidece hasta un tono sepia que no puedo aguantar.

Uno ve tanto vacío cuando mira hacia atrás y ve tanto post y tanta reiteración, tantas canciones de Goldfrapp, de Walker, tanto encono en hacer de Bolaño ( y luego de Kapuscinski, de Monzó, de Cercas...) el presidente de la república de Utopía, que acabo con una extraña sensación.

Como llenar de graffitis, cada día, un muro que sabes que acabará siendo derrumbado.



dimecres, 5 d’octubre del 2011

2552 PAGINAS Y LA DEMAGOGIA

A qué me enfrento ?
Seis libros prestados de la biblioteca están pacientemente haciendo cola. Guardan esa cola sobre la mesita, en un estante, ahora sobre la mesa, pues he contado el total de sus páginas, las he sumado para hacerme una idea de lo que está por delante. 2552, sumadas de cabeza, pues ya se sabe que no necesito calculadora, aún. Por uno u otro motivo no renunciaré ni a una sola página de ninguno de ellos. Atendiendo a ciertos cálculos, unas 42 horas y media serían suficientes para acometer su lectura, así, de una tirada, el viernes sobre las tres de la madrugada, con unos cuantos cafés, podría acabar, y ya estaría. Podría ir por fín a por el libro de Capote que 6Q no deja de recomendarme, leer el Coetzee que despierta mi curiosidad. Pero antes debo resolver un problema.
Leo apenas cuatro o cinco páginas de La ciudad de los prodigios y esa despampanante riqueza literaria es suficiente para horas y horas de memoria y placer. Ese maldito libro hace que todos los cálculos salten por los aires, fallo más en las previsiones que el FMI. Sé que puedo tardar dos meses en acabarlo a este absurdo ritmo. Y por qué no voy más de prisa ?. Mi única respuesta posible es casi avergonzante. Estoy enamorado del objeto, de ese libro, del ejemplar de la biblioteca que estoy leyendo yo por primera vez, porque sé reconocer un libro nuevo y ese lo es. Sé que acabaré un día, averiguaré la causa de la muerte de Boy Staunton y en qué consiste la intervención de Paul Dempster/Magnus Eisengrim, lo haré tras más de 1000 páginas (cuento toda la trilogía de Deptford, magnífica) de placer rayano con el éxtasis. Volveré a la biblioteca y entregaré el libro y seguramente ese día su portada encabece un post plagado de emoción y entusiasmo, un panegírico que aspire a reflejar su grandeza pero que no lo haga por la vía de adjetivos y adjetivos acabados en ísimo, sino con esa precisión matemática de decir lo justo, pues la próxima frase ha de decir algo nuevo como la anterior. Lo hago sin querer, eso de homenajear con el estilo cuando un libro entra hasta el fondo. Ayer me decía Gustau de Cercles que no le llegaban libros de ese autor. Quién puede desprenderse del libros así ??

John Self, más gráfico, más poético,más esquemático, publica de vez en cuando en su excelente blog johnself.blogspot.com selecciones de música que uno puede disfrutar si accede a los links y se toma la molestia de meter en un CD, o guardar en el disco duro. La última, no titulada como Tardor, me pareció un pelo arisca al principio, pues uno echa en falta los teclados, y sólo suena algún Hammond, algún Farfisa, pero la base son guitarras, pocas de ellas agresivas pero guitarras. Ahora me parece más británica, pero son tres escuchas, y descubrir matices es una de las excitantes emociones de oír música seleccionada por otros. Y Barry Adamson me gusta mucho, pero ese tema no acaba de encajar ahí.
John también es una buena referencia a la hora de buscar otras cosas en la red. Ví que visita una página llamada jotdown.com. Se trata de una publicación cultural, entiendo que más o menos ambiciosa, atractiva visualmente, y con colaboraciones interesantes.
Con el mayor de los prejuicios provincianos de este peligroso activista catalán que soy, pienso, pero no compruebo, si la redacción central de Jotdown está en Madrid. Pero antes que inicie mi indagación llama (poderosamente, palabra que parece cosida a llama) mi atención una entrevista a Mario Conde. Como siempre que uno se pregunta qué pinta uno ahí que no tiene nada que ver, leo.
No hará falta que presente a Mario Conde, claro. El extraño sentido de la fascinación/admiración de este país por los ladrones de guante blanco es digno de estudio. A pesar de que debo recordar que el dinero no se crea, cambia de manos. Si uno roba, al menos uno es robado. Mario Conde no es Robin Hood. Ver las maderas nobles de su casa, de una casa que se adivina enorme y calladamente ostentosa, en la que le entrevistan, no nos habla de una persona austera. Lleva un cinturón con sus iniciales en la hebilla. Enough said.
Y qué dice ?
Pues podría resumirlo en la palabra demagogia, que es lo de siempre, aunque barata sería una palabra que combinaría a la perfección. 
También podría mencionar hipocresía, por esa foto ligeramente escorada para mostrar una foto de su difunta esposa, a la cual parece ser que el hombre, en sus momentos de apogeo, no le era precisamente muy fiel. Para luego hablar de sexo tántrico.
No lee casi ficción, solo ensayo. Philip Roth, ahí tienes un amigo.
Ya avisó de la crisis, claro, cómo no. Y se levantaría de ese cómodo sillón (que apuesto que no vale menos de 2000 euros) para liderar el país con su enorme conocimiento financiero y económico, pero se lo hemos de pedir todos. Conmigo que no cuente. Que siga en ese púlpito que Intereconomía le facilita explicando como lo veía de claro hace veinte años y como lo solucionaría.
Curioso, Ruiz Mateos, De la Rosa, y el amigo, ahora accesible, Mario Conde, todos cortados por el mismo patrón de megalomanía, insano ánimo por la grandeza, por crecer y crecer hasta expandir lo que sea, familia, tamaño del yate, de la casa, del avión privado.
Menciona al papa, y la perversión del sistema. Un sistema a la cúspide del cual pretendía auparse, para hacer véte a saber qué. Condenado y encarcelado (como buen megalómano habló de conspiraciones y de caza a su persona) por operaciones especulativas donde una cosa la vendía por un valor inflado artificialmente, de ingeniería contable y financiera de tan baja calaña como pingües resultados, eso sí, a corto plazo, y para el espabilado de siempre. Pero señores, en el país del morbo estos personajes siempre encuentran público que les aplauda y les jalee,
Mejor leedlo y ya véis.

divendres, 30 de setembre del 2011

SEXO EN GRUPO

Llevaba muchos días sentándose ante la pantalla, con las manos frente al teclado y los dedos arqueados, apuntando aleatoriamente a teclas. Esperaba, ya que había leído que la primera frase tiraba de las otras, que también la primera palabra tirase de las otras y así surgiera la primera frase. Pero no tardó en descubrir que esa imagen, como otras imágenes bonitas e idílicas, no era más que una utopía. Que la primera palabra era tantas veces un mero monosílabo, y un monosílabo muchas veces no tiene fuerza por sí solo para tirar de nada (quizás excluyendo el sí y el no). Que eso no quería establecer nada tan absurdo como una proporcionalidad entre la longitud de las palabras y su fuerza expresiva. Que monocotiledónea no decía nada y los poetas cursis (pues ya tenía muy claro que había poetas que no eran cursis) decían que las cuatro letras de amor resumían el universo (pensaba entonces que todo lo que eso no los explicasen lo completaban las otras palabras de cuatro letras sexo, odio, arte, y dios). Hubiera quitado lo de dios, pero recordaba un reportaje donde alguien se definía como deísta porque adoraba a todos los dioses. Pues vaya ventaja, la gracia no estaría en decidirse por uno o por otro y apostar por el verdadero. 
También había una palabra de siete letras, demonio, recordaba una frase que servía de título a un disco de Diamanda Galás: You must be certain of the devil. Que estaba en la página 75 de El mundo de los prodigios, y poco antes había dejado atrás el párrafo donde se insiste, y se recuerda, que el mundo de hoy ha banalizado y ha menospreciado la capacidad del mal de expandirse y franquear fronteras, abriendo sucursales por doquier. No hace falta creer en religión alguna para saber que la maldad sí es un ente deforme que se abre paso sin tener cuidado alguno de donde pisa.

Cuando leía sobre el mal, sobre todo si ese mal se definía en su pureza, siempre recordaba a Carlos Wieder en Estrella distante.

El caso es que esos momentos ante el teclado se prolongaban demasiado últimamente, cosa que sin llegar a preocuparle sí le inquietaba, pues sabía (añoraba) de la época en que aquello era un torrente, en que había que parar, que la gente se quejaba, entre tanta frase y tanto paréntesis. Tanta subordinada. Tanta y que enlazaba vagones y vagones cargados de ideas e imágenes. De canciones y películas y capítulos enteros de series, o meros momentos de capítulos, meros fotogramas congelados delante de una expresión de un personaje, esa mirada que paralizaba el mundo y daba sentido a 80 horas de una serie. El mismo momento de Guardiola en su cuarto en los bajos del Camp Nou, pero ahí, en una pantalla. Podía ser Tony Soprano, o Vincent Chase o el mismo McNulty, en este último caso podría ser hasta una mirada perdida en medio de una descomunal melopea. Podía una mirada dar sentido a una serie igual que una palabra podía dar sentido a un libro entero, hasta a una trilogía.

Cuando leo La ciudad de los prodigios, descomunal tomo de cierre de la trilogía de Deptford, me es imposible no pensar, casi a cada párrafo, como un escritor puede abarcar, sin reflejar para nada exceso de ambición o pretensiones de erudición, tantos aspectos de la vida, de la historia. Devolver ese libro va a ser realmente una experiencia traumática para mí, pues, a estas alturas, he descubierto que Robertson Davies es un autor absolutamente imprescindible, aunque su lectura sea todo lo contrario a la ligereza, también disfrutable de, por ejemplo, Fernando Vallejo. Cada párrafo es para mí un acercamiento al final de un viaje, pero a la vez un alejamiento de ese insustituible placer que supone el descubrimiento de la genialidad. Jodido, seguro que esa imagen la he empleado ya demasiadas veces. Releo post tras post y muchas veces pienso esto ya lo dije, esto ya lo comenté, empleando las mismas palabras o muy parecidas, no jodamos, se agotan los recursos, es como el pelo que cae de la cabeza y no vuelve a salir, es la alopecia creativa, ladrón, me digo.

Una mano se posa en mi hombro y me dice que buscar los motivos es una estupidez. Me giro, y no hay nadie.





dimecres, 14 de setembre del 2011

ASALTO EN PLENO DIA

En realidad tenía preparado para hoy el atrasadísimo post sobre el sistema educativo, completito con su entradilla y sus excusas por su retraso. Con el pretexto del reciente regreso de los niños. Pero en la vida hay esas cosas que los cursis llaman imponderables, yo intento no ser cursi aquí, por lo que me cuesta horrores buscar otra palabra, sorpresas no pues no lo define y sonaría demasido a Pedro Navaja, yo que no comprendo algunos de los importantes géneros de la música latina, que tengo buenas relaciones con bossanova, con bolero y con tango, pero no con la bachata ni el vallenato ni la salsa ni el reggaetón. Simplemente algo estalla y eclipsa a lo demás, aunque puede que no sea un estallido, más bién es un amanecer que trae nueva luz y finiquita la noche que había antes. 
La cuestión es que ayer acabé de leer Mantícora, segunda parte de la trilogía de Deptford, de Robertson Davies. Parece haber cierta unanimidad de que esta es la parte más floja de los tres libros (me queda El mundo de los prodigios, pero aún he de diseñar la estrategia para abordarlo). Desde luego que uno puede estar en desacuerdo con muchas cosas pero si calificamos de flojo un libro así, me he de ciscar en toda la obra de Pérez Reverte o Stieg Larsson, por sacar dos nombres a la palestra que me garanticen cierto encarnizamiento en las respuestas. Sí que ocurre que Mantícora no es un libro que se presta a ser devorado como una novela de Ken Follett. Que las dosis aconsejables son de 30 o 35 páginas diarias y que no es un impedimento el andar enfrascado a la vez en alguna otra lectura, pues funciona como un plato principal, como ese intraducible término catalán, el tall de cualquier comida. Puedes acompañarlo de otros platos pero Mantícora siempre será el centro de la mesa. Fascinante en su imaginativo despliegue, en sus puntuales coincidencias con hechos clave de El quinto en discordia, pero a la vez fascinante en preservar cierta condición de obra en sí misma, no sé si soy el sexto en discordia empeñado en contradecir a todo el mundo con argumentos como la intuición o el uso de las imágenes premonitorias, pero sus cotas más elevadas (sus últimas treinta páginas, con la aventura en la cueva como inesperada cúspide que puede suscitar las más diversas lecturas), pueden considerarse como literatura del más alto nivel, aquella que sólo necesita unas cuantas palabras para pintar imágenes, sin atisbo alguno de obra menor pues el pretexto del análisis psiquiátrico del protagonista, es un recurso narrativo para trazar una biografía y salpimentarla de contrapuntos. No son pocas las ocasiones en que uno cierra un libro y sabe que quedará en la estantería solo para meras y puntuales consultas. Ya estoy esperando el momento en que vuelva a abrir Mantícora a la búsqueda de algunas de las sensaciones que pueda haberme perdido esta primera vez. Como muchas grandísimas canciones, encontrando algo nuevo en cada escucha. En las montañas, o en los valles, de día, o de noche.


dijous, 8 de setembre del 2011

ESTADOS DE LA MATERIA

Hay que truncar de alguna manera la peligrosa espiral que podría convertir esto en un blog literario, cuando mi mayor ambición es que sea mucho menos que eso. Repasando mis sumamente dispares notas mentales, regreso al pequeño devaneo geopolítico, que andaba ligeramente sobreexcitado cuando lo de Egipto y Túnez, que quedó en suspenso porque lo de Libia no parecía ir a ser tan rápido. Libia está casi igual, quizás Gaddafi ya solo disponga de la dudosa gloria de perpetuarse en un escondrijo, que la gran mayoría de los mortales envidiaría, pero nada es definitivo.

Noruega : qué fácil resulta que una noticia que acapara portadas varios días seguidos ahora parezca lo más lejano a nuestro presente. Vista la torpeza de la humanidad en su conjunto, y lo sencillo que resulta dejarse llevar por las vísceras para gestionar el día a día, me parece alucinante que se permita a la gente el acceso a las armas de fuego, en esos países que nos auto-denominamos civilizados. Ni clubs de tiro ni caza ni deportes ni aficiones. O no vamos dándonos cuenta que son coladeros por donde entran todos los desequilibrados del planeta. Si el zumbado este del que me falta paciencia para aprenderme el nombre, con todos sus delirios, fue capaz, él solito, de procurarse armas y explosivos para cometer tal masacre, qué no serían capaces de hacer media docena de tarados del mismo calibre, medianamente coordinados. Somos la humanidad y tenemos todo muy bajo control, pero si a mí me coge un pronto, y me da por abrirle la cabeza  con el candado de la bicicleta de mi hijoa la señora que se sienta a mi lado en el parque mientras escribo ésto, igual con decir que me miró de una manera que incitó a la voz que llevo dentro, empiezo a atenuar las cosas. Señor juez, siempre fui un buen chico.

Londres : Lo contentos que estaban los británicos con su melting pot, y de pronto los ingredientes de ese melting pot se precipitan cuando uno deja de remover enérgicamente la cuchara de la economía sobrecalentada, y los inversores detienen en seco esa ebullición y los componentes de la mezcla empiezan a irse hacia el fondo. No es descabellado especular con que las primeras víctimas son los desfavorecidos : los que menos han podido ahorrar y resultan más sencillos de pulirse. De empleo en precario a desempleo en precario, gracias a leyes para el fomento del empleo que acaban siendo leyes para el abaratamiento del desempleo. Entonces esa gente apenas subsiste unos meses mientras sus ejecutores continúan como estaban. El ascensor social se para en alguna planta de mala muerte, y la diferencia de status se agudiza, se resquebraja y se convierte en una brecha que es una herida sangrante. Esa sangre se seca y cuando justo se ha convertido en una costra, pasa un Jaguar que la arranca y la hace sangrar de nuevo, de manera que la cicatriz siempre está fresca y duele y parece irse a eternizar. El tío al que esta situación ha dejado fuera de toda oportunidad lo ve tan claro como ve esos anuncios por doquier, los que te hacen sentir un puto gusano si no tienes el iPhone 5 o el iPad 2, o cualquier otro icono del farde más global. Se lanza a la calle y tiene a mano esas cosas, que no son la solución a su problema, son un mero placebo que puede durarle un par de semanas, hasta que atraviese otra situación que le haga cabrear. Pero está con los amigos, le envuelve el mayor de los anonimatos sazonado por un instinto gregario que no puede sacudirse de encima y, qué cojones, el seguro va a pagarlo todo, porque todas las tiendas tienen seguro, no ??. Eres un tío de la calle que se ha aprovechado del descontrol generalizado, no llovían billetes del cielo pero casi, pero ahora esa traidora cámara de seguridad te delata. De indignado a delincuente común.


El 20-N y su previsible día del mañana : Rajoy se encaja 525.000 al año. Ya se frota las manos. Reforman la constitución con lo que yo llamaría alevosía y agostidad. Mas dice que la lengua no se toca. Se refiere al idioma, aclaro, a un idioma diferente al que se usará para redactar la rendición incondicional a un PP con mayoría aplastante. Duran Lleida no se decide por la corbata que mejor le combina con las gafas, pero casi se ha decantado por el modelo rojigualda. Hay que ir presentable a la celebración.

David Staunton sigue poniendo a prueba el inglés de la Doctora Von Haller, y yo me intereso a través de google en los matices que separan a Jung y a Freud, de los cuales el primero que me ha quedado claro es que el sexo no puede ser la pulsión de todo acto cuando no lo afronta igual el adolescente y el cincuentón. Libros que te hacen pensar, cómo se os echa de menos cuando ya se os conoce.

El maldito riff de guitarra (con una respuesta de castañuela al final que es una pequeña píldora de felicidad) de Hasta mañana Monsieur. No hay manera de que se me despegue, ni metido en un túnel de hierba verde.


dissabte, 3 de setembre del 2011

LA MONTAÑA MAGICA

Sí : debería leer el clásico de Thomas Mann, libro emblemático donde los haya, por lo que leo, en reseñas sugerentes de toda clase de imágenes trascendentes que acaban concluyendo que algo cambia tras leerlo. Dígase fe, dígase actitud ante la vida, o la muerte, pero parece ser que uno no es el mismo, y no sólo por que más de 1000 páginas lleven unos días, y la vida puede cambiar en ese lapso, claro, si puede cambiar en un segundo, si puede cambiar en que te digan que sí o que no, o en que lo digas tú mismo, cómo no va a cambiar mientras lees un largo libro, lo leas en casa o en un banco en el parque, o sentado en una piedra donde te has dado cuenta que estás no muy cómodo pero la mar de fresco. O en una biblioteca mientras alguien te mira inquisidor desde un butacón lejano, ligeramente bañado por una luz algo nublada de septiembre.
Pero deberá esperar; primero debo acabar con la trilogía de Deptford, cosa que no requiere empujón alguno, y sin embargo John Self me anima aún más a ello. Elegancia en el estilo y una especie de bruma matinal que se va cerniendo sobre la trama, a medida que uno lee ( en Mantícora) las confesiones de diván que David Staunton vierte en la consulta del Instituto Jung. Luego irá Houellebecq, tras un contacto inicial de 40 páginas que vuelve a transmitir las sensaciones que ya predecía : la contemporaneidad de El mapa y el territorio es tan rabiosa y frenética que piensas que cualquier cosa que pasa en el libro puede pasarte o a tí o a quien conoces o a quien te cruzas por la calle. Espero que el mundo haga justicia a Houellebecq, y espero que no tarde (le veo envejecido en la foto del libro). Puto genio.

El pequeño rincón algo fantástico. Sabéis de esa filia por Cercas sobrevenida en los últimos meses (punto de ignición : el post en que John Self saca Anatomía de un instante, por el que sentía una irrefrenable curiosidad desde hacía tiempo). Bién, uno de los escenarios de la trama de Soldados de Salamina es el Santuari del Collell, internado reconvertido en prisión republicana durante la guerra, punto del que partían, en la novela y en la realidad ligeramente tintada en que ésta se basa,  los detenidos con destino al fusilamiento del que Sánchez Mazas acaba zafándose. Resulta que el club de fútbol de mi hijo organiza un stage de pre-temporada al que mi hijo va a acudir. Y el lugar elegido es justo ése, pues los avatares del tiempo han convertido esas instalaciones en casa de colonias y reuniones donde se celebran eventos de este tipo. Para que Lydia siga pensando en esas casualidades que tanto la emocionan, casi tanto como ese equipo de nuestros comunes amores, y sé que no debo ser prosaico y simplista pero a veces no puedo evitarlo. Hasta Juan Villoro escribe un libro sobre la fe en el fútbol que invade esta sociedad rara, que debería cambiar pero la desidia de unos y la pereza de otros no le deja.


dilluns, 29 d’agost del 2011

ALARDE, OSTENTACION, FANFARRONEO

Soy consciente de que puedo bordear la precipitación, el prejuicio, puede que hasta me acerque a cierta postura rayana con el aire de superioridad occidental.
Leo en reseñas acerca de La presa sobre su elevada carga de simbolismo, sobre sus segundas y terceras lecturas, recuerdo cierta crítica que la describe como durísima y yo pienso, antes de leerla, si no estaré ante un libro que describa con excesivo celo determinado maltrato, que se recree en la crueldad. La definen como obra maestra y pasan de ahí a detallar obras de su autor y recordar el premio Nobel que recibió hace unos lustros. También Cela recibió un Nobel, por cierto. El mismo Cela que en los primeros albores del franquismo denunciaba a los compañeros de profesión no afines al régimen. Hay cosas que uno no puede enmendar por mucho y bién que le dé por escribir. Saber eso de Cela anula de raíz mi curiosidad por su obra, ni siquiera me sometería a esa crueldad autoinfringida que mencionaba ayer. Cela y su obra y su condición de chivato franquista por un lado, que yo iré por el otro.
Y sobre el libro de Oé. Apenas unas 100 páginas en eso que se llama novela corta, para mí en craso error. Novela corta es Seda de Alessandro Baricco. La presa es un cuento, casi una fábula pues inicialmente tratan al prisionero como un animal, para investirle más tarde de humanidad. Lo que sea, es alargado, en busca de matices y detalles que  no hacen falta, hasta llegar a una duración que la haga saltar de categoría. Como algún relato corto, como Bartleby el escribiente de Melville, parecen libros que aspiran que sus reseñas, complicados y elucubrantes ensayos redactados por críticos que se hacen fotos con sus manos rodeando la barbilla, y en poses de perfil tres cuartos, sean más largas y más profundas que la obra en sí. 
Problemas con la combinación de lecturas, Robertson Davies hubiese empleado apenas un par de páginas en decir lo mismo. Hubiese sido un mero episodio de guerra dentro de los avatares de sus ricas tramas, y no hubiese esperado más que eso,  que los lectores nos fijáramos y recordáramos vagamente esa situación encastada en muchas otras. Pero el canadiense no hubiese querido que pasase de ahí, ni le hubiese dado más importancia, administrando de manera ejemplar su enormemente modesta erudición.
Y yo también lo habría preferido.


divendres, 26 d’agost del 2011

EL SORBETE DE LIMON

Voy a quejarme en voz alta de que agosto es un mes que aturde e invade tu existencia y no siempre es para bién. Amigos que llevan blogs lo han mencionado en sus títulos y no recuerdo post sobre mayo o sobre octubre, por mencionar dos meses que no tienen por qué ser menos. Claro que es una maravilla (aunque quizás hubiese preferido el clima de julio del 2011 para todos los meses de verano de ahora en adelante) la sensación de dolce far niente, el pantalón corto, todos esos fashion items que tan nervioso ponen al carcamal de Ussía (hacerle la contraria podría acabar siendo para mí un poderoso principio vital), pero a veces esas agradables sensaciones vienen acompañadas de algunos incómodos efectos colaterales : pereza, somnolencia, cierto grado de indolencia que camina hacia la informalidad (cuántas cosas decimos que aprovecharemos para hacer en agosto y quedan postergadas como vulgares propósitos de final de año ?). Por lo demás sería esa época perfecta pero, desde que ando metido en el asunto que leéis, agosto se me manifiesta como una especie de algo incordiante Pepito Grillo que me impide escribir todo lo que quisiera, agravado por el hecho de tener más tiempo para pensar lo que escribiría. No espero que se me entienda.
Así que para empezar tengo miedo de decepcionar a alguno de los que espera encontrar grandes cosas aquí. Por si no quedaba claro en el post de ayer, dispersión es la palabra. En todo caso, si tendiese a pensar que sólo porque cuatro o cinco de los que te leen te ensalcen en demasía, ahí está Pedro Marín para recordarme su implacable opinión : no escribes ni medianamente bién. Ejem.

El quinto en discordia : excepcional primer paso de la trilogía de Deptford, que no tengo la más mínima duda de que funciona perfectamente como novela independiente. Una lectura excepcionalmente amena, sin alardeo innecesario de erudición. Una especie de repaso a la primera mitad del siglo XX a través de una experiencia vital llena de detalles levemente teñidos por la magia y el azar. Un libro que me ha resultado perfecto para leer en fases de 30 o 40 páginas, por su práctica estructura, fases que han sido auténticos episodios de placer literario. Gracias a quien tuvo la idea de traducir la obra de este espléndido autor canadiense. 

Hablo con Gustau de Cercles sobre el ritmo adecuado en las lecturas, cuando uno entra en esta especie de fase compulsiva. Que si alternar ficción y no ficción, que si hacerlo con autores traducidos y no. Que a veces es necesario pararse a descansar, sobre todo de ciertas lecturas de intensidad rayana con lo físico. Qué librero te recomendaría eso antes de colocarte cualquier obra ligerita, cualquier lectura inocua que haga las veces de la toallita con aroma a limón o el sorbete que te sirven entre platos fuertes. Muy pocos.

Mi sorbete de limón va a ser un cómodo libro que acabo de encontrar en la biblioteca : quizás sea una confesión excesivamente frívola, pero me pone algo nervioso que Murakami parezca el único japonés que escribe, y me acuerdo de Mishima, pero también de Kenzaburo Oé, que tiene un Nobel, y del cual no he leído nada, con lo que me abalanzo sobre La presa, novela corta en tipo de letra 14 o así, que puede hacerme el doble servicio en unas horas o así. Previo paso por Mónaco (debo reprimirme para no decir qué pienso de la hinchada madridista y sus pancartas de apoyo), pararé en ese libro antes de volver a Deptford, Canadá.
Como siempre que menciono algo relacionado con Japón, me es imposible no rendirme ante dos de los grandes genios que venero sin ningún tipo de reparo, dos carreras coherentes y sinceras que se han unido de vez en cuando, dos músicos a los que sólo ese halo ligeramente snob que acaba envolviendo a los experimentadores puede hacer alguna pequeña sombra, pero eso forma parte de las preconcepciones que uno se monta.



dijous, 25 d’agost del 2011

MESURA Y CONTENCION

No puedo evitar excusarme por esta discontinuidad. La educación recibida, supongo. Así que se accionan ciertos resortes compensatorios. Cómo funciona un resorte es algo un pelo imprevisible.

Ejemplo I : cambiar la palabra insufrible por la palabra insustancial, que aunque parece menos ofensiva, es simplemente más sutil. Teniendo en cuenta que puede que haya a quien le guste sufrir.

Ejemplo II : insistir en que Robertson Davies es un magnífico escritor prácticamente desconocido y que rincones del universo como este, completamente inútiles para este fín (vs inversiones publicitarias) debemos arriar la bandera para que tamaña injusticia sea enmendada. 

Ejemplo III : tomar el compromiso de ver cierta película, a sabiendas de lo difícil que va a ser que no me desagrade profundamente, simplemente con el cínico y quirúrgico propósito de razonar detalladamente cada uno de los pasos de su descuartizamiento.

Ejemplo IV : entender que actos como éste justifican por sí solos la existencia del submundo de los críticos del planeta, especie multidisciplinar enfrentada a los artistas, especialmente a aquellos que lo son sólo en un grado de pretensión, grado que es exactamente el que los críticos no les permiten franquear.

Ejemplo V : mantener una agradable conversación con alguien que no sólo sabe lo que vende, también sabe que clientes fieles y negocios puntuales son conceptos que pueden parecer complementarios pero también son antagonistas.

Ejemplo VI : demorar en exceso mis opiniones sobre avatares de diversas partes del planeta, por este orden, Noruega, Libia, Inglaterra.

Ejemplo VII : constatar que hay algo intrínsecamente implícito a profesar la fe por unos colores determinados, afirmación que acepto que es la más subjetiva y caprichosa que uno pueda hacer, pero que no puede mantenerse más en mi interior : ver las pancartas en el Bernabeu de apoyo a Mourinho, especialmente alguna de ellas, me resulta tan impactante. Qué pandilla de cafres.

Ejemplo VIII : pensar que este remiendo se eleva a la categoría de post, cuando en otros mundos sería una mera recolección de apuntes, un breve esbozo que sólo vería la luz si, en el proceso de búsqueda de la obra completa de un autor, alguien lo encontrase en las carpetas perdidas de un disco duro, y considerase que, a pesar de su escaso o nulo valor literario, cabría en el cajón de sastre que acostumbra llamarse rarezas.

Ejemplo IX : porque sólo un autor consagrado puede editar en vida cosas que llame rarezas. Significa que uno se cree a sí mismo tan genial y tan indiscutible que hasta sus actos más caprichosos e indolentes merecen el calificativo de obras.

Ejemplo X : la definición no escrita de épica que es esta canción (quizás por el cello, o porque los que la conocemos sabemos que abre OK Computer, y que, desde ese momento, cualquier cosa podría pasar).


dimarts, 23 d’agost del 2011

YO TE PERDI EN UNA TARDE DE ABRIL Y DESDE ENTONCES SOY UN LAGARTO


Puede que sea una reflexión tan inútil como sorprendente. La cuestión de qué nos empuja a elegir un libro u otro. La cuestión de qué, tras ese primer empujón, nos hace seguir con él o no. El momento en que percibimos si ese es un libro que mencionaremos y evocaremos, momento que a veces se produce durante su lectura ( otra duda, al principio, al final ??) y a veces mucho más tarde, justo cuando nos damos cuenta de que, inconscientemente, andamos años detrás de un libro que nos provoque las mismas sensaciones, en el mismo grado.

Sorprendentemente esta elucubración me hace cambiar el título de este post, y son dos títulos prolongados seguidos, yo, que voy de minimalista y conceptual, las más de las veces.

En mi poco fundada manía de la contemporaneidad, buscada tanto en escritores como en las puras temáticas, he hecho algunas excepciones. No es que quiera que en los libros que me gusten, la gente se llame al móvil o busque en google. Pero no quiero ir más atrás en el tiempo que esos caballos, robados o no, que me encontré en Meridiano de sangre. 
Leo una crítica de un par de libros de uno de esos autores que son rabiosamente contemporáneos: Biegbeder. Entusiasmo por 13,99 euros, también por Socorro, perdón. La reseña que incluye su temática casi es un resorte que me hace levantarme de la silla a por ellos, pero antes, mierda, segunda crítica que se pregunta cómo puede editarse un libro tan insustancial. Dicen las leyes de la estadística que para sacar promedios fiables hay que despreciar el mejor y el peor dato. Ya.
Otro de éstos, Houllebecq, está a punto de publicar en España El mapa y el territorio, al que me tiraría desesperado como agua fresca en el desierto. Dicen que Houellebecq se ha ablandado. También le pasó a Hornby (están al lado uno del otro en los estantes). Resulta que mi disfrute en Plataforma, en Ampliación del campo de batalla, en Las partículas elementales partía de ese mismo cóctel de bilis, angst, y vacío, que tengo miedo de echar de menos. 
Otro que es Brett Easton Ellis me tiene muy desconcertado, pues me da la impresión, como Irvine Welsh, que llevan muchos años intentando escribir algo diferente y siempre escriben el mismo libro. Como ABC y The lexicon of love. Crisis del segundo disco que llegan hasta el octavo.

Mientras, sigo enfrascado en las andanzas de Ramsay D. en Deptford, Canadá. Que nadie olvide este nombre: Robertson Davies.

Pero pasan otras cosas en mi vida. Mi hija ha redescubierto mi disco favorito de Calamaro (El cantante) , y disco favorito es una definición sumamente fiel, puesto que me es muy difícil aguantar ni tan siquiera acordes iniciales de la gran mayoría de sus canciones de otros discos. Cuando intervienen los elementos emocionales todo se complica enormemente. Asocias letras y músicas a momentos grabados en la memoria, todos los componentes de ese escenario pasan a ser mejores por la perfección del conjunto que representan. Eso deben ponerle al BigMac, claro.
Intentando convencerla de que no es Calamaro el de ahí, que no es ese mediocre y algo cargante platense obsesionado (digo encaparronat, así, que sería más correcto encabezonado) en ser un nuevo Dylan, un nuevo Jagger, para mi horror una especie de Sabina que bebe mate en vez de cuba-libres de garrafón.
Probamos y probamos (hay un excesivo recopilatorio de 6 cds, cómo no) sus mejores canciones propias, sus rarezas, sus versiones, sin encontrar esa genialidad del buen intérprete, presente por doquier en El cantante. La búsqueda da frutos, pero pocos, pues hay mucho horror y mucho ripio y mucha melodía facilona por la que Calamaro debería responder. Pero se da el caso que ayer hizo 50 años, que mi memoria falla selectivamente y olvida su asociación con antiguos miembros de los Tequila en esa especie de supergrupo argentino llamado Los Rodríguez y me siento benévolo, aunque no lo merezca pensaré en todos esos buenos momentos pasados en el coche, camino de muchos sitios. Pensaré en una primera escucha en casa a altas horas de una madrugada que no sé si era el final de un día o el principio del siguiente.

Y obtendrá mi perdón, aunque sea por esta vez.


diumenge, 21 d’agost del 2011

COSTUMBRES Y TRADICIONES DE CIERTOS PUEBLOS DEL CANADA ANGLOFONO

Despues de leer las mejores de las críticas y, contra mi normalmente algo precipitado proceder, esperar como unos cuatro años, he conseguido, previa espera de turno en la biblioteca, El quinto en discordia, primero de los tomos de la trilogía de Deptford, de Robertson Davies. Se trata de un escritor canadiense, fallecido 1n 1995(cómo no, pobres escritores que me gustan y aún siguen vivos: contratad un seguro), y cuya obra se ha ido traduciendo y publicando por Libros del Asteroide, editorial que se está labrando un prestigio y una especie de imagen de marca (incluso en sus portadas) asociada a buena literatura. Apenas llevo sesenta páginas iniciales, y ya he decidido firmemente tanto hacerme con los dos tomos siguientes como incorporar a este escritor (de larga barba ligeramente mullida y apariencia de abuelo algo iracundo, en todo caso irremisiblemente gruñón) a una teóricamente restringida , pero cada vez más amplia, lista de mis grandes favoritos. Mérito que es particularmente notorio cuando hablamos de escritores traducidos. Culto,sin cargar las tintas en esa erudición, es de esas lecturas que avanzan resueltas, sin alargarse innecesariamente, prevaleciendo la trama sobre su entorno, pero dejando que este entorno filtre sutilmente. No sé cual es el motivo por el que tengo constantemente presente Dogville, la cruda película de Lars Von Trier, mientras leo este libro. Tampoco sé si los dos siguientes libros de la trilogía, que ya he corrido a conseguir, mantendrán ese ritmo y esos personajes, o esa especie de árida impaciencia ante la irremisible sucesión de circunstancias extrañas.
Con el trasfondo de la estricta educación basada en valores religiosos (también recuerdo algo La cinta blanca como película que inquieta en igual medida), el lector presencia actos de las personas, explicables o no, que hacen agrietar esos valores y los débiles cimientos en que se sustentan. Que nos hacen recordar que cualquier persona que huye acaba encontrándose a sí misma allá donde pretenda esconderse. Uno nunca hace vacaciones de su propia persona.

A lo largo de mi vida recuerdo haber conocido a muy pocos canadienses.

Una era una estudiante de español, con unos impresionantes ojos verdes, de ascendencia judía y al parecer de una adinerada familia propietaria, al menos que yo recuerde, de una estación de esquí.

Otro era un emigrante sirio que establecido allí, se dedicaba básicamente a promover estrafalarios negocios rayanos con la estafa y el fraude más escandaloso, bajo el anzuelo de inversiones de seguros y pingües beneficios, ubicados en paraísos fiscales como Chipre.

Otros fueron una familia libanesa, cuyas hijas iban al colegio de los míos, cristianos maronitas de profundas convicciones religiosas, en constante tránsito por el planeta, que fueron allí cuando las cosas en Barcelona empezaron a complicarse demasiado. La última vez que hablé con ellos se quejaron del frío inmisericorde.

Con ninguno de ellos he podido mantener el contacto.

La bandera de Canadá muestra una hoja de arce, la del Líbano la figura de un cedro, la de Chipre unas hojas de olivo.

Lentamente veo a artistas de Canadá desfilar por mi cabeza, muchos solistas y pocos grupos.
Solistas infumables, como Alanis Morrissette, Bryan Adams o Celine Dion. Pido por favor a todo el mundo que nadie me pida un pronunciamiento sincero sobre Celine Dion.
Solistas de errática carrera, como Rufus Wainwright o Joni Mitchell. Errática es como yo la veo, con maravillas al lado de auténticos peñazos.
Genios, como Neil Young o Leonard Cohen. Aunque Young me parezca a veces con cierta tendencia a la melodía previsible.




Y los Arcade Fire, claro.


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