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divendres, 8 de febrer del 2013

Roberto Bolaño: 2666 - NUMEROS DE LA SUERTE

Por ahí detrás anda: tan perdido como mi capacidad de enfoque
Ja: ¿y por qué nadie ha ido a relacionar 2666 con ese famoso número del diablo que albergan sus tres últimas cifras? A ver si voy a ser yo el primero que se presta a sugerir esa relación del título con lo demoníaco y con el oscuro mundo del averno. Ya tiene delito pues que sea esa la primera cosa que se me ocurre cuando voy a plantear este poco honesto post: heme aquí dispuesto a hablar de un libro que leí hace más de cuatro años. Ni me levantaré al estante a agarrarlo y hojearlo para ello. No, pues en unos días he decidido volver a leerlo en su integridad, porque en "el otro blog" haremos una semana dedicada a Chile y yo levantaré la mano y me pediré esta reseña pero ahí seré profesional y meteré esas 15 horas largas que son las que se requieren para fagocitar 1100 páginas de nada monada.
Pero aquí: vamos, a ver si alguien se entera y si ese timo descarado me sirve para recibir ni una crítica solapada, ya no digamos algo físico e intimidatorio que recrimine mi poca vergüenza y me haga sentir un escalofrío de terror al cruzar la calle.
Leí 2666 en 2007, aunque se había publicado en 2004 y lo había comprado en 2005, intentando leerlo en los veranos de 2005 y 2006, no lográndolo porque, simplemente, las edades de mis hijos entonces, 4 y 7, y 5 y 8, respectivamente impedían una tranquilidad suficiente y necesaria en las jornadas veraniegas de tumbona y piscina. En 2007 superé ese escollo y avancé al fin: leí por tercera vez La parte de los críticos y por segunda vez La parte de Amalfitano y, al fin, deglutí, en un rincón sombreado donde hacía incluso algo de fresco por la tarde, La parte de Fate, La parte de los crímenes y La parte de Archimboldi, Lo hice con cierta prisa, con cierta cautela inútil por preservar su integridad, pero es estúpido, mucho, pretender que un libro no se moje. Ese agua, esa agua, dudo del sexo del líquido elemento ahora, ves tú, está en sus hojas, y algunas están algo arrugadas y su lomo ajado y su tapa presenta un doblez debido, seguro, a mi torpeza. 
La premura: no lees igual 100 páginas finales de un libro de milipico que de uno de 300. Ahí ves el final y haces ese palpado de lo que quedó atrás y lo que va por delante y te agarras los machos y dices de aquí no me mueve un huracán, vengo de una gran guerra y no pienso hacer prisioneros.
Por eso, cuando crucé esa frontera me precipité por puentes y carreteras y tomé la capital. Conquisté el nido del águila y desde la cúspide vi el planeta extendido a mis pies como una sábana multicolor.
2666 dista de ser perfecto: obviamente muchos le encuentran una extensión excesiva y una especie de sensación precipitada. Normal: 2666  fue escrita por Roberto Bolaño con la sensación de echar el resto, con un reloj de arena al lado y con la lista de espera para encontrar un hígado compatible. Seguro que Bolaño escribió y escribió a toda máquina y llenó folios y folios, o documentos word o lo que coño hiciese, a los que seguramente apenas tuvo tiempo de darles un orden debido. Escribió cinco novelas con una relación entre ellas solamente algo más concreta que la relación que mantenían de una u otra manera todas sus obras hasta entonces. Les echó por encima una salsa unificadora que representaba un gancho poderosísimo: los crímenes de Ciudad Juárez, aquí llamada Santa Teresa. Nadie debe pensar que 2666 es un libro dedicado a desentrañar lo que hay detrás de los crímenes. Todo el que empiece su lectura convencido de que llegará a su resolución en una decena de últimas páginas de culminación de crescendo que se vaya olvidando. 2666, con todo lo que se ha borrado de mi memoria en esos cuatro años, pendiente de que en unas semanas lo redescubra, es una galería de horrores de diverso tamaño e importancia. Es metaliterario, policíaco, histórico y truculento tanto individualmente como en sus combinaciones. Es, aunque otros libros de Bolaño le pasaron por delante por lo asequible de su tamaño comparado, el libro que me hizo abandonar al polvo y a la intemperie montones de libros de management. Es el brote verde de la lectura que volvió a plantarse en un parterre de la terraza y, años después, es una plantita que sobrevive a los inviernos si no hace demasiado viento. Es tan insignificante como libro que tardé tres años en acabar con él pero tan importante como concepto que, sin abrirlo, ya iluminaba el estante donde reposaba paciente.
Si no lo entendéis, no puedo hacer nada más.

dimarts, 27 de novembre del 2012

LEJOS DE LA DIVINIDAD

Si me está dando por relecturas de algunos libros es simplemente para constatar si todas mis impresiones iniciales son matizadas por esas segundas experiencias. Como si hubiese de comprobar que soy el mismo río o no en el que se bañan esos libros. Leí hace unos cinco años esta recopilación de relatos temporalmente anterior a algunas de sus obras capitales. Lo leí y me gustaron mucho algunos de esos relatos y, en algunos otros, pasé volando ante lo que parecían estructuras poco amigables para el lector. Es Bolaño; así que uno tiene que poner de su parte.
Llamadas telefónicas incluye grandes relatos de Bolaño, como el inicial Sensini, precioso cuento en el que no sobra una palabra, pero también algún desvarío excesivo: la extensión de alguno de los relatos de la última parte es excesiva y obedece más al dejarse soltar del escritor que a la finalidad intrínseca de un relato corto que debería ser contar algo interesante o al menos significativo, sin alargarse ni adornarse excesivamente. Pero en todo caso la balanza se inclina mucho del lado bueno: un cuento como Sensini o el inmediato posterior, el de Leprince, escritor en la resistencia francesa contra los nazis, son, junto a Detectives, muestras del mejor Bolaño, no de un Bolaño que evolucionaba sino de un Bolaño ya maduro. Los libros de relatos son magníficos para hacerse una idea de los mejores niveles de los escritores: libros que pueden llegar a niveles excelentes pero a los que se les perdona deslices. Llamadas telefónicas los tiene, pero son perdonables.

dijous, 15 de novembre del 2012

EL FIN DE LA ETERNIDAD

No hay nada más desacreditado que la década de los 80. Por lo menos para cierta generación. Los 80 significan hombreras, pelos cardados, flequillos imposibles, trajes de color lavanda, tonos pastel aplicados hasta a las prendas exteriores, discotecas basadas en las luces de neón y los rayos de láser. Películas cursis. Y ya no hablemos de la segunda parte de la década, pues la primera parte aún resultó relativamente dignificada por el synth-pop. Lo cual no quiere decir que no se hicieran discos dignos: pero el imaginario cultural estaba monopolizado por el despiste y la tibieza.  No significa que no hubiera buenas canciones, algunas, pero, en fin, hagamos una relación con lo que acude a mi mente y veamos cuanto hay de aprovechable.

Va.

Johnny Hates Jazz (con ese nombre), Simply Red, Curiosity killed the Cat, Swing out sister, Black, Climie Fisher, Tanita Tikaram, Double (uf), Halo James, Bronski Beat, The Communards.

Puf.

Pero vino 1989 y nos salvó a todos. Se instauró una dictadura del sintetizador, lo cual tiene un mal nombre, pero a mí me pareció de fábula. Sí: quería ese sonido, que parece frágil pero no se detiene, yo lo quería en todos lados. Qué queréis: me saturaba tanto la porquería heavy-metal que pensaba, equivocadamente, que la sensibilidad había caído toda sobre el mismo lado de la balanza. En cualquier caso en 2001 nunca pensaba, en medio de toneladas de discos plagados de beats por minuto, que me enamorara perdidamente de un disco en el que costaba distinguir apenas un ritmo.

Ese disco era Felt mountain, sus autores eran Goldfrapp: hace mucho que no hablo de él y, todavía, es una casi obvia elección cuando me quedo solo y no sé qué disco poner. Nunca falla. Jamás: de hecho, aún me sorprenden sonidos incrustados en sus nueve canciones. Puede que esa contraportada evocadora (que por cierto, fue la primera imagen del primer post de este blog: al loro) y cierto viaje a la Vall de Boí-Taüll en el cual el CD fue protagonista absoluto (viaje en el que, por cierto, debo recordar que llegamos al hotel a las 15:00 h. -09:00 a.m. hora USA- del 11-S del 2001) tenga que ver: lo de los sonidos anclados a los recuerdos como una ratatouille cualquiera. No parece, en cualquier caso, que yo estuviera solo en esa apreciación. Precioso como pocos, este vídeo que alguien se ha currado en Youtube, para acompañar a una de sus canciones, la que da título al disco y que son hipotéticamente, menos conocidas. Lo aclaro porque el disco contenía singles, sí, canciones relativamente popularizadas, pero los tracks secundarios son los que mostraban su espectacular potencial. Va, disfrutad. En cualquier caso, unas imágenes atractivas no son las que hacen que una música sea mejor o peor. Curioso, pues eso también debían pensar los realizadores de los video clips que nos aturdieron, también, en los 80. Va, llamémosles ya los malditos 80. Goldfrapp fueron injustamente comparados con Portishead. Por la cuestión del tiempo de la música y la fuerte presencia de la voz femenina. Lo siento: Alison Goldfrapp es mejor cantante que Beth Gibbons. En técnica y en sentido de la experimentación: y Goldfrapp no tiraron tanto del catálogo de samples. Goldfrapp sonaba a Morricone o a Barry , a Shirley Bassey tocando en un cabaret de mala muerte o sentada con los pies colgando frente a un lago con el agua casi helada.


Goldfrapp dispusieron de total libertad: la cuestión de grabar en Mute, donde los royalties de Depeche Mode (y en otra época, de Erasure) garantizaban cuantiosas sumas destinadas a que otros artistas dispusieran de presupuestos para sus desvaríos. Así que si decidían que tenían que usar estructuras de vals.

Original o remezclada.


O música de circo.

Pues lo hacían, y listo, o si debían optar por instrumentaciones espartanas, por violines en pizzicato y minimalismo gélido y sonoro, pues también.


Voces de ópera, tonalidades cercanas al blues o al soul, distorsión pura y dura en la voz hasta convertirla en una experiencia estremecedora. Daba igual. 


Claro que Goldfrapp no repitieron un disco así: para qué, conscientes de que cuando uno alcanza una cúspide de una manera, deberá intentarlo por la otra cara. Los líquenes en las piedras mostraron las pistas. Las de baile, de Supernature, o el electroclash de Black Cherry. No les hubiera hecho falta seguir, claro, pero lo hicieron, para demostrar, como dice Bolaño, que son personas y no dioses. Pero ahí quedó eso. Hasta hoy, inigualado.


dimarts, 18 de setembre del 2012

LA SENDA DE LAS DUDAS

Nada de efecto Selassie: no es que Monsieur Pain sea una mala novela: más confusión y descontrol hay en páginas iniciales deotras muchas que en las suyas: más o menos sabemos por donde vamos. Y el estilo de Bolaño, ese impecable y elegante engranaje de frases, también está presente. Problema: todo en precario, todo en provisional, y aún sin asentarse del todo. No ayuda ese tono parisino que evoca vaga pero estérilmente novelas de caballerías y de gente con capa. Ni el conato de engarzarla con otros de sus libros: la guerra civil, los nazis. Si Monsieur Pain es una novela que decepciona y que deja frío es en relación con y en comparación con. Y ahí sus grandes obras, con sus errores voluntarios y los que no, 2666 con su extensión majestuosa y su prosa precipitada (a ver cómo escribiría más de uno cuando siente la cercanía del fin), o Estrella distante, novela que ya sé, soy muy pesado en recomendar una y otra vez, esas obras dejan en evidencia toda la bisoñez y el titubeo de este libro menor, publicado, seguro a raíz de su eclosión, más que por sus escasos méritos, que no son más que los que son: poner palabras y escritura con una cierta marca de la casa al servicio de una trama tan exigua y tan endeble (los motivos por los que ciertos hombres boicotean el intento de curación de otro hombre presa de un extraño mal) que da para llamar a esto con palabras que encuentro un poco crueles e inmerecidas, seguro inmerecidas a la vista de lo que después aconteció. Cuento alargado, comedia algo absurda, misterio incomprensible, relato deslabazado, ejercicio de estilo, conato de misterio centroeuropeo. Todo ello apelativos no crueles ni sangrantes: simples arañazos producto de la frustración que me bloquea: saber que, salvo que Anagrama guarde un as en la manga tras buscar y rebuscar en discos duros y montones blandos, la obra del genio chileno ya se da por cerrada, y todo lo que nos queda es eso: decepciones relativas y relecturas cada vez más familiares, cada vez más transitadas.

dilluns, 11 de juny del 2012

EFECTO SELASSIE : INVESTIGACION Y DESARROLLO

Y de repente todo se enrarece: la gente no comenta, empieza una extraña competición futbolística (sí: soy de la idea de hacer desaparecer las selecciones nacionales para siempre jamás), por otros lados se discute, con creciente acritud,  sobre Murakami, se menciona a Madonna. Empezará el Sónar, unos niegan que lo que se ha hecho con España sea rescate, otros lo afirman, yo uso la palabra rescate para jugar a los anagramas (es terca, es recta, te creas, secreta, es Creta, creaste, cesarte, secarte, R: te caes, cae tres, sé recta, sé terca, sé Creta, ATS: rece, recetas).  Avanzo lentamente por un libro escrito en ese español que se habla en México: difícil, barroco, complejo, como si casi fuera otra lengua. No es el mexicano que adoptó Bolaño en Los detectives salvajes, no: es más difícil.
Pero las barreras hay que superarlas. Además, le debo una oportunidad a otro de los escritores recomendados por Bolaño. Sí, sé que recomendaba muchísimos; es más, recomendaba tantos que, a veces, me he sentido tentado de confirmar si alguno de ellos era real o no. Si no nos hacía bromas a pequeña escala como la que había hecho a gran escala con La literatura nazi en América. Pero algunos existen: Belén Gopegui, lo intenté con ella pero allí estaba yo, tras dos intentos de arranque para, al final, confirmar la decepción del Deseo de ser punk. No decepción mayúscula, no; no como la de los libros de Amèlie Nothomb, para que recuerde uno tras otro sus defectos. Luis Magrinyà, otro recomendado: demasiado pendiente de epatar, demasiada filosofía propia intercalada entre tan escasa acción, que ganaría mucho sin ella, aunque perdiera páginas. Entonces, sin esas disquisiciones sobre la inactividad y sobre el dolce far niente y sobre la inutilidad, las 350 páginas de Los dos luises quedarían reducidas a algo más de una centena. A mí quizás no me importaría, puede que agradeciera, incluso,  no tanta pérdida de tiempo explicando lo que, con imaginación y esfuerzo, puede leerse entre líneas: pero a un jurado literario sí le importa, porque, parece, no se puede dar un premio de novela a una de menos de 200 páginas. Los sesudos, los que se hacen fotos mesándose la barbilla, ante bibliotecas atestadas, dirían que menos de 200 páginas es folletín, o narrativa breve, o menos: a no ser que el escritor hubiera muerto. Entonces hablarían de concisión y de precisión y de la justa medida de la concentración del talento. Hablarían de minimalismo y de potencial expresivo. 
Por eso, estoy convencido de que he de acabar de aprender ese otro idioma que es el mexicano (creedme: hay más diferencias entre mexicano y castellano que entre castellano y catalán, especialmente si es el catalán bastardo hablado en Barcelona), y de que el libro de Daniel Sada tiene que convencerme de que el propio gusto de Bolaño no era su efecto Selassie: que la virtud que le llevaba a ser dios era su escritura y no sus gustos; que en el fondo lo que hacía era escribir diferente a los que le gustaban, para desmarcarse y escribir, él, bien.

dissabte, 14 d’abril del 2012

POR QUÉ HACE FRÍO AQUÍ

¿Racionalidad y cerebralidad frente a emoción y sentimiento?. Hace un cierto número de horas que me lo planteo. Porque emoción y sentimiento pueden compararse a la pimienta de Cayena. Pásate en el pellizco y habrás de tirarlo todo a la basura. Y resulta que, de todas las cosas que me avergonzaría profundamente reconocer que  aspiro a ser, la que menor rubor me causaría (dios, estoy fusilando a Bolaño!) es una especie de Riszard Kapuscinski: un reportero que viaja y acompaña y mira, y luego explica, con una objetividad aplastante, lo que va viendo, pero que (como en el buen jamón al que lo que le da el gusto es la grasa entreverada) progresivamente, filtra su opinión sobre lo que es justo y lo que no de todo lo que ve. 
Perdón: todo esto último, en pasado; Kapuscinski ya murió. 
Pendiente está su biografía, en la que, por supuesto, odiaría leer testimonio tras testimonio de gente que le venera y le echa de menos. Eso no mitigaría pensar que no habrá más libros. No me preguntéis el motivo por el que odiaría eso. Pues es mejor reconocer defectos hasta entre los iconos más sagrados. Bolaño fumaba en exceso y Bob Marley veneraba a un tirano. Los humaniza y los acerca a nuestro status de mortales de a pie. Mortales que reparan en esa condición gradualmente, gracias a  esa traidora trampa que es la madurez, o de sopetón, cuando un tipo con una bata blanca al que visitaste por una tos o por una mala digestión gira el reloj de arena.

Así que la falta de emoción será en realidad una pantalla para esconder cierto miedo.

¿Quiere decir eso que el que escribe no tiene alegrías de relumbrón, ni penas de bandoneón?.

¡Pero si dije que me podía emocionar una línea de bajo!. El ritmo marcial y constante de Get the balance right de Depeche Mode: desnudo, firme, sin más aderezo que el sonido que lo quiebra, levemente a lo glockenspiel. La suave flauta que irrumpe cuando todo el mundo piensa que Radian de Air es un atorrante experimento fallido o de música para terror de serie Z o incluso para un reportaje sobre el día a día de la más aburrida abadía centroeuropea. O una frase de Bolaño: no las que jalonan los pasajes que aprenderíamos de memoria de sus inmensas novelas. No. Las que se hayan ocultas en rincones inexplorados, en las calas vírgenes de sus obras menores. 

Ocurre que, a pesar de que todos seamos muy valientes y tengamos muchas pelotas (a partir de ahora, igual menos) para decir desde internet que hay que rebelarse y salir a quemar todos los emblemas de los que nos reprimen, nadie está dispuesto a llorar delante de los demás. Ya lo hacen los reality-shows en la TV a diario. Llorar y discutir y usar bajezas para acumular gente babeante ante la pantalla. Pornografía emocional. Lógico preferir la pornografía real. Es puro deporte, pura exhibición.

Dice Lydia, en su blog, al que, parece, otros hacemos más caso que ella misma: "hasta al final del llanto más sublime uno acaba por sonarse". Lo digo de memoria, no sé si las palabras serán exactas, pero es eso. Público, no sé si tengo o no, pero no me sentiría cómodo en absoluto, mostrando emociones que no puedan ser compartidas. Y un beso de mi mujer (de esos que ponen la máquina en on), o una caricia de mi hija, o un pase particularmente intencionado de mi hijo, sólo me emocionarán, lógicamente, a mí. O el llanto por cualquier desgracia que pueda afectarme, por descontado. Y como después de ese llanto, sacaré el pañuelo y me sonaré los mocos, pues me lo ahorro, y paso por encima.
Pero emocionarse al unísono: por una frase, porque a todos nos gusten (o nos disgusten) películas o libros parecidos. O en negativo, porque pensemos qué o quién nos sobra y tiraríamos al cruel pozo de la indiferencia. Ese es el radiador que está en un extremo de la habitación. Ubicado inteligentemente bajo la ventana, evita que, al final, nos helemos. Porque helarse significa quedarse quieto.



dimarts, 3 d’abril del 2012

LA SOCIEDAD ILIMITADA

El verano del año 2003 fue uno de los mas calurosos de la historia en Barcelona. En el mes de julio se dieron unos 20 dias seguidos con temperaturas superiores a los 35 grados de calor húmedo y pegajoso. Yo estaba de vacaciones, todos esos días con mi familia en un apartamento en Sitges, a menos de 40 kilómetros de la ciudad. Un ático. Sin ascensor. Sin aire acondicionado. Con mi mujer y mis dos hijos, de los cuales Gerard, que por entonces tenía 2 años, estaba particularmente poco habituado a un calor tan extenuante. Aquel calor anulaba la voluntad humana. Estar quieto no era suficiente para dejar de sudar. Cualquier actividad se convertía en una tortura. La única supervivencia consistía en ir cayendo a plomo sobre cualquier superfície mínimamente fresca.
Por aquellas fechas (*) falleció en el Hospital Clínic, a escasos 200 metros de mi piso, entonces vacio, Roberto Bolaño. No me importa reconocerlo: sin que yo llegara a enterarme. El estallido de su fama y su prestigio le llegó tarde, póstumamente. Sí. Como una estrella de rock. No jugaré con la familiar imagen de si su espíritu tomó la casa que habíamos dejado vacía aquellas semanas. Bolaño revivió mi amor por la literatura y por muchos posts en que lo mencione o lo etiquete, no le haré justicia. Justicia se la han hecho en Girona, donde le han puesto a una calle su nombre. Tanta especulación inmobiliaria; el doble debería costar vivir allí.
Bolaño por si mismo, entrevistas escogidas es una recopilación de conversaciones y citas recogidas de diversas fuentes. Definir el libro, de apenas 150 páginas como espectáculo tridimensional es quedarse muy corto. Publicado por una Universidad chilena, dificil de encontrar en Barcelona (cosa que intentaré por todos los medios), lo mejor que puedo hacer es, antes de separarme del libro, desde aquí, callarme y relacionar algunas de las citas, por cortas, más sencillas de escoger (repito: todo el libro es un escándalo, Bolaño no es capaz de hablar sin dejar frases, una tras otra, para el recuerdo), por su inmediatez y concisión, en medio de esa lúcida impresión general que resulta de leer sus palabras. Basta de las mías. Empecemos con las suyas. Genio inconmensurable.

(*) Del texto de Juan Villoro que introduce el libro:

"Cuando el autor de 2666 fue internado en el hospital, el aire ardía como un mensaje del horror. Hacía siglos que Marte, el planeta guerrero no estaba tan cerca de la Tierra. Poco antes de la muerte de Roberto, se incendió el camping Estrella de Mar, donde él fue velador nocturno. Nadie recuerda otro verano igual en Catalunya.
Fuimos al funeral en el tanatorio de Les Corts como a una reunión en los desiertos de los que él había escrito. A los pocos días, el aire sufrió un cambio repentino. Llovía "con lentitud poderosa" como en la vana tierra de los inmortales que imaginó Borges. El agua caía, semejando un milagro inútil o un demorado bautizo."

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¿Quién es Roberto Bolaño, según Roberto Bolaño?
- Ni lo sé, ni me preocupa. No sé quién soy, pero sé lo que hago y, sobre todo, sé lo que no hago ni haré jamás.

¿Crees que es un deber de los escritores pronunciarse explícitamente ante hechos contingentes?
- El único deber de los escritores es escribir bien y, si puede ser, algo mejor que bien; intentar la excelencia. Después, como individuos, que hagan lo que quieran; a mí eso me importa poco. Que sean coleccionistas de latas de cerveza o aficionados al fútbol, perritos falderos de la primera dama o heroinómanos.

¿Hay amigos que lamentas haber perdido?
- He perdido a muchos amigos y a todos lamento haberlos perdido. La culpa siempre ha sido mía.

¿Uno de tus personajes dice que "uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios".
- ¿Lo dice un personaje mío? Suena tan bien, que no parece escrito por mí.

¿Cual es su estado mental más común?
- En los lindes de la idiotez, como casi todos los seres humanos.

¿Qué persona viva le inspira más desprecio?
- Son muchas, y ya soy demasiado viejo como para establecer un ranking.

¿Dónde desearía vivir?
- Si tuviera mucho dinero, en Andalucía, sin escribir ni hacer nada, pasándome el día en los bares y conversando.

¿Crees en la inspiración o en la constancia?
- En la constancia. Pero cuando llega la inspiración te das cuenta de que la constancia es una verdadera mierda. Lo que hay que hacer es provocar la inspiración, y para hacerlo hay que ser constante.

¿Te has impuesto un autoexilio?
- No, no. Aunque de alguna manera lo es, y de hecho para un escritor es una bendición. El oficio de escritor es un oficio de exiliados. Un escritor, de una u otra manera, siempre está al borde del exilio. Y el exilio es la quintaesencia de todo viaje. El exilio es o sería la perfección de escribir.

¿Quién le hizo creer que es mejor poeta que narrador?
- La gradación del rubor que siento cuando, por pura casualidad, abro un libro mío de poesía o uno de prosa. Me ruboriza menos el de poesía.

¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?
- Yo nunca llevo la contraria.

¿Qué le habría dicho a Salvador Allende si lo hubiera conocido?
- Poco o nada. Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.

¿Ha vertido alguna lágrima por las numerosas críticas que ha recibido por parte de sus enemigos?
- Muchísimas. Cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?

¿Ha visto alguna vez a la mujer más hermosa del mundo?
- Sí, cuando trabajaba en una tienda, allá por el año 84. La tienda estaba vacía y entró una mujer hindú. Parecía y tal ve fuera una princesa. Me compró algunos colgantes de bisutería. Yo, por descontado, estaba a punto de desmayarme. Tenía la piel cobriza, el pelo largo, rojo, y por lo demás era perfecta. La belleza intemporal. Cuando tuve que cobrarle me sentí muy avergonzado. Ella me sonrió como si me dijera que lo entendía y que no me preocupara. Luego desapareció y nunca más he vuelto a ver a alguien así. A veces tengo la impresión de que era la mismísima diosa Kali, patrona de los ladrones y de los orfebres, sólo que Kali era también la deidad de los asesinos, y esta hindú ni sólo era la mujer más hermosa de la Tierra, sino que también parecía una buena persona, muy dulce y considerada.

¿Tenía patines?
- Mis padres cometieron el error de regalarme un par de patines cuando vivimos en Valparaíso, que es una ciudad de cerros. El resultado fue desastroso. Cada vez que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar.

¿Cuándo supo que estaba gravemente enfermo?
- En el 92.
¿Qué cosas de su carácter cambio la enfermedad?
 Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los 38 años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

¿De quién más escucha consejos alrededor de su obra?
- Yo no escucho consejos de nadie, ni siquiera de mi médico. Yo doy consejos a diestra y siniestra, pero no escucho ninguno.

Muchos escritores han tenido problemas en la infancia.
- Problemas tuve muchísimos, más todos los que yo me busqué.

¿Se ha infiltrado el tema de la enfermedad, de alguna manera, en su narrativa?
- No, para nada. La estructura de mi narrativa está trazada desde hace más de veinte años y allí no entra nada que no sepa la contraseña. De todas formas, ahora lo que pienso, si usted hace memoria, sin duda recordará que uno de los problemas de Arturo Belano en África es la medicina que necesita diariamente.

Usted es ateo.¿Ha sentido la tentación de convertirse, por si fuera verdad que Dios existe?
- Ésa es la propuesta, o más bien la apuesta, de Pascal: jugar a todos los caballos. Bueno, yo creo que si Dios existe no habría ningún problema. Y la apuesta se puede formular en sentido contrario: si Dios existe, aunque yo no crea en él, él sí cree en mí, puesto que yo soy su criatura y no permitirá que me pierda.

Sin sueños no hay literatura. Soy totalmente fiel a los postulados surrealistas: el sueño es vital. No sólo diría que sin sueños no hay literatura, sino que sin sueños no hay vida. Lo más probable es que la carencia de sueños de una vida conduzca a la locura. El sueño es como el psiquiatra que cada noche te está curando.

Una vez dije que soy el mejor autor narrativo de mi generación de Chile, cosa que muchos medios citaron fuera de contexto. Fue un comentario sarcástico, porque, aunque realmente creo que es verdad, es algo de lo cual ni yo ni nadie debería sentirse orgulloso.

¿Por qué crees que los papás insisten tanto a los niños que tienen que leer?
- Porque los papás suelen ser muy pesados. Con lo bien que se está sin leer y jugando. O pensando, que es una actividad mucho más seria y complicada que leer. Cuando los papás les dicen a los niños que lean, los niños deberían responderles que Hitler leyó mucho.

Mi familia o parte de ella es de clase obrera, y la clase obrera sólo necesita un pequeño empujoncito para dejar de creer en la patria, que es un invento burgués, y cuando digo burgués estoy pensando tanto en la burguesía francesa como en la burguesía soviética o la burguesía china. Por otra parte tengo que aceptar que estoy casi siempre en contra de la mayoría y la patria es el lugar en donde la mayoría (los compatriotas) impone con mayor persuasión sus dogmas y sus castigos y sus premios.

Yo sólo espero ser considerado un escritor sudamericano más o menos decente que vivió en Blanes y que quiso a este pueblo.

Una de las razones por las que partí a España es que en México había roto con mi compañera, la primera chica con la que viví. Me fui porque ya no soportaba tanto desamor, como diría la ranchera. Si me quedaba en México me iba a colgar, sabía que iba a morir. Muy fuerte, muy, muy fuerte. Nunca más he vueltoa sufrir tanto como cuando me dejó esa mujer del carajo. Dios la confunda, mala mujer.

Los detectives salvajes es una novela muy larga pero muy legible. Las cosas ilegibles me gusta que sean cortas.

¿Por qué los escritores que aparecen en sus libros son casi siempre marginales, fracasados; perdedores, en definitiva?
- Básicamente, por comodidad mía. El perdedor siempre da mucho más de sí literariamente que un triunfador.

Estoy condenado, infortunadamente, a tener pocos lectores, pero fieles. Son lectores interesados en entrar en el juego metaliterario y en el juego de toda mi obra, porque si alguien lee un libro mío no está mal, pero para entenderlo hay que leerlos todos, porque todos se refieren a todos. Y ahí entra el problema.

¿Su trabajo es tan terrible como algunos dicen? ¿Escupe sangre ante la página en blanco?
- Las dos cosas y ninguna. Es trabajo puro y duro, una orgía de placer y también un martirio.

Hay dos cosas que me resultarían maravillosas. Una es perder la memoria. Y la otra, los años, para poder volver a empezar.


dijous, 22 de març del 2012

LEO, LEO

Dios existe: lo hemos fotografiado
No veo el motivo por el que pretender siempre alcanzar la originalidad. Qué hubiese hecho yo si hubiese tenido un blog, el 12 de septiembre de 2001. ¿Escribir sobre las corbatas de los presentadores sobreexcitados?,¿hablar de la putada que era que el 11 de septiembre fuese la Diada Nacional de Catalunya y, a partir de ese momento, esa celebración cambiaba trágicamente su sentido?
El mundo te acoge en él y el mundo te facilita, muchas veces, realidades mejores que tantas extrañas ficciones que puedas concebir.

Y yo ya expliqué hace mucho tiempo por qué era tan radicalmente barcelonista.
Mi padre. Mi ciudad. Las revistas en el barbero. Y el blanco, que es un no-color muy desagradecido. Que siempre acaba agrisándose, y lo gris, no sé, lo gris. Lo gris no es lo mío.

Entonces hoy leo acerca de un periodista italiano llamado Sandro Modeo. Una especie de cronista interdisciplinar (fuera falsas modestias: ya somos unos cuantos), capaz de enlazar elementos culturales aparentemente dispares. Escribe sobre cultura en la prensa italiana y sobre deporte en la prensa inglesa. Consigue que Irvine Welsh le prologue (de acuerdo: Irvine Welsh ha tenido mejores épocas). Y parece que compara a Messi, por extensión, al juego del Barça, con los discos de Radiohead (los abstractos y experimentales que siguieron al OK Computer), con los libros de Bolaño.  Mentalmente yo ya estuve allí. Podrá decirme más de uno que hace años diría lo mismo de Rivaldo o de Kluivert o de Ronaldinho.

Pero Messi es diferente. 

Messi es un crío de casi 25 años, del cual mi hija me recrimina que no haya acabado la enseñanza secundaria. Difícil es convencer a los hijos de educarse con su ejemplo.

Messi es un crío de casi 25 años que disfruta los primeros instantes, tras sus goles, en solitario. Se persigna y señala al cielo, y, unos segundos más tarde, aparecen los compañeros, y pronto, como es Dios, se da cuenta que lo de ser un único Dios es un aburrimiento, sin congéneres con quien tomar cerveza o comer una pizza tamaño king-size, y baja al campo de nuevo, abraza a Xavi o a Alves, y ve que son de carne y hueso, y se alegra. Menudo coñazo ser esa clase de Dios.

Messi es un crío de casi 25 años del cual, el otro día, un economista mediático muy sesudo escribió un artículo. El economista es Xavier Sala i Martín, famoso por sus horrendas chaquetas, de las que solo pondré un ejemplo, que estoy intentando cuidar la estética de la web. Con las que parece presentarse al mundo: no todos los economistas somos unos muermos, chicos. O a sus alumnos en Columbia. Mirad mi chaqueta, no soy un profe aburrido, yo soy un tío enrollado!. Largaba en su artículo una insoportable teoría con conceptos como bienes rivales, bienes no rivales y bienes excluibles. Para que los demás aprendiéramos. El colofón del artículo era un cálculo, según el cual Messi debería estar en la lista Forbes, y no lo está. A Sala i Martín le va el protagonismo, de eso no os quepan dudas. Que digan que es una eminencia en lo suyo pero que sabe explicárselo a la gente. Vender su propia marca. Su entero artículo pretende recordarnos que él estaba en esa junta directiva de cuando Messi empezó a convertirse en la leyenda que es. Pero él no era mucho más que un chupatintas del club. Un intermediario. Anda Hernán, díle lo que hacemos aquí con los intermediarios. 

Xavier:

Tú no pretendas ahora hacerte la estrella. Tú no marcas goles ni sudas en los entrenamientos. Tú te sentabas en el palco, y dejabas que los lameculos te dijeran que tus chaquetas eran guays. Ahora quieres impedir que se olviden de tí, y sales a hacer la pelota para que te saquen en la foto. No hablas más que del dinero que debería tener Messi.

Xavier:

Messi, repito, es un crío de casi 25 años que ni debe saber ya el dinero que tiene. Que ha cruzado esa barrera que todos desearíamos respecto al dinero. Pero es que le da igual, mientras su familia pueda vivir bien. Sus hermanos conducir coches y sus padres tener una buena casa. Se la suda, la lista Forbes, si es que sabe lo que es. Quiere divertirse y mirar al cielo cuando marca un gol, mientras los demás corren hacia él. Dios: se ha tatuado la cara de su madre. ¿No es detalle suficiente?. Si hubieras calculado, Xavier, en vez de eso, el impacto de Messi en que en el mundo se vendan cervezas, o cocacolas en los bares, mientras se ven sus partidos, o en los estadios donde juega, o pizzas a domicilio, o camisetas manufacturadas en países del tercer mundo para venderlas a precios del primero. O todos los transportistas que llevan esas cervezas y esas pizzas y esas camisetas. Si hubieses aplicado tanta de tu inmensa y cara sabiduría en ver cuánta gente acaba teniendo un puesto de trabajo porque Messi marca tantos goles. Eso quizás le hubiese gustado a Leo. No que le hagas la pelota diciendo que tendría que ser el más rico, y mirar por encima del hombro a Bill Gates o Carlos Slim. Porque cada vez lo tengo más claro: llegado este punto, sólo quiere hacer a la gente feliz jugando a fútbol.

Xavier: 

Tanto máster, para no entender nada.

divendres, 9 de març del 2012

ELOGIO DE LO DISPERSO

Hay veces, en los últimos meses, en que he estado monotemático. Las acampadas. Quién se acuerda ya de las acampadas en Plaça Catalunya y en otros puntos neurálgicos del estado. El mismo, supongo, que tendrá presente lo que consiguieron, con su parsimonia y su buenrrollismo, sus puestos informativos, sus jergones tirados en el suelo, y sus puntos de recogida de residuos. Radicalización del PP, triunfo por todo lo alto, y un arquetipo más del que reírse, "el indignado". Aparte de eso, nada. Ni la caseta de que hablé. Dónde estará la caseta. La de tiras cómicas y menciones socarronas que habrá habido en la prensa rancia, mostrando el dibujito del desarrapado de turno al lado del señorito repeinado del PP, jersey anudado al hombro y MBA bajo el brazo.

Así que, creo, de vez en cuando merezco ser lo más disperso posible. Como la prensa (cada vez menos) que regalan en el metro (mmm, en el subte): sin sentimientos, todo superficie. Esa ligereza me aleja el dolor de cabeza que provocan las cosas que obcecan. Estamos a viernes, narices.

Colofón final a la primera temporada de Treme (con la segunda esperando en el reproductor): importante golpe en el penúltimo capítulo, en plena línea de flotación. Este David Simon. Dios ampare a los incautos que esperen de Treme un nuevo The Wire. Ni un tiro (no es que tampoco hubiera muchos). La droga, como un mero complemento de tercerísimo plano. La roña, en los rincones, la que ya agotado no intentas retirar, o dejas para otro día. Que es una imagen cierta pero también metafísica. Eso es lo que pasa en el mundo: nadie se ocupa de mirar lo que queda en los rincones, más que de tanto en tanto.

Franzen :  cada página que leo de Las correcciones me empuja más a buscar en toda su obra. Si son cuatro al día, o veinte, da igual. Nada es superfluo. Veré lo que tardo en acabar ésta y sus tres novelas restantes. Desde ese momento ya iniciaré la cuenta atrás, pues con su ritmo el siguiente tocaría en 2019 o así. Mierda. Interesante escritor, mucho.

El asunto de Orsai : gente que se pasa y comenta, poderoso estímulo y me comporto como un anfitrión gilipollas; una frase intentando ser original con todo el mundo. No como esos escritores de ventas millonarias que ni conceden entrevistas ni ceden más que mirar altivamente a cámara en las fotos promocionales. Eso, Hernán, es lo que significa nadie en medio; todo lector tiene su trato personalizado. Agotador, poco rentable, seguramente, inviable. Tanto como emocionante.

Dos reseñas que debo, aunque una (hasta ahora) bajo el mayor de los secretos. La de Los girasoles ciegos: difícil, quién coño soy yo para seleccionar apenas unos párrafos entre tanta maravilla. 
Y la de Bolaño por sí mismo. Recopilación de entrevistas a Roberto Bolaño publicada por una universidad chilena. Auténtico festín donde El Genio despliega su naturalidad teñida de inmensa modestia (cuando se refiere a sí como persona o como escritor).

Una entrevista escandalosamente interesante con un tipo valenciano, relacionado con el mundo del arte, al que sin reparos confieso no conocer previamente de nada. Pero con opiniones y gustos extraordinarios. Se lo dije a Ronny: me encantan los que mencionan e intercalan sus gustos y preferencias a las primeras de cambio. Un sueño húmedo para los yonkies culturales.


Por todo lo cual confieso que me es muy difícil no creer en la humanidad cuando existen esta clase de personas.

Ya que ahora mismo aún he de verificar que Messi no sea un extraterrestre.


divendres, 17 de febrer del 2012

DOS HOMBRES Y UN DESTINO

Imposible hablar de ese último capítulo de Breaking bad, que ví ayer, sin intercalar spoilers. Así que, gente, espabilad. Si hay quinta temporada ya hablaremos en su momento. 

Todo se complica: ayer publiqué tres posts, Casciari no acudió a su jueves de gloria habitual y ahí se quedó mi link, en los comentarios finales de un post de una semana. Casciari esperaba agazapado en una esquina y yo salí a dar el primer disparo. Descubrí mi posición.

Y hoy se han juntado comentarios pendientes que debo hacer (para merecer esa fama de generosidad), que acaparan tanta necesidad de tiempo y de talento que, en un mundo justo, significarían necesariamente que este post sea muy corto.

Entonces mi estómago da una patada. O la recibe, ya estaréis familiarizados con esa sensación.

Porque ya he esperado demasiado.

La primera vez que leí Estrella distante fue en 2005 o 2006, cuando José Luis Rodríguez Zapatero era presidente de España.

Entonces mis hijos eran pequeños y a veces iba a comprar comida a un bar llamado La Paninoteca, en la calle Rosselló, al lado del Hospital Clínic. No puedo decir que se comiera muy bien. Iba una vez a la semana, cuando se hacía tarde y no nos apetecía cocinar.

Mientras esperaba mi pedido, a veces me acercaba a una librería, apenas a 30 metros, y husmeaba allí. Compré ese libro y empecé a leerlo de pie, en plena calle, con luz de día (era verano y cenábamos pronto). Siempre recordaré ese momento, y que el libro empezaba hablando de poetas.

No hablaba demasiado. Yo sí. La mayoría de los que íbamos hablábamos mucho: no sólo de poesía, sino de política, de viajes (que por entonces ninguno imaginaba que iban a ser lo que después fueron), de pintura, de arquitectura, de fotografía, de revolución y lucha armada; la lucha armada que nos iba a traer una nueva vida y una nueva época, pero que para la mayoría de nosotros era como un sueño o, más apropiadamente, como la llave que nos abriría la puerta de los sueños, los únicos por los cuales merecía la pena vivir. Y aunque vagamente sabíamos que los sueños a menudo se convierten en pesadillas, eso no nos importaba.                                                                                                                                            

Uno no siempre identifica a la primera los libros que van a marcar su vida. Muchas veces tienes que pasar por la tortura de leer muchos malos libros para darte cuenta de los buenos que echas de menos. Curioso que pase con las personas, también. Mi memoria ya no da para decir en qué escenarios seguiría esa lectura. Pues llevé la comida a casa y había que cenar y, casi seguro, bañar a los niños. Seguramente seguí leyendo en el sofá, porque puede ser que en la terraza hiciera aún algo de fresco.

El bar donde compraba la comida cerró. Nos dijeron que el dueño del local iba a montar una tienda para vender prótesis y esas cosas. Pero al tiempo un bar nuevo se estableció. Jamás he entrado.

Entonces, en aquellas visitas con las Garmendia, la casa le pareció preparada, dispuesta para el ojo de los que llegaban, demasiado vacía, con espacios en donde claramente faltaba algo. En la carta donde me explicó estas cosas (carta escrita muchos años después) Bibiano decía que se había sentido como Mia Farrow en El bebé de Rosemary, cuando va por primera vez, con John Cassavettes, a la casa de sus vecinos. Faltaba algo. En la casa de la película de Polanski lo que faltaba eran los cuadros, descolgados prudentemente para no espantar a Mia y a Cassavettes. En la casa de Ruiz-Tagle lo que faltaba era algo innombrable (o que Bibiano, años después y ya al tanto de la historia o de buena parte de la historia, consideró innombrable, pero presente, tangible), como si el anfitrión hubiera amputado trozos de su vivienda.                                                                                                        

La culpa de mi interés por Bolaño la tenía una crítica, sumamente entusiasta, leída en el número de resumen anual de Rock De Lux. Que usaba esta frase como colofón: Si la literatura es placer, 2666 es el éxtasis. Así que mi pasión por la música tuvo también algo que ver ahí. Llegué a Bolaño porque amantes de la música dejaron que amantes de la literatura (puede que fueran los mismos, pero no me apetece indagar) escribieran en una esquina, y esa esquina relució como una colilla de cigarro en la noche, en medio de la distancia. Esa llamada de atención, que tampoco debo exagerar, no iba acompañada de hadas ni ángeles que llevaban de la mano, me apartó de montones de libros de management que se apilaban en mi mesa. Me llevó de vuelta a la ficción. De la que a veces nunca deberíamos salir. También ocurrió que Estrella distante era una novela de apenas 160 páginas (Lydia sabe siempre la cantidad exacta), y 2666 era un magno esfuerzo que aún no estaba preparado para afrontar.

Pocos días después llegó el golpe militar y la desbandada.                                                             

También recuerdo que por aquella época yo había empezado a trabar amistad con un compañero de trabajo uruguayo. Que quedábamos con las familias en Sitges, que estaba lleno de argentinos, y que, como yo estaba fascinado por Bolaño que era chileno, estaba en una confusión terrible. Que por el hecho de tener acentos parecidos, uruguayos, argentinos y chilenos, debían ser todos como una enorme comunidad hermanada, de esas comunidades en que uno queda en un sitio y cada uno se encarga de preparar uno de los platos. Y un último, una enorme tarta que se comparte. Qué equivocado. Esos tres países sólo han estado unidos en la desgracia de sufrir dictaduras. Ni siquiera sé si las diferencia el grado de crueldad. Pero prefiero no plantear eso en la web de Orsai. Algo me dice que es mejor no sacar el tema.

Tuvo que ser así. Un atardecer, uno de esos atardeceres vigorosos pero al mismo tiempo melancólicos del sur, un auto aparece por el camino de tierra pero las Garmendia no lo escuchan porque están tocando el piano o atareadas en el huerto o acarreando leña en la parte de atrás de la casa junto con la tía y la empleada. Alguien toca a la puerta.                    

Hay libros que te atrapan porque su temática te interesa, los hay que tienen palabras que te hipnotizan, y hay que tenerlo muy claro: bajo los efectos de la hipnosis puedes cometer crímenes atroces, puedes dejar que la sinceridad deje de esconderse tras los arbustos de la corrección y aflore y tome el control. Las pasiones ocultas dejan de serlo (ocultas).
Y no puedes dejar de leer una y otra vez la misma frase, una y otra vez el mismo pasaje.

Y detrás de ellos entra la noche en la casa de las hermanas Garmendia. Y quince minutos después, tal vez diez, cuando se marchan, la noche vuelve a salir, de inmediato, entra la noche, sale la noche, efectiva y veloz.                                                                                                 

Si pudiese decir que el libro irrumpió en mi vida en una época particularmente feliz esa sería una explicación. Pero dos años antes o tres más tarde las cosas eran, casi, lo mismo. Hay que darle a la literatura la importancia que se merece, que es mucha más que el hecho de que un estante repleto sea un estímulo superior a la campana del perro de Pavlov, o de que las mesas de determinadas zonas de las casas que se precian necesitan grandes libros echados de través con títulos en inglés de no más de dos palabras. Hay que aceptar que, igual que la primera canción que oímos o la primera palabra que decimos, los libros que nos impresionan son, en su delgadez y su fragilidad y el deterioro de sus sucesivas lecturas, tablones que nos salvan de la mediocridad.

Todos estaban contentos de estar allí, en la fiesta del piloto poeta; estaban contentos de ser lo que eran y de ser, además, amigos de Carlos Wieder, aunque no lo entendieran del todo, aunque notaran la diferencia que existía entre ellos y él.                                                               

Si una reseña es un homenaje, a veces no tiene sentido seguir leyendo, pues hablamos de filias y de fobias y, en días de carnaval, no hay que quitarse las caretas sino ponérselas. Pero al mirar hacia atrás, al empaquetar las cosas, vi que no tenía sentido seguir olvidándome de ésto. Cuenta saldada, pues.

Nos tomamos un último té y más tarde lo acompañé a la calle. Durante un rato estuvimos esperando a que pasara un taxi, de pie en el bordillo de la acera, sin saber qué decirnos. Nunca me había ocurrido algo semejante, le confesé. No es cierto, dijo Romero muy suavemente, nos han ocurrido cosas peores, piénselo un poco.                                                      



diumenge, 15 de gener del 2012

EL HOMBRE DE LA TROMPETA

Tuvo que ser así: pienso un día, en función de lo que leo, si es justo desestimar ciertas series por que su primera temporada no te haya llenado como esas míticas que se han convertido, ya hace demasiado, en el patrón oro con que comparar todo. Ya sabéis cuales. Ese mismo día caigo en todas las series que he abandonado en diversos estados de avance, pues eran incapaces de cubrir el vacío. Breakin' Bad, Sons of Anarchy, Game of thrones, Boardwalk empire. El pensamiento se solapa con otro de entre unos cuantos que últimamente son recurrentes: que me cuesta arrancar con un libro. Pues será buena idea hacer acopio de unas cuantas de esas nuevas temporadas y probar, a ver. 
Poco puede uno imaginarse los tiros que la casualidad le tiene reservado.
Empiezo con la segunda temporada de Boardwalk empire. Que, como ignoro por sistema las programaciones de las televisiones, ya anda siendo emitida en doblado. Me hago con todos los capítulos emitidos, sean doblados o en VOSE. Costumbre que he tomado, los paso a DVDs que me hacen tanto de soporte de backup como de medio de visionado. . Me gusta la segunda temporada de Boardwalk empire, me encanta el protagonismo creciente del personaje que interpreta Michael Kenneth Williams (cada vez que lo veo me dan más ganas de revisitar a Omar Little en The Wire), me encanta comprobar la efectividad en escena de Steve Buscemi  (cada vez que lo vea me dan más ganas de revisitar a Tony Blundetto en The Sopranos). Pero los DVD+R de Primco, esos enormes cilindros que obtienes por unos 10 o 15 euros la centena si regateas de una manera adecuada en los encantes (no preguntes su orígen), acostumbran a veces a fallar. Eso es lo que sucede: el cuarto capítulo falla en el DVD y no tengo paciencia para volver a grabarlo, a las siete y cuarto de la mañana que son. Hay que ir a la despensa y tirar de las reservas. Con motivo de todas las listas de final de año de las publicaciones me he fijado en Homeland. Serie que trata sobre la Norte América post 11-S, sobre la campaña en Bagdad y sobre el terrorismo internacional. Inédita en España. Subtitulada por alguno de esos afanosos tipos que se dedican, a cambio de vaya a saberse qué. También la grabé hace unos días en uno de esos caprichosos discos, para más adelante (ojo: más adelante muchas veces puede ser prácticamente nunca). Sus dos primeros capítulos me dejan boquiabierto. Qué buena sensación. No exactamente la de una serie que pueda tener una continuidad de cinco o seis temporadas, ojo. No creo que eso tuviera mucho sentido, embarcar a guionistas en giros inverosímiles para ajustar incoherencias y establecer vínculos entre personajes que cuadren situaciones, para desgraciarlo todo (mencioné Lost?). Pero dos o tres temporadas de Homeland al nivel extenuante, en lo sugerente de sus tramas, de estos dos primeros capítulos, parece un manjar sumamente apetecible. No puedo ni debo extenderme, no hay que estropear la impresión inicial, ya envidio a quien se enfrente por primera vez a un episodio piloto tan prometedor.


dimarts, 3 de gener del 2012

HOOLIGANISMO LITERARIO

Lo tienen claro: en algún momento de estúpido pique, aún intentaba leer los libros que tomaba prestados de la biblioteca con la máxima rapidez. Cuestión de civismo mezclado con cierto sentido de la urgencia literaria. Un libro de menos de 200 páginas no tiene por qué dudar más de dos o tres días. De lo contrario, a por otro. Joder, han pasado menos de siete meses y parece que sea un lustro.
Ahora acumulo varios libros de más de 1000 páginas y un sentimiento cargado de culpa pues sé que necesitaré alguna prórroga para poder acabarlos. Pues sé que para acabarlos habrá que empezarlos. Pues sé que para empezarlos hay que encontrar el momento. Pero no penséis que esa realidad me tiene por los suelos y me atormenta. No me hace falta leer a los gurús de la autoayuda. Fases de la vida, y punto.
Por eso me excita encontrar motivos que me rescatan de esta inexplicable sensación. Uno muy poderoso se llama Bolaño por sí mismo y es una recopilación de entrevistas que varios medios hicieron a Roberto Bolaño, en varios estados de su merecida ascensión al prestigio absoluto y, lamentablemente en paralelo, en varios estados también del implacable avance de la enfermedad hepática que le acabó costando la vida. Leí el prefacio, de un brillante Juan Villoro (otro escritor americano afincado en Catalunya), y en ese prefacio ya obtuve dos de esas sacudidas que tan dado soy a calificar como señales. La mención de un hombre con hipo como protagonista de un relato (cuando justo en ese momento yo tenía hipo, cosa bastante infrecuente), y la mención del verano del 2003, el de la muerte del escritor, como uno de aquellos espectacularmente calurosos (no olvidaré julio del 2003, con mi hijo un par de días en la UCI por un estúpido accidente, ni las vacaciones en el apartamento de unos amigos, ático en Sitges del cual casi salimos fundidos por el calor).
Las entrevistas a Bolaño son prácticamente una autobiografía encubierta. Habla de su presencia en varios países, de su vida en Catalunya, de sus filias y sus fobias, las literarias, básicamente, pero las vitales, subliminalmente. Sus respuestas son afiladas, certeras, pequeñas obras maestras de alguien que creaba casi sin querer, que era plenamente consciente tanto de que sus palabras eran otra manera más de darse a conocer como de que el tiempo del que disponía era cada vez más escaso. Oportunidades habrá, pues tengo muy claro que este libro, inédito en España y conseguido gracias a la red de bibliotecas de Barcelona, va a estar los cuatro meses máximos que se permite retener un libro, junto a mí. Aunque prácticamente lo haya acabado en un día. Aunque algún sátrapa (le conozco la letra de otro libro) haya hecho subrayados y anotaciones en él, que me sobran porque me confunden y me conducen, y yo quiero descubrirlo todo solo, para eso soy un hombre y yo me pierdo seis o siete veces antes de preguntar, faltaría. Hay mucho ahí dentro, tanto como para que decida construir de alguna manera un post, más adelante, una especie de meta-resumen de sus brillantes frases. Que costará lo suyo porque el libro es una jodida joya de la corona. Qué año, hasta ahora, primero Drive, que resucita al cine, y ahora ese montón de frases directamente desde lo alto del Olimpo. Puedo volverme dulce, nunca como un merengue, si sigo acostumbrándome a esto, podría, sí.


divendres, 23 de desembre del 2011

TODO LO QUE QUIERO ES RESPIRAR

Debo pedirle a 6Q que no deje de poner esa foto que tomó ayer en la Bonanova con la BB. A pesar de que la calidad de las fotos que las BB toman es infumable. Adelante 6Q, pon esa foto y escribe ese post. Y ten en cuenta que el que yo te chafe los post responde a una mera cuestión matemática. Somos del mismo año, compartimos ciertos gustos, en esa carrera por la acumulación de experiencias para prácticamente nada que es la vida humana, andamos empatados, o parejos (va, es Navidad, tú vas algo adelantado). Así que con mi ritmo de deglución de posts, que es de unos 20 o así al mes, abordo esos temas antes que tú, que, sin mi insana manía, andas por los 2 0 3 a los que nos has (mal)acostumbrado. Así puedes hacer el rondinaire, entrañable palabra intraducible en catalán, pues la que más se le parece, gruñón, no tiene nada que ver. Rondina el niño al que le da pereza que le saques de delante de la PS3 para llevarlo al Tibidabo, y luego se lo pasa de fábula. Rondina el amigo que no encuentra una hora para tomarse una cerveza, porque tots anem de cul, y luego esa hora se harían tres, o hasta las tantas, que la mujer me mata. 6Q, por último, antes de desearte felices fiestas, a tí, y a los pobres incautos que siguen viniendo aquí a observar neuras o brotes psicóticos... a mí también me chafan algunos posts, qué puedes hacerle, ésto es algo global y, series, películas, libros, sensaciones de mareo, modalidades de dolor de muelas, siempre, alguien, estuvo allí antes. 
Sin ir más lejos, lo que me pasó con John Self y los Talking Heads.
Yo iba a hablar algún día de los Talking Heads, que quizás, desestimados los Pretenders, los Fischer-Z, o los Cars, fueron la primera banda adulta con la que me sentí identificado. Debía ser 1981 y no paré hasta tener sus primeros 4 discos hasta entonces, hasta hacerme una composición de lugar.
He buscado (media hora, no creáis que más, escribir es, últimamente, lo primero) para averiguar qué coño hizo que la banda se disolviera, unos diez años después. Si fue un petardazo o una traca. Si hubo un sólo tiro en la nuca o impactos múltiples de metralla. Si fue un accidente o una muerte natural. No pude sacarlo, mucho escrito, poca chicha.

A partir de aquí mi relato se nutrirá básicamente de conjeturas.

David Byrne acude una mañana de 1990 al estudio en el que hace tiempo grabaron Naked. Están metidos en las sesiones del siguiente álbum. Es 1990 y aún se hacen álbumes. Esta vez lleva una pila de varios discos. Chris, Tina y Jerry ya están acostumbrados, siempre hay algo que le ha llamado la atención en algún disco extraño, y que quiere incorporar al work in progress del nuevo disco. Un ritmo, un instrumento, una armonía vocal, un cierto efecto sobre un cierto sonido. Pero ese día no llega, ni de lejos, a tanta concreción. Habla del espíritu de una canción, de una fuerza que fluye desde la segunda estrofa. Se sorprende de que nadie lo perciba, se echa las manos a la cabeza.

-Vamos David, no sé qué podremos hacer para conseguir algo parecido, pues no sé a qué te refieres.
-Ves? Así es como yo lo veo, no sabes por qué, pero la canción sufre un cambio, y se nota un cierto misterio que rodea el sonido, que lo envuelve.

Los otros tres se miran. Tina toma la palabra. Con ese acento neoyorquino de clase media, y mirando de reojo a Chris y Jerry, adelanta algo la cabeza, detalle que muestra una cierta contundencia, y sube algo el tono, detalle que confirma la contundencia, para dirigirse a David.

-No lo veo claro. No sé oírlo, y entonces no sé tocarlo. Sigamos con lo que teníamos ayer y ya veremos si  después encontramos algo que se parezca entre lo que ya hemos hecho.
-Lo de ayer no sirve. Para nada. Ni un segundo.
-Vamos !! Algo debe funcionar ahí. David. No toda la música que te gusta puede encajar en lo que hacemos. Perdemos nuestra identidad entonces. No la perdimos con Brian hace años, no debería pasarnos ahora.

David Byrne baja unos milímetros la cabeza. Agarra firmemente la botella de agua empezada que hay sobre la mesa, parece que se apoye en ella para levantarse súbitamente y girar la espalda a su grupo. Da un pequeño trago mientras mira por la ventana del estudio.

-Esto se acaba.

-No, David. Tú acabas esto. Que es muy diferente. Qué hay de ese tema para Something wild, qué de tus discos en solitario con todas esas estrellas de la world music. No entendemos nada, David. Hicimos esas canciones, invitamos a esos músicos exóticos con esos extraños instrumentos para, cinco, diez segundos de canción. Los vientos, David, no sabemos qué pintan tantas trompetas en nuestras canciones, nada te dice que de aquí unos años un grupo con nombre de archiduque austríaco vaya a imitarnos, (ellos dirán inspirarse), por nuestros primeros discos, pero, los vientos ??. Hace falta que ese espíritu regrese, David. Guitarra, bajo y batería, y tú, David, cantando. La gente ya no encuentra tu voz irritante, lograste domesticarla, y luego todo ese funk nervioso estuvo bién, el rollo africano de Remain in light, la gente se volvió loca, los críticos nos pusieron por los cielos, pero aún éramos cuatro de NY con pinta de estudiantes, con unos vaqueros y camisas de cuadros, hasta detras de esas fotografías del efecto térmico.  Joder, no puedo llevar una camisa de cuadros, o una t-shirt, si toco música latina !!. Deberé ponerme una de esas horribles americanas con un ribete en la solapa, y quizás aprender unos pasos de baile. Dios, el baile !. Era apenas pogo cuando estábamos cantando Psycho Killer en el CBGB, con los Ramones andando por ahí, o con Television, madre, Tom Verlaine se llamaba así por un poeta francés, él lleva ese peinado tan europeo, y nosotros acabaremos tocando vestidos como Pérez Prado ??.



-La gente evoluciona, chicos.

En algún punto de ese silencio los tres pensaron lo mismo: que la evolución excesiva en una banda puede ser casi peor que el inmovilismo. Que una palabra puede convertirse en otra completamente diferente cambiando una sola letra cada vez.
Que la portada verde sobre negro de Fear of music, la frialdad calculada de canciones como Mind, Air o Electric guitar, no tenían nada que ver con el estúpido chimpancé en la portada de Naked y sus canciones llenas de secciones de viento fuera de lugar. Sin contenidos subliminales, sin aspectos levemente insanos.

Que el nombre de esta banda aún era Talking Heads pero que ya no se sentían aludidos.

Tiempo más tarde, sacarían, en la banda sonora de una película de Win Wenders su última gran canción.


dilluns, 19 de desembre del 2011

QUERIDO CONO SUR

En el último párrafo de mi post Como una cursi canción de Alphaville se narraba tal vez demasiado esquemáticamente (no pasaba de las diez líneas) la historia de Hernán Casciari y el blog orsai.es. Esta historia salió en La Contra de LV del pasado miércoles y he conservado la entrevista con este hombre para releerla un par de veces antes de ponerme sobre el tema. Ya dije que LV del miércoles era jugosa, y no sería justo ni aprovechar tema por tema para aportar mi punto de vista, ni ignorarla por completo para hacer peligrosos alardes de imaginación sin sentido. Punks indonesios rapados por autoridades islámicas (que les facilitaban adicionalmente ropas más bonitas que las que llevaban). Quim Monzó diciendo que els bombin a los que no quieren leer. Lucía Extebarría sugiriendo si no es mejor prohibir a nuestros hijos los libros que queramos que lean. Pero lo de Hernán Casciari no puede zanjarse de modo tan breve.
Casciari es oriundo (parece que sólo a los argentinos o a los uruguayos les pegue ser oriundos de los sitios) de Mercedes, Argentina, y reside en Sant Celoni, que, muchos sabréis está a los pies del Montseny. Llama a su pueblo de residencia "la montaña". Habla de la web y de cómo publican una revista sin publicidad de ningún tipo, para la gente que está suscrita, pero que, una vez se venden los ejemplares, pasa a ser de acceso gratuito en la red. Intercala la pequeña historia que hace que viva en Sant Celoni. También la trayectoria de cómo la web empezó siendo un mero blog para que siete (siete!) amigos argentinos leyesen de sus andanzas. Los premios que obtuvo. Que el crecimiento le llevó a publicar en prensa hasta que se hartó de los imperativos de la prensa comercial. Visitar sus colaboraciones en la web (reseñas entusiastas de series, su propio blog que se vuelve otoñal a medida que amigos argentinos afincados en Catalunya van decidiéndose a regresar a Argentina) es un gusto y, para los que escribimos con cierta ilusión neo (o post) adolescente, un estímulo. Buscad por su nombre y trieu i remeneu. Todos conocemos argentinos afincados aquí. Que sabemos que se pasan el día hablando, que se sientan alguna tarde de verano en el parque con su termo y el cacharro ese del mate. Siempre pensamos que son psicoanalistas o de alguna especialidad médica. Que cuesta distinguirlos de los uruguayos, y que unos y otros arquean una ceja en disconformidad si llegas a confundirlos. Quizás pensemos que vinieron por fortuna y ahora vuelven con un chasco bajo el brazo. No todos. Otros vinieron huyendo de esas décadas no tan lejanas donde las dictaduras hicieron daño. Tampoco, otra vez, no todos los argentinos son Andrés Calamaro, no todos son Martina Klein. Nosotros pensamos que nunca pierden su acento, ellos piensan que lo perdieron demasiado. Pocas veces aprenden el catalán, algo habrá que recriminarles. No sé si Hernán Casciari habla o no catalán pues Sant Celoni no es Barcelona. Tampoco atino a interpretar si su obra en internet  (obra, sí: inteligente contestando sospecho que soy periodista, como si de un oficio sobrevenido se tratase), es la de un argentino global desde Catalunya o la de un castellanoparlante catalán hacia Argentina. Todo es mestizo, todo es bastardo, a freír espárragos la sangre azul. Reseñaba libros (volveré a hacerlo; dadme un tiempo), también películas, pero cuesta encontrar alguna que estimule lo suficiente. Las grandes series habidas (para tranquilidad de 6Q), con la excepción de Deadwood, son como una lista cerrada con siete candados. Me da vergüenza colgar más links con canciones anteriores al 1996. O sea que alguna salida, aunque sea transitoria como el área de descanso donde paras a repostar, debía buscar. Reseñar webs y otros blogs?. Claro, cómo no.




dissabte, 10 de desembre del 2011

D

Cada cierto número de días, se paraba delante de la pila de libros, y cambiaba el orden en que se encontraban amontonados. Buscaba el itinerario perfecto para salir del laberinto en que se encontraba. Así que, mientras mentalmente elucubraba sobre el número de combinaciones posibles en que podían ser ordenados, sostenía en una mano los libros mientras empezaba de nuevo la pila.
De manera que los días que el arrepentimiento se apoderaba de él, el libro que quedaba colocado en primer lugar era Cuadernos de la velocidad, autobiografía ligeramente novelada de Hermann Waldburg, piloto alemán de rallies de los años 90 que decidió llevar un diario de sus experiencias. Libro que le parecía sumamente sencillo de abordar, dado su estilo ágil y asequible. Le gustaba la idea del espíritu de triunfo y superación que parecía destilar la historia. Pero ignoraba (porque tenía la mala costumbre de desprenderse de los fajines autopropagandísticos que llevaban a veces los libros muy vendidos) la cuestión que había hecho famoso al piloto a posteriori, cuestión capital tanto para que el libro hubiese agotado 23 ediciones en alemán, como para que hubiese sido traducido a 11 idiomas (de entre los cuales sorprendía el turco): un significativo y prolongado epílogo donde, de una manera enigmática, usando acrósticos y anagramas, el autor describía al detalle como había planeado ejecutar el asesinato de toda su familia, a la cual culpaba del stress que sufrió a lo largo de su carrera, que lo convirtió en una persona triste y depresiva.

dimarts, 6 de desembre del 2011

VEINTITRES DIAS

Si uno no quiere sonrojos (y cierto nivel de sonrojo a veces provoca efectos coercitivos), es bueno abstenerse de mirar hacia atrás en lo escrito anteriormente. Pero a veces la cuestión estadística lo requiere. Entonces, uno debe despojarse de devaneos nostálgicos y apreciar el criterio que aporta disponer de cierta perspectiva. Por una parte, para comprobar que se acerca la entrada publicada número 500 (con cierta trampa por la presencia de entradas en dos idiomas), por otra, porque ese breve vistazo me permite constatar un hecho avergonzante: llevo tres semanas y dos días sin reseñar nuevas lecturas. 
Cuando, apenas hace cinco meses, me planteaba prácticamente un ritmo de libro diario (planteamiento tramposo, por eso, con libros de menos de 200 páginas). Que era una cosa de locos, lo sé, un sinsentido que solo lleva a la confusión (palabra que hoy me trae de cabeza), pues es humano reconocer que, sobre todo en la ficción, tantas lecturas seguidas acaban por enredarse como la hiedra, y las tramas y los personajes terminan, en ese enigmático lío que es el cerebro humano, por sentarse en las sillas que no les corresponden.
Un tímido indicio que indica que esta fase puede acercarse a su final es que, por fín, he vuelto a alcanzar el nivel de concentración necesario para una lectura algo exigente. Y ese modesto renacimiento está a punto de producirse (muy apropiadamente pues Bolaño prendió la mecha que encendió esta hoguera, por lo cual él revivirá las ascuas) gracias al magnífico, pero curiosísimo, falso ensayo titulado La literatura nazi en América. Obra aparentemente primeriza (publicado inicialmente por Seix Barral en 1993, reeditada por Anagrama), pero en la cual ya está presente el desbordante potencial creativo del escritor chileno. Que se manifiesta de una manera suntuosa, en muchas vertientes. Nombres. Títulos de libros. De capítulos. Evoluciones de la obra de escritores imaginarios. Vínculos entre ellos, imaginería, circunstancias biográficas. Maneras de morir. Alternativas al final de la II guerra mundial. La imaginación y el talento de Bolaño trabajan en este libro a pleno rendimiento. Ahí está la semilla que más adelante es el frondoso árbol de Estrella distante. Está, descarado, ese sencillo disfraz con el cual Bolaño viste a la trascendencia. La literatura nazi en América parece, a primera vista, un ameno divertimento con el cual Bolaño juega a crear un universo literario virtual. Pero en esas descripciones, más sintéticas a veces, más detalladas otras, está oculta la realidad más oscura y temible de la ideología de ultraderecha. La que debe alimentarse de sangre y violencia para crecer. La que no puede celebrar sus ritossin que existan trastiendas de horror y de sordidez. La que precisa del odio como combustible que pone en marcha la maquinaria.
Debo reconocer que alguna de las primeras novelas de Bolaño (Amuleto, Amberes) son recomendables solamente para fans rendidos. No es el caso de este libro. Aquí los grandes trazos de su estilo están presentes. Por encima de todo está su portentosa imaginación, casi abrumadora para los amateur (otra palabra que hoy me desorienta) que nos vemos incapaces de penetrar tan hondo en unas escasas líneas. Resplandeciente como un espejo en medio del desierto y, otra vez, la tabla que me engancha al fragor literario más inmisericorde: el que te obsesiona y te impide conciliar el sueño.




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