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diumenge, 5 de maig del 2013

DESVENTURAS DE UN FANATICO DE LA LECTURA

Puede que suene pretencioso, claro. Es uno de los riesgos que se toma cuando se escribe para todo el mundo que quiera leerte. En el fondo, es lo mismo de lo que acabaré tratando. En el mundo de hoy, quien publica sus textos sin acuerdos editoriales por medio ha de exponerse a lo que opinen los que le leen. Los que le leen muchas veces son implacables, son máquinas de criticar y despedazar y arruinar vocaciones. Otras son, simplemente, personas que piensan, en el último momento, algo que matiza su opinión negativa (que si todos aquí escribimos gratis, que si el tiempo que empleamos, que si la desnudez de los sentimientos). Pero ay de los que publican a cambio de dinero. No de poco; de los 15 o 20 euros que cuesta una primera edición de la mayoría de libros. Hoy por hoy, todos ellos deben convencernos del motivo por el cual nuestro dinero va a cambiar de bolsillo para quedarnos con sus textos.
Puede que suene pretencioso, claro. Pero a base de leer y leer, me di cuenta de que lo que opinaba de los libros que leía empezaba a tomar un cariz crítico. Agrio cariz, por cierto, con ese matiz enfadado frente al libro que te había hecho perder el tiempo, y al revés. Que ese cariz se solidificaba y tomaba el poder. Jodida, agotadora situación, cuando algunos (no tantos, pero algunos) te jalean las opiniones y otros se enfrentan a ellas. La cosa, pensaba yo, remitiría si esa crítica pasaba a desenvolverse dentro de la responsabilidad de un colectivo. Pero no: como el niño que disfruta con el juego, he sido cada día más incapaz de desembarazarme  de mi acritud infantil, de eso tan óptimo que es, dicen, tomar una perspectiva. Imposible leer un libro y no decir lo que pienso. A algunos les habré concedido (concedido, qué palabra más paradigmática de lo pretencioso, pero ahí se queda) la gracia de una segunda lectura. Pero pocas veces eso ha ayudado más que para corroborar una opinión.
¿Y por qué explico esto?
Pues por dos casos opuestos. O no tan opuestos. Protagonizo una ligera polémica (ni agria ni virulenta, todo se está reduciendo a intercambios de opiniones inmutables) en referencia a  Chesil Beach, novela de Ian McEwan a la que he propinado rotundos varapalos por doquier; varapalos en los que se amontonan calificativos que, con más o menos exactitud, se agrupan alrededor de conceptos como ligereza, mojigatería o cursilería. Calificativos asestados (preciosa palabra en este contexto) en nombre, básicamente, de la intención que le adivino a su autor, que es ni más o menos la de hacer que una novela sea vendible a la mayor parte de la gente posible. Historia clara y concreta, novela corta pero sin llegar al suspiro, estructura inteligible, conclusión con capacidad de ramificarse (si uno es sesudo) en crítica de una sociedad o hasta de un tiempo. Menudo diseño, Ian, machote. Pues bien: aquí viene Francesc el criticoide resabiado a espoilear. Chesil Beach explica como dos vírgenes llegan al matrimonio y él, porque es más mundano, pero le pesa su educación, está nervioso pero respeta la situación (años 60, Inglaterra), cuando ella, porque es una fina moza cuya sensibilidad ha sido monopolizada por su maestría musical (que la ha recluido en una urna, en vez de integrarla en la sociedad), vive atemorizada ante el momento en que ello se produzca. Y el momento culminante (enciendo aquí alertas de espoileo, de uso de lenguaje procaz, de escatología, todas a la vez) es que ella se siente asqueada porque, en medio del acto primerizo, él eyacula antes de hora. Y a la moza, que ha mojado el fluido de él (sustitúyase por la palabra que cada uno escoja más adecuada (semen, esperma, leche, chorromoco, la que sea), que Ian McEwan define como cucharada manando limpiamente, en el circunloquio más patético concebible en la carrera de un literato (y sólo parcialmente justificable por la remota posibilidad de que el traductor de turno estuviera en uno de esos días creativos), eso la hace salir corriendo, hacia la playa; qué bonito, a la playa de Chesil. Ese es el nudo del libro: el asquito de la recién casada ante la eyaculación precoz del marido y como eso (voy a ponerme poético yo también: si es que este libro es repugnante hasta para eso) arrastra sus vidas por corrientes diferentes. Entonces a mí Chesil Beach, al que he dedicado varias lecturas, me acaba de sacar de mis casillas, y desde aquí aviso a McEwan de que es un timo, de que el lenguaje y la descripción de la época y todo el aderezo es una pura farsa de un escritor con una mano en en teclado y otra en el bolsillo.
Y el lado más alejado de esta polémica es Plaga de palomas de Louise Erdrich. Para quien haya estado atento a mi gadget de lectura en curs es un libro que ha aparecido y desaparecido varias veces. Que es lo que ha pasado: libro denso y difícil de leer, con constantes cambios de narración, con idas y venidas en el tiempo, casi 400 páginas en las que la Erdrich se muestra implacable con el lector, casi a sus espaldas, como diciendo dejadme con lo mío que yo ya sé cómo lo haré. Joder que lo sabe. Colosal trama que parte de un crimen solo sugerido (pero menuda sugerencia) en su primer capítulo, apenas veinte líneas iniciales por las que la mayoría de los escritores venderían a su madre (buen día para decirlo, pardiez), sensacional inicio que es solo una primera rampa en una novela que es una difícil montaña rusa en la que tienen cabida muchas más cosas de las que parece (curiosamente esa novela llega hasta los tiempos en que se sitúa la de McEwan). Habla de la vida en las reservas indias del estado de Dakota. Habla de comunidad invasora e invadida, en como interactúan a finales del siglo XIX y como los hechos inolvidables a veces parecen olvidados. Habla de tradiciones orales y escritas, habla de demonios ocultos en las cosas, habla de tanto, que uno a veces se aturde y deja reposar el libro: justo lo que a mí me ocurría. Habla de venganzas injustas y de perdones injustos. Hay crímenes y hay sangre y hay polvo de todas clases. La Erdrich escribe de maravilla, claro. No digo que McEwan escriba mal. Pero la Erdrich es capaz de seducirnos con algo que, a priori,  parece no interesarnos y McEwan nos hace fruncir el ceño, de extrañeza, ante lo que sí. 
Lo siento: no sé si soy un crítico chusquero por acumulación de trienios: no sé si leer tantos libros me ha investido de ninguna autoridad en la materia más que la que aquel que afronta una lectura con intenciones sanas. El de McEwan es un libro simple, sencillo y elegante que detesto y el de la Erdrich es un libro complejo, rasposo y arisco que me parece imprescindible en cada una de sus palabras.  

dimecres, 12 de desembre del 2012

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE IAN

Ay. Lo que tiene jugar en casa: tu público, tu vestuario de todos los partidos, tu rincón del banco en el que te cambias, ése en el que algún idiota ha escrito algún otro día la frase tonta pero que te hace pensar. El banco que ya sabes por dónde cojea, el banco que si un día les da por arreglar dirás que qué mierda. El cojín de Sheldon Cooper. Sí, justo éso.
Va: los que vuelven de ver quién es Sheldon Cooper:os estábamos esperando.
Pues resulta que reseño este libro en ése otro sitio en el que escribo. Y sí, no es que haya dejado de sentirme cómodo allí: todo lo contrario. Pero es que hay cosas que no pueden hacerse en otro sitio más cómodamente que en la casa de uno. Hablo, claro, de vísceras. Vísceras llenándose  y vaciándose.
Y el librito (librito por pequeño, por corto, por nimio, por insignificante, por todos los diminutivos sarcásticos que se resumen en una de mis trescientas mil frases favoritas: "tan inofensivo que ofende") de McEwan, escritor al que seguramente una relectura de Sábado sacaría del infierno en que le meto cada vez que mis ojos se paran en este libro en la estantería de mi casa, es una novela a la que no puedo dejar solamente con el severo estirón de orejas que le doy en Unlibroaldía: mi mentalidad insaciable no se contenta con eso: alguien había de pagar el pato de la frustración de apretar las sienes hasta que sangran y duelen (y me pregunta la gente por la calle si tengo estigmas y soy el nuevo mesías, y yo me hago el despistado y silbo algo de Radiohead), de ver ahí, uno, dos, tres días sin publicar pero no porque esté en el extranjero y el programa de datos de Movistar en el roaming te pueda hundir en la miseria, sino porque nada sale que no sea política y política. Hasta Messi me putea, empeñado en que el Barça y él mismo arrasen con todo y no dejen un resquicio más que a polémicas menores (quién es el segundo mejor, Xavi o Iniesta, o CR7 o Falcao, quién será subcampeón de la liga). De esa apestosa miseria que es el restregar día a día, como en una cacerola con el fondo quemado, los días que pasaron desde el 11-S (92, y hemos ido para atrás) y las provocaciones de un ministro de, esperad, Cultura, Educación y Deporte, que dice ésto, y otras muchas porquerías. De esto, lo siento, Ian, vas a pagar tú el pato.
Pues Chesil Beach es un coñazo. Ya, Francesc, tú es que eres muy fan de esos libros de Houellebecq que llevan, mínimo, media docena de páginas de porno hardcore. Y la sutileza, Francesc, y la delicadeza a la hora de las descripciones. 
Uh. Qué rencor voy a tenerle a un libro que hace que hasta me desdoble torpemente. Mira Ian, si querías venir a decir que todo el conservadurismo y toda la mojigatería de la sociedad inglesa de los 50 son el caldo de cultivo para la gran eclosión de la cultura pop, si tenías que usar símiles sonrojantes para narrar actos sexuales reales o proyectados, onanistas o en pareja, si tenías de alguna manera que acabar abogando porque la pasión por el arte, por su interpretación o por sus manifestaciones, puede actuar como sustituto o como efecto placebo del sexo y de la carnalidad, pues no te hacían falta tantas páginas. Si querías que los lectores nos pertrechásemos ese retrato en tonos pastel de los ingleses cultos y refinados que prefieren el té a echar un polvo en la hora de la siesta, igual que dirías de muchos que prefieren un Barça-Madrid a una mamada o un plato de huevos fritos con chorizo a un revolcón urgente y precipitado, pues haberlo puesto de otra manera: Chesil Beach te hace parecer crítico solo en la puntita, te hace parecer un viejales consumido por el desprecio a los jóvenes diciéndoles yo sí hubiese disfrutado y te acaba retratando como un nostálgico remilgado, como uno de esos fotógrafos que no salva al tipo que se ahoga con tal de tomar la foto.
Vamos ya, Ian.

LA INSOPORTABLE LLEUGERESA D'EN IAN


Ai. El que té jugar a casa: el teu públic, el teu vestuari de tots els partits, el teu racó del banc en què et canvies, aquest en què algun idiota ha escrit algun altre dia la frase tonta però que et fa pensar. El banc que ja saps per on coixeja, el banc que si un dia els dóna per arreglar diràs que quina merda. El coixí de Sheldon Cooper. Sí, just això.
Va: els que tornen de veure qui és Sheldon Cooper: us estàvem esperant.
Doncs resulta que comento aquest llibre en aquest altre lloc on escric. I sí, no és que hagi deixat de sentir-me còmode allà: tot el contrari. Però és que hi ha coses que no poden fer-se en un altre lloc més còmodament que a la casa d'un. Parlo, és clar, de vísceres. Vísceres omplint-se i buidant-se.
I el llibret (llibret per petit, per curt, per nimi, per insignificant, per tots els diminutius sarcàstics que es resumeixen en una de les meves tres-centes mil frases favorites: "tan inofensiu que ofèn") de McEwan, escriptor a qui segurament una relectura de Dissabte trauria de l'infern en què el foto cada vegada que els meus ulls s'aturen en aquest llibre a la prestatgeria de casa, és una novel · la a la qual no puc deixar només amb la forta estirada d'orelles que li dono a Unlibroaldía: la meva mentalitat insaciable no s'acontenta amb això: algú havia de pagar els plats trencats de la frustració de prémer les temples fins que sagnen i fan mal (i em pregunta la gent pel carrer si tinc estigmes i sóc el nou messies, i jo em faig el despistat i xiulo una cançò dels Radiohead), de veure aquí, un, dos, tres dies sense publicar però no perquè estigui a l'estranger i el programa de dades de Movistar al roaming et pugui enfonsar en la misèria, sinó perquè res surt que no sigui política i política. Fins Messi em puteja, entestat en què el Barça i ell mateix arrasin amb tot i no deixin una escletxa més que a polèmiques menors (qui és el segon millor, Xavi o Iniesta, o CR7 o Falcao, qui serà subcampió de la lliga). D'aquesta pudent misèria que és el refregar dia a dia, com en una cassola amb el fons cremat, els dies que van passar des del 11-S (92, i hem anat cap enrere) i les provocacions d'un ministre de, espereu, Cultura , Educació i Esport, que diu això , i moltes porqueries. D'això, em sap greu, Ian, pagaràs tu els plats trencats.
Doncs Chesil Beach és un conyàs. Ja, Francesc, tu és que ets molt fan d'aquests llibres de Houellebecq que porten, mínim, mitja dotzena de pàgines de porno hardcore. I la subtilesa, Francesc, i la delicadesa a l'hora de les descripcions.
Uh. Quina rancúnia vaig a tenir-li a un llibre que fa que fins i tot em desdobli maldestrament. Mira Ian, si volies venir a dir que tot el conservadorisme i tota la hipocresia de la societat anglesa dels 50 són el brou de cultiu per a la gran eclosió de la cultura pop, si havies de fer servir símils vergonyoses per narrar actes sexuals reals o projectats , onanistes o en parella, si tenies d'alguna manera d'acabar advocant perquè la passió per l'art, per la seva interpretació o per les seves manifestacions, pot actuar com a substitut o com a efecte placebo del sexe i de la carnalitat, doncs no et feien falta tantes pàgines. Si volies que els lectors ens composèssim aquest retrat en tons pastís dels anglesos cultes i refinats que prefereixen el te a fer un polvo en l'hora de la migdiada, com diries de molts que prefereixen un Barça-Madrid a una mamada o un plat d'ous fregits amb xoriço a una rebolcada urgent i precipitada, doncs haver-ho posat d'una altra manera: Chesil Beach et fa semblar crític només a la punteta, et fa semblar un viejales consumit pel menyspreu als joves dient-los jo sí que hagués gaudit i t'acaba retratant com un nostàlgic llepafils, com un d'aquests fotògrafs que no salva el tipus que s'ofega per tal de prendre la foto.
Vinga ja, Ian.

diumenge, 19 de juny del 2011

COMPROMIS D,ESTADA

Ja sé que hi ha qui comença a estar ja molt tipet de la constant reaparició de cert tema en aquestes pàgines, en aquestes setmanes. També, possibilitat existent, que si tot queda en foc d'encenalls, el record es reduirà a aquestes erràtiques entrades on sí, i no, i potser, i tant de bo, serien síntesi perfectes per a tanta xerrameca definitivament, estèril. Però poques vegades alguna cosa bull al teu cap com ho fa en la meva aquesta necessitat de descriure fins a l'últim detall.

Dues frases de divendres a la portada de LV.

Mas: "És kale borroka."

Particularment desafortunada la menció a la realitat basca ara que, sembla, tot està més tranquil. Mas ha de esmentar la soga a casa del penjat. Però això a ell això se la porta fluixa. Mas ha de insistir (alliçonat, però dirà aconsellat, coaccionat, però dirà, associat, pel PP) perquè el pes de la llei caigui sobre els detinguts que, en funció d'aplicar no sé quina punyetera llei, s'exposen a penes de 3 a 5 anys de presó. Molt proporcionat. Molt just. Toca a un polític i veuràs. Nosaltres i les institucions que representem som la llet, som sagrats.

Puig: "Hi ha hagut una simpatia política i intel.lectual excessiva pel 15-M."

Òbviament el de Puig és ja digne d'anàlisis pròpies de branques d'altres ciències. Una seria la psiquiatria. Ja es permet el luxe de marcar a la gent cap a què o qui ha de dirigir els seus sentiments??. Pretendrà teleprogramar la simpatia de les persones. O està una mica gelós que no sigui ell el receptor d'aquesta simpatia?. Jelòs a hores d'ara, Felip??. Pot ser que a mi em caigui antipàtic perquè es posa corbata amb camises amb botons al coll, o perquè la seva mirada em recorda la d'un corrupte com Camps. I pot ser que els de les acampades em caiguin simpàtics perquè es preocupen de que no els passi res a unes centenes de llibres vells. Implánta'ns un xip, Felip, i posa't davant d'una enorme pantalla a controlar fins al que ens excita sexualment. Que no crec que siguis tu, precisament.

Per rematar un nombre molt depriment, LV entrevistava el diputat a qui gairebé roben el gos pigall. Apel.len a un sentimentalisme grogós parlant del que li pregunta la seva filla de cinc anys. Digne del Sálvame, i no pensava veure'm escrivint això sobre un mitjà com LV. Però em rebenta tal intent de sensacionalisme.

Jo hauria de tornar als llibres i nodrir el meu esperit per poder compartir amb qui em llegeixen. Però tots els meus esforços es dilueixen. Podria parlar de Impostura, una curta novel-la de 1984 d'Enrique Vila-Matas, que sense grans pretensions subratlla qüestions com l'aïllament, la frontera amb la bogeria, les segones oportunitats. Que en algun punt m'ha portat a la memòria imatges de Mia Farrow a La llavor del diable, la qual cosa és sempre un enorme avantatge. Per aquest vell tema del individu assenyat a qui els bojos guanyen per majoria.




O esmentar l'entronitzat documental The devil and Daniel Johnston, que em veig incapaç de valorar en la seva totalitat, ja que on cert perfil de crítics cauen com mosques, fascinats, repartint tota classe de superlatius, al meu parer la música de Daniel Johnston em sembla d'una cutrez escandalosa. Erràtica, malsonant fregant el cacofònic, monòtona, mal interpretada. Em sobra aquest morbo: veiem al protagonista amb les ulleres posades en 3D: qualsevol dia se'ns suïcida aquest. Considero que amb el pretext de la divulgació de la seva malaltia (una esquizofrènia maníac-depressiva a la que l'ús de certes drogues va acabar de tirar la mà), acabem rebossant-nos en la nostra normalitat. Què bé estem al costat del panxarrut aquest addicte a la Coca-Cola i amb la samarreta plena de llànties. Què exòtic i què entranyable. Per això, passada com una mitja hora llarga de reportatge i cançons ramplones gravades de manera tosca, passo a altres coses.
Ho intento amb En els núvols d'Ian McEwan i em passa el mateix que amb Chesil Beach. No em crec aquesta cursileria. No m'agrada la constant amabilitat de la seva prosa, com buscant una elegància que a mi em fa anacrònica. Elegància de carreres a Ascot i recepcions amb la reina, sense paraules malsonants, amb tot el món asexuat com angelets del cel. Em va agradar Dissabte i algun dia llegiré Expiació, però crec que ja en tinc prou de McEwan. Potser en el fons és per el que m'agrada més el pop que la clàssica.

Següent parada, que estem en dies de Sónar: Richie Hawtin en uns cascos de perfecta estereofonia. Molt a prop del paradís, encara que no sigui l'hàbitat més propici per al gaudi de la seva música. Vaig comprar Closer (sempre pensaré que no és gens casual que es digui igual que la masterpiece de Joy Division) en una botiga de CD a Sitges. Ara la botiga ven roba i complements d'orientació skate / surf. Però les cataractes de baixos subsònics em fascinen. No cal buscar una melodia, és tan simple com deixar fluir la música i notar que els ritmes poden hipnotizarte fins fer-te pensar que no són mers ritmes. Com els núvols del fallit i infantil llibre de McEwan, Closer actua semblant sempre igual però sense deixar de moure`s. Potser John Self em recrimini tan agosarada comparació, però l'esperit de Hawtin em recorda a certs jazzmen. Crear alhora que gaudir.

CONTRATO DE PERMANENCIA

Ya sé que hay quien empieza a estar ya muy hartito de la constante reaparición de cierto tema en estas páginas, en estas semanas. También, posibilidad existente, que si todo queda en agua de borrajas, el recuerdo se reducirá a esas erráticas entradas donde sí, y no, y quizás, y ojalá, serían síntesis perfectas para tanta palabrería definitivamente, estéril. Pero pocas veces algo hierve en tu cabeza como lo hace en la mía esta necesidad de describirlo hasta el último detalle.

Dos frases del viernes en la portada de LV.

Mas : "Es kale borroka."

Particularmente desafortunada la mención a la realidad vasca ahora que, parece, todo está más tranquilo. Mas tiene que mencionar la soga en casa del ahorcado. Pero esto a él eso se la trae floja. Mas tiene que insistir (aleccionado, pero dirá aconsejado, cohartado, pero dirá, asociado, por el PP) para que el peso de la ley caiga sobre los detenidos que, en función de aplicarles no se qué puñetera ley, se exponen a penas de 3 a 5 años de prisión. Muy proporcionado. Muy justo. Toca a un político y te enteras. Nosotros y las instituciones que representamos somos la leche, somos sagrados.

Puig : "Ha habido una simpatía política e intelectual excesiva por el 15-M."

Obviamente lo de Puig es ya digno de análisis propios de ramas de otras ciencias. Una sería la psiquiatría. Ya se permite el lujo de marcar a la gente hacia qué o quién debe dirigir sus sentimientos ??. Pretenderá teleprogramar la simpatía de las personas. O está algo celoso de que no sea él el receptor de esa simpatía?. Celitos a estas alturas, Felip ??. Puede que a mi me caiga antipático porque se pone corbata con camisas con botones en el cuello, o porque su mirada me recuerda la de un corrupto como Camps. Y puede que los de las acampadas me caigan simpáticos porque se preocupan de que no les pase nada a unas centenas de libros viejos. Implántanos un chip, Felip, y ponte delante de una enorme pantalla a controlar hasta lo que nos excita sexualmente. Que no creo que seas tú, precisamente.

Para rematar un número muy deprimente, LV entrevistaba al diputado al que casi roban el perro lazarillo. Apelan a un sentimentalismo amarillista hablando de lo que le pregunta su hija de cinco años. Digno del Sálvame, y no pensaba verme escribiendo esto acerca de un medio como LV. Pero me revienta tal amago de sensacionalismo.

Yo debería volver a los libros y a nutrir mi espíritu para poder compartirlo con quienes me leen. Pero todos mis esfuerzos se diluyen. Podría hablar de Impostura, una corta novela de 1984 de Enrique Vila-Matas, que sin grandes pretensiones subraya cuestiones como el aislamiento, la frontera con la locura, las segundas oportunidades. Que en algún punto me ha traido a la memoria imágenes de Mia Farrow en La semilla del diablo, lo cual es siempre una enorme ventaja. Por ese viejo del individuo cuerdo al que los locos ganan por mayoria.




O mencionar el entronizado documental The devil and Daniel Johnston, que me veo incapaz de valorar en su totalidad, pues donde cierto perfil de críticos caen como moscas, fascinados, repartiendo toda clase de superlativos, a mi la música de Daniel Johnston me parece de una cutrez escandalosa. Errática, malsonante rozando lo cacofónico, monótona, mal interpretada. Me sobra ese morbo: vemos al protagonista con las gafas puestas en 3D: cualquier día se nos suicida este. Considero que con el pretexto de la divulgación de su enfermedad (una esquizofrenia maníaco-depresiva a la que el uso de ciertas drogas acabó de echar la mano ), acabamos retozando en nuestra normalidad. Qué bién estamos al lado del gordinflas éste adicto a la Coca-Cola y con la camiseta llena de lamparones. Qué exótico y qué entrañable. Por eso, pasada como una media hora larga de reportaje y canciones tontorronas grabadas de manera tosca, paso a otras cosas.
Lo intento con En las nubes de Ian McEwan y me pasa lo mismo que con Chesil Beach. No me creo esa cursilería. No me gusta la constante amabilidad de su prosa, como buscando una elegancia que a mi se me hace anacrónica. Elegancia de carreras en Ascot y recepciones con la reina, sin palabras malsonantes, con todo el mundo asexuado como angelitos del cielo. Me gustó Sábado y algún dia leeré Expiación, pero creo que ya tengo bastante de McEwan. Quizás en el fondo es por lo que me gusta más el pop que la clásica.

Siguiente parada, que estamos en días de Sónar : Richie Hawtin en unos cascos de perfecta estereofonía. Muy cerca del paraíso, aunque no sea el hábitat mas propicio para el disfrute de su música. Compré Closer (siempre pensaré que no es nada casual que se llame igual que la masterpiece de Joy Division) en una tienda de CDs en Sitges. Ahora la tienda vende ropa y complementos de orientación skate/surf. Pero las cataratas de bajos subsónicos me fascinan. No hay que buscar una melodía, es tan simple como dejar fluir la música y notar que los ritmos pueden hipnotizarte hasta hacerte pensar que no son meros ritmos. Como las nubes del fallido e infantil libro de McEwan, Closer actúa pareciendo siempre igual pero sin dejar de moverse. Puede que John Self me recrimine tan osada comparación, pero el espíritu de Hawtin me recuerda a ciertos jazzmen. Crear a la vez que disfrutar.


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