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dilluns, 27 de febrer del 2012

APEADEROS

Mentalmente estoy en el gran trayecto que requiere un libro como Las correcciones. Que no sólo es un trayecto prolongado en lo que se refiere a su volumen de páginas. También es denso en su escritura. Franzen no es como Wolfe, minucioso en la descripción hasta componer una fotografía hablada. Pero no desperdicia palabras si esa concisión favorece que el lector manufacture su propia composición. Hay libros para leer cien páginas al día, hay libros que requieren que no hagas más hasta que no acabes el libro. No diría que son los libros que me gustan; esos en los que sólo el sentido común te impide irte a las últimas páginas a averiguar qué coño pasa. Como las obras maestras de Robertson Davies, Franzen tiene su ritmo de degustación adecuado. No hay que precipitarse, y no hay motivo para acelerar en ese camino que parece llevar a Chip por el mal camino en su relación intolerada con Melissa. Insisto: estoy en un tren de largo recorrido y a veces hay paradas más prolongadas. No hay contratos de exclusividad ni plazos draconianos que cumplir. Puedo parar en apeaderos, bajar a estirar las piernas, sentarme a degustar algún manjar local. Mirar desde el andén que ofrece el paisaje. Imaginar a los locales.
Parece que las pequeñas novelas de no más allá de 150 páginas sean el complemento perfecto. Recorrer estantes de tiendas o bibliotecas, con ese cuello inclinado propio de personas que divagan a la búsqueda de un  amor fou, de un lomo estrechito y un nombre que nos suene vagamente, lo suficiente para extraerlo y ver si portada y título y solapa constatan el flechazo. Si esas dos horas, dos meras siestas a las que renunciaremos, dos veces menos que oiremos cierto disco o dos capítulos que atrasaremos de esa serie que voy viendo de tanto en tanto, parece que vayan a merecer la pena.
Gerard tiene ya diez años. El pequeño campo de fútbol improvisado en un parque es el sitio idóneo para escapar de corsés tácticos de entrenadores que ubican a los jugadores según las necesidades del equipo. Para dejar aflorar la comprensiva acracia que algún lejano día gobernó a quienes crearon el fútbol. Todos a por la pelota y hacia la portería contraria. No cierres, no descargas, no guardar posiciones. La edad de mi hijo es cómoda. Me siento en el parque, sólo necesito una línea visual y estar preparado cuando viene a reponer líquidos. Sólo me alertaría el silencio. 
Leo y leo, pues, esos libros de los que rara vez esperas gran cosa. Le ha tocado el turno a La verdadera, novela de Saul Bellow, escritor que oigo nombrar, no con el tesón y el entusiasmo de otros, sino con esa frecuencia que acaba calando. Leo que falleció en el 2005, que era judío estadounidense aunque nacido en Canadá, y que le dieron el Nobel en los años 70. Siento curiosidad y repaso listas de los Nobel. Coincido con nombres que tienen cierta presencia en mis lecturas reales o pretencidas de los últimos tiempos : Sartre, Camus, Coetzee, Oé, Böll. Morrison, Steinbeck, Faulkner. Vuelvo a ponerme de mala leche viendo a Cela.


dilluns, 20 de febrer del 2012

LA PLAYA DE LOS TRES CISNES

Las cuatro y media de la tarde de un sábado de febrero. Tardes que se van alargando conforme nos acercamos a la primavera. Tardes de este Mediterráneo que baña países en situaciones críticas.
Hace justo siete días nadie pensaba, en la primavera. Pisando escarcha helada sobre el césped artificial, en lo único que se podía pensar era en el frío inmisericorde y en el tiempo que faltaba para que el partido terminase. Mi hijo Gerard procuraba no enterarse corriendo arriba y abajo.
Pero, ayer, esa primavera ya se respiraba, porque estábamos en Sitges, era Carnaval, y el día se alargaba y el termómetro alcanzaba los 15 grados. Tres cisnes, tres cisnes blancos, porque toda poesía es poca, estaban en la playa rodeados de gente, de niños y no tan niños, todos observando un respeto mutuo, un respeto de sonrisas obnubiladas porque estamos en una zona donde las aves sólo son noticia cuando son extrañas y están vivas. Para los que me leen desde lejos, Sitges es una pequeña ciudad costera a unos 35 kilómetros de Barcelona. Bonita como pocas, es relativamente famosa por ser un activo punto de encuentro de la comunidad gay.
Su encanto como lugar para vivir, junto a un clima muy benévolo, han motivado también que mucha gente haya acudido a vivir, en su mayoría, por lo elevado de los precios allí, familias de clase media alta y de corte conservador, que no ven con muy buenos ojos la presencia de una comunidad gay tan activa e influyente. Las familias han ocupado las caras urbanizaciones de las afueras, los gays ocupan el casco antiguo. Conviven, pero apenas interactúan.

Tras el fiasco de Sons of anarchy me desoriento: decido ver una película, cosa inusual últimamente. Elijo Los descendientes, cuyas críticas son bastante buenas. Me cae bien George Clooney (a mi esposa le cae mejor), me gustó mucho la única película que vi de su director (Sideways).
Ver películas así le da cierto sentido al cine. Apenas dos horas en las que se cuenta una historia, con su progresión y sus momentos clave. Le quitaría dos minutos de momentos algo lacrimógenos, pero muy buena película, muy buena música. Después de las playas de Sitges, el reportaje encubierto de las islas Hawaii que es la película (como Sideways parecía un reportaje encubierto de los viñedos del estado de California) era un goce para los sentidos. Y la música, emotiva, ininteligible en lenguas autóctonas, las guitarras con esa especie de perezosa melancolía. Espero que algún día se reconozca a George Clooney su condición de gran actor y su capacidad de resultar cómico simplemente por un matiz de su expresión facial. Espero que alguien recuerde en cinco años lo que digo ahora : Shailene Woodley será la próxima Scarlett Johanson o la próxima Natalie Portman, joven actriz de belleza esplendorosa y ojos almendrados, perfecta en su papel de rebelde tardoadolescente cuya rebeldía, progresivamente, se entiende y justifica. Toda una elegía contra las estupideces de la vida occidental (la que aliena y saca de casa al varón en busca de dinero, dando la espalda a pareja e hijos), pocas películas me han gustado tanto y me han mantenido tan atento con tan poca cosa: unas playas, una familia algo desestructurada, y una guitarra punteando las imágenes.


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