diumenge, 6 de setembre del 2015

Y15W32: CLASES DE LUCHA

Siempre dudo cuando me presentan mujeres como compañeras de trabajo. Encuentro los dos besos algo poco profesional, teñido de cierto concepto machista al que no quiero quedar asociado. Pero dar la mano, estrecharla con frialdad y decisión tampoco me parece lo adecuado. Siempre dudo, y siempre suelo inclinarme por lo segundo. Lo prefiero porque prescinde del acercamiento inicial que no hay porque provocar. Porque los compañeros de trabajo son un poco como la familia. No los has elegido. Se cruzan en tu camino por circunstancias, éstas sin tener nada que ver con la genética, pero ahí están. Convive con ellos, colabora, haz equipo, haz piña, producid en armonía. En estos difíciles tiempos, obsérvalos, sopesa si detrás de un amistoso compañero no hay un voraz trepa dispuesto a ocupar tu silla en cuanto cometas un error o una mala enfermedad te postre en la cama.
Así que no recuerdo si le di dos besos o le estreché la mano. Sé que el presentado era yo, sé que el nuevo en la empresa era yo, y a ella me la presentaron con una extraña descripción de sus funciones. Que acostumbrado a la jerga empresarial no me sonó a nada en concreto. Entonces aún no había visto The Office. Pero si la hubiera visto hubiera pensado en una mezcla de Creed y Phillys. Con mucho más de la segunda.
No recuerdo nada de los primeros días hasta que trasladamos la oficina, cuando nos emplazaron uno frente al otro, separados por un pequeño armario, dos despachos abiertos frente a frente, en una grotesca situación en que parecíamos vigilarnos el uno al otro.
En apenas unas semanas ya comprendí su función en la empresa. Que no era otra que la mera vigilancia intercalada con tareas esporádicas para las que no estaba justificado ni su sueldo ni su responsabilidad. Pero, siendo hija de uno de los accionistas, no hacía falta que mostrara el mínimo empeño en hacerlo bien, ni tan siquiera en hacerlo o disimular que lo hacía. Su condición le permitía atribuirse horarios laxos en entrada y salida, ausencias injustificadas por los motivos más peregrinos, y, por supuesto, libertad para hacer lo que le placía a la vez que criticaba a los demás por hacerlo. Usar teléfono y correo con finalidades particulares, sostener prolongadas conversaciones de tipo personal mientras garabateaba cualquier papel, extenderse en horarios de desayuno y comida, recibir visitas personales. Con la mayor naturalidad y consciente de que era muy improbable que alguien le llamara la atención.
Tenía obesidad mórbida. No sabías si era obesa porque no se movía o era al revés. Lo atribuía a un cambio hormonal en sus dos embarazos. Cuando lo decía, las miradas cómplices se cruzaban por doquier. Porque mesura y cuidado en su comida no los había. Porque jamás se desplazó a la oficina en otra cosa que vehículos de alta gama de esos que consumen gasolina a galones y pisan los matorrales del campo en cualquier fin de semana ecopijo que se precie. Porque era consciente que su marido, un ejecutivo obsesionado con el deporte, no la tocaba ya ni con un palo. Pero había más circunstancias que la definían. Como jactarse de no necesitar su sueldo para vivir, y que lo usaba en pagar caprichos y los sueldos del servicio doméstico que tenía contratada porque ella no iba a encargarse de tareas mundanas como la limpieza o la cocina. O entrometerse, por puro aburrimiento, en la vida de los demás para criticar con sarna. Cualquier cosa menos trabajar. Si hacía falta emplear un día entero en preparar un formulario sencillo, pues eso. La convivencia con una persona así es una oscilación continua entre estupor e indignación. No había límite alguno para su desfachatez, y atribuía sin reparo a su torpeza cualquier pretexto para endosar su trabajo a cualquiera.
Obviamente mientras eso durase y la empresa pudiera permitirse una persona improductiva nada iba a cambiar.
Pero las cosas, algunas, cambian. Quien fue socio de una empresa vende sus acciones y deja de serlo. Quien se otorga privilegios por esa situación los pierde de una manera tan rápida como absurdo el hecho de que los mantuviera. Y en algún momento el trabajo en una empresa moderna pasa a valorarse con algo frío y objetivo como es el rendimiento. Frío criterio el de la productividad pero agradecido si se trata de valorar el esfuerzo. Los números no mienten. La poltrona se desmoronó y el privilegio cedió bajo el peso de la lógica empresarial. Fue entonces cuando se produjo la transformación: sin solución de continuidad pasó de superior a subordinada, sin que hubiera en momento alguno de coincidencia en ese rellano virtual que es el organigrama de una empresa. Caído el trato de favor, el primer y trágico planteamiento era qué hacer con una persona que se jactaba de no necesitar el sueldo ni saber hacer nada productivo. Sin nadie a quien controlar el trabajo pues ahora era el suyo el que había que controlar. Entonces surgió la víctima: la empleada problemática que se lamenta constantemente de las condiciones en que se desenvuelve su trabajo (las que otros llevábamos años soportando), la persona presta a abandonar toda responsabilidad porque veía su puesto amenazado por las funestas nubes de la crisis global, y decide que quieran eran criticables como subordinados ahora lo son como superiores. Sin abandonar la pose sobrada y prepotente ahiora tilda de arribistas y oportunistas a todos aquellos que llevan años aguantando su carácter errático y caprichoso, los acusa de todos los defectos de los que había alardeado a lo largo de años. Una vez, en decisión certera, lógica e inapelable, es despedida, no duda en cargar y apelar a la injusticia y a la pasividad de compañeros que dice no echar de menos pero con los que sigue contactando periódicamente para lamentarse de la enorme injusticia de que dice haber sido víctima.
La maldad en nuestra sociedad puede estar más allá de exaltados cortando cabezas, de enfermos acumulando crímenes. La maldad se manifiesta en muchas maneras y algunas nos son muy próximas: tanto como la mesa de enfrente.

diumenge, 23 d’agost del 2015

Y15W31: DIOSES MUERTOS

Debería ser un pretexto para negarme a hacerlo, pero no lo será. Hago la cama y me quedo absorto: una sábana a rayas, en tonalidades a medio camino entre lo mediterráneo y lo levemente árabe, me sume en pensamientos que toman curiosos vericuetos. Que si ese algodón que ha necesitado ser plantado, recolectado, tratado para convertirse en hilo. Que si las máquinas que lo han tejido hasta convertirlo en tela. Los tintes, los minerales extraídos o los componentes vegetales para obtener los distintos tonos. Los aditivos químicos para evitar que, una vez teñida la ropa, el detergente no acabe con sus colores al primer lavado. La red de distribución para que eso haya llegado a mi casa. Las carreteras, los camiones, los barcos que han llevado a la fábrica cada uno de los materiales. La construcción del edificio donde está el comercio donde se adquirió, los empleados que allí te atienden, como llegan desde sus casas, el transporte público, las infraestructuras, la motocicleta que el dependiente aparca a la vista para vigilarla mientras trabaja, la gasolina gracias a la cual funciona, el poste donde la dispensan, la máquina de autoservicio, la manguera, la presíón del combustible a través del tubo, el mensaje desde el terminal de cobro hacia la máquina para que entregue tantos litros o el equivalente de tantos euros. Solo estoy haciendo la cama y ya me he entregado a una cábala que abarca miles de elementos.
Me da miedo pensar en todo eso y pensar a la vez en lo sencilla que es la existencia de la mosca que se ha colado aprovechando que he abierto la ventana, para dejar que la estancia se ventile, aunque sea con ese desagradable y húmedo aire caliente del agosto barcelonés. Me da miedo porque, a continuación, el proceso lógico es pensar en la humanidad como en un estado avanzado de algo y en el mundo animal como un estado más primario. Y me da miedo pensar que de eso a creer en las divinidades puede haber muy pocos pasos. Pero como, frase que suscribiría ese silencioso espectador llamado Horacio, para algunos escribir es difícil pero no escribir es aún más difícil, heme aquí, pensando qué foto ilustrará esta disquisición, qué final o qué conclusión aparecerá, pasadas treinta o cuarenta líneas. Pensando que si los fines de semana toca texto y aquí hemos pasado por encima de laberintos políticos, de comienzos de temporada futbolísticos repletos de falsas dudas existenciales, pero que no, que hay que ser serio, hay que cumplir y hay que esperar la respuesta de turno, la que no llega, la de dijiste el 1 de septiembre y ahora qué. El lamento sobre lo mermado de nuestro poder de convocatoria, que ahora no merece ya ni esa palabra, poder. 
Pero volví a perderme. No tengo ganas de creer en dioses. O quiero creer que si fueron superiores para organizar el inicio de todo esto, la cosa no les dio para más y ya lo de inmortales no pudo ser. Dioses muertos. Eso. Sin herederos ni código genético a clonar. Puede que sea otro de los efectos colaterales de hacerse mayor. Pero, por encima de todo, no me apetece nada que condicione mis actos al margen de mi voluntad, que tan mala no es. Ya hay bastantes cortapisas y bastantes límites dictados por la física y la química y la naturaleza. Valorarlo todo en función de. No. Esa sensación de necesidad de sentido de todos los actos me resulta nauseabunda. No es suficiente la presión del instinto de supervivencia, que ya es muy poderosa, para qué pensar en seres superiores y en sentido de todo, simplemente porque el pensamiento se vaya por las ramas mientras se allana una sábana. Para esto ha dado, para uno de esos inexplicables textos que no llevan a ninguna parte, salvo que alguna parte sea la reiteración de ciertos recursos que ya deberían empezar a cansaros. Para otro aleteo inútil, otro número en la estadística, otro esperar un cada vez más lejano e improbable regreso a tiempos pasados.



dissabte, 15 d’agost del 2015

Y15W30: SINE DIE

Si en el fondo es lo que nos encanta. Nada mejor que un suicidio como final para un músico que admiremos.
Suelen entregarnos bonitos cadáveres y dan lugar a especulaciones llenas de teoría y poesía. Son más misteriosos que los asesinatos, pues de esa muerte podemos culpar a todos, en un sentido u otro. Los suicidios pueden ser aparatosos, como parece que fue el de Cobain, o algo más discretos. Hay suicidios que son hasta inconscientes. O la entrega a la mala vida no es justo eso. Ahora fumo o bebo o me drogo y que sea lo que Dios (o los límites biológicos de la sabia naturaleza) quiera. En este sentido Billy McKenzie acabó con su vida, allá por 1997, sin cumplir los 40, con tan poco ruido y brillo como el que había suscitado, ante la gran masa, su obra ya en solitario. Un falso solitario; deshecha la banda que componía con Alan Rankine (del que, salvo colaboraciones con una belga supuestamente alternativa llamada Anna Domino, poco más se supo), McKenzie usó aún el nombre The Associates para publicar, creo recordar que en Circa (una subsidiaria de alguna major, creo que Virgin, que nos regaló fogonazos, creo, de Neneh Cherry, Massive Attack o, erm, Sidney Youngblood) Wild and lonely, penúltimo disco de su carrera.
Nunca fui un gran fan de los Associates. Me ponían un poco nervioso sus portadas, sus horrendos peinados, la producción aguda y estridente, y debo reconocer mi desconfianza hacia los combos de synth-pop que se fueron añadiendo a la moda después de que los pioneros reales hubieran allanado el camino. El synth-pop nace al mundo con Dare! de The Human League, primer y acaso único momento de la historia en que vanguardia, calidad y éxito multitudinario confluyen en lo alto de las listas. Ni siquiera ellos mismos que optarom por escaparse de la frialdad disco para abrazar un erróneo camino entre las guitarras extemporáneas de Lebanon y la histeria de (Keep Feelin') Fascination, consiguieron continuar trazando el camino que habían creado. Quienes les toman el testigo, Soft Cell y Depeche Mode al frente, exploran nuevas vías, pero nada vuelve a ser igual. El synth-pop, al que habría que llamar tecno-pop, se llenó de dúos, parece, formato idóneo para combinar la necesidad de distintos enfoques creativos con la versatilidad que la tecnología aplicada a la música permitía. Soft Cell, Yello, Orchestral Manoeuvres in The Dark, Tears for Fears, Blancmange, DAF.

Pero los dos discos de McKenzie en solitario siempre han tenido un significado especial para mí. Wild and lonely, publicado en 1990, resulta especialmente memorable. Ostenta el honor de ser el primero de todos los discos que, poseyendo en vinilo, me fue imposible encontrar cuando decidí usar el Emule para hacerme con copias en mp3 de toda la música que poseía. Para que uno no se sienta único e individual en este inmenso planeta, tomad esa muestra: nadie se había decidido, allá por el año 2006, a digitalizar su contenido. Y a fecha de hoy, la búsqueda sigue sin dar resultados. Youtube es diferente, claro. Allí puede disfrutarse de la belleza lánguida de canciones como "Strasbourg Square"



Y curiosamente McKenzie matizó (como hizo Marc Almond) su portentosa voz: dejó de forzar las cuerdas vocales y ganó matices. Contuvo los agudos y alcanzó ligeras reminiscencias del Bryan Ferry más nasal. Cedió parte del protagonismo a las partes instrumentales, concedió importancia a las bases, empaquetó canciones que emocionaban sin ceder al histrionismo. Su madurez venía con un regalo envenenado. Empezó a cubrirse la cabeza para disimular su alopecia, empezó a reemplazar el histrionismo vocal por una especie de pose afectada que nada bueno hacía presagiar. Colaboró en uno de los proyectos de la plataforma Red Hot. Versión de Bowie versioneando a Nina Simone. Y guardó alguna de sus últimas esencias para un último trabao de larga duración, Outernational, donde la oscuridad tomaba el poder a todas todas. McKenzie era consciente de que la cúspide de su carrera, en popularidad y en ventas, quedaba atrás. Scott Walker hubiera hecho otra cosa, o Marc Almond, o David Sylvian. 


diumenge, 9 d’agost del 2015

Y15W29: ACTIVIDAD BALCÁNICA

Me quejé, me quejé mucho de lo lejos que estaba el 27 de septiembre. Seguramente me he lamentado tanto de la lejanía de esa fecha que el tiempo se ha puesto a pasar deprisa, como para contradecirme o ponerme en evidencia. Y estamos en agosto y agosto debe ser por definición el mes que más rápido pasa de todo el año (en el hemisferio norte, claro). Pues uno o está de vacaciones o está entregado a esas jornadas de trabajo faltas de tensión y ritmo de competición. Y agosto se convierte en una pretemporada, sobre todo cuando el calor urbano desestima lo de dar una tregua y las tardes se suceden, mortecinas, entre somnolencia y las noches se suceden, mortecinas entre insomnio.

Pero no: ahora podemos, ya, contar con los dedos de dos manos las semanas que faltan para ese nuevo, y ya van siendo demasiados, día clave en el desarrollo de la historia de Catalunya. Uy, he olvidado ponerlo en mayúsculas. Si es que tengo una cabeza. Poco puedo decir: dos candidaturas claramente favorables a la independencia, unas cuantas en una tierra de nadie indefinida que no es más que un pretexto para, pasada la jornada, apuntarse a toda prisa a caballo ganador, y otras abiertamente en contra, pero ellos dirán a favor de otras cosas, ya sabemos eso de los mensajes en positivo y aquello de eludir las confrontaciones. Ahora mismo todas las candidaturas empeñadas en asaetearse las unas a las otras para recoger las escasas migajas que representa el voto indeciso o la abstención potencial. Rajoy, inútil y despreciable como persona, como político y como gobernante, se ha apresurado a pedir participación, advertido, supongo, del elevado grado de convocatoria de las opciones independentistas (visible, por eso, en lugares tan engañosos como las redes sociales y las avenidas de las capitales), en una jugada desesperada que ha pasado algo desapercibida.


A mí me ha dado últimamente por leer libros sobre la guerra de los Balcanes y por informarme sobre los llamados Hechos de Octubre. Nada, cuestiones que vienen a revelar que mi impaciencia va en aumento, y que, a pesar de mis reticencias, la política empieza a tomar las riendas de mi interés. Nada grave: quizás entre 1992 y 1996 yo era otro de esos occidentales más pendientes de mi radio de alcance más cercano, y ahora pago los atrasos. Me pongo las manos en la cabeza por la impunidad de lo sucedido en Sarajevo, en Srebrenica. Cuánto tardaré por ponérmelas sobre lo que sucede, hoy, en Mosul. Estas lecturas no es que me ayuden demasiado: en lo concerniente a mis convicciones, puede que estas se vean reforzadas. Pero también inoculan en mí ciertas otras sensaciones, y algunas tienen que ver con inseguridad y desconfianza. Por si estamos siendo embaucados, por si somos parte de una especie de incontrolable conciencia colectiva, por si algunos de esos que corren a hacerse las fotos de rigor ante las aclamaciones de la multitud no correrán a desdecirse de promesas. 
Será normal, me consuelo, lo achaco al nervios, pero le doy vueltas a las cosas. Tantas listas, tantos registros, tantos cauces por los que la gente está mostrando sus opiniones a los cuatro vientos. Mira que si caen en malas manos y sabrán que he votado el 9 de noviembre y qué, que he vuelto a votar el 27 de septiembre y a quién, qué pongo en mi perfil de Twitter, qué bandera muestra la portada de mi blog, a quién respeto y a quién detesto y a quién insulto. Porque, ya que estamos, no veo a Rajoy o a Aznar mejores que esos militares serbios que dieron órdenes a sus tropas para bombardear Sarajevo, que instruyeron a los francotiradores para que aterrorizaran a los civiles. Tampoco a Pedro Sánchez, por supuesto, ni a Miquel Iceta ni al bellaco de Albiol. Los veo obsesionados por llegar al poder o por mantenerse en el poder o por perpetuarse en el poder. Y los veo haciendo precisos cálculos sobre la rentabilidad en votos de seguir manteniendo a Catalunya bajo el yugo centralista español. Cálculos numéricos, pues de lo único que se duda es de la cuantía del déficit fiscal, y cálculos de intención de voto. La derecha española porque ha de mantener el testigo de su principal referencia, Franco, en aquello de la unidad de la patria, la izquierda porque que desaparezca un vivero de votos ajenos al PP es perder uno de los puntos de apoyo sobre los que orquestar un improbable retorno al poder. Eso sí, ellos, y todos los que les respaldan en redes sociales y foros de opinión, convencidos de que la mejor manera de que alguien quiera seguir a tu lado es una combinación de insultos y amenazas. Un lío, gordo, una oportunidad que dirían los chinos, una fascinante puerta abierta a resolver un acertijo, el del 28 de septiembre, consistente en saber quién se atreverá a hacer qué.

dijous, 23 de juliol del 2015

Y15W28: VIDAS EJEMPLARES

Mi foto favorita de los Sex Pistols. Una foto sin demasiado atrezzo, pero que define a la banda. Escenario mínimo, nula espectacularidad, todos apretados, y la pose. Oh Dios la pose de Lydon. En esa pose está todo. Es la pose perfecta que tantos mediocres han intentado imitar a lo largo de las décadas. La inclinación, el roto en el jersey, las manos en el micro, las gafas, la mirada ladeada, la deglución del micro. La oreja derecha hacia el público, ofreciendo la mejilla para lo que se terciara. La botella de cerveza al fondo, sobre algo que parece una mesa de mezclas y un altavoz. Una cerveza: años más tarde, muchos, leí un comentario en un vídeo de Youtube, un tipo se quejaba de que un guitarrista mascaba chicle mientras tocaba la guitarra, en un concierto de Magazine. Pero qué es esto. El caso es que, mientras he estado de vacaciones, entre varias lecturas, algunas bastante notables, ha sido bastante el tiempo que he dedicado a La ira es energía, autobiografía de Johnnie Rotten/John Lydon, publicada por Malpaso, editorial barcelonesa que ha puesto un cierto empeño en publicar obras relacionadas con el mundo de la música, tentación a la que cedo con demasiada facilidad. Bastante tiempo porque el librito, acompañado de un buen número de imágenes, se extiende por más de 600 páginas, lo cual puede parecer exagerado a muchos. Si este tipo apenas publicó un LP con los Sex Pistols, si para la gran mayoría los Sex Pistols son God Save The Queen, Anarchy in the UK y poca cosa más, aparte de su evidente provocación estética, del turbio asunto de Sid Vicious y Nancy Spungen, y de su descomunal influencia en todas las facetas artísticas desde su irrupción. Pero Lydon consigue arrastrarnos a través de toda su extensión, primero porque es consciente de que no es un escritor y en ningún momento intenta convencer de que lo es. Va desgranando su vida, va explicando sus cosas, aquí tiene un poco más de tono coloquial, alguna vez se pone solemne, pero afortunadamente Lydon elude ese repugnante tono morboso, el de un sacacuartos que explicara que he follado y me he chutado y Sid estaba hecho un desastre, y se empeña en ser entretenido y en dialogar con quien lee. Me sigue pareciendo que PiL, banda de corte experimental en la que se enfrascó (y que continuaba liderando con su eterna pose de enajenado) no han llegado nunca a superar en lo artístico la brillantez de su planteamiento, y me ha decepcionado la obsesión que demuestra por el aspecto más superficial del negocio. A veces parece que los Pistols fueron un grupito de chicos rebeldes a los que Vivienne Westwood y Malcolm McLaren eligieron para alzarse a la fama y vender ropa extraña. Pero, por encima de que hoy el punk sea una etiqueta para que muchos adolescentes despistados hagan uso de ella en conatos de rebeldía, lo más importante, pues en el 77 yo era una persona muy permeable, es que me convencieron de que la técnica y la ortodoxia podían ser importantes pero no imprescindibles. Que donde no se llegaba con ellas se llegaba con actitud, talento, y cara dura. Y que eso ha de permanecer.


Curioso: el libro en el que ando (pero las doscientas páginas que me quedan para acabarlo no van a cambiar mi opinión: es una puta obra maestra), es otra biografía. No autobiografía. Sólo nos hubiera faltado que J.D. Salinger hubiera decidido volcar su propia vida sobre el papel, Aunque muchos pensarán que ya lo hizo a través de sus obras. Pero no; este pasa de 700 páginas y está escrito de un curioso modo. Salinger es una expedición coral en cientos de testimonios. Otra manera no había. Desde que se recluyó en Cornish, Salinger se convirtió en el anacoreta, ermitaño, tío raro por excelencia. Se convirtió en un tipo acaparado por la malsana costumbre de volcarse en escribir, en una persona obsesionada por eliminar los intermediarios entre la realidad y su forma de reflejarla a través del papel. Salinger, montada o escrita o estructurada por David Shields y Shane Salerno (autor este de un documental previo con la misma temática que habría que ir viendo), es un exhaustivo reportaje escrito sobre todo el recorrido vital. Uno pensaría que es solo la historia de la vida de un pirado que escribe una obra maestra y se recluye a vivir de rentas y a esperar que los astros le iluminen lo suficiente para repetirla. Pero no: una tras otra, toda la historia de su vida resulta un fascinante descubrimiento, un bloque de información tan variado y tan valioso que lo justifica todo. Claro que habrá muchos escritores cuya vida diste de ser fascinante. Seamos sinceros: el 95 por ciento de los escritores que logran vivir de su obra tienen una vida consistente en encerrarse en el despacho a crear, salir de vez en cuando para apoyar la maquinaria promocional que el presupuesto de su editorial pueda pagar, y, como mucho, viajar o desplazarse si sus proyectos literarios lo permiten o lo justifican. Pero Salinger hizo, sobre todo cuando era un joven alto y de aspecto elegante pero algo despistado, otras muchas cosas. Tonterías, sabéis. Desembarcar en Normandía y ver a muchos compañeros morir en combate. Luchar contra los nazis en las Ardenas. Acceder a los campos de concentración una vez los SS habían huido dejando los mínimos testimonios de su barbarie. Dejar, o aceptar, o constatar, que una figura global como Charlie Chaplin le levantara a una novia. Arrastrar toda su vida una insana pero casi entrañable filia por las jovencitas. Escribir ese libro, Esquivar a los medios, coleccionar rechazos, abominar de la industria. Sí. Está todo un poco desordenado. Inspirar de manera involuntaria a asesinos que hicieron interpretaciones muy libres de la angustia adolescente de Holden Caufield. Crear a esa familia Glass, una descabellada combinación de seres que me resulta tan proyectada en el inabarcable mundo de La broma infinita de DFW. Salinger hizo muchas cosas sin hacer nada más que huir de una fama y relevancia tan deseada como rechazada una vez dispuso de ella. Ahora puede parecernos un zumbado que se refugió en el hinduismo y se dedicó a asustar a los curiosos que se aventuraban por su propiedad. Pero es esencial como referencia y está inigualado como perfil del artista atormentado. Muchos podrían decir que Pynchon solo hace que seguir su estela. Leer su biografía, incluso en el improbable caso de no haber leído una sola palabra de su obra (encima el libro es generoso en la publicación de extractos) es más gratificante, entretenido, y fascinante que la gran mayoría de la ficción que se está publicando últimamente. Un trabajo de orfebrería, un mérito descomunal el de dibujar los contornos del artista a través de las pinceladas de quienes le conocieron directamente o a través de terceros. Un libro que te obsesionas en seguir leyendo. Nombradme cinco iguales. Va.

dijous, 2 de juliol del 2015

Y15W27: POR EJEMPLO

La experiencia sirve. No hay frases que glosan sus virtudes. No hay puertas que disponer de ella (si la acompañamos del adjetivo "dilatada" ya es el súmmum) no contribuya a abrir. Pues eso: la experiencia me aconseja que supere esa limitación autoimpuesta en la Nueva Era De Este Blog de una palabra para el título. Demasiado peligroso y demasiado coercitivo. Una palabra demasiado obvia en el título da al traste con todo un texto. Lo sabré yo. O lo sabrá el hombre cuyas personalidades se desdoblan en árboles genealógicos que parecen fractales. Sí; el Escritor Antes Llamado Álex Azkona continua, o habría de decir insiste, en ocultar sus textos tras veladuras que los enriquecen aunque a veces los distorsionan. Eso es así. ¿Que soy muy contundente? Bueno, estoy desorientado y necesito saber exactamente por dónde tirar.
Habida cuenta de que existe otra tensión, ya que publicar diariamente no necesita otra cosa que tiempo y soltura ante el teclado, pero hacerlo semanalmente necesita un leit-motiv, un algo de sustancia, una vianda que justifique la presencia de una guarnición. Yo no perdonaría a nadie que me tenga dos semanas pendiente de algo frívolo y volátil. Pero el caso es que lo que puede parecer eso, liviano, aquí puede magnificarse. Se trata del evento que algunos (los que no, que se dirijan a través de un comentario para obtener una aclaración que les permita no morderse los puños) ya vamos conociendo como Los Buenos. Una aventura con fines algo perversos, una especie de acto de emancipación de ese padre bastardo que es Casciari. Un Casciari que últimamente anda en una extraña liturgia promocional de su obra, relacionada con los resultados de la Copa América. Un Casciari que se resiste a pasar a la segunda división del propio mundo que se ha creado, aunque sea a costa de aceptar tácitamente que, como muchas otras cosas, es más brillante en la teoría que en la práctica. Pero ojo: un Casciari honesto hasta en el diseño de sus trampas. Puede que quiera reunir otra vez dinero para dilapidarlo en un capricho pequeño-burgués.
La cuestión es que le veo mucho sentido a dirigirme a todos en abierto, más que nada porque temo perderme en esas cadenas de mensajes que a veces me cuesta ordenar en el tiempo. Veo el tema algo dormido: o lo percibo, porque podría ser que fuese algo que puede olerse o tocarse. Veo una cierta necesidad de usar la caja de resonancia que es esto, no sea que hayamos olvidado a alguien, que lo hayamos olvidado hasta sin haberlo llegado a conocer. Se trata de usar el pretexto de la aventura de Orsai como punto de algo para un texto: punto de equilibrio, de partida, de fuga, final. Que sea el punto que atraviese una línea que no sea ni recta ni perpendicular o paralela a nada. Yo también empecé muy lanzado. Ahora mi texto me mira desde un rincón y me reclama que lo rellene y lo alimente o lo aderece con algo que le insufle vida. Supongo que no debo ser el único. La cuestión es que tampoco me parece nada mal que el conjunto tome la forma de una sucesión de borradores que solo tengan unidad en esa condición. Ya sé que es de ser muy poco exigente. Podría optar por provocar sonrisas cómplice y convocar un concurso, dada la entrada en vigor de la perversa Ley Mordaza, de Cómo Insultar con Sutileza a Mandatarios y demás Intocables y Salirse de Rositas. Podría convocar un encuentro que nunca se produciría de manera completa, porque podríamos ponernos de acuerdo en tiempo y lugar, pero seguro que vendríamos con vestimentas poco apropiadas. Pero no: de momento me conformo con sugerir a todos que olviden calendarios y fechas, porque ese espíritu tan latino de dejar las cosas para el último momento no nos va nada bien. Empecemos a marcar un poco de músculo.


diumenge, 28 de juny del 2015

Y15W26: Bloqueo

Si este mediodía cruzaba la calle, de esa manera como se cruzan las calles de poco tráfico cuando es sábado: demasiado pendiente de tus cosas para pensar en la posibilidad de que un chalado con prisa no te vea. Pensaba en lo poco que había dado de sí esta semana en cuanto a cosas sobre la que merezca la pena escribir aquí. Hasta he pedido una pequeña ayuda por mi cuenta de Twitter, cosa que no ha servido de nada. La cuestión era que andaba incluso dispuesto a apelar a esa especie de automatismo de que disponemos los que ya escribimos con cierta frecuencia. Empezar por algo nimio e irrelevante, y dejar que las secuencias de relación llevaran a buen puerto algo con un mínimo soporte estructural.
Al final no ha sido necesario. Y no lo ha sido porque me haya dado de bruces con un gran libro o un gran disco que haya obrado milagros. No. En Barcelona, a finales de junio, la única novedad podría ser que el calor húmedo no nos aplaste y no nos aboque a convertirnos en manantiales de sudor si no cedemos a la siesta del mediodía. 
Ya vengo comentando hace tiempo que, aunque no sea un obsesionado por la presencia en las redes sociales, vengo disfrutando enormemente de Twitter. Por encima de Facebook, amable, reposada y tendente a las polémicas de más largo recorrido, Twitter me tiene fascinado por su capacidad de inmediatez. Hablo de minutos. Yo, que vengo de una generación que esperaba casi hasta medianoche para ver el resumen del partido semanal del Barça (y que, bisoño, me preguntaba por el motivo de que este soliera ser el último que emitían). Atentado en Túnez. Cinco minutos, los hechos, Siete, las imágenes. Muerte de un famoso, inmediato. Parece que el médico que certifica el fallecimiento ande con una sesión abierta. Políticos haciéndose selfies juguetonas encerrados en ascensores de edificios institucionales que todavía no se creen estar ocupando merced a un cargo electo. Al Twitter, y a ser vistas en segundos. Antes de que lleguen los técnicos a sacarlos de allí. Todo ello mientras Twitter, a pesar de haberse convertido, de facto, en la primera agencia de noticias del mundo, no consigue ser un negocio. Parece que no se ve una manera clara de conseguir ese éxito y convertir esa utilidad en algo de que se pueda sacar provecho económico.
Para los no iniciados, una pequeña explicación. En Twitter puedes seguir a gente y la gente te puede seguir. Es casi siempre una libre elección. En un Tweet puedes ser mencionado por alguien que te siga o no. Y al revés. No hace falta pedir permiso a nadie, simplemente si a quien menciones le parece interesante lo que has dicho, le afecte o no, difundirá tu mensaje y tú obtendrás unos segundos de gloria relativa. Ello permite dirigirte a cualquiera que tenga una cuenta, en los términos que desees, y asumiendo los riesgos derivados de hacerlo con insultos, mentiras, vejaciones o acusaciones. No hace falta que comente que esos viejos mensajes pueden acarrearte problemas mucho tiempo más tarde. Pero hay un primer castigo que obtendrás si empiezas a acosar a alguien en tus Tweets. El bloqueo. El bloqueo significa que ese usuario dejará de estar visible para ti en tu sesión de Twitter. No se te permitirá ver lo que escribe. El bloqueo suele producirse porque le hayas causado incomodidad de alguna manera, aunque a veces puede que baste con que vean en tu perfil que eres un antagonista o una amenaza potencial.
Como usuario @francescbon ya he sido bloqueado por unos cuantos. No debería decirlo pero me enorgullece la lista que estoy reuniendo con todos los que detecto que me han bloqueado. Porque igual que la colección de discos o libros que uno reúne a lo largo de su existencia, o el  legado imperecedero de las obras, también habría que valorar el rastro de las enemistades que te has generado. Aunque los amantes del bloqueo gusten más del desprecio de la indiferencia. No, muchachos. Bloquear significa que te has sentido ofendido. Bloquear significa que no quieres saber nada, y eso no es un divorcio de mutuo acuerdo. Cómo no va a gustarme a mí ser bloqueado cuando muchas veces mi intención ha sido esa, molestar, incordiar, importunar hasta ese extremo en que, débil el contrario, hastiado el contrario, pudiste con su paciencia y le dio a la teclita. Sublime placer. Me encanta lo que supone: que el tipo en persona, o quien gestiona su cuenta haya visto que represento un incordio, que hayan notado mi presencia o mis comentarios y los hayan considerado molestos, inoportunos, hirientes, osados.

Who's who. O sea. Mis bloqueadores. Relación seguramente incompleta, ya que es imposible obtener de la configuración de Twitter quién te ha bloqueado. Hay que ir accediendo a perfiles para encontrarte la situación.

Gente de derechas:

Debo reconocer que son las joyas de mi corona. No sólo por el logro intrínseco de irritar a mis enemigos favoritos, sino por el evidente prestigio que ello me otorga.
Curiosos casos los de los políticos del teóricamente moderno y teóricamente impoluto partido denominado Ciutadans. Sus dos caras visibles más célebres, Albert Rivera y Jordi Cañas, me tienen bloqueado desde hace bastante. Parece ser que es una costumbre suya, y la verdad es que, con lo fácil que es provocar y lo pesadito que suelo ponerme, no puedo situar exactamente a raíz de qué. Supongo que en algún momento los arredraría para que me negaran lo que, sobre todo tras los resultados del 24-M se ha hecho evidente. Que son derecha recalcitrante, que se disfrazan de alternativa y son PP sin pedigrí ni encarcaramiento visible, y que, sobre todo, intentar pescar en río de aguas revueltas en base al engaño a su electorado.
Sería más esperable ser bloqueado por los políticos del PP, pues a esos les he estado dando caña desde el principio. Pero mi balance ahí es bastante patético: ni Rajoy ni Sánchez Camacho han reaccionado. Sorprendentemente uno de sus últimos fichajes, Andrea Levy, me ha bloqueado en cuestión de días cuando la he interpelado, a raíz de su mención de 12000 muertos como resultado del proceso de independencia de Kosovo, sobre su posicionamiento y sobre cuál era el bando que había infringido víctimas a cuál. Respuesta: te bloqueo. Curioso: joven, mujer, catalana, con proyección, con un perfil donde sostiene ostentosamente un libro de la Matute. No aguanta dos asaltos de preguntas sin tono intimidatorio. 
A esta muestra cabe añadir algunos de los ejemplares cada vez más pintorescos de ultraderechistas (no sé, por eso, si este calificativo excluye al PP o a Ciutadans de ser calificados de ultraderecha) como Pío Moa o Norberto Pico, con quienes el cruce de comentarios ha ido por otros derroteros. Pero es que no puedo con la gente que defiende a esa gran mierda que fue Franco. Tengo trabajo pendiente, hay una tal Sandra España (...) que llena la red de estadísticas falsas comparando la vida bajo el dictador con la actual. Un objetivo como tal otro.
Y a pesar de no haber desayunado durante muchos meses sin enviar un mensaje conteniendo solamente las palabras @ciuduran y "botifler" (veáse mi último post), no conseguí reacción alguna.

Gente teóricamente no tan de derechas.

Contador a cero: ni mis ataques a Pere Navarro, ni a su sucesor, Miquel Iceta, han contado con una réplica. Tampoco los del cada vez más famélico de lo que sea Joan Herrera.

Miscelánea

Puede ser que éste haya sido el detonador de este post (irregular, ininspirado, que se está empezando a alargar hasta tener ya que agradecer a quien haya llegado a estas líneas): Jordi Basté y Jofre Llombart. Los dos periodistas, los dos de RAC1, uno jefe del otro, los dos, teóricamente, o es lo que exponen (aunque tratándose de medios del grupo Godó, siempre hay que preguntarse si sostener esas posturas no es una actitud mercantilista más), partidarios del proceso de independencia. Y por qué me han bloqueado? En el caso de Basté, supongo que se hartó de que me quejara de su costumbre de hablar y especular sobre lo que no sabe, simplemente porque no se sabe estar calladito. Especulo con que se hartó de que le recriminara que no sabe pronunciar correctamente esta palabra: Liechtenstein. Incluso no teniendo idea de pronunciación en alemán, a poco que uno haya conocido pronunciaciones de otras palabras en ese idioma uno ve claras las sílabas Lij-tens-tain. Bien: el tipo no deja de decirlo mal: le mete letras que no están, se pasa la construcción silábica por el forro y dice Lien-chen-stein. La primera "n" se la inventa y la "t" la envía a tomar viento. Lo hace siempre. Le hace parecer, aún más, un puto paleto. Si quiere parecerlo, me da igual. Pero le recriminé varias veces su escaso empeño en mejorar siendo la cara visible de un programa de gran audiencia. Resultado: bloqueo.
Falta saber si Jofre Llombart me bloqueó motu proprio o su jefe le pidió que lo hiciera. A este le recriminé sus comentarios insulsos, su inexistente criterio musical (al menos Basté tiene un criterio, casi siempre atroz, pero criterio) y su nulo carisma, su absoluta incapacidad para llevar las riendas cuando se le brinda. Jofre Llombart es el típico segundo de a bordo que no ha comprendido que esa es su función. Que por mucho que le digan ponte al frente lo harás bien debería negarse, que está mejor escribiendo o haciendo cualquier cosa donde la edición y las correcciones de estilo insuflen algo de ánimo a su desangelada manera de primeras. Mirad esa foto: los pulgares arriba solo pueden admitirse en deportistas sosos, en tipos que no saben qué hacer con sus manos, cuando les dices anda chato, ponte a mi lado a hacerte una foto. Lo bien que les va el palo de las selfies para emplear una mano. Cojones. Me ha bloqueado porque le he dicho lo que es: un tipo con ninguna gracia. Y es un periodista de cierto renombre con cuyas opiniones pueda que coincida a menudo. Cómo es la gente, joder. Qué mal perder, hostia.

diumenge, 21 de juny del 2015

Y15W25: Botifler

El largo formato: dos escritos que puede que superen los dos millares de palabras andan atragantados por diferentes motivos. 
El primero iba a ser un post sobre la situación de la música como expresión artística, o cultural. Pero avanzó y le perdí el control. Pensé en estructurarlo y ordenarlo y emplearlo, incluso, con una finalidad casi académica. De hecho, ando en lo de otorgarle un título algo solemne, pero cada día descarto alguno de los que me planteo (uno en concreto "Causa o consecuencia" ha sido descartado en cuestión de décimas de segundo mientras subía en ascensor hacia casa apenas hace unos minutos). Pero digamos que en este escrito solamente me juego una eventual recriminación de obviar algún factor importante o juzgar las situaciones solo en función de la percepción a que me inducen mis gustos particulares.
Es en el segundo donde me la juego. Porque es el texto que debo aportar al proyecto conjunto que anda en manos de unos cuantos. Ese está embarrancado entre rocas, y cada día la marea amenaza con no dejar rastro de él. Es un relato fronterizo en el que habrá poesía y hay ahora mismo especies depredadores propias de las grandes llanuras del África continental. Si el de la música anda a la deriva porque necesita un par de puertos en los que abastecerse, en este mi terror ante mi previsible fracaso en la ficción no me deja otra opción que dejarme llevar por la corriente y rezar por que lo que haya al final sea un estanque y no unas cataratas.

Pero mientras, las cosas suceden en mi entorno inmediato.

Políticos, hace unos años. No muchos.

David Fernández: no es la primera vez que aparece aquí. Es, a pesar de que su partido es el sexto o séptimo en representación, el político más respetado por su valentía y coherencia. Aparece enfrentado a un policía anti-disturbios en uno cualquiera de los actos de protesta o reivindicación donde ha acudido a título personal o en representación de las CUP (Candidatures d'Unitat Popular), partido de izquierdas, independentista. Suele ataviarse, aunque acuda al Parlament, con camisetas con proclamas reivindicativas. Su gusto por los bolsos en bandolera, donde se supone que acarreará algún libro (pues ha citado a escritores en algunas de sus intervenciones), su peinado y cierta propensión al sobrepeso hacen que me recuerde algo a Hernán Casciari.

Antoni Duran. Ostentoso líder de UDC (Unió Democràtica de Catalunya), formación democristiana (sí, aún existe eso) que acaba de formalizar la división de la coalición gobernante en Catalunya durante una buena parte de los últimos 40 años. Dice que esta fotografía fue un error de uno de sus asesores de imagen (no creo, por eso, que Fernández tenga asesor de imagen), pero lo dice ahora. La imagen está tomada en su habitación del Hotel Palace, establecimiento madrileño de cinco estrellas donde el senyoret se hospeda en sus frecuentes visitas a la capital del reino. 
Duran es famoso por su remilgada elegancia que le lleva a combinar el color de sus gafas con el de sus corbatas, que le llevó a aconsejar sobre atuendos a Jordi Pujol. Otros aspectos no tan banales aderezan su currículum. Dicen, frecuenta compañías de alterne. Lo que es seguro es que, como político, es un superviviente nato que sobrevive a todo el alud de críticas que recibe su persona. En más de una ocasión ha contrarrestado esas críticas, que son cada vez más feroces porque cada vez son más ciertas y justificadas, preguntando que de qué viviría si dejara la política. Y eso que es abogado y que no hay poca gente que le deba favores. Pero a Duran hace mucho tiempo que se le tiene tomada la medida. Duran es el tipo que va a Madrid y, para ganarse la complicidad, deja que le llamen Don Antonio y explica que los catalanes somos raritos, que muchos no hemos corrido tanto mundo como él, pero que no nos hagan caso, que perro ladrador poco mordedor y que ya se nos pasará el calentón. El amigo madrileño de turno (normalmente líder de segunda fila del PP con el cual comparte planta de hotel cuando toca que todos vayan juntitos a las reuniones del grupo popular europeo) se queda la mar de satisfecho pensando ay si todos los catalanes fueran comedidos razonables y educados como el señor este tan moderado, qué porte, qué labia el hombre. Cuando vuelve a Barcelona explica justamente lo contrario: que los está convenciendo a pesar de la cerrazón mental de los madrileños, que la cosa está en el bote pero hay que tener paciencia, que un día le hablaron de un ministerio, que unos cuantos viajecitos más a cuerpo de rey y ya empieza a quebrarles un poquito la opinión en algún aspecto secundario, pero que por algo se empieza.
Duran lleva unos cuantos años teniendo varias novias para follárselas a todas.
El problema es que estas situaciones siempre se sustentan en mentir a destajo. Y la gente ya no lee un solo periódico y se conforma con la información que se le suministra. Informarse suele acarrear esas cosas: la presencia de Duran en una formación política que está definiendo sus movimientos en términos de logro de la independencia de Catalunya no solo era contradictoria. Era grotesca, improcedente, paradójica, una pretendida  y trasnochada demostración de pluralidad solo comparable a que a un partido comunista se le diera acogida a partidarios del franquismo. Duran ha saltado o a Duran lo han echado o Duran ha tenido un súbito y prepotente acceso de coherencia y pretende convencer a alguien de que su partido (que ha marcado paquetorro: menos de tres mil -3.000- militantes han votado en una surrealista consulta interna donde para decir que no había que poner que sí, y viceversa) va a obtener un triunfo al presentarse solo: el triunfo de la moderación, el diálogo, la corbata a juego y la sobremesa con copa, café y puro. Algo que, espero, nuestra sociedad está superando o relegando a ocasiones especiales. Algo a lo que vamos a dar la espalda, 
Duran aludía a esa vida de lujo y despilfarro como servidor público en función de las necesidades de representación de una institución. Como olvidando que hoy los políticos están, por fin, y no en todos los casos, en el ojo del huracán de la opinión pública, y que, por fin, y no en todos los casos, sus comportamientos presentes y pasados se analizan y acarrean consecuencias. Pues no: esa foto del Palace representa a Duran, lo representa como un acto único que define a las personas, y espero que sea su epitafio. Con todo mi desprecio y mi máxima desconsideración. Que et bombin, Antoniu.

dissabte, 13 de juny del 2015

Y15W24: Anagrama


Hay que andarse con mucho cuidado. El mundo está lleno de gente que intentará colocarte cualquier mierda para quedarse a cambio con tu dinero. Comida infecta, ropa mal cosida, sillas incómodas, auriculares que tardan horas en estropearse. Y claro, libros que defraudan las expectativas que depositamos en ellos. Ah. Pero a diferencia de eso tan objetivamente mesurable que es la calidad de los materiales, resulta que con ciertas cosas está esa frase tan horrible de los gustos y los colores. 

No me hagáis escribirla.

Por supuesto que hay que aplicarla a los libros, pero no todo vale. He leído y he visto y he oído lo suficiente para alardear de mis gustos. Para qué monto un blog si no. Igual que uno comprende que, conforme se alejan de sus cúspides creativas, ciertos grupos dejan de aportar canciones memorables, y ello queda patente en cómo quedan relegados sus últimos trabajos en conciertos conmemorativos y recopilatorios navideños. Igual que eso, uno (que no queden dudas, yo) percibe cosas, identifica corrientes de fondo, desarrolla poderosos mecanismos intuitivos que rara vez fallan. La última manifestación de esta cualidad tiene que ver con la editorial Anagrama. Ya sabréis que uno de esos gigantes editoriales, Feltrinelli, acabará haciéndose cargo de Anagrama. Y que Jorge Herralde se retirará, ya lo está haciendo progresivamente. Bien: lo que debía ser un relevo discreto lo está siendo.
 
Jorge, ¿qué hacías fumando
rodeado de tanto material inflamable?
Pero los fieles lo estamos notando: como decimos en Catalunya, con cada colada perdemos una sábana. Y aquí se nota en una serie de detalles sutiles por separado pero notables en su conjunto. Cuestión aparte de una especie de re-styling estético, de una incorporación más rápida de ciertas obras a la serie de bolsillo, o de la loable apuesta por la recuperación de algunos de sus más firmes superventas.
He leído, en el último mes y medio, cuatro de las apuestas más firmes de la editorial. Sobre Houellebecq no voy a añadir nada, el entusiasmo que me produce es el máximo responsable de que mis escritos sobre él sean atropellados y confusos carruseles de elogios, donde no solamente pierdo el sentido de la equidad sino que siembro dudas sobre mi cacareada vertiente sarcástica. El problema, claro, porque Houellebecq era una apuesta muy obvia y un viejo valor de Anagrama (para colmo, su única aventura en Alfaguara acabó siendo, de largo, su peor novela), viene de las otras tres.

Reparar a los vivos, de Maylis de Kerangal. Novela sobre la cuestión de la donación de órganos, novela decente aunque lastrada, en su secuencia, por la obsesión de la autora en revestir de tono lírico lo que hubiera sido una historia simple y directa, pero funcional. Sin que falte algún buen momento, publicarla parece propio de editoriales más comerciales, más dadas al cautiverio de los certámenes y las listas de ventas de países con mejor tradición lectora que la de aquí. Comentado, vía Twitter, con Selene, parecemos compartir esa opinión tibia que es producto de la combinación de frío y calor. Si las descripciones detalladas, barrocas, atropelladas de detalles, vinieran al caso. Una novela que está pidiendo a gritos que alguien con un criterio narrativo medianamente sensato la vuelva del revés, pero una novela que no tendría ningún sentido en el aguerrido catálogo de hace cinco años: porque es tan funcional que no puede odiarse ni amarse.

La cosa va a ir a peor. Aviso. Porque los dos libros siguientes pasan por ser las joyas de la corona del catálogo actual. De Anagrama. Recuerdo.

David Trueba: file under H for Hipster
Blitz, de David Trueba. He sido hasta fruto de acusaciones de bisoñez e inexperiencia vital. Se ha especulado que el mismo David Trueba haya dejado un comentario de autodefensa. A mí no me importa que los hermanos de las primeras figuras de ciertas disciplinas de las artes vayan probando suerte, como hace este hombre, repetidamente, con la literatura. Sí empiezo a temer que todo ello convierta la cultura en una especie de mundillo de sagas donde, a base de la pose ventajista de hacer acopio de conocimientos por el mero hecho de pertenecer a una élite que puede permitirse acceder a ellos, todo se convierta en mira este libro que ha escrito mi hermano o el chaval ha montado una banda con unos del instituto o la niña nos ha salido pintora. Influencia la habrá, quizás filtración u ósmosis, pero dudo que esto del talento funcione por genes. Lo que explica Trueba, una mera historia de amor donde, tabú, es la mujer mayor quien se empareja con el hombre joven, lo adereza con la dosis justa de solvencia propia de quien ha leído y lo dosifica con una progresión de nulo suspense o tensión narrativa. Vamos: en un mundo donde la comida se llama propuesta gastronómica y la cama es un equipo de descanso, elevar una redacción de segundo bachillerato a Gran Apuesta de una editorial de referencia es solamente una constatación más de la gran verdad que expongo en mis primeras frases.

Pero aún queda más.

También esto pasará, de Milena Busquets. Si la de Trueba es ya una exageración, la campaña orquestada con esta novela merece una muy profunda reflexión. No vais a encontrarla aquí. Profundo, yo, faltaría. Milena Busquets es una señoritinga de clase alta que ha crecido rodeada de referentes y de exquisitas compañías. Estoy seguro de que no ha pisado las calles de la Zona Franca que están cerca de la oficina del INEM, o calles de la Trinitat Vella. Su novela es una superficial reflexión sobre la reacción a la muerte de su madre. Inveterada por puntuales relaciones con el género masculino. Pero aquí no hay descripciones de actos sexuales como en los libros de Houellebecq. Dice follar, aunque para tamaño atrevimiento ha decidido rebautizarse como Blanca, y tender una fina lámina de incerteza sobre algunos de sus actos. No sea que, en unas décadas, las amigas le recriminen en el club de bridge su gran osadía. Como Trueba, Busquets no escribe mal porque con su background nada más faltaría que escribiera mal. La trama central se desarrolla en Cadaqués, preciosa población costera donde, jo, casualidad, Busquets acude en una especie de experiencia catártica (nada grave, oigan, ni reinvención, ni experiencia iniciática, pero, por dios, si esta gente se hace acompañar al cine por la canguro para que los nenes molesten a otros) que, por lo menos a mí, no ha logrado interesarme lo más mínimo. Donde otros libros de tono elegíaco (Llop, Giralt Torrente) logran transpirar algo, lo que hace Busquets suena más a experimento de reorientación profesional (fue editora) o incluso a mero intento de tímido y pudoroso exhibicionismo que no cuaja. Eso sí, con las adecuadas amistades y contactos, esta tontería acabará traduciéndose a un montón de idiomas.

La cuestión es que, hace unos años, Anagrama podía publicar libros excelentes y libros horripilantes, pero la indiferencia y la tibieza no eran sensaciones que produjeran. Desde luego, comparar alguno de estos dos libros con obras de Bolaño o Kapuscinski me provoca un arranque de tos pertinaz.

Así está el mundo.

¿Dije "así está el mundo"?

Me despierto entre repercusiones de la mejor noticia que un medio catalán cree posible encontrar para un sábado. Que la hermana de un rey de un supuesto estado moderno europeo le escriba, a mano, tratándole de usted y de su majestad. Para decirle no sé qué de renunciar a un título nobiliario (¿eso qué representa?¿dinero?¿prestigio?¿privilegios?). Que le quiten el título por su poco claro comportamiento. Que diga que no, que yo pri. Que la carta de cuatro folios se publique. En qué cojones de manos estamos.

dimarts, 9 de juny del 2015

Y15W23: Pitos

La reciente infrecuencia en mis publicaciones queda explicada con creces en el siguiente párrafo de David Foster Wallace. Quién, si no.


"Has descubierto que disfrutas mucho del hecho de que a la gente le guste tu escritura, y también descubres que tienes muchas ganas de que a la gente le gusten las cosas nuevas que escribes. La motivación de la pura diversión personal empieza a ser suplantada por la motivación de gustar, de que haya gente guapa a la que no conoces que te aprecie y te admire y te considere buen escritor. El onanismo da paso al intento de seducción, como motivación. Ahora bien, el intento de seducción resulta muy trabajoso, y su diversión se ve compensada por un miedo terrible al rechazo. Sea lo que sea el "ego", tu ego acaba de entrar en juego. O tal vez "vanidad" sea una palabra mejor. Porque te das cuenta de que gran parte de tu escritura se ha convertido en puro exhibicionismo, en intentar que la gente te considere bueno. Y es comprensible. Ahora estás poniendo mucho de ti mismo en juego, cuando escribes; y también está en juego tu vanidad. Descubres algo peliagudo que tiene la escritura de narrativa: que para ser capaz de escribirla es necesaria cierta cantidad de vanidad, pero que cualquier cantidad de vanidad por encima de la estrictamente necesaria resulta letal. Llegado este punto, más del noventa por ciento de las cosas que estás escribiendo ya están motivadas e informadas por una necesidad abrumadora de gustar. Y esto genera una narrativa de mierda. Y la obra de mierda debe acabar en la papelera, no tanto por una cuestión de integridad artística como por el simple hecho de que la obra de mierda va a hacer que no gustes. Llegado este punto de la diversión del escritor, la misma cosa que siempre te ha motivado para escribir ahora te está motivando también para tirar lo que escribes a la papelera."


Considerando, como considero, que muchas de mis últimas entradas han sido ejemplos de este, digámosle, síndrome, decido no marcarme una frecuencia que me lleve a un viernes relajado, un sábado presuroso y un domingo histérico. O sea, cualquier momento de la semana debería ser bueno y cualquier tema puede constituirse en pretexto. Ni forzar ni evitar, si los temas se amontonan, que estos fluyan, por el avaricioso y mercantilista procedimiento de dosificar o reservar material.

Mascherano ondea una estelada. Soy de los que se enfada con cierta insistencia de la prensa en alabar el discurso de Mascherano. Parece que tengamos que dar por hecho que ningún futbolista sea capaz de expresarse con corrección y que esa apreciación coarte la naturalidad del tipo. Mascherano, presumiblemente bajo los efectos desinhibidores del alcohol, ondea una bandera independentista catalana mientras está en el autobús que, entre la multitud, recorre Barcelona. Curioso: algunos futbolistas catalanes han tenido miedo de la reacción pública y no lo han hecho. Las críticas a Iniesta y a Pedro por expresarse en catalán son ácidas, crueles, acusándolos de querer ponerse en el bolsillo a la gente por el hecho de aprender el idioma del país que los acoge y les paga emolumentos estratosféricos. El odio español siempre encuentra vía de salida y siempre encuentra cajas de resonancia y ese odio suele ser inversamente proporcional al éxito porque, ya sabemos, lo de la envidia. Sobre la evolución deportiva no voy a hacer más hincapié: después de una época coronada por los triunfos y una breve temporada de desorientación, parece otra vez que va a haber cuerda para rato.

Hace unos días que me fijo en un detalle que leí, creo, en Twitter. Que es cómo Rajoy está tiñendo su cabellera justo por encima de la patilla de sus gafas, de modo que por encima el pelo es negro, y por debajo, la barba muestra una apariencia encanecida. La imagen de Rajoy que, como todo político que ostenta cierto poder, está controlada por un ejército de asesores, busca esa mezcla de poderío juvenil combinado con la experiencia que aportan las canas, pero su aspecto es cada vez más cansado y apático. No es que sufra por el país que gobierna ni por el calvario que su torpeza está haciendo atravesar a millones de personas. Sufre porque ve que su continuidad al mando del país, y la de la pandilla de corruptos a los que ampara, está en serias dudas, y que el tiempo para robar se agota, que el tiempo para beneficiar a empresarios afines se acaba, la posibilidad de extender su trama mafiosa para seguir obteniendo dinero de las arcas públicas empieza a mostrar una fecha de caducidad y, como ladrón avaricioso que es, querría que esto no acabara jamás.


Jamie XX es uno de los componentes de The XX. Creo que he hablado alguna vez de él. Es un tipo joven y tímido que posa fatal. Siempre mira hacia abajo como avergonzado del acné, o quizás echando de menos los platos o los teclados que son su hogar, que son el sitio en el que se siente cómodo.
Por muchos motivos, Jamie XX es el niño mimado de la crítica musical. Porque es justo el personaje que parece: un adorador contumaz de todo tipo de músicas que fagocita influencias, las digiere y las regurgita al mundo en forma de exquisitos productos electrónicos que están muy por delante de lo que hace la gran mayoría. Apenas he oído media docena de veces unas cuantas canciones de In colour, su primer disco en solitario, pero ya me he visto escribiendo sobre él en pocas semanas para insistir en su profundidad y en su importancia. Tan inmediato ha sido el impacto, y tan necesitado estaba yo de, por fín, poder insistir en algo nuevo y fresco. Oid al tipo: prescindid de eso que puede parecer una especie de jugueteo absurdo con el sampler, y fijad los tímpanos en esa trascendencia de los teclados, mientras vemos Marte, como va a ser, porque este tipo lo sabe. Conoce el futuro de la música, no va a conocer el de la humanidad.


Lecturas: resumámoslo en un preview para un próximo post. Las nubes se ciernen sobre Anagrama.



dijous, 28 de maig del 2015

Y15W22: Alcaldes

Pienso en todos los políticos que he visto en persona. Pienso en Jordi Pujol probándose trajes en la sección de sastrería mientras yo compraba ropa para mi hija. O en Ernest Maragall, charlando con su hermano Pasqual, en castellano, al lado de la suite en la misma planta de neonatología donde Gerard había nacido. 
Recuerdo, fugazmente, como ayer por la mañana le dije a mi hija que era muy temprano para responder la duda que me planteaba: si pensaba si existía el centro político real.
Vuelvo con los políticos. Veo a Montilla saliendo del Clínic, seguramente saliendo entre discreta escolta de visitar institucionalmente algún enfermo célebre, de esos que optan por el higiénico hábito del uso de la sanidad publica.
Pero los que más recuerdo haber visto han sido alcaldes de Barcelona. Clos, y su penacho blanco, y Hereu, con su ridículo pelo rizado y su incontrolada voz. Parece cómodo ser alcalde: a base de moverte con escolta y hacerlo, sobre todo, por los barrios propios (que suelen ser medios-altos y suelen ser privilegiados en algunas de tus decisiones), rara vez uno se lleva una experiencia desagradable. La gente te saluda, te agradece el oportuno centro cívico inaugurado, lo nutrido de la biblioteca, la elegancia de las instalaciones recién estrenadas. Tú, como mucho, les sueltas una sonrisa ensayada, les tocas la cabeza a los hijos o a los nietos, mientras miras de reojo a los escoltas y procuras evitar que la conversación tome derroteros comprometedores.
El problema es que, a raíz de la consabida crisis, la progresiva mejora que acusaron algunas zonas de Barcelona quedó cercenada. Y muchos barrios se quedaron como estaban. Barcelona es una ciudad enormemente desigual, donde los contrastes entre zonas como Pedralbes y la Trinitat Vella son brutales y desafían toda lógica. Podremos atribuirlo a la elevada diferencia de rentas o al perfil del habitante de cada barrio, pero resulta indignante contemplar diferencias tan acusadas. Simplemente, no parecen formar parte de la misma ciudad. 
Zonas como Trinitat Vella o Bon Pastor son aquellas cuyos votos mayoritarios han conseguido hacer de Ada Colau la candidata más votada para la alcaldía. Zonas castigadas por duras condiciones; empleo precario o desempleo, gran número de desahucios. Lo sencillo, cuando he buscado una foto de Colau, que hubiera sido ilustrar este post con una de sus camisetas verdes con el logo STOP Desahucios. Así es como Ada Colau accedió a la fama y así es como fraguó su imagen pública. Al lado de los peor afortunados, al lado de la gente que sufre, al lado del desfavorecido con cara y ojos que es oprimido por un poder sin cara que se escuda tras cuerpos de seguridad y sentencias judiciales. Sigo siendo algo reacio a considerar acertado que haya saltado a la política. Protegida por lo admirable de sus planteamientos, esa Colau imperfecta, cuando no directamente abrumada por el enorme poder al que hacía frente, era la heroína perfecta a la que solo podía reprocharse una cierta vocación de notoriedad. Simplificar esa imagen y hacerla descender a un nivel robinhoodiano parecía ser la baza ganadora de los políticos profesionales. Pero estos no contaron con su elevado poder de movilización. Ahora, tan sorprendida como segura de lo sólido de sus propósitos, Colau se dispone a ser la primera alcaldesa de Barcelona, ciudad que se autodecreta como modelo planetario por esa mezcla de atractivo turístico, bagaje histórico y voluntad innovadora, que encabeza la corriente que ha de crear un nuevo estado en esta Europa que es cada día más houellebecquiana.
He leído a Pérez Andújar, gris cronista de paseos por el extrarradio, a Ortiz, brillante generador de crónicas de barrios aniquilados por la dispersión física, y cualquier día venzo el miedo a las mil páginas de un Casavella que cerraría una trilogía de la Barcelona (Amat díxit) no-pija.
Yo no he votado a Colau: he preferido la coherencia minoritaria de las CUP. Pero me gusta que Colau reciba todas esas halagadoras diatribas tildándola de okupa, anti-sistema, comunista, extremista. radical, revolucionaria y todas esas cosas. Estoy casi seguro de que, de ser investida, no va a presentarse en stilettos y traje chaqueta. Seguro que llevará un peinado discutible y muchos la acusarán de no estar a la altura. Todos a los que irrita e irritará son gente a la que me gustaría irritar yo también. Ya se ha apresurado a poner en duda la aportación a la F1, cuestión que ha provocado comentarios con planteamientos numéricos y económicos dignos de la mayor ignorancia. Solo ha hecho que empezar, ni siquiera puede asegurar que vaya a ocupar el cargo y ya ha incomodado a unos cuantos. No puede ser más excitante.

Los buenos: sirva este comentario como contestación a mensajes y mails cruzados. Propongo 1 de septiembre como fecha límite de aportación de lo que sea. Lo que sea, repito. Y que, entonces, el pujante talento maquetador de Álex Azkona y mi indudable ojo para el tracklisting haga, previas consultas voluntariosamente democráticas, el resto. 

dissabte, 16 de maig del 2015

Y15W20: Muerte

Curioso: estábamos muy acostumbrados al relativo anonimato de los condenados a muerte. Solían ser individuos de conducta objetivamente reprobable: asesinos dotados de especial crueldad, tipos de aspecto patibularia cuya mirada en la foto policial parecía revelarnos de forma inequívoca sus intenciones. Estábamos muy acostumbrados, también, a que ciertos hitos criminales se combinaran con el suicidio de quienes los perpetraban. Así que muchos crímenes han quedado, en lo concerniente a sus autores materiales, como carpetas cerradas. Pero en las últimas horas hemos sabido de sendas sentencias a  muerte cuyos, digamos, protagonistas, han traspasado la barrera del anonimato: Dzhokhar Tsarnaev, autor, junto a su hermano ya fallecido, del atentado de Boston (el de la competición de atletismo de Boston) y Mohamed Mursi, fugaz presidente del Egipto famoso de la primavera, condenado con un extraño pretexto que suena a excusa. En ambos casos, relacionados, hasta cierto punto, con la radicalización del islamismo, en ambos casos, sentencias que, nos tememos, traerán cola. En el caso de Mursi, sentencia que ha de superar el beneplácito de un muftí, actividad suprema religiosa, cuya opinión no es vinculante. Pero que va a pronunciarse. Con mi lectura de Houellebecq aún reciente. Con ese exasperantemente ininspirado post que complementó a mi reseña. Oh, ¿Es que ya no soy capaz de exponer las vísceras en un escrito? ¿No soy capaz de soltar con todo el descaro que me fascina lo que Houellebecq escribe porque me encanta cómo Houellebecq es? 
Al margen de mis frecuentes pataletas, que la posible ejecución de estos dos personajes vaya a ser fruto de discusión y de polémica acaba produciéndome cierta excitación. Sociedades dispares como la estadounidense y la egipcia toman decisiones radicales y ambas acarrean la desaparición física, la creación de un mártir que decorará camisetas en unas semanas, y me quedo corto. Y además nos enteramos que Osama Bin Laden fue delatado a cambio de 25 millones de dólares, que no hubo heroica operación de espionaje  y neutralización de un terrible enemigo sino transacción financiera y captura de un líder débil y superado por el descontrolado dinamismo de sus seguidores. 


Lecturas: varias que no acaban de tener el arranque arrasador que suele provocar que dé cuenta de ellas en unos pocos días. La hondonada, de Jhumpa Lahiri, historia de dos hermanos hindúes que se prolonga en el tiempo, prosa solvente pero aún lejos de esa sensación de necesidad de saber qué pasa a continuación. Y Reparar a los vivos, de Maylis de Kerangal, historia que mezcla surf y trasplantes de órganos, puro azar que lo tomara del estante de novedades de la biblioteca, en una especie de intento de demostrarme a mí mismo tanto mi capacidad de improvisación como mis escasas opciones de superar cierta manía que me ha dado con Caldwell. Echo de menos a sus personajes grotescos, estúpidos y desarraigados, quiero otro Ty Ty u otro Spence cuya conducta comprender y reprobar a la vez.

Los buenos: mi aportación se está perfilando más en mi cabeza que en el papel, y Álex Azkona ha asumido el ingrato papel de coordinar todo este asunto que yo desearía descoordinado, de insistir a la gente y recordarles quiénes somos y de dónde venimos, cosa que, especulo, hará especialmente dura la cuestión de llegar a un acuerdo sobre el reparto de los beneficios, que va a haberlos.




dilluns, 11 de maig del 2015

Y15W19: Seis


Sabéis, no es tan sencillo. Encontrar algún vínculo con el que hilvanar unas cuantas frases, si uno se propone, como he hecho esta vez, evitar esos vertiginosos cambios de párrafo que son casi cambios de escenario mental.
La semana discurrió lenta en lo concerniente a lecturas. Normal cuando se trata de la primera semana del mes y los compromisos profesionales acucian y monopolizan tiempo y esfuerzo intelectual. Aún así, conseguí dar cuenta de un muy interesante tomo de narrativa corta de Varlam Shalámov, llamado Relatos de Kolimá. Bueno, en realidad, el título iba acompañado de un parco Volumen I, que venía a confirmar la existencia de volúmenes posteriores, en este caso cinco, cuya lectura puede que acometa, con paciencia, con mesura, algún día. Porque el Kolímá del titulo es, para entendernos, Siberia. Los campos de confinamiento y trabajos forzados organizados por el régimen soviético, a los que fueron conducidos enormes contingentes de prisioneros por los más variados motivos, desde presos comunes hasta disidentes, pasando por profesionales de diversas disciplinas relacionadas con industria o artes. Lectura casi agotadora, pues su legibilidad (raro es el relato que ocupa más de quince páginas) no impide que  los relatos tengan una tonalidad aglutinadora, la desesperanza y la resignación ante la mala fortuna, pues la aniquilación fisica (de la que se encarga el frío, el hambre, los piojos, las enfermedades) viene escrupulosamente precedida por la aniquilación psicológica. Los personajes descritos por Shalámov (que vivió en diversas fases de su existencia esos internamientos) acaban renunciando a esa capa aplicada por la civilización para entregarse al humillante hábito de la supervivencia por encima de todo. Lo primero que se congela en Kolimá es la ética. 
Qué enorme respeto sentimos por esos autores que escriben desde la dura experiencia personal, y qué enorme respeto añadimos si esta escritura muta en incontinencia, en prosa torrencial, en derroche descontrolado de palabras y palabras e ideas que mezclan aspectos subjetivos y objetivos. Somos, algunos, fanáticos entregados de antemano a cualquier escritor de pose atormentada, de cara surcada por eso tan socorrido de las arrugas de expresión, más cuando sepamos que esa pose es auténtica, más cuando sepamos de que sólo han tenido que añadir un poquito de recurso narrativo al servicio de las verdades como puños. No sé si algún día leeré esos miles de páginas de Proust, y no sé si me entregaré a tumba abierta a devorar obras completas de algún clasico del siglo XIX. Knausgard, noruego de pose escandinava, va publicando, traducido al castellano por Anagrama, piezas (van tres) de su hexalogía titulada (genial provocación) Mi lucha. Reconozco haber dejado para momentos menos luminosos la lectura de la segunda mitad de su primera entrega, La muerte del padre. Lecturas de esas que no se abandonan sino que se dejan para situaciones más adecuadas. Inviernos crudos, noches de insomnio, estancias en hoteles solitarios frente al Atlántico. Las doscientas páginas iniciales me fascinaron, pero dejad que recurra al tópico del momento para cada cosa.
Leer a Shalámov, regresando al primer párrafo, ha empezado a convencerme de las excesivas similitudes entre los aparatos represores, por diferentes que sean los planteamientos de sus puntos de partida, y de la enorme contradicción de la puesta en práctica de los postulados del comunismo. Me perdonaréis, pero asisto a un proceso espantoso de nueva polarización, donde parece que se esté migrando de un bipartidismo a otro bipartidismo, donde una fuerza emergente como, parecía, iba a ser Podemos, empieza a introducir matices entre sus planteamientos más osados la serpiente venenosa de la socialdemocracia, a la par que entra en un proceso de depuración (récord absoluto: proceso iniciado sin que haya mediado ninguna concurrencia a proceso electoral significativo) para desprenderse de sectores más radicalizados (justo lo que se esperaba de un partido así; radicalización) y empezar a usar esa táctica tan abyecta que viene a denominarse ampliación del espectro electoral.
Mientras, Varoufakis, el teórico ariete de la aguerrida política económica de Syriza, admite, con media sonrisa, que fue su mujer la señorita griega que mencionaba Jarvis Cocker en Common people, uno de los hitos de Pulp, y, cosa curiosa, versión, la del tema, que me parece la mejor (casi la única) aportación de los Manel a la historia de la música, pequeño hito de este blog, también, justo de esos nostálgicos momentos en que discutíamos de mandolinas y ukeleles, era pre-Orsai, que la hubo, de cuyo público, hoy, considero injusto no mencionar más a menudo.

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