Justo en ese momento, decidió dejarse crecer el pelo.
No hay que estar quieto. No s'ha de estar quiet. Ez da geldirik egon behar. Don't stand still.
divendres, 31 de maig del 2013
dimecres, 29 de maig del 2013
LA SOMBRA DE MICHAEL SCOTT
Sólo recuerdo haber visto terminar Entourage. Así, casi online. Las otras series de largo recorrido que he visto en su integridad siempre las he visto tiempo después de su final. Pero con The Office no aguanté. Ayer vi su último capítulo, más de 200 han quedado atrás después de nueve temporadas y he de decir que los últimos capítulos me han parecido excepcionalmente brillantes. Así como la octava temporada estaba bajo el terrorífico orfanato de la ausencia de Steve Carell, a la que los guionistas supieron que la serie se cancelaba y se despojaron de la presión de intentar sustituir su figura, la novena temporada se convirtió en una especie de traca final donde había que vaciar hasta el último de los gags por mucho que se estuviera al borde de lo bizarro. Daba igual: la suerte estaba echada y también la seguridad de que muchos fans acudirían en masa a presenciar su colofón.
Lo vi, con cierta expectativa emocional. Pensé que si apelaban a cierto toque nostálgico hasta se me escaparía una lagrimilla. Vamos. Mucho antes de decidirme a investigar otras series, ya estaba enganchado a The Office. Porque he trabajado muchos años en oficinas y he convivido con muchos personajes que veo reflejados en el estereotipo. Porque he tenido muchos años delante de mi a una gorda inútil con la vida solucionada que trabajaba porque de lo contrario debía cuidar de su casa. Trabajar por vagancia. Curioso. Porque he experimentado la mala sensación de quienes se acercan a ti para aprovecharse de tu influencia o de tus conocimientos. Y he vivido fusiones, absorciones, operaciones acordeón y directivos sin más flujo profesional que el de la bilis que les insuflaba su ansia de poder. Ver eso en una pantalla durante nueve años me ha endurecido, o me ha hecho tomar perspectiva, o me ha aportado una pátina de daigualismo. The Office, que ya es, desde ayer, pasado en mi vida, me ha hecho mejor. Ver a Jim, especie de reducto del sentido común, enunciar esas últimas frases que se podrían interpretar como un ensalzamiento del capitalismo pero que también lo son de la adaptación al entorno como método de supervivencia me hubiera hecho aplaudir, pero eran deshoras. Y ver a Carell aparecer en el último episodio, comedido y canoso, ha sido un regalo de despedida, una especie de agridulce constatación de que las cosas van quedando, demasiadas veces ya, atrás.
dimarts, 28 de maig del 2013
MR # 1
- Entonces, ¿tú eres mi hijo o la que está casada contigo es la que es mi hija?
Se giró: la enfermera le miró a los ojos. El vaso de agua salpicó un par de gotas sobre la bandeja.
Se giró: la enfermera le miró a los ojos. El vaso de agua salpicó un par de gotas sobre la bandeja.
dissabte, 25 de maig del 2013
VOX POPULI
VOX fue una revista de música de efímera presencia, promovida como publicación mensual "seria" de calidad por el equipo del NME, allá por los mediados de los 90. De apariencia lujosa y buena calidad de papel, duró unos dos o tres años y representó una especie de alternativa a la conservadora Qmagazine, que en aquel momento se negaba a escorarse hacia la música de vanguardia y seguía encerrada en el reducto pop-rock de influencia casi exclusivamente anglosajona. VOX imprimió un estilo más ecléctico, dentro de una tendencia de reconocimiento de los grandes iconos (en términos de ventas), VOX intentó combinar la presencia de los artistas de masas con aire alternativo (REM, The Cure...) con un mayor grado de atención a nuevas tendencias. Una idea magnífica pero que no acabó de cuajar: la polarización reinaba y la gente no quería revistas que hablasen de una manera tan genérica, existiendo la posibilidad de optar por las publicaciones especializadas, Vox se situó en ese inhóspito terreno del aprendizdetodomaestrodenada y acabó siendo un fracaso. Los puristas del rock-pop ya tenían Qmagazine y las nuevas tendencias ya empezaban a apuntarse tantos editoriales: Muzik, Mixmag, Jockey Slut. Hablamos, casi exclusivamente, de cadáveres.
Hoy todo el mundo le conoce como Bono, pero Bono fue, cuando U2 todavia era una banda emergente y nerviosa (por oposición a la tranquilidad actual que les generan sus cuantiosos ingresos) Bono VOX. Y lo de ponerse un apellido en un mote es una actitud proto-punk. O eso quiero pensar. Los pseudónimos únicos, como Prince, tienden al mesianismo, pero un pseudónimo combinado es, casi, un alter-ego, cuando no una impersonación. Pues bien, Bono, era Bono VOX, como existía Steve Strange, Howard Devoto, Sid Vicious o Dee Dee Ramone. Cuando triunfó, la partícula cayó. En el olvido, en la papelera, en el pozo negro. Pero Bono ya era otra cosa: Bono podía poner voz en un apestoso disco de música religiosa disfrazada de rock ampuloso llamado The Joshua Tree. Bono VOX hubiera pasado del tema. Ya os lo digo yo.
La voz: Björk, antes de enfermar de la enfermedad del ego musical consistente en pensar que tus hardcore-fans adquirirán hasta una demo que hayas grabado en el WC de tu casa tras combinar Baileys con agua tónica; antes de enfermar de la enfermedad consistente en pensar que los huesos de ballena huecos pueden soplarse esperando que la divina providencia los convierta en material sonoro vendible. Antes, acabo, de enfermar pensando que cada nuevo novio añadido a la lista era un partner codiciado y adecuado para sus ensoñaciones discográficas, Björk le pidió a Mark Bell, componente de LFO y productor de Homogenic, su tercer disco, que el disco se produjera de la siguiente manera: percusiones en un canal, cuerdas en otro, su voz en medio. Simple, preciso: hostia Mark, para qué hacerle caso a los de la compañía, o quien fuera que consideró ese planteamiento como hostil (¿proviene la palabra hostil de la misma raíz que "hostia"?) hacia el oyente, o como suicidio comercial, o como técnicamente demasiado aguerrido, y optó por algo más convencional.
La voz de Björk, peculiar como pocas, era capaz de hacer suya cualquier canción, le imprimía un sello tan personal que, pasado el efecto fascinador de la sorpresa, la gente no tardó en amarla u odiarla. Pero supo combinar vocales con música de vanguardia y salir triunfante en un número apreciable de intentos.
Pero resulta que no siempre es así. Sabréis lo de mi página en About.com. No sabréis lo que cuesta encontrar música electrónica decente hoy en día. Me refiero: discos que sobrevivan a escuchas exhaustivas tras las cuales sientas que quieres volver a oírlos, la semana que viene y el mes que viene, y puede que de aquí unos años cuando otros discos se hayan depositado sobre ellos. Y uno de mis obstáculos más frecuentes es la obsesión de los artistas por intercalar vocales. Por transmitir mensajes inteligibles entre sonidos abstractos. No voy a negar a nadie la posibilidad de expresarse a través de un texto (ni entro a saber qué carambainas quieren decirme en esos mensajes), pero, en la mayoría de los casos, y con muy escasas excepciones (James Blake sería una clarísima), en los discos electrónicos, las voces son una absurda molestia. No porque yo sea un integrista de la deshumanización. No es eso: pero el trasvase de estructura pop no siempre funciona, y donde el pop suele necesitar un mensaje, la electrónica no es que no lo necesite: es que lo rechaza directamente.Tantos discos, tantos, a los que me gustaría cortarle esa pista vocal y dejar a la intemperie, hasta que se desecaran y fueran un esqueleto congelado, una cabeza de ganado a la intemperie desértica, donde solo los iluminados somos capaces de ver si hay algo debajo o es todo superficie. Y me veo obligado a presentar un ejemplo sonrojante, una especie de penitencia incluida en el pecado, para que veáis lo mal que lo paso, a veces, y cuan generoso (magnánimo, mejor) soy, de no adjuntar una cuenta de PayPal (no tengo Paypal, pero tengo microondas) para que donéis algo que haga paliar mi sufrimiento.
Obviamente, una basura absoluta. Con la tecnología adecuada, ver estos vídeos hará que el PC apeste, algún día. No pierdo la esperanza.
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BJORK,
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LITTLE BOOTS,
PORQUERIAS QUE OIGO A CAMBIO DE DINERO
diumenge, 19 de maig del 2013
K.A.F. (KATALANISCH-AMERIKANISCHE FREUNDSCHAFT)
Vaya. Si leo que el Sheffield, fundado en 1857, es el club de fútbol más antiguo del planeta, y me dan ganas de revisar algunas cosas que escribí criticando lo british, pues lo british me ha dado algo para disfrutar como el fútbol: un disfrute lúdico y algo tribal. También montones de discos, claro. Y libros que amo, y otros que no tanto. Algo tan ineludiblemente british como cada página de Chesil Beach va a constituír el empujoncito para prender fuego a la hoguera de las malas obras, cosa (me niego a usar la palabra proyecto, empresarialmente aburrida) que se anda cociendo.
Curioso: cada vez me gustan más músicos americanos. Pura casualidad, pero significativo, pues, en el concepto musical que me gusta siempre había considerado que iban un paso atrás, siempre esperando que alguna corriente se manifestara para hacerla suya a base de inspiraciones de segunda mano. Así que nada más inesperado que prendarme del trabajo de estos cuatro tipos de New Jersey (gracias, HBO, jamás puedo dejar de pensar en Tony Soprano cuando nombro ese Estado) que acuden al curioso nombre de Vampire Weekend. Que lo tienen todo: chicos de clase media (o sea, no crean porque sufren), de raza blanca, y con unas curiosas influencias iniciales (que si música africana, que si el Paul Simon de Graceland) que yo no acabé de entender. Pero que conste: hace muchos años que incrusté Oxford Comma en uno de esos quijotescos e inacabados proyectos (salió la palabrita, leches) de agrupar en un DVD mis 1000 temas favoritos. Encima, grupo ineludiblemente a medio camino entre el indie-pop y una especie de remedo hecho a la medida para servir de banda sonora a toda la movida preppy. Si hasta han sacado su música en un spot de Tommy Hilfiger (y son, seguramente, el grupo que creerías va a sonar a continuación en cualquier tienda de Hollister o Abercrombie & Fitch).
Pues resulta que Modern Vampires in the City, tercer disco y, dicen, cierre de una trilogía, es una de esas sorpresas que te encuentras escuchando compulsivamente. Debo confesar que me veo a mí mismo exagerando de forma ostentosa si recuerdo que Ok Computer también era tercer disco. Y no creo que los cuatro jovenzuelos estos vayan a cambiar la música. Pero resulta que estas canciones resuenan más allá del final del disco (una sublime cancioncilla que define a las claras que acabamos de oír un álbum, no una serie de canciones dispuestas en una secuencia que las haga digeribles). Me gusta la sutileza de Step y me encanta como Hannah Hunt se transforma en otra canción pasados los 2:40, y también Hudson, lleno de fascinantemente molestos ruidos electrónicos, me indica que los tiros pueden ir por otros lados en cualquier momento. Aunque comprenda que se deben al público que les lanzó a la fama, y deban intercalar algún número dominado por las guitarras y el nervio post-milenio, el conjunto de este magnífico disco me resulta una especie de constatación (junto a factores como el triunfo de internet, el triunfo de Obama y el hecho de tener una prima en Portland, Oregón) de que, por fín, los estadounidenses han dinamitado la cortapisa mental de pensar que los europeos creábamos y éramos originales y patatín patatán: los europeos no sabemos ni cómo pagar todas las sociedades del bienestar que nos hemos montado. Bastante tenemos con eso como para ponernos a crear.
dissabte, 18 de maig del 2013
ANTICRISTOS DE PACOTILLA
Vaya por delante que mi costumbre inquebrantable de contestar los comentarios y, siempre que puedo, hacerlo individualmente, no va a quedar abandonada porque este post sea, de una manera encubierta, una respuesta a todos los comentarios que surgieron de mi propuesta.
Pero he estado dándole vueltas a las cosas.
Las librerías nos atraen, aunque sepamos que un alto porcentaje de los libros no vamos a considerarlos dignos de nuestra atención. O sea, sabemos que los libros técnicos de disciplinas profesionales diferentes a las nuestras, los estantes de autoayuda, algunas secciones, las que sean, las pilas de best-sellers, las enciclopedias y los diccionarios rara vez llamarán nuestra atención. Lo mismo podría decirse de las tiendas de discos. Pero nos hemos empeñado en sacar adelante algo como escribir de lo que nos desagrada. Qué fácil. Qué trampa tan sencilla para caer en ella. Las pocas cosas que nos gustan nos agotan los calificativos (que nadie cuente cuántas veces he dicho aquí la palabra magnífico o la palabra formidable) y ahora tenemos que buscar entre las que detestamos (ídem sobre nauseabundo o repugnante). Ja. Veo a las manadas de críticos regalándonos elevadas dosis de indiferencia, y veo, entre los pocos que decidan que merecemos algún tipo de atención, mencionar varias veces cuestiones como llamar la atención, negativismo, ansias de protagonismo, y en el colmo de las reciprocidades, incluirnos en una lista de sitios a evitar.
Veo los títulos propuestos, muchos de ellos con palabras intercaladas y parecidas fonéticamente (me dan ganas de crear la palabra ofodio: odio reptílico hacia algo), y me niego a considerar propuestas pues yo solo he dejado una idea sobre una mesa como una baraja para jugar. Ni reparto ni soy la banca. O sea, esta reflexión no es un prólogo para una cosa ni un epílogo para otra. Vamos a cargarnos libros y peliculas y más cosas que nos encontremos y vamos a hacerlo, sin ser conscientes de ello (...), justamente porque otros muchos las han alabado y no entendemos el motivo. Vamos a emprenderla a palos con esas obras que, por una extraña tendencia, nos hemos autoimpuesto acabar aunque ese esfuerzo final se haya alternado con puños apretados y sinceros deseos de que sus autores paguen alguna vez el mal trago que nos han hecho pasar. Vamos a sacar algo de provecho de las malas experiencias, aunque sea ir por la noche a la vera del riachuelo del buen rollo y verter el vitriolo que se carga a los pececitos que no nos gustan. Vaya: cómo suena de atractivo. Así que este es un breve aparte en el rincón del universo egocéntrico para desplazarlo hacia la periferia. Vamos: no me hagáis encontrar más motivos para despotricar de Chesil Beach: que alguien tire la primera piedra, levante la mano diciendo, he sido yo, qué pasa, y los demás le cubramos parapetados en una esquina.
dimecres, 15 de maig del 2013
ENAMORÉMONOS
Vale, bueno, de acuerdo.
Esta es mi dirección e-mail: francesc.bon@gmail.com .
Quien esté interesado en ese blog donde destriparemos libros que me escriba: crearé un grupo e intentaremos ver qué manera cooperativa y democrática de hacerlo existe. De no existir, tiraremos por el clásico estilo presidencialista. Si no, caudillismo puro y duro y a esperar golpes de estado de insurrectos descontentos o envidiosos. Que de todo hay en la viña del señor.
Estoy preparado para empezar discutiendo cómo llamarle. O cómo narices llamarle, ya que estamos.
diumenge, 12 de maig del 2013
VISITANDO AL ESPECIALISTA
Parece que Richard Clayderman me dirija aún desde las portadas de sus discos esa sonrisa rubia y bobalicona solo concebible en unos años setenta desorientados. Cómo marcó ese single, que andaba por mi casa, mi primera impresión de lo que era un pianista que actuaba solo, frente a su instrumento, con esa cara de trascendencia lánguida, con ese contoneo facial y esa caída de ojos.
Por suerte, no todos son así. Bueno, la gran mayoría no son así. Ni confunden virtuosismo con trascendencia ni piensan que sus dedos sobre las teclas fundirán el hielo de los polos. Ni vierten el azúcar sobre el teclado hasta que queda pringoso ni se tiran media hora manipulando la altura del asiento hasta situarla en la posición celestial.
Seré insistente: ¿Qué opinas, Horacio?
Por si alguien piensa que hay cosas más fascinantes para mí que ver a buenos músicos disfrutar de su inmersión en la producción de buenos discos. En este contexto particular, por supuesto.
Post-Post
Alex Azkona
Bernardo Bianchetti
Cartido Copular
David Derrumbado
Eduardo Esternón
Francesc Franco
Gervasio Gervais
Horacio Habitual
Ignacio Ignoto
Juan Jambruno
Kraftwer K.
Luis Leal
Manuel Mistral
Nicolás Normalizado
Ñu Ñu
Olvido Ocasiones
Pedro Picapiedra
Quién Quereira
Ramón Reolid
Salvador Secuestrado
Travita Taleler
Úrsula Ubicua
Víctor Vencido
Walter White
Xavi Xurruca
Yago Yébenas
Zenón Zoetrope
Bernardo Bianchetti
Cartido Copular
David Derrumbado
Eduardo Esternón
Francesc Franco
Gervasio Gervais
Horacio Habitual
Ignacio Ignoto
Juan Jambruno
Kraftwer K.
Luis Leal
Manuel Mistral
Nicolás Normalizado
Ñu Ñu
Olvido Ocasiones
Pedro Picapiedra
Quién Quereira
Ramón Reolid
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Walter White
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Yago Yébenas
Zenón Zoetrope
diumenge, 5 de maig del 2013
DESVENTURAS DE UN FANATICO DE LA LECTURA
Puede que suene pretencioso, claro. Es uno de los riesgos que se toma cuando se escribe para todo el mundo que quiera leerte. En el fondo, es lo mismo de lo que acabaré tratando. En el mundo de hoy, quien publica sus textos sin acuerdos editoriales por medio ha de exponerse a lo que opinen los que le leen. Los que le leen muchas veces son implacables, son máquinas de criticar y despedazar y arruinar vocaciones. Otras son, simplemente, personas que piensan, en el último momento, algo que matiza su opinión negativa (que si todos aquí escribimos gratis, que si el tiempo que empleamos, que si la desnudez de los sentimientos). Pero ay de los que publican a cambio de dinero. No de poco; de los 15 o 20 euros que cuesta una primera edición de la mayoría de libros. Hoy por hoy, todos ellos deben convencernos del motivo por el cual nuestro dinero va a cambiar de bolsillo para quedarnos con sus textos.
Puede que suene pretencioso, claro. Pero a base de leer y leer, me di cuenta de que lo que opinaba de los libros que leía empezaba a tomar un cariz crítico. Agrio cariz, por cierto, con ese matiz enfadado frente al libro que te había hecho perder el tiempo, y al revés. Que ese cariz se solidificaba y tomaba el poder. Jodida, agotadora situación, cuando algunos (no tantos, pero algunos) te jalean las opiniones y otros se enfrentan a ellas. La cosa, pensaba yo, remitiría si esa crítica pasaba a desenvolverse dentro de la responsabilidad de un colectivo. Pero no: como el niño que disfruta con el juego, he sido cada día más incapaz de desembarazarme de mi acritud infantil, de eso tan óptimo que es, dicen, tomar una perspectiva. Imposible leer un libro y no decir lo que pienso. A algunos les habré concedido (concedido, qué palabra más paradigmática de lo pretencioso, pero ahí se queda) la gracia de una segunda lectura. Pero pocas veces eso ha ayudado más que para corroborar una opinión.
¿Y por qué explico esto?
Pues por dos casos opuestos. O no tan opuestos. Protagonizo una ligera polémica (ni agria ni virulenta, todo se está reduciendo a intercambios de opiniones inmutables) en referencia a Chesil Beach, novela de Ian McEwan a la que he propinado rotundos varapalos por doquier; varapalos en los que se amontonan calificativos que, con más o menos exactitud, se agrupan alrededor de conceptos como ligereza, mojigatería o cursilería. Calificativos asestados (preciosa palabra en este contexto) en nombre, básicamente, de la intención que le adivino a su autor, que es ni más o menos la de hacer que una novela sea vendible a la mayor parte de la gente posible. Historia clara y concreta, novela corta pero sin llegar al suspiro, estructura inteligible, conclusión con capacidad de ramificarse (si uno es sesudo) en crítica de una sociedad o hasta de un tiempo. Menudo diseño, Ian, machote. Pues bien: aquí viene Francesc el criticoide resabiado a espoilear. Chesil Beach explica como dos vírgenes llegan al matrimonio y él, porque es más mundano, pero le pesa su educación, está nervioso pero respeta la situación (años 60, Inglaterra), cuando ella, porque es una fina moza cuya sensibilidad ha sido monopolizada por su maestría musical (que la ha recluido en una urna, en vez de integrarla en la sociedad), vive atemorizada ante el momento en que ello se produzca. Y el momento culminante (enciendo aquí alertas de espoileo, de uso de lenguaje procaz, de escatología, todas a la vez) es que ella se siente asqueada porque, en medio del acto primerizo, él eyacula antes de hora. Y a la moza, que ha mojado el fluido de él (sustitúyase por la palabra que cada uno escoja más adecuada (semen, esperma, leche, chorromoco, la que sea), que Ian McEwan define como cucharada manando limpiamente, en el circunloquio más patético concebible en la carrera de un literato (y sólo parcialmente justificable por la remota posibilidad de que el traductor de turno estuviera en uno de esos días creativos), eso la hace salir corriendo, hacia la playa; qué bonito, a la playa de Chesil. Ese es el nudo del libro: el asquito de la recién casada ante la eyaculación precoz del marido y como eso (voy a ponerme poético yo también: si es que este libro es repugnante hasta para eso) arrastra sus vidas por corrientes diferentes. Entonces a mí Chesil Beach, al que he dedicado varias lecturas, me acaba de sacar de mis casillas, y desde aquí aviso a McEwan de que es un timo, de que el lenguaje y la descripción de la época y todo el aderezo es una pura farsa de un escritor con una mano en en teclado y otra en el bolsillo.
Y el lado más alejado de esta polémica es Plaga de palomas de Louise Erdrich. Para quien haya estado atento a mi gadget de lectura en curs es un libro que ha aparecido y desaparecido varias veces. Que es lo que ha pasado: libro denso y difícil de leer, con constantes cambios de narración, con idas y venidas en el tiempo, casi 400 páginas en las que la Erdrich se muestra implacable con el lector, casi a sus espaldas, como diciendo dejadme con lo mío que yo ya sé cómo lo haré. Joder que lo sabe. Colosal trama que parte de un crimen solo sugerido (pero menuda sugerencia) en su primer capítulo, apenas veinte líneas iniciales por las que la mayoría de los escritores venderían a su madre (buen día para decirlo, pardiez), sensacional inicio que es solo una primera rampa en una novela que es una difícil montaña rusa en la que tienen cabida muchas más cosas de las que parece (curiosamente esa novela llega hasta los tiempos en que se sitúa la de McEwan). Habla de la vida en las reservas indias del estado de Dakota. Habla de comunidad invasora e invadida, en como interactúan a finales del siglo XIX y como los hechos inolvidables a veces parecen olvidados. Habla de tradiciones orales y escritas, habla de demonios ocultos en las cosas, habla de tanto, que uno a veces se aturde y deja reposar el libro: justo lo que a mí me ocurría. Habla de venganzas injustas y de perdones injustos. Hay crímenes y hay sangre y hay polvo de todas clases. La Erdrich escribe de maravilla, claro. No digo que McEwan escriba mal. Pero la Erdrich es capaz de seducirnos con algo que, a priori, parece no interesarnos y McEwan nos hace fruncir el ceño, de extrañeza, ante lo que sí.
Lo siento: no sé si soy un crítico chusquero por acumulación de trienios: no sé si leer tantos libros me ha investido de ninguna autoridad en la materia más que la que aquel que afronta una lectura con intenciones sanas. El de McEwan es un libro simple, sencillo y elegante que detesto y el de la Erdrich es un libro complejo, rasposo y arisco que me parece imprescindible en cada una de sus palabras.
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IAN MCEWAN,
LOUISE ERDRICH
dimecres, 1 de maig del 2013
LA INSACIABLE SED DE VENGANZA
Escucho desde un rincón. Es más un rincón mental que físico: es el rincón que uno se crea ensimismado mientras trata de concentrarse en algo mientras una conversación se produce a su alrededor. Tampoco es un rincón desagradable: el problema es cómo, después de un cierto tiempo, funciona mi cabeza. Pongamos el ejemplo de un péndulo, o pongamos el ejemplo del ojo pornográfico, que una vez leí de los hermanos Hartnoll. Estás alerta, evitando prestar a esa conversación ajena más atención de la educadamente debida (es decir, no levantas la vista de tu tarea y para dedicarte a observar interesado cómo esta se desarrolla y, eventualmente, prestarte a intervenir en ella), pero, a la vez, atento a la casi segura aparición de distintas palabras clave. Sería tan desconsiderado entonces no reaccionar al oírlas. Sería un síntoma de falta de sensibilidad humana, sería una señal inequívoca de la ausencia de ciertos sentimientos básicos que el sentido común presupone moran en los espíritus de cualquiera que quiera convivir en sociedad. Ay. La palabra cualquiera, y la palabra sentimientos básicos, sabedlo, quedan desactivadas ante la presencia de ciertos equipos de fútbol sobre el campo o de ciertos músicos sobre el escenario. Ahí hay entronización o destrucción del enemigo. En fin; dentro de una aparentemente relajada conversación de mediodía en un centro de trabajo (en ese indescriptible momento en que se hace la sobremesa previa a reincorporarse a la jornada de la tarde) sé, si hay una relación prolongada en el tiempo, que no se hablará del clima ni de las especies en peligro de extinción. Tampoco se hablará de David Foster Wallace, opción casi segura que me confina, otra vez, mentalmente y me recuerda conceptos como el cierre de etapas, los ciclos de la vida, y bla bla bla. Se mencionará a la familia, quien los tenga, a los hijos que crecen demasiado rápido, a las estancias en diversas ciudades europeas demasiado obvias como para enumerarlas, a los fines de semana pretéritos y futuros y, en algún momento, se reparará en la hora y se orientará el cuerpo hacia la mesa. Otra vez.
Pero muy rara será la ocasión en que se mencione el prefijo ex, la palabra muerte y la palabra desgracia y las palabras libro de embrujos, y la búsqueda en Google, más que el hotelito con encanto o el restaurante al que fueron unos amigos y salieron encantados, contenga la palabra Walpurgis.
diumenge, 28 d’abril del 2013
PREFAB: the comeback
No recuerdo si fue 1987 o 1988. Volé de Barcelona a Mallorca y regreso, en un vuelo de la difunta compañía Spanair. Era verano y hacía un calor espantoso. El aeropuerto de El Prat estaba ya viejo y desvencijado, antes de una de las sucesivas reformas que desde entonces se le han hecho (seguramente obligadas por cuestiones operativas, pero seguramente agradecidas para bolsillos corruptos). Los asientos de los terminales estaban viejos y los mosquitos asediaban. Mosquitos enormes de los que nos escondíamos tapándonos con papel de periódico. Siete horas de espera en plena madrugada de verano, para un vuelo de 25 minutos. En esa época nada se sabía de derechos del viajero ni de stándards de calidad de servicio ni de hojas de reclamaciones con derecho a compensaciones dignas. Tenías que volar y el avión no salía, te esperabas a que saliera. Otras siete horas para el vuelo de vuelta, tras una semana en que comprendí, definitivamente en mi vida, que en estos climas y en esas fechas los pantalones cortos son la prenda más adulta posible. Regresé a casa a las siete de la mañana cuando debía haberlo hecho a medianoche. La alternativa de la compañía aérea fue llevarnos a un sitio infecto y servirnos una cena fría. A cambio aprendí a jugar al Trivial Pursuit. Qué gran trueque. Cuando llegué a casa y me metí en mi habitación puse Steve McQueen en el plato de mi giradiscos. Tenía 24 años pero la música adulta, elegante y elaborada de los Prefab Sprout era entonces mi preferida. Quería escuchar una tras otra vez los acordes de Appetite o When love breaks down. No por nada en concreto. Por gusto absoluto. O Bonny, que podría ser una de mis cien favoritas de todos los tiempos, sobre todo en ese pasaje instrumental que nunca sé si me lleva a las lunas de Urano o a los agujeros de Marte. Prefab Sprout no eran un grupo tecno aunque me daba cierta sensación de que, con Thomas Dolby en los controles, algún espíritu traslucía. Steve McQueen tuvo que ser absurdamente titulado Two wheels good, four wheels bad en Estados Unidos, por problemas con los herederos del actor de Bullitt. El disco siguiente del grupo, From Langley Park to Memphis, fue el típico disco de grupo que adquiere gran prestigio de repente: tuvo mayor éxito de ventas que el anterior aunque era artísticamente inferior. Sonaba más nítido, como si el otro fuese en blanco y negro y este en colores. Algunas canciones tenían un cierto aire a musical, otras estaban sobreproducidas, otras tenían estribillos demasiado sencillos para el sonido del grupo. No es que me decepcionara: era fan y necesitaba de las nuevas canciones después de haber quemado el disco anterior. Lo que hubieran sacado me lo hubiera metido en vena, amigos. Pero ahora todo ese disco (por cierto, tardé en saber que Langley Park era la población donde se emplazaba la sede de la CIA: sí sabía lo que era Memphis) me suena excesivamente a soul de ojos azules, como cuando Green Gartside decidió llevar a los Scritti Politti a la playa. Bueno, no todo, Hey Manhattan sigue pareciéndome una de las canciones con mejor arreglo de cuerda de la historia.
Años más tarde publicaron Jordan: The comeback, ambicioso disco que sonaba a cierre de ciclo, donde dentro de una sensación conceptual perdieron completamente la especie de corsé estilístico que cohesionaba sus discos anteriores y optaron por una especie de ópera pop donde todo tenía cabida. Hasta una fallida samba. Las secuencias de ese disco me traían loco: acostumbraba a grabar cassettes y no había manera de hacer que nada encajase con el brusco final de The ice maiden. Joder, una canción perfecta tenía un abrupto final reconsagradamente imposible de encajar con cualquier otra cosa. Bueno: los siguientes discos del grupo iniciaron una lenta decadencia, una especie de imposibilidad de recuperar cierto pico de inspiración. Les dio por los títulos aún más raros. Pasados muchos años, a raíz de ciertos trabajos en solitario que Paddy McAloon, su líder, publicó a su nombre con un marcado tono experimental, supe ciertas cosas: que había atravesado una difícil enfermedad (me acordé de Martin Fry, de los ABC), que aún vivía con sus padres; vi esas fotos como la que encabeza este escrito, con esa barba blanca que (elija cada uno en función de la época) puede ser de Papá Noel, de gurú visionario o de hombre pendiente de otras cosas. Me enteré de que, en esos años de grandes triunfos, el grupo concibió y llegó a grabar varios discos conceptuales, difícilmente vendibles, y que incluso su compañía discográfica llegó a rechazarlos para no saturar el mercado. Uno de ellos, que años más tarde vería la luz, se llamó Let's change the world with music.
diumenge, 21 d’abril del 2013
THE OFFICE: La Biblia fotocopiada en papel reciclable
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| El Muy Grande Steve Carell |
Claro que da pena cuando una serie que te ha gustado llega al agotamiento. Aunque es justo el momento en que yo me decido a ver algunas, la manera de finalizar una serie forma parte también de su valoración. No es que The Office acabe mal; de hecho aún no ha acabado, aunque yo diría que todas las pistas de cómo va a hacerlo han aparecido ya. Para los más puristas, The Office acabó el día que Steve Carell se fue. Un planteamiento cruel, sin duda, pues es como decir que todos los demás componentes del reparto son, en el fondo, accesorios de su personaje y de su figura. Bueno, lo que es cierto es que, igual que el despacho de Michael Scott, la serie ha deambulado a lo largo de dos temporadas sin llegar a llenar el hueco de este soberbio comediante, y los productores se han cansado de optar por la vuelta de tuerca hacia la opción más freakie, reconduciendo la serie con una especie de sentido del yin y el yang. The Office empezó siendo una serie de situaciones absurdas dentro de un entorno normal para acabar siendo justo lo contrario: situaciones normales en medio de un escenario desquiciado. Nadie espera un final de gran envergadura, y de hecho el rumor más extendido es que su máximo atractivo será un regreso puntual de Carell. Lo cual ya dice mucho por sí solo. Carell la dejó huérfana, punto.
Lo crea o no Horacio, no recuerdo cada cosa que he escrito. Sé que escribí sobre The Office en algún momento, y seguro que repito aquí conceptos. A mí The Office me parece el paradigma del humor moderno. Un humor de muchos colores, y sabemos que cuando se mezclan tantos colores suele salir un feo color parduzco y oscuro que todos solemos asociar con cierta sustancia residual humana. Claro que ha habido detalles algo reblandecidos: pero si nos damos cuenta las historias y affaires personales que han tomado cuerpo a lo largo de las nueve temporadas han sido convenientemente trituradas por la cruel torpeza de las relaciones humanas. La serie desaparecerá sin parejas felices comiendo perdices. Esto es América, pero no para todo.
El reguero, el rastro que deja(rá) tras de sí es tan demoledor como memorable. Seguramente The Office acabe con la delegación de Dunder-Mifflin cerrada por su baja rentabilidad, o vendida a un agresivo grupo financiero que ponga a la mayoría de su personal de patitas en la calle con el mínimo coste posible. Si no entra un ex-empleado hostil y los ametralla a todos plantando un trípode en la recepción, para suicidarse a continuación. The Office mostrará mejor que cualquier máster de RRHH el contenido tendente a putrefacto de una oficina en que conviven especímenes humanos. No hay por qué dar más detalles de los necesarios: desde la señora entrada en kilos que usurpa el puesto de cualquiera necesitado realmente de un trabajo hasta el empleado tan especializado que nadie acaba de entender cual es su función y qué aporta. Desde las recepcionistas con ilusión por progresar en el mundo empresarial hasta los directivos cuya labor consiste en estropear todo lo que funciona para justificar que su sueldo y su creatividad no conocen barreras.
The Office es la serie más moderna del mundo porque ha crecido junto a una crisis que, seguro, ha incidido en muchos de sus guiones. Su apuesta por la mezquindad como modo de vida es tan firme y acertada que da escalofríos. Su ficción es mucho más real de lo que nos parece, pero no podemos taparnos los ojos. La veremos hasta el final, no habrá lágrimas ni episodios de vómitos. Tragaremos saliva, y la encontraremos más amarga que la última vez.
Lo crea o no Horacio, no recuerdo cada cosa que he escrito. Sé que escribí sobre The Office en algún momento, y seguro que repito aquí conceptos. A mí The Office me parece el paradigma del humor moderno. Un humor de muchos colores, y sabemos que cuando se mezclan tantos colores suele salir un feo color parduzco y oscuro que todos solemos asociar con cierta sustancia residual humana. Claro que ha habido detalles algo reblandecidos: pero si nos damos cuenta las historias y affaires personales que han tomado cuerpo a lo largo de las nueve temporadas han sido convenientemente trituradas por la cruel torpeza de las relaciones humanas. La serie desaparecerá sin parejas felices comiendo perdices. Esto es América, pero no para todo.
El reguero, el rastro que deja(rá) tras de sí es tan demoledor como memorable. Seguramente The Office acabe con la delegación de Dunder-Mifflin cerrada por su baja rentabilidad, o vendida a un agresivo grupo financiero que ponga a la mayoría de su personal de patitas en la calle con el mínimo coste posible. Si no entra un ex-empleado hostil y los ametralla a todos plantando un trípode en la recepción, para suicidarse a continuación. The Office mostrará mejor que cualquier máster de RRHH el contenido tendente a putrefacto de una oficina en que conviven especímenes humanos. No hay por qué dar más detalles de los necesarios: desde la señora entrada en kilos que usurpa el puesto de cualquiera necesitado realmente de un trabajo hasta el empleado tan especializado que nadie acaba de entender cual es su función y qué aporta. Desde las recepcionistas con ilusión por progresar en el mundo empresarial hasta los directivos cuya labor consiste en estropear todo lo que funciona para justificar que su sueldo y su creatividad no conocen barreras.
The Office es la serie más moderna del mundo porque ha crecido junto a una crisis que, seguro, ha incidido en muchos de sus guiones. Su apuesta por la mezquindad como modo de vida es tan firme y acertada que da escalofríos. Su ficción es mucho más real de lo que nos parece, pero no podemos taparnos los ojos. La veremos hasta el final, no habrá lágrimas ni episodios de vómitos. Tragaremos saliva, y la encontraremos más amarga que la última vez.
dimarts, 16 d’abril del 2013
DOCTORES TIENE LA IGLESIA
Él ya sabe. Quizás dude un momento pero sabe que de vez en cuando me pide mi opinión y yo la doy gratis. Bueno, la daba gratis. Porque hoy voy a pedirle algo a cambio. La versión que cuelgo de esta canción es la del álbum. Hay un vídeo, que pongo también, con una versión más reducida, con una imaginería a medio camino entre la oscuridad de Cunningham, las películas de Night Shyamalan y la estética black-metal, pero que recorta sensiblemente el poderío instrumental. Pero la que quiero que sea fruto de opinión es la versión completa, la del álbum.
Un uso de la voz en primer plano. Un ritmo tan contenido que parece deslizarse a gotas por debajo de la melodía. Esas cuerdas, rozando lo terrorífico, que sumen en un crescendo su parte central. Una estructura con poco que ver con lo convencional. Ese final donde el dub instrumental pasa a ser dub vocal.Yo comprendo que es difícil pronunciarse sobre algo a priori alejado de lo que se escucha habitualmente. Pero apenas cuatro días tras descubrirla, esta maravilla (y otras, el disco está lleno) no abandona mi cabeza. Así que pido consejo a un músico profesional, pido consejo objetivo y real, aunque pueda prever que se eche en falta el chasquido del dedo contra la guitarra o la firmeza del pulgar contra la tecla. Va: seré directo: Horacio, tienes cinco minutos para oír esto y uno para emitir un juicio?
dilluns, 15 d’abril del 2013
SI VEINTE AÑOS NO SON NADA, QUÉ SON DIEZ MINUTOS
Qué equivocado estará quien interprete que yo soy fan de Queen. No es que les tenga una manía especial, reconozco sus méritos pero me cargan demasiado sus errores. Algunos de ellos relacionados con su primera época (como escoraron de cierto glam-rock dramatizado a un vodevil de hard-rock de guitarra al aire) otros relacionados con la segunda (una excesiva búsqueda del impacto comercial por encima de experimentos). Aún así, pertenezco a la extensa tribu planetaria a la que le es imposible pertenecer indiferente cuando oye las primeras notas de Bohemian Rhapsody. Sí: justo ese coro inicial a cappella que dice Is this the real world,is this just fantasy.
Si hay que hablar de una canción que es el emblema de un grupo es esa. Puede que los fans enganchados a la banda en su última fase hayan optado por otras elecciones, pero la verdadera quintaesencia está recogida en esos seis o siete minutos. En esa época se consideraba que unos cuatro minutos era el máximo tolerable para las canciones que se publicaban en formato single. Se requería inmediatez, radiabilidad, estructura de corte clásico, y van y presentan una canción que transita por toda clase de tiempos y estilos, desde la balada desgarrada hasta el coro incluyendo el interludio operístico y el arranque de rock casi heavy, ese que siempre que oigo me rememora una escena de una película infecta de hace muchos años llamada Wayne's World. Lejos de culpar a Queen por el heavy-metal, que ya podría, pero me temo que otros muchos hubieran caído en el pecado, escribo estas líneas para disculpar que no controlaran el monstruo que contribuyeron a crear. Queen fueron solamente un experimento con un punto de partida más cercano al glam-rock que se escapó de las manos. Para sus bolsillos, mucho mejor. Para el curso de la historia de la música popular, un inexplicable caso de lo que los pesados del marketing llaman transversalidad. Lo que sí que ha arraigado es el ejemplo de Bohemian Rhapsody como amago de suicidio comercial por su duración y su estructura saltarina entre estilos.
Todos los singles que han desafiado a los corsés de la industria y se han alzado triunfadores deben algo a Bohemian Rhapsody. Todos han pasado por la comparación por la simple cuestión de su duración y de sus cambios de ritmo.
Un ejemplo paradigmático sería Paranoid Android de Radiohead. Mucho más aguerrida en su estructura, son otros siete minutos con unos parones y unos arranques mucho más violentos y psicóticos y con la voz de Thom Yorke, técnicamente más comedida que la de Freddie Mercury, pero que, qué coño, quien imagina a los Radiohead con otra voz que no es la suya. Paranoid Android es tan fiel a su título como la de Queen, y Ok Computer es un disco mucho más respetado, sí, ahora que hace dieciséis años de su publicación ningun crítico se atrevería a discutirlo. A night at the Opera, el disco de Queen, gravitaba alrededor de la canción, aunque había otras canciones brillantes como Death on two legs o la algo pastoril '39. Sin embargo, Ok Computer rebosaba de otras canciones, su escucha no tenía un hito tan destacado y un día la favorita era Exit music (for a film), una de las mejores canciones de todos los tiempos y otro lo era Karma Police o No surprises. Puestos a ser brutos, el solo de guitarra en la canción de Radiohead es más esquizoide, menos tarareable y más desquiciado. Claro, han pasado veinte años y el rock'n'roll, o lo que sea, ya ha pegado muchos vuelcos. Entre el disco de Queen y el de Radiohead hay muchos años de evolución de la música. Está, mínimo, mucho punk, la new wave, el tecno y el techno.
Y el último ejemplo es el nuevo paradigma: Pyramids, diez minutos plantados en medio del fenómeno que es channel ORANGE, de Frank Ocean, como apostando por ir más lejos aún. Los años han pasado y Ocean es otro de los encargados de hacer evolucionar la música. Combina historias de emperatrices e historias de prostitutas, despanzurra la versión inicial de la canción para editar un vídeo de carácter cinematográfico, pero sigue ahí para demostrar que los artistas de verdad no son cómplices de los capos del marketing sino sus peores pesadillas. La canción acelera y para y hasta se permite intercalar un solo de guitarra de John Mayer, con cuyo apellido me dan ganas de jugar para los que sepan algo de inglés. Brian May- John Mayer. Mayer es más que May y Frank Ocean sabe perfectamente con quién lo compararán y qué terreno pisa. Nueve meses y el disco aún echa chispas.
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dissabte, 13 d’abril del 2013
FUERTE DISCUSIÓN DE PAREJA ANTE LA CUAL LOS VECINOS NO REACCIONAN EN MODO ALGUNO
Él está sentado. Ante el ordenador o en el sofá leyendo o en el sofá viendo algún partido, intrascendente o no. Ella ha venido a paso rápido desde un pasillo y se ha parado a unos metros, quedándose ahí plantada. La racha de recriminaciones ha empezado pronto, apenas ha dirigido la mirada hacia esa estampa, la del hombre absorto ante algo. El punto de partida es cualquiera, lo absurdo que pueda ser es indiferente. Pero ella habla y él, pasados unos segundos, ha reaccionado y ya la ha mirado un par de veces. A esa distancia la profundidad de la mirada tiene poco que ver. Mira en esa dirección pero podría mirar el reloj que está en la pared tras ella o la pequeña desconchadura en la pintura que hay en la pared, a la altura de su hombro. Es todo lo que hace, mirar sin hacer ademán tan siquiera de intervenir o contrarrestar alguno de sus argumentos, dar réplica a esas palabras cuyo tono se está elevando. Pero él ya ha jugado ese partido muchas veces. Sabe que en cierto momento tiene que atender las palabras que ella dice y cambiar algo en la expresión de su cara. Es el código. Oigo, entiendo, pero no es suficiente para que yo haga otra cosa que mirar hacia allí y poner cara de extrañeza. Aun así, desvía la mirada de vez en cuando hacia lo que antes captaba su atención. Ese día, ese, justo ese momento, el portero del equipo contrario pasa por detrás de la portería y toma la pelota en sus manos mientras el público local abronca. El portero mira, y él tampoco dice nada.
¿Y si "Ja ja ja" hubiera sido el último post en la vida de este blog?
Como una broma perversa, dejando que los comentarios iniciaran un río de temáticas que acabara llevándolos por diversos caminos, que se iniciarían de una forma grotesca, hasta que alguien nombrara un músico con apellido de salsa italiana y se recondujeran por los vericuetos deseados y deseables, es decir, el cruce de referencias, las recomendaciones mutuas.
Francesc Bon falleció absurdamente mientras leía las últimas páginas de un libro que le costaba más de la cuenta acabar. Leía sentado dentro de su automóvil, mientras bebía una lata de Coca Cola que debería estar más fría. El vehículo estaba aparcado correctamente en una calle secundaria de un polígono industrial, cuando el conductor de otro vehículo perdió el control del mismo y fue a estamparse contra el de Francesc. Deja esposa y dos hijos, y varios lectores que ahora igual empiecen a sonreír.
Je je je.
dilluns, 8 d’abril del 2013
JA JA JA
La planificación: manera de estar aquí sin estarlo. Cincuenta músicos de maravilla.
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DOCUMENTALES QUE MARAVILLAN
diumenge, 7 d’abril del 2013
VICEVERSA
Hubo una época en que hubo una rivalidad Beatles/Stones.
Para hacerse los interesantes, hubo otra con una rivalidad Blur/Oasis.
Todos eran candidatos al trono de iconos de la escena y el negocio del rock. En un mundo de antagonismos entregado a las disyuntivas, parecía que tener un disco de uno implicaba no poder tenerlo del otro.
Hubo una rivalidad entre Nick Lowe y Elvis Costello?. La recuerdo entre brumas de cerveza fría y bares donde se podía fumar. La recuerdo con borrones y tachaduras, pues a lo más que llegué respecto a estos dos músicos es a lo siguiente (puedo permitirme ser exhaustivo pues la extensión es muy poca).
Recuerdo una portada de Elvis Costello frente a un trípode, en la portada de un disco, con las piernas torcidas y esa expresión particular que le aportaban sus gafas, sus sempiternas gafas de la seguridad social inglesa que parecen haber extendido su dominio sobre toda una generación. No sé si el disco se llamaba This year's model o My aim is true. Recuerdo unos elefantes en la portada de un disco y dos títulos que llegué a retener por esa estúpida memoria fotográfica: Accidents will happen y Imperial bedroom. Recuerdo comentarios sobre la ambición de este disco y su poderío sonoro. Recuerdo una aparición fugaz en una película de Austin Powers, versioneando a Burt Bacharach (con el que grabó, a medias, un disco). Y lo de su matrimonio con Diane Krall: pésima influencia artística a tenor de lo visto, pues en vez de ser Costello quien imprimió a Krall un cierto acento de esa ignota rebeldía suya, fue Krall quien impuso el ritmo; ese ritmo de la asepsia artística y la perfección técnica (Horacio seguro que dice algo aquí) que solo tiene sentido cuando se pueden pagar muchísimas horas de estudios caros en las Islas Barbados: justo esos estudios de grabación que disponen de más de un modelo de didgeridoo (si, ve a la estantería, al lado del theremin, cuidado con el polvo). Qué le diría la Krall a Costello?. Me pones una sección de cincuenta violines o no echas un polvo en meses?.
No recuerdo gran cosa de Nick Lowe, por eso. Yo en esa época había apostado en firme por la música sintética y los últimos guitarrazos a los que había dado mi beneplácito estaban en los singles de The Jam y en los LPs dobles y triples de The Clash.
Hoy leo que Nick Lowe está experimentando un cambio hacia el croonerismo. O sea: que su energía de intérprete de power-pop se ha ido diluyendo y menguando hasta ser un señor con un envidiable matojo de pelo blanco que canta ante auditorios que ya no pueden levantarse a bailar, y menos el pogo. Vaya: pues me ha recordado, justo al revés, lo que pasa con Scott Walker. No en lo referente a la energía. Pero Walker (primera foto) fue un joven crooner cuyas gloriosas canciones de fastuosos arreglos hablaban de Stalin y de prostitutas: cuarenta años más tarde, retuerce el sonido y usa su voz en discos difíciles y torturados que dudo que sean el marco idóneo para evocaciones nostálgicas. Los habituales desde los inicios puede que me recriminen que vuelva al tema de Walker, pero aquí hay unos cuantos que quizás no hayan, todavía, sido debidamente informados de su condición de deidad absoluta. Deidad no de las que se refugian en los recovecos de estampitas benditas: deidad de las que se oye y se ve. Así que sentaos, buscad unos buenos auriculares stereo, acopladlos en vuestras orejitas, y pedid a quien esté en vuestra compañía que no especule con los aullidos de placer. Cinco maravillas de Walker, una tras otra.
dissabte, 6 d’abril del 2013
EL PALACIO DE LA LUNA
Armado hasta los dientes: esa expresión siempre le recordaba la misma imagen. A un tipo con cara de desquiciado y ojos de enajenado (o sea, a juego) agarrando un machete entre los dientes. No, mejor uno de esos cuchillos que van en los kits de supervivencia, esos que por una parte tienen dientes como de sierra, con la finalidad de ser capaces de ser usados como tales, pero, si has visto el suficiente número de cine con actos violentos te imaginas que en realidad eso es para desgarrar la carne del enemigo (esos cuchillos sólo tienen sentido cuando hay enemigos) al entrar o al salir, o al entrar y salir por segunda vez. Esos cuchillos no se quedan clavados: se limpia uno la sangre contra el pantalón (suele ser tejano: el tejano es muy práctico si vas a dedicarte al tema criminal).Te lo imaginas y casi oyes ese ruidito desasosegante que sugiere tendones cortándose, raspadura en los huesos, la punta que casi se astilla, y algo que ya no vuelve a ser igual. Para alguien, seguro.
Pero no esperaba a nadie que fuera una amenaza. Esperaba simplemente porque ciertas personas no tienen otra cosa que hacer que esperar. Entonces, eso es una opción. No la mejor, pero lo es. Aburrirse es otra, y hay cierto aburrimiento con sentido: el que adormece y permite descansar. Pero esperar: apretó el bate de béisbol contra la pared, buscó un hueco donde apoyarlo para probar si podría generar una especie de escenario de equilibrio precario, cimbreándose y teniendo cuidado de no hacer ruido ni caer al suelo. Luego destensó los músculos. Miró hacia el fondo de la calle. Estaba anocheciendo y parecía que iba a llover.
Pensó que ya empezaría a atracar a la gente otro día. Tenía, otra vez, algo de hambre.
divendres, 5 d’abril del 2013
LA ESPALDA, MI AMOR
Aprieta justo ahí. Se lo digo a mi mujer. Tanto rato sentado. Las cervicales, sabes. Ese tirón y esa sensación de tortícolis que se vuelve crónica. Uy. Quiero abrir bien los ojos. Fijar la vista en algún punto detrás de la pantalla. Ah. Dicen que relaja la vista y evita ese cóctel pernicioso que carga la cabeza. La espiral que aboca al consumo de cafeína y analgésicos. Una espiral que es la más exenta de glamour no solo de este universo, sino de unos cuantos. Dormirse de cansancio. Señores, qué cosa más revolucionaria. Cárguese de ron el café, consúmase con escaso sentido del decoro, y deje que el mundo fluya a su alrededor.
Olor de polígono industrial. Gente vaga que vaga.Uh. Es esa sensación tan deprimente o tan grotesca del gato y el ratón. Siéntense en la escalera de la entrada y fumen sus cigarrillos furtivamente: conversen de temas banales relacionados con el devenir de la jornada. Bajen el tono de voz después de echar un rápido vistazo alrededor. Miren como marcianos a los que se sientan a leer un libro. Claro: el azote de los bosques del Mato Grosso. Papeles apilados en equilibrio precario. Mirarlos y especular sobre su futuro más inmediato. Reposan en una caja un par de años. Tinta reciclada y olor a papel caliente.
Cruje la cervical. Qué letra le toca a esa vértebra. Una letra de cambio, seguro.
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