dissabte, 19 de desembre de 2015

Y15W46: En colores


Escribo poco, ya lo sé. Cuesta encontrar temas últimamente, o cuesta que estos se fijen con suficiente persistencia, con lo que se desvanecen, y el acicate que supone escribir queda neutralizado cuando los dedos quedan en suspenso sobre el teclado, sin nada que decir, porque tan mala es la idea que no surge como aquella que avasalla a la que tiene delante.
Tras estos dedos hay un hombre ya maduro con una vida demasiado convencional, una especie de Peter Pan cultural con un descomunal ego para seguir los dictados de la intuición, declaración algo tramposa cuando una de mis actividades fundamentales estos días es escarbar listas de elecciones de lo mejor del año y compendiarlas y aplicarles factores de corrección hasta que el resultado resulta suficientemente tolerable para mi autocomplacencia. Libros del año y discos del año están en mis listas de deseos, en la carpeta de descargas, algunos en mis estantes (algunas editoriales son muy amables: Anagrama sigue sin serlo) y otros simplemente en un rincón del éter, esperando que los descubra y me eche las manos a la cabeza por no haberlo hecho antes,
Mientras, pasan cosas, o no pasan las que deberían. La mayoría independentista surgida de las elecciones del 27S pierde una sábana en cada colada. Las elecciones nacionales del próximo domingo me pillan digiriendo esa situación: quiero votar por la opción que más contraríe al estado español y a sus devaneos imperialistas. Quiero joder al aparato centralista y he de reconocer que de alguna libertad dispondré cuando puedo proclamarlo y, en un principio, no temer represalia alguna. Hay que reconocer que no muy lejos de aquí, al norte y al sur, ciertas cosas no son iguales, pero no voy a dar las gracias por algo que debería ser natural. Expreso mi opinión y la tamizo a mi antojo. Hoy digo más palabras soeces y mañana me modero. La visceralidad también tiene su potenciómetro. Pero me comparo con otros, y me doy cuenta de que algunos no pueden hacer lo mismo y, lo que es peor, ya ni podrán. Recibo una recriminación a través de la red, parece que alguien me alinea con una teórica pro-occidentalidad por el mero hecho de creer lo que leo en el Diario Ruso de Anna Politkovskaya, periodista asesinada cuando sus investigaciones empezaban a ser molestas, pero como quien se encarga de acabar con ella es algún sicario a sueldo de Putin, Putin es el líder de Rusia, era de la KGB y entonces debe ser comunista o algo comunista (además, debe añorar sus tiempos de militar, porque aún anda con la mano pegada al lado derecho, como para ganar unas décimas de segundo al agarrar el arma), pues en nuestro mundo de extremos opuestos y enemigos de mis enemigos que son mis amigos, pues yo soy ya anticomunista, prooccidental, especulador inmobiliario, y votante de alguna ya desleída o futuramente desleída opción moderada.
Mirad, las cosas no son así, aunque no sé como son. Hay muchas cosas y hay muchos sitios donde mirar. El que un día es un entrañable joven que se sienta en un bar con una guitarra para compartir gratis su talento con la gente pasa al día siguiente a ser un palizas que desafina y no deja conciliar el sueño por el mero hecho de elegir entre su repertorio una canción cualquiera de un bicho como Fran Perea. Todo se relativiza y relativizarlo todo se relativiza. Nos quejamos de este excesivo calor de mediados de diciembre, de que no llueve en Barcelona, y luego decimos que qué gusto poder sentarse en una terraza a la intemperie a las diez de la noche sin exponerse a pillar un resfriado. Tengo muchos libros leídos que por aquí ni se han asomado, demasiado poca música porque concentrarse en lo nuevo cuesta y requiere una mise en scéne previa, tengo cierta incomodidad ante dos cosas inconexas: el proyecto Orsai, al que ni la sacudida oportunista del infarto de Casciari parece revivir, y los resultados estatales, porque me temo que cualquier resultado va a ser una decepción, y lo único que últimamente me excita es ver al tipo este, tan genial e inmodesto que solo puedo considerarlo un alma gemela.






diumenge, 29 de novembre de 2015

Y15W45: LA COARTADA

Llamadme Francesc. Leo mucho desde hace menos de una década. Leo como consecuencia de un efecto dominó, el que me produjo la lectura de una reseña, en una revista musical, de 2666 de Roberto Bolaño. Me impactó su frase final: si la literatura es placer, 2666 es el éxtasis total. Muchos pueden describir los momentos claves de su vida. (Esta semana, por ejemplo, mi hija Mònica ha cumplido 18 años. Ya puede votar y pedir cerveza). Pero ni siquiera recuerdo quién firmaba esa reseña. Lo he mirado, y se llama Silvia Pons. Seguramente es catalana, casi seguro pues la revista en que leí su reseña tiene su redacción en Barcelona, que aquí somos mucho de cultura aunque luego la cultura que produzcamos deje algo que desear, seguramente producto de la excesiva obsesión por filtrar lo que nos gusta y lo que nos inspira, circunstancia que produce un efecto de bloqueo sobre lo que creamos. Me van a decir de mí, que me pringo y me contagio del estilo de cualquier escritor que haya leído recientemente. Bueno, al menos lo reconozco. De hecho, ahora me ando por las ramas muy a lo DFW. He dejado unas veinte líneas más arriba una línea argumental para este, otro de mis fallidos post de regreso por todo lo alto, y si no me fijara en la imagen ahí se quedaría. Regreso a ella. Serán más de un millar los libros que han caído. Me avergüenza no recordar algunos de ellos. Puede que bastantes. Puede achacarse, en un análisis parecido al de ciertos partidos de fútbol hecho por comentaristas con pocos recursos, a uno de dos factores. El escritor no tenía un buen día o el lector no tenía un buen día. Aunque prefiero el concepto de compañerismo, en estos tiempos de buen rollito, me gusta este otro: escritor y lector enfrentados entre sí, como pretendiendo imponerse en una lucha. Esa es una buena imagen para la batalla inicial. El escritor es simplemente un nombre que puede o no decirte nada, al que acompañan sensaciones adicionales, como saber su nacionalidad, su edad, su ideología, las opiniones que en otros ha suscitado la obra que te planteas, o el total de su producción. Solamente cuando empiezas a considerarte como inmerso en la lectura empiezas a introducir matices e información adicional. Entonces tras esos datos puede surgir un tipo por el que empiezas a sentir cierta curiosidad. Como acérrimo de la literatura contemporánea, ese ejercicio se manifiesta hoy como fácil y seguro. Sencillo como conseguir que escritores ávidos de promoción y feedback de sus lectores tengan cuentas en Facebook, Twitter o Instagram donde muestren detalles de sus vidas También los hay que viven al margen, lo cual me parece muy respetable, incluso algunos días sumamente aconsejable. En todo caso, yo no quería acabar hablando de esto.
Llevo una cierta temporada enormemente saturado de lecturas pendientes. El orden es importante, también la temática y, cuestión chocante, la extensión de un libro. No creáis que no me arredran esos que sobrepasan las 600 páginas. Pero he analizado un poco mi comportamiento. Sobre todo el de las últimas semanas, en que debo reconocer que muy pocos libros llegan a desagradarme. He analizado también la condición que comparten mis escritores favoritos, un quinteto inamovible al que podría añadir una decena algo más variante. Y llega el momento de la confesión casi sonrojante, porque mi conclusión es que estoy tendiendo a concentrarme en obras de ficción o de ensayo, pero estas deben tener una cierta coartada intelectual. No creáis que no estoy disfrutando de obras brillantes en la forma, pero me doy cuenta (Zweig podría ser un ejemplo) de que no siempre quedo con ganas de repetir. Echadle la culpa al tiempo, ese incansable hijo de puta que escasea pero no para de pasar con rapidez, pero empiezo a valorar y a elegir entre las decenas de libros en función de eso. Me temo que sea un proceso irreversible y que ello relegue definitivamente al ostracismo a la poesía, que ya no ha sido nunca un plato de mi gusto, y no creo que haya que extenderse demasiado en explicaciones, porque la frasecita no tiene  desperdicio. Pero la cuestión básica es que voy a empezar a evitar esas lecturas agradables pero ligeritas, esas historietas con bichitos que toman vida y aspectos fantasiosos que no aportan nada a aquello que está en mi entorno más cercano. No puedo permitirme dedicar mi atención a esas cosas. No tienen sustancia. Aún me queda tiempo para leer bastantes centenares de libros, sí, pero procuraré alejarme de todo aquello que no me aporte nada. No ha sido una decisión difícil, sí meditada, porque apartar la ligereza de la vida no deja de ser dar la espalda a muchísimas cosas, incluyendo la práctica totalidad de la cultura mainstream.

diumenge, 15 de novembre de 2015

Y15W44: Planes abortados


Sin grandes proyectos, había previsto alguna otra cosa para este fin de semana. Me había planteado leer con calma un experimento de ensayo epistolar a dos bandas que siempre había relegado porque alguna absurda preconcepción me tenía convencido de que porque el mejor Houellebecq sea el de las novelas el otro es como si el de los ensayos no fuera Houellebecq.

Y entonces pasó lo del viernes.

Y ya deja de tener sentido hablar de casualidades porque el que yo lea a Houellebecq o sobre Houellebecq empieza a ser tan frecuente y tan posible que el bretón se ha convertido en una especie de presencia ubicua. Condición que los acontecimientos retroalimentan. Y que, encima, podría acabar convirtiéndole en pasto del gusto mayoritario, cosa que quizás acabara condicionando mis juicios sobre su obra, si Houellebecq se dejara influir por el mal de las alturas fruto de la fama. Cosa que desestimo casi simultáneamente a escribirlo.
Porque lo del viernes parece ser, dentro de su proporción y su desproporción, algo que pueda marcar el devenir del planeta de ahora en adelante. Ya he leído lo que de París puede ser el nuevo Sarajevo (no sé cual de las dos "acepciones" me resulta más funesta) y la palabra "guerra" forma constantemente parte del discurso de gente de aspecto muy serio y relevante, gente de esa que ha corrido a hacerse el nudo en sobrias corbatas negro total. Sí que sé que los hechos permitieron constatar una vez más el enorme anquilosamiento en que las redes, sobre todo Twitter, han sumido a los medios de comunicación convencionales. El viernes por la noche uno hubiera esperado cobertura, imágenes aunque fueran puros bucles con el busto de un periodista desorientado improvisando en primer plano, algo precario pero que revelara que la televisión mantiene algún sentido. Y no: siguieron los programas enlatados y la telebasura, algunos en directo pero con individuos que se hacen llamar periodistas y que se comportaban con una mezcla entre el sonrojo profesional, el ande yo caliente y riáse la gente y el máximo desparpajo pensando cómo podía computar el eventual aumento de la audiencia que los hechos le estaban suministrando. Mientras, en Twitter, la cuenta de un tipo con apenas 1300 seguidores mostraba fotos de la calle, hechas desde una ventana. Cadáveres tendidos y luego cadáveres cubiertos por mantas que los propios vecinos tiraban desde los balcones, en un gesto tan triste como valioso.

En el otro lado, analizar los hechos se ha vuelto un ejercicio donde la demagogia es un lugar ineludible. De hecho desde el razonamiento más correcto y bienintencionado y siguiendo los pasos precisos cualquiera puede llegar a cualquier conclusión: desde que lo que debería hacer Occidente es aplicar la fuerza del poderío militar sin el menor miramiento a que no hay que intervenir de ninguna manera ostentosa y dejar que la sabiduría de la madre naturaleza prevalezca. Eso es lo realmente terrorífico, saber que hay argumentos para justificar prácticamente todo por sí solo, pues imaginad si, como es el caso, los teóricos antagonistas nos sirven en bandeja un pretexto para actuar, como se dice, en defensa propia. De manera qué disponemos de un escenario ideal para que cualquier cosa suceda y eso es lo que resulta más excitante, disponer de muchas opciones y que todas estén disponibles el máximo de tiempo. 
Lo realmente curioso es que todas estas cábalas se producen periódicamente y todos estos superlativos los hemos oído y usado cada vez que se han producido esos periódicos asaltos a la placidez occidental, que es cuando reaccionamos como viejos gruñones que son importunados a la hora de la siesta. Desde luego, leer como Houellebecq se autoproclama con orgullo como totalmente convencido de solo una cosa, que es la irreversibilidad de cualquier proceso de decadencia, no es precisamente un canto a la esperanza.

divendres, 13 de novembre de 2015

Y15W43: Publico post

Antes aclaro.
Bebo bastante.
Como carne.
Debo dinero.
Estoy esperando fuerzas favorables.
Guardo grandes historias (Hoy iría iniciando juergas, jaleos).
Leo libros.
Muevo montañas nevadas.
Nada objeto.
O quien quiera remover restos, sepa solamente tres tonterías.
Una.
Última victoria, vivir. (Walt Whitman, XXth.)
Ya, ya.
Zaragoza zozobra.

dimarts, 10 de novembre de 2015

Y15W42: SER AMABLE


Puedo achacarlo a la falta de tiempo. O al touchpad que se estropea en el momento más inoportuno y me obliga a mendigar en casa por algún ordenador sobreutilizado o a perder la paciencia comprobando mi torpeza con los teclados de móviles y tabletas. Pero el motivo ulterior de no escribir más a menudo siempre será la falta de un tema que me levante literalmente de la abulia. No los hay tantos o no los hay tantos que no sean repetitivos. Para qué hablar de más goles siderales de Neymar o del auténtico tormento en el que se está convirtiendo la situación política, con bandos que se enfrentan y abren sub-bandos que aún se enfrentan más todavía. Catalunya no es el Líbano pero pueden darse situaciones libanesas cuando los radicales se alinean con sus antagonistas para oponerse a los moderados. Y hacen verdad eso de que los extremos se tocan. Casi siempre es una tontería lo que me hace espabilarme y he de ser sincero y reconocer que muchos de esos estímulos provienen de Twitter. Sigue a las cuentas adecuadas, que puede que no sean tantas, y algo sacarás: inspiración, contexto, lo que sea.
Y en una de esas me encuentro leyendo un corto debate sobre la necesidad o no de publicar reseñas de malos libros. Uno puede esperar que un libro sea bueno y acabar aceptando que ha sido un desastre. Uno tiene la intuición esa que no falla y que le ha hecho desenterrar tesoros y uno puede ver por ahí (o sea, por aquí) quién y qué cosa dice sobre tal autor o tal libro o tal obra conjunta y entonces se toma la determinación, (que no es la misma que con la música: oir mala música sí es una pérdida de tiempo), se ata uno los machos y va a por esas centenas de páginas pensando, casi deseando, que sea muy malo o sea muy bueno, que no se quede en esa tierra de nadie donde uno ni afilar el hacha puede. 
Desde que tengo cierta triste y restringida e inútil fama (uy, de qué ha ido que ponga "prestigio"), es decir, desde que poniendo mi nombre en los buscadores salen otras cosas que no sanciones por rebasar la velocidad en la calle "A", me encuentro en situaciones que, aún dejando de resultarme nuevas, no acabo de saber resolver del todo. Suelo conseguir un número relevante de copias de libros para su eventual prescripción. Suelo solicitarlas cuando suscitan mi interés y ello significa que creo que el libro puede gustarme. Las editoriales, con sorprendentes excepciones (mi adorada Anagrama, tal como escribí aquí hace unos días) suelen, en su mayoría, hacerme caso. O me envían los libros o me argumentan escasez de copias promocionales, agotamiento de ediciones, o cualquier explicación cuando no pueden enviármelas. El flujo es bastante frecuente. Mi encantadora esposa me reprende constantemente por las condiciones en que tiene que abrir la puerta a los repartidores que suben a casa a entregarlas en mano. Últimamente empiezan a darse casos curiosos: ciertas editoriales suelen enviarme algún libro adicional al que les pido. Me hablan de campañas y me piden que le preste atención a alguna novela o algún autor por el que piensan apostar. A veces ya me los envían sin solicitarlo. Entiendo que así funciona una industria tan curiosa como la editorial, donde unos cuantos tipos se empeñan en ponerle un precio a algo tan poco cuantificable como la íntima satisfacción de una frase, de un párrafo, de un personaje o una novela que se agarra a tu memoria. Lo entiendo y, de algo ha de servir mi experiencia en el mundo de la empresa, seguramente no haya otra manera de hacerlo. Ya no hay libros en las vallas publicitarias ni canales de TV que dediquen espacios a insanas horas de la madrugada para que dos tipos con gafas de pasta diserten sobre libros. Así que hay que buscar la difusión donde puede encontrarse.
Pero a veces un libro resulta ser muy difícil de defender. Entra en liza el compromiso y la credibilidad de la opinión propia, la satisfacción de que esta se muestre de forma inapelable en un escrito, y la necesidad de que esta sea fundada, porque aquel, sea autor, sea encargado de prensa, sea a veces hasta el propio editor, no vea brecha ni mala intención ni preconcepción, que vea simplemente lo que es: un tipo encantado por haber recibido el regalo de un libro, pero ofuscado, a veces hasta consigo mismo, porque no es capaz de tener una opinión positiva. Bendito problema, diría alguno. 

dimarts, 20 d’octubre de 2015

Y15W40: Vil metal


Uh. Los nombres de raigambre europea. Cómo nos gustan y cuántas cosas de rancio abolengo nos evocan y qué sofisticado resulta ajustar la pronunciación o simplemente saberlos escribir correctamente. Y cuando éstos se unen con guiones, cuando resultan evocadores de rótulos esculpidos en chapa de metal y colgados en el vestíbulo de algún elegante edificio, donde un esforzado conserje en traje oscuro les saca brillo con frecuencia. Price Waterhouse. Coopers Lybrand. Suenan a nobleza, tienen aires de castillo entre bosques y montañas, ecos de jardines ennoblecidos por estatuas y fuentes. Uno imagina sedes ubicadas en villas donde se accede en coche y donde todo el mundo tiene aspecto sano y limpio. Hachette-Filipacchi, House-Mondadori, Condé-Nast. Esta última es la culpable de este post. Su poderío económico ha servido para que una de las únicas y por tanto últimas referencias de la información musical independiente deje de serlo. Nótese el uso de la palabra "información " en vez de la palabra "prensa". Y el medio adquirido es Pitchfork. Una indiscutible referencia para los cuatro gatos (que resultamos ser algunos más) que aún albergamos esperanzas de que surja alguna música que sea nueva y nos permita experimentar viejas sensaciones. Para los que nos negamos a que el algoritmo de Spotify nos sugiera y nos entregue cualquier pastiche que lo único que hace es parecerse a los originales que nos fascinan. A raíz de esa complicada e imagino que suculenta operación supongo que cuatro entusiastas amigos que fundaron la web con el entusiasmo de un fan y la vieron progresar hasta ser lo que es hoy se deben haber llenado los bolsillos, seguro que han firmado claúsulas impidiendo que vuelvan a renacer bajo otra guisa y le estropeen a los de Condé-Nast el teórico negociazo que debería suponer infiltrarse en la cúspide de los gustos. Odio que Pitchfork dedique espacio aún subgénero musical que detesto como es el black metal. Ese espacio podría dedicarlo a algún estilo de los que a mí me seducen más. Pero me encanta Pitchfork por ese mismo motivo. Porque el concepto de dedicar espacio relevante a un subgénero es la base de la libertad de un medio. Es la garantía de que ese medio no funciona por un interés descaradamente mercantilista y eso es mejor, es más saludable que saber que vas a leer sobre los discos y los artistas que ya te gustan y que el resultado va a ser recrearse eternamente en territorio conocido.
De momento la gente de Condé-Nast se ha apresurado a insertar su firma en sitios preferentes de la página, un sobrio y elegante rótulo que parece ejercer funciones de irónica y educada despedida, más cuando el lector al que se dirige acabe de leer una reseña de un disco de hip-hop hasta los topes de proclamas misóginas o uno de black metal con la portada llena de cadáveres de adolescentes empalados. Seguro que Pitchfork sigue siendo una referencia, seguro que Condé-Nast sabrá cómo proteger su inversión. Pero va a ser inevitable que, durante un cierto tiempo, la sombra de la sospecha gravite, amenazadora, sobre ella.

dilluns, 19 d’octubre de 2015

Y15W39: Reciclaje




Sí. El hombre este, Santi, el que maneja este cotarro del otro blog. Me lo dejó muy claro, en aquel lejano mayo o junio del 2012 en que empecé a publicar aquí:

"..suficiente con tres o cuatro párrafos no muy largos..."

Pasa que para este caso creí que me iba a quedar corto, así que aproveché para  endilgarles un poquito de relleno.

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Señores de Anagrama:


Seguro que andarán Vds. muy ocupados con la cuestión sucesoria de Jorge Herralde y esa, supongo, compleja operación financiera que acabará con Feltrinelli tomando las riendas de la editorial. Difícil tránsito el suyo, de adalides de la independencia editorial y de la gauche divine a integrarse en un imperio. Me tomo, por tanto, la libertad de evitar molestarles pidiendo permiso para publicar aquí algunos detalles del escaso correo que hemos intercambiado. Escaso, por cierto, no por mi culpa.


Hoy sería un buen ejemplo, pero son ya muchas las veces en que en Un Libro al Día hemos prestado atención a los libros que  publican. Les diré, a título particular, que tres de mis autores favoritos forman parte de su catálogo: Bolaño, Houellebecq y Kapuscinski. No me he arrepentido de pasar por caja por ninguna de sus obras. Nuestro blog no promociona libros ni promociona "a cambio de". No es que Vdes. lo hayan insinuado, pero sí que me han contestado, al negarme reiteradamente copias para valoración, que los blogs literarios (supongo que podemos considerarnos uno) no somos un objeto preferente de sus estrategias comerciales. Oiga: tenemos nuestra audiencia y nuestra credibilidad, aunque no sea la de los grandes periódicos. Vaya. Me han hecho recordar a Owen Jones, cuando he pensado en recepciones en la parte alta de Barcelona, mesas a 100 euros el cubierto y señores "benestants" comentando el seguimiento en La Vanguardia del libro de la Busquets. Cierto es, que algún palo se ha llevado aquí alguno de sus últimos estandartes. Pero, ¿Negarnos copias? Peor que eso, ¿ni tan siquiera contestarnos cuando demostramos nuestro reiterado interés? No sé.


Eso sí: esto no alterará lo que opinede sus libros. O al menos de libros como éste.

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Delicioso: apelativo que, aplicado a un libro, me conminaría a huir en el 99% de los casos.
Pero éste forma parte del  1% restante.

84, Charing Cross Road empieza con Helene Hanff, escritora norteamericana dirigiendo su primera carta, en 1949, a esta dirección londinense, en que se ubica Marks & Co, un negocio de libros de ocasión. Se interesa, especula con la asequibilidad de sus precios.

De ahí en adelante los envíos de libros, los comentarios sobre el material recibido, sus precios, su disponibilidad, su estado, derivarán en una curiosa relación de ida y vuelta de cartas.

Hanff convirtió en libro la correspondencia que cruzó con el personal de la librería, en especial con Frank Doel, el empleado que se encargó de gestionar sus pedidos y cuidar de su cuenta. Al margen de la curiosidad que uno pueda experimentar por el variado surtido de libros que Hanff va solicitando, o por el elegante modo en que las cuestiones económicas se van solventando, resulta fascinante como ese intercambio de correspondencia va abriendo frentes. Somos testigos del estoicismo del pueblo inglés ante el racionamiento de la post-guerra. De la dignidad del empleado, de le evolución de su familia, de la condición de judíos de los propietarios del negocio, de la progresiva toma de confianza conforme las cartas se suceden. Nos descoloca cómo Hanff, mujer, neoyorquina, se dirige en un tono que busca confianza y respuesta. Cómo envía paquetes con comida. O menciona el devenir de su carrera profesional y su influencia en la reiterada postergación de su viaje a Londres. Todo ello en algo más de cién páginas que (con intrigantes silencios) cubren más de 20 años de relación, y para las que bastan un par de horas de lectura, más que suficientes para que la autora nos transfiera complicidad, seducción, asombro, naturalidad, una ostentosa carencia de engolamiento, y hasta una curiosa forma de tanto de apreciar la distancia entre dos culturas en dos continentes como de valorar el equilibrio de la peculiar relación proveedor-cliente cuando ésta atraviesa el tamiz del amor por los libros. Un libro breve que alinearé, por vínculos y por méritos, junto a  Seda de Baricco o Mendel el de los libros de Zweig.
Están los tiempos para ir despreciando cosas así.

dilluns, 12 d’octubre de 2015

Y15W37: MUERTE SÚBITA

Muy cerca del lugar de autos, una mañana cualquiera
No soy de hacer mucho caso a lo que oigo. Pero sí soy de fijarme en las coincidencias. Y el otro día un tipo en la radio hablaba de la muerte del rock. En relación con esta extraña semana en que  U2 dan cuatro conciertos en Barcelona. Y justo ese mismo día, o quizás el anterior, yo había proclamado para mis adentros que un comentario sobre ello iba a servirme como párrafo introductorio para mi pertinazmente postergado Ensayo Sobre Porqué la Música se Hunde.
Nunca he acabado de comprender el éxito de U2: los he encontrado obvios, los he encontrado épicos a posta, los he encontrado oportunistas, su música poco elaborada, su actitud demasiado mesiánica. Solo compré un par de sus discos, Achtung Baby, porque contiene tres de sus mejores canciones (Misterious ways, One y Until the end of the Worls) y Zooropa, que confié que fuera una continuación de Achtung Baby y no. O sea, presté atención al grupo cuando su sonido estaba más cerca del sonido tecnificado, pero en cuanto volvieron a esa intensidad épica propia de los discos que les dieron más éxito (Joshua Tree y Rattle and Hum) me alejé de ellos. Siempre consideré esos discos como meramente inaguantables. Siempre consideré una de sus canciones emblema, I still haven't found what I'm looking for como una de esas melodías simples y pegajosas, más dignas de acabar siendo la banda sonora de un jingle publicitario (su pegajoso estribillo no hace más que confirmarlo) que de ocupar lugar alguno al lado de las grandes canciones. Siempre pensé porqué el lugar de U2 no lo ocuparon los Simple Minds, grupo al que imitaban descaradamente, y qué cuantas sopas habían de comer los U2 para igualar un disco como New Gold Dream. Igualmente culpo a los U2 de haber desorientado a los Simple Minds. Tal que así. Pero no me lo recriminéis. Soy así de rarito: opino que Bruce Springsteen solo hizo que trazar una bajada desde su cúspide indiscutible, The River, y me vanaglorio de considerar Point Blank su mejor canción y de repudiar prácticamente toda su carrera posterior, empezando por la machacona simplicidad de Born in the USA, concesión al inacabable espectáculo de estadio en que ha convertido su vida posterior.


Entonces, U2 actúan 4 veces en una semana en Barcelona, llenando siempre, con 72.000 asistentes en total y a unos precios que no bajan de los 60 euros, y eso nos hace proclamar que El Rock Ha Muerto.

Porque sólo las grandes estrellas que llevan décadas sin discos que aporten nada a sus carreras llenan estadios. Sea AC/DC con su ruido infame, los Stones con su espectáculo gimnástico o Pink Floyd con sus bostezos post-sinfónicos.
Porque las generaciones que han hecho alumbrar esas estrellas (o sea, los nacidos entre los últimos 40 y los primeros 70) ya empiezan a estar mayores para ciertos trotes, incluyendo los de interesarse por ninguna de las eventuales estrellas emergentes. Ya que Guns'n'Roses optaron por la desaparición, Coldplay por dejarse la inspiración en las mesas de estudios carísimos, Radiohead, porque comprendieron todo antes que casi nadie,  Nirvana por lo que optó Nirvana.
Porque somos incapaces de transmitir ese entusiasmo a las nuevas generaciones. Por lo que sea: y mira que lo hemos intentado de formas tan patéticas como nos ha sido posible, desde camisetas del Zara con el logo de los Ramones hasta slide-show de estúpidos bebés con bandana, gafas de sol y guitarra en ristre.
Aun así, El Rock, dice un tipo en la radio, Ha Muerto.
A continuación, por cierto, una estúpida tertuliana ha argumentado que era una buena noticia. Que cuanto antes muriese, antes renacería. El Rock como ciclo de moda, al lado de las gafas de sol de espejo, los pantalones pata de elefante y las camisas floreadas. Eso sí que es morir.
Pero habrá que analizar los motivos, ¿no? o pretendo un día publicar un análisis de cientos de páginas sobre casi toda la música, sin ser capaz de concretar los motivos del hundimiento de un género en particular.

El Rock Ha Muerto porque un día estuvo vivo.
Genial comienzo.
Estuvo vivo porque unos cuantos jóvenes tuvieron dinero para comprar instrumentos y dedicar sus vidas a la ociosa tarea de escuchar música, fagocitar su influencia, y emprender la creación de música que sonara nueva. O pudiera ser que asistieran a conciertos. O que viajaran a lugares lejanos, Asi que en la génesis del rock tiene algo que ver el privilegio del acceso a la cultura, que surge, demasiado frecuentemente, en los años 50, de pertenecer a la élite occidental con recursos para comprar receptores de radio o TV, viajar y asistir a conciertos, comprar caros instrumentos eléctricos, casi siempre inasequibles, y a una falta de necesidad económica que les permita dedicar sus juveniles energías a concebir una Revolución Musical a Escala Global. Vaya: leí a John Lydon tildar a los Beatles de niños ricos. Touché. Eso estuvo feo, Johnny. Pero igual tenías razón.
Quisieron hacer ruido y quisieron hacerlo alto y rápido. Y qué mejor que no estarse demasiado por sutilezas: 4x4, acordes, ritmo básico, y poca necesidad de floritura vocal. Cantar rock en sus inicios es vociferar ante un micro un mensaje muy sencillo sin demasiada necesidad de academicismo. Incitar al baile y al movimiento. Hacer caer el tabú del alejamiento entre sexos es un apreciable efecto colateral. Hay que moverse, hay que acercarse y tocarse, hay que sudar e ir a la barra a tomar alcohol que potencia el efecto desinhibidor, vamos a subir el listón y eso no será suficiente, pronto. El mensaje en las letras suele ser directo y contiene otro dardo envenenado: la carnalidad. Asi que el rock representa sobre todo un despojo de las preconcepciones y una liberación de algunos instintos básicos hasta entonces reprimidos. A la par que, debido a su poca exigencia técnica, una relativa democratización de la capacidad creativa. Jóvenes y calientes. Bajo el influjo de sustancias que amplían el espectro sensorial. Una especie de liberación que, encima, resulta divertida. No hay tiros, solo música pegadiza a alto volumen.
La evolución sonora se encargó del resto. Bueno, de una parte del resto. La que les dejó la irrupción de la industria. Rápidamente se aprecia que eso va a ser un negocio. Que va a afectar a otras cosas. A la ropa, a las costumbres, a la comida, a la estética. El rockero duerme poco, come mal, baila y folla mucho y encima se droga. Pero mola. Atrae a las masas y encima a las masas jóvenes. Hay que estar delgado y no es necesario presentar un aspecto sano. El rock es también algo sucio y desaliñado. El rock coquetea con las fronteras de lo legal. El rock excita las prohibiciones. Nada puede ser mejor que eso.
Y muere ahora porque en cada uno de esos ámbitos algo le ha tomado la delantera. La música electrónica es más barata y sencilla de producir. Las drogas sintéticas, lo mismo. La revolución sexual y el feminismo ya se han encargado de hacer que el avance en lo carnal no tenga marcha atrás. El hip-hop es más rebelde y más mal hablado, y encima está hecho por tipos de raza negra. Tenemos mucho miedo de que estos tipos tomen a nuestras mujeres. No queremos que se pongan a comparar. La rebeldía la han domesticado a partes iguales los políticos y las marcas comerciales. Ahora los políticos conservadores llevan el pelo algo largo y barbas cuidadas. Todo es un estereotipo o todo es asignable a una tribu urbana que se reúne los sábados por la noche a oir los mismos discos una y mil veces. La música está en todas partes. No es necesario pagar por ella si quieres oirla. Necesitas un smartphone, una wifi y unos altavoces con bluetooth para oir todo aquello que antes dependía de una visita a una tienda, del capricho de un DJ o de la amistad con alguien que pudiera comprar los discos que a tí te faltaban. El último reducto de la exclusividad es eso tan bonito del espectáculo en vivo, con los viejos éxitos que los tipos de U2 tocan sin que se les note el hastío de tocar las mismas canciones una y otra vez. Están ahí, frente a la multitud entre los treintaymuchos y los sesenta, extasiados por el enorme privilegio del momento que imaginan único. previo abono de cientos de euros. Pero no es lo mismo. A lo sumo habrán fumado un par de cigarrillos de marihuana, y como mucho beberán un par de cervezas o un gin-tónic con una lista de ingredientes más larga que la letra de algunas de esas canciones. El concierto es a las nueve, que mañana hay que trabajar. En bufetes de abogados, en consultorías, en gabinetes de ingeniería, en la oficina de algún banco. 



diumenge, 4 d’octubre de 2015

Y15W36: IMPULSO CREATIVO

Baria: ¿devolviste esa camiseta de uniforme?
¿Es Jamie XX más feliz ahora mismo que Baria Qureshi? ¿Hay manera de saberlo? ¿Hago demasiadas preguntas últimamente?
Baria Qureshi, leí hace ya algunos años, se vio abrumada por la enorme repercusión del primer disco de The XX, y, en algún momento, que no alcanzo a concretar, entre su publicación y alguna de las giras de presentación, en que intuyó que aquello iba a ser grande, decidió abandonar la banda. Sorpresa. El trío fue antes un cuarteto. Poco más se supo de ella, nada, por mi parte, y quizás, el tiempo dirá, algún curioso con ganas de perder el tiempo y con escasa inspiración se dedique a buscarla en el futuro, a encontrarla, sea convertida en ama de casa, sea un músico contento con una menor dosis de celebridad, y le haga esa pregunta clave que esclarece tantas cosas: ¿te arrepientes de haber abandonado la banda?
Lo que está claro es que Jamie XX no siguió el mismo camino. The XX se han convertido en un referente de la equidistancia entre el mainstream y la pura vanguardia. Un punto idóneo de ese universo opuesto respecto al que tantos dudamos a veces. Es mainstream Britney Spears. Oh yes. Es Toxic una espectacular canción dotada de ritmo, empuje, trucos de producción novedosos. Oh también. En el otro extremo, nadie duda de Red House Painters o Throbbing Gristle. Bien: The XX han adquirido ese prestigio de dignificar a quien colabora con ellos y no dejarse arrastrar hacia los lodos por mucho que a veces manifiesten gustos alejados de la pureza. Que jodan a la pureza (por cierto: muchas ganas de hincar el diente al próximo Franzen) y que viva el mestizaje. Jamie XX, factótum del sonido del grupo ha mantenido una relativa ubicuidad desde que se publicó Coexist, especialmente por lo relacionado con su condición de DJ. No es tan habitual: los DJ no integraban directamente una banda pop, era más bien al revés. Algún músico recibía una invitación a reflejar en una sesión sus influencias. Pero Jamie XX no se distancia de esa condición. Más bien parece que sea ésta la que posibilite su brillante aporte al sonido de la banda. Hace unos meses ha publicado In colour. Disco que ha recibido enormes aplausos de los críticos, a muchos de los cuales les va de perillas esa condición de Jamie, puesto que pueden aplaudirle y seguir siendo snobs, o criticarle y ascender a mega-snobs. Así es la crítica musical en muchos sitios, pero, y los que hemos seguido el NME y el Melody Maker (que fueron, hace décadas, publicaciones diferentes y prácticamente enfrentadas) podemos alzar testimonio, especialmente la británica. Pues los ingleses han renunciado a encontrar los nuevos Beatles y se contentan con los nuevos Smiths, los nuevos Housemartins, los nuevos Oasis y, cualquier día, los nuevos Coldplay. Respecto a Jamie XX otra vez unanimidad: el disco será casi seguro uno de los cinco mejor valorados del año y he de decir que con merecimiento, aunque sea un disco cuya variedad haga resentir su condición unitaria. Nadie tome esto como una crítica: me encantan los discos que renuncian a tener una uniformidad que los allane.

Pero Jamie XX ha conseguido demostrar capacidad de adaptación a prácticamente cualquier género, incluyendo el trance o el breakbeat y excluyendo las baladas soul (gracias), y ello implica que el disco carezca algo de sentido de la unidad, cosa que lo aleja del subgénero discos que te cambian la vida aunque, seguramente, conocedor de los entresijos de este mal y cruel negocio que es la música post Napster y post EMule, sepa que ya va a haber muy pocos discos que puedan alzarse con tal calificativo. Jamie XX ya debe acercarse a la treintena. Ya ha superado, seguramente (facturas de caros dermatólogos pagadas con el sudor de un par de horas de sesión) el acné que infestaba su cara allá por sus comienzos. Ya ha decidido qué peinado le sienta bien y le hace dejar de parecer un adolescente escondido tras una maraña de pelo rizado. Ya viste otros colores diferentes que el negro uniformado que escondía a la banda allá por el 2009. Ya ha publicado su disco en solitario, y los dos componentes del grupo le han ayudado colaborando en él, de forma visible, pero no ostentosa, no han buscado un protagonismo que le eclipse. Que nadie piense que la banda se resquebraja, pero tampoco que nadie interprete que el sonido de In colour va a determinar el de futuros discos del colectivo. Parece, la relación entre los miembros es ideal. Jamie no es el artista haciéndose la prima donna, despreciando a los compañeros y diciéndole al mundo no sé que coño harían estos pringaos sin mí. 
Para que nadie me acuse de usar artículos del cajón con tal de rellenar la cita semanal: este mediodía recibí algo parecido a un estímulo provocador. Desde allende el Océano. No sé si Sumisión es ese aburrido panfleto. Sé, y quedad avisados de que me gusta tanto el planteamiento que voy a hacer, que pronto voy a usarlo en otro ámbito que, como Jamie XX, como el vilipendiado Cercas o Franzen, Houellebecq es un escritor a la búsqueda final de cierto momento. El momento en que, sentado en un sofá, en una terraza frente al mar, en la taza del WC, el lector, el oyente, se enfrenta en soledad a su obra. Ese momento es crucial. Los dos, creador y lector, emisor y receptor, están unidos por el texto, por la música, por la obra. Si todo va bien nada entorpece esa relación. Quien emite no sabe quien va a estar al otro lado: puede imaginarlo, pero jamás está seguro al 100%. Quien recibe está en clara ventaja: normalmente ha elegido a esa obra frente a otras. En ese momento puede experimentar muchas sensaciones, que incluyen indiferencia y repugnancia, y estas ni siquiera tienen porqué ser definitivas. El lector lee las palabras y puede que piense que algunas parecen escritas para él. Sabe que no, pero está dispuesto a ampliar el rango: para gente como él. Sopesa, interpreta, piensa, compara, puede que haga que sí con la cabeza, o que no. Puede que lo deje todo para otro momento que nunca llegue a producirse. Ese momento, ya no digo si muchos de ellos se suceden, es el que persigue el creador: el improbable intercambio íntimo (que el creador solo experimentará en actos promocionales concretos o en la cuantía del cheque de sus royalties), el certificado intransferible de que su globo-sonda ha llegado a su destino.


diumenge, 27 de setembre de 2015

Y15W35: BREAKING NEWS


Ya lo habré dicho de veces. Este blog no se abrió por cuestiones políticas. Quedó claro. Ni por motivos futbolísticos. Ciertos debates se han ido produciendo porque yo soy así: una veleta a la cual la amabilidad y el gusto por las visitas y los comentarios ha dominado. Bueno: uno de estos debates debería quedar zanjado para, exactamente, el momento de la publicación de este post. En ese momento las televisiones están mostrando a sus espectadores esos gráficos modernos y atractivos en 3D que llevan horas preparando, esos que compilan sondeos a pie de urna, que es la curiosa manera como se llaman aquellos que consisten en abordar a las personas que salen con paso distraído de los lugares de votación, henchidos de orgullo democrático y pavoneándose de haber cumplido con su deber ciudadano, tanto que se consideran autorizados para dedicar el resto de la jornada al delito y la impudicia.

Y esto será lo que habrá pasado 

(Dedicado a todos aquellos que atribuyen mi escaso acierto en las apuestas deportivas a que siempre apuesto a favor de mi equipo y en contra del Madrid)

Datos

JpS: 41,6 % votos, 61 escaños
C's: 14,3 % votos, 21 escaños
CUP: 11,4 % votos, 15 escaños
CSQEP: 10,9 % votos, 14 escaños
PSC: 10,7 % votos, 14 escaños
PP: 6,8 % votos, 10 escaños
Otros: 4,3 % votos

Junts Pel Sí acaba de obtener un triunfo contundente. Es la primera fuerza en número de escaños, triplicando a su más inmediato perseguidor. La CUP ha dinamitado todas las apuestas y se ha colocado como una tercera fuerza que es una obvia victoria, pero también una seria advertencia encubierta a Mas: mucha gente no confía en él, y mucha gente va a seguir de cerca sus primeros pasos. La mayoría para el independentismo es muy holgada, supera en 17 diputados a las fuerzas no independentistas, pero el abrumador desequilibrio genera un efecto dominó; algunos diputados de CatalunyaSíQueEsPot interpretan un gesto tan claro por parte del electorado como una clara invitación a que esclarezcan su indefinición, y deciden apelar a la libertad de voto. Será una jugada lógica, pero criticada, pues, ley electoral manda, un alineamiento abierto desde el principio hubiera aclarado las cosas y evitado algo el suspense. Hecho este comentario, muchos callarán: se trataba de evitar movilizaciones de voto adicionales como reacciones a datos muy determinantes de las encuestas. La partida de ajedrez entre partidos, empresas de sondeos, y electorado, ha resultado convertirse en un fascinante juego del escondite. La participación ha sido elevadísima, y mientras unos se lamentan del poder de movilización del bloque independentista, las fuerzas dirigidas desde la capital del estado español empiezan con las clásicas lamentaciones que apelan a la incapacidad para transmitir el mensaje y esas cosas. A la vez se exige (exige) tranquilidad y serenidad, y se relaciona una retahila de cosas que no van a pasar. Quede claro: el estado español, monolíticamente, deniega una vez más posibilidad alguna de que la voluntad expresada en las urnas por los catalanes se tenga en cuenta y se lleve a cabo.
Bien: señores que han triunfado y no tienen reparos en mostrar flequillos descontrolados y camisas sudorosas. Les hemos votado para que esas cosas pasen. Han captado nuestros votos con promesas de acciones muy concretas, promesas que incluyen fechas y hojas de ruta. Las queremos, una por una, en su momento, sin faltar lo más mínimo a su esencia, y sin pasos atrás. Esto no es una cuestión de inversión y recursos y de os prometí esto pero me he sentado en la mesa y no puede ser. Todos los pasos. Uno por uno. Esto es una cuestión política y las cuestiones políticas no tienen matices. Voy a tu boda o no voy a tu boda, Estás embarazada o no lo estás. El mensaje transmitido es clarísimo. Quien muestre dudas, quien se haya visto superado por los acontecimientos y ahora matice su convencimiento debe hacerse a un lado. La gente ha sido clara. Mucha gente ha sido muy clara. Como sea, pero fuera de España, lejos del PP y lejos del fascismo encubierto que lleva casi 80 años gobernando nuestras vidas. Eso es lo que hemos dicho. Queremos notarlo ya en unas semanas. Queremos que cambien las cosas para mejorar y notarlo lo antes posible. Eso es lo que esperamos. Si ello representa la desaparición de esa entelequia denominada España, pues precio que pagamos a gusto. Nosotros queremos determinar nuestro futuro, en la medida que podamos, y sin más intermerdiarios a los que abonar comisiones. Es así de sencillo. Es un grito claro o un susurro. Da igual. Es nuestra voz. El resto es ruido.



dimarts, 22 de setembre de 2015

Y15W34: COLECCIÓN DE CAMISETAS


Última semana: cinco días en los que la maquinaria estatal española va a funcionar a pleno rendimiento para conseguir disuadir en todo lo posible a los potenciales votantes de las opciones independentistas. Va a ser una lucha sin cuartel, pero mi confianza es firme: la torpeza con la que se están empleando es digna de pasar a la triste historia de las estrategias equivocadas. España va a ser el reino del tiro por la culata porque por encima de todo tiene que ser lo que es y demostrarlo en cada uno de sus gestos. Prepotencia y chulería campan a sus anchas y los argumentos se han ido endureciendo. Ni siquiera, obcecados en su lógica onanista, han sabido aprovechar circunstancias como la progresiva inflamación de Mas,  y el unionismo ha optado por la reiteración, convencido de que los argumentos le aportan apoyos, cuando algunos son tan patéticos que han generado rechazo y vergüenza ajena hasta en sus propios partidarios. El repertorio es variadísimo y. me temo, va a ampliarse con unos cuantos ejemplos más hasta el último momento. La campaña, que ha pulverizado los récords de rapidez en activar el efecto Godwin, es de una suciedad y una bajeza ejemplares: los catalanes vamos a contentarnos con seguir manteniendo, y por los pelos, la condición de seres humanos, y solo y únicamente seremos seres abyectos, egoístas, provincianos, insolidarios, fanáticos, detestables, todo ello, claro, perfectamente compatible con pagar religiosamente nuestros impuestos a un aparato estatal que los administra, una vez todos los corruptos se han asignado su parte, con el único criterio de compensar cuentas debidas y devolver favores. 
No: los catalanes no vamos a dar vuelta atrás. Cansados de la constante tomadura de pelo al que nos han sometido generaciones de gobernantes relacionados o tolerados por el aparato perverso de perpetuación en el poder que Franco diseñó y la peste borbónica aceptó de mil amores, no vamos a aceptar que este movimiento social, callejero, popular, quede zanjado a base de malas artes. Hemos llegado hasta aquí no para algo, sino para todo. No dejaremos que cinco largos años queden postergados en un cajón en forma de una bandera descolorida de haber estado colgada y una colección de camisetas con consignas levemente naïf. Una de nuestras máximas es "si la fas, fes-la grossa", "si la haces, hazla gorda", y ése es justo el reflejo y el sentido de tanto crescendo, tanto sexo tántrico y tanto redoble. 
El 27 de septiembre votaré para que la sociedad en la que vivo abandone un estado gobernado por la extrema derecha y atrincherado en el inmovilismo  y la falta de respuesta. Lo haré a pesar de los riesgos y las incertezas, lo haré espoleado por las amenazas sean absurdas o sean fundadas. Lo haré con la chulería que tanto critico a los demás, porque una vez puedo, o no. Lo haré para poderme reír de botarates como Rajoy sin que se me hiele la sonrisa pensando en que ellos determinan mi futuro. Lo haré aunque no sepa si este es un mejor futuro para mi familia, pero convencido de que no hay ninguno peor que continuar igual. 

divendres, 11 de setembre de 2015

Y15W33: COLA DE SUPERMERCADO

Lo veo: de hecho, lo he visto bastantes veces, pero en la cola del supermercado la situación se presta a una observación natural, nada forzada. Y ahí lo tengo, con un aspecto realmente desolador, de la cabeza a los pies. Cuatro mechones grises descontrolados no pueden disimular una calva a la que le da demasiado el sol de la intemperie. Una camiseta roja con un estampado ridículo y el cuello dado de sí por el uso. Remetida, en un patético intento de preservar un sentido trasnochado de la elegancia, en unos jeans que han conocido demasiados lavados, que han quedado anchos y raídos, agrisados en esa parte de los bolsillos de los jeans donde se guarecen y rozan las manos ociosas. Su mirada fija en las monedas que sostiene en las manos, mientras el paquete de latas de cerveza en oferta queda en el mostrador. Muestra ojeras, va bien afeitado, esboza una curiosa sonrisa. Ausente, pero confiada. Llegará a casa y se beberá, tibias, el primer par de latas, dándole igual con tal de recuperar esa confianza de seguridad que le transmite el alcohol. Sin pensar en lo diferente que es esa cerveza a veintisiete céntimos la lata de aquellas que dispuso, en elegantes botellas dispuestas en fila, mostrando orgullosas las etiquetas, ay si el mundo hubiese comprendido su idea, ay si esos chinos no hubieran ubicado aquella tienda a diez metros de la suya. Todo aquello no hubiera pasado.
Ni el adiós de su novia, aquella morenita de aspecto demodé y andar a saltitos, jodida tarde en que se fue, harta de insistirle en que debía adaptarse al mundo y no esperar que fuera al revés, harta de darle oportunidades y de recordar el sabio consejo de una amiga ("a veces quien se tira al agua a salvar a quien se ahoga lo único que consigue es ahogarse también"), día en que, después de derramar un par de lágrimas en el suelo del ascensor en bajada, se inició una nueva vida para ella, una vida más segura, pero casta y aburrida.
Ni el espantoso día en el notario, para leer el testamento de su madre, donde se le condenaba al usufructo del piso heredado, en una maniobra perversa encaminada a alejarle de la tentación de venderlo y malgastar el dinero. Ese piso, demasiado grande incluso para el enorme volumen de su soledad, al que su hermano había renunciado más o menos tácitamente, sin alardes de generosidad, con un aire de reproche impropio de hermano menor, no sin antes hacerle uno de esos comentarios que hieren: "habrás de espabilarte algún día". Él, claro, tenía otros planes: confinarse en el viejo local de la tienda que había cerrado meses atrás, acomodarse allí, entre los anaqueles, la nevera que empezaba a apestar y vivir de los botes de comida que le había sido imposible vender. Esperar que nadie se fijara demasiado en ese tránsito diario y aguardar tiempos mejores. Ni eso pudo hacer.

Miro al tipo: dos minutos pueden hacerse eternos en la cola de una caja o pasarse volando si se deja pasar la imaginación. Se disculpa con la cajera por la torpeza con las monedas mientras decide dejar otro producto que llevaba pues no le llega el dinero. Pide un recibo pues tiene que rendir cuentas. Mi turno, en la otra caja, ha llegado ya, por lo que dejo de prestarle atención mientras se pone el paquete de cervezas bajo el brazo y desaparece calle hacia la derecha. Mi imaginación vuela algunos minutos más: me pregunto si debería ser sincero, pararle un día y decirle que inspiró un pequeño juego literario, un juego insignificante y voluble que no tuvo consecuencia alguna más que otorgarle algo de fama anónima y transcontinental. Lo descarto inmediatamente: no me gusta nada la sensación de superioridad moral que se desprende de un acto así. Llego a casa y empiezo a teclear un texto que no me exponga a recriminaciones casciarianas de tirar de archivos cuando no hay de dónde rascar. Lo acabo en pequeñas sesiones, aprovechando ratos perdidos. Lo remato a toda prisa pues quiero aportarle un pequeño guiño, un mensaje cifrado de complicidad. En el último instante, con el telón deslizándose inexorablemente, pienso en una última imagen.

El tipo contempla satisfecho como una última lata de cerveza ha rodado hasta el fondo del refrigerador. Como, en contacto con la pared del fondo, esta a una temperatura idónea. Piensa si no debió descontarse al beber, a toda prisa, las once restantes, a lo largo de la noche anterior. Toma la lata y se la pone, satisfecho, junto a la mejilla para notar su temperatura. Decide encender la televisión: no lo hace muy a menudo pues no quiere que se estropee el día más inoportuno. Se sienta frente a la pantalla y ve a toda esa gente en la calle. Piensa en su apellido, con una "a" con acento grave. No le sale, ya, sonreír. Solamente mira.


diumenge, 6 de setembre de 2015

Y15W32: CLASES DE LUCHA

Siempre dudo cuando me presentan mujeres como compañeras de trabajo. Encuentro los dos besos algo poco profesional, teñido de cierto concepto machista al que no quiero quedar asociado. Pero dar la mano, estrecharla con frialdad y decisión tampoco me parece lo adecuado. Siempre dudo, y siempre suelo inclinarme por lo segundo. Lo prefiero porque prescinde del acercamiento inicial que no hay porque provocar. Porque los compañeros de trabajo son un poco como la familia. No los has elegido. Se cruzan en tu camino por circunstancias, éstas sin tener nada que ver con la genética, pero ahí están. Convive con ellos, colabora, haz equipo, haz piña, producid en armonía. En estos difíciles tiempos, obsérvalos, sopesa si detrás de un amistoso compañero no hay un voraz trepa dispuesto a ocupar tu silla en cuanto cometas un error o una mala enfermedad te postre en la cama.
Así que no recuerdo si le di dos besos o le estreché la mano. Sé que el presentado era yo, sé que el nuevo en la empresa era yo, y a ella me la presentaron con una extraña descripción de sus funciones. Que acostumbrado a la jerga empresarial no me sonó a nada en concreto. Entonces aún no había visto The Office. Pero si la hubiera visto hubiera pensado en una mezcla de Creed y Phillys. Con mucho más de la segunda.
No recuerdo nada de los primeros días hasta que trasladamos la oficina, cuando nos emplazaron uno frente al otro, separados por un pequeño armario, dos despachos abiertos frente a frente, en una grotesca situación en que parecíamos vigilarnos el uno al otro.
En apenas unas semanas ya comprendí su función en la empresa. Que no era otra que la mera vigilancia intercalada con tareas esporádicas para las que no estaba justificado ni su sueldo ni su responsabilidad. Pero, siendo hija de uno de los accionistas, no hacía falta que mostrara el mínimo empeño en hacerlo bien, ni tan siquiera en hacerlo o disimular que lo hacía. Su condición le permitía atribuirse horarios laxos en entrada y salida, ausencias injustificadas por los motivos más peregrinos, y, por supuesto, libertad para hacer lo que le placía a la vez que criticaba a los demás por hacerlo. Usar teléfono y correo con finalidades particulares, sostener prolongadas conversaciones de tipo personal mientras garabateaba cualquier papel, extenderse en horarios de desayuno y comida, recibir visitas personales. Con la mayor naturalidad y consciente de que era muy improbable que alguien le llamara la atención.
Tenía obesidad mórbida. No sabías si era obesa porque no se movía o era al revés. Lo atribuía a un cambio hormonal en sus dos embarazos. Cuando lo decía, las miradas cómplices se cruzaban por doquier. Porque mesura y cuidado en su comida no los había. Porque jamás se desplazó a la oficina en otra cosa que vehículos de alta gama de esos que consumen gasolina a galones y pisan los matorrales del campo en cualquier fin de semana ecopijo que se precie. Porque era consciente que su marido, un ejecutivo obsesionado con el deporte, no la tocaba ya ni con un palo. Pero había más circunstancias que la definían. Como jactarse de no necesitar su sueldo para vivir, y que lo usaba en pagar caprichos y los sueldos del servicio doméstico que tenía contratada porque ella no iba a encargarse de tareas mundanas como la limpieza o la cocina. O entrometerse, por puro aburrimiento, en la vida de los demás para criticar con sarna. Cualquier cosa menos trabajar. Si hacía falta emplear un día entero en preparar un formulario sencillo, pues eso. La convivencia con una persona así es una oscilación continua entre estupor e indignación. No había límite alguno para su desfachatez, y atribuía sin reparo a su torpeza cualquier pretexto para endosar su trabajo a cualquiera.
Obviamente mientras eso durase y la empresa pudiera permitirse una persona improductiva nada iba a cambiar.
Pero las cosas, algunas, cambian. Quien fue socio de una empresa vende sus acciones y deja de serlo. Quien se otorga privilegios por esa situación los pierde de una manera tan rápida como absurdo el hecho de que los mantuviera. Y en algún momento el trabajo en una empresa moderna pasa a valorarse con algo frío y objetivo como es el rendimiento. Frío criterio el de la productividad pero agradecido si se trata de valorar el esfuerzo. Los números no mienten. La poltrona se desmoronó y el privilegio cedió bajo el peso de la lógica empresarial. Fue entonces cuando se produjo la transformación: sin solución de continuidad pasó de superior a subordinada, sin que hubiera en momento alguno de coincidencia en ese rellano virtual que es el organigrama de una empresa. Caído el trato de favor, el primer y trágico planteamiento era qué hacer con una persona que se jactaba de no necesitar el sueldo ni saber hacer nada productivo. Sin nadie a quien controlar el trabajo pues ahora era el suyo el que había que controlar. Entonces surgió la víctima: la empleada problemática que se lamenta constantemente de las condiciones en que se desenvuelve su trabajo (las que otros llevábamos años soportando), la persona presta a abandonar toda responsabilidad porque veía su puesto amenazado por las funestas nubes de la crisis global, y decide que quieran eran criticables como subordinados ahora lo son como superiores. Sin abandonar la pose sobrada y prepotente ahiora tilda de arribistas y oportunistas a todos aquellos que llevan años aguantando su carácter errático y caprichoso, los acusa de todos los defectos de los que había alardeado a lo largo de años. Una vez, en decisión certera, lógica e inapelable, es despedida, no duda en cargar y apelar a la injusticia y a la pasividad de compañeros que dice no echar de menos pero con los que sigue contactando periódicamente para lamentarse de la enorme injusticia de que dice haber sido víctima.
La maldad en nuestra sociedad puede estar más allá de exaltados cortando cabezas, de enfermos acumulando crímenes. La maldad se manifiesta en muchas maneras y algunas nos son muy próximas: tanto como la mesa de enfrente.

diumenge, 23 d’agost de 2015

Y15W31: DIOSES MUERTOS

Debería ser un pretexto para negarme a hacerlo, pero no lo será. Hago la cama y me quedo absorto: una sábana a rayas, en tonalidades a medio camino entre lo mediterráneo y lo levemente árabe, me sume en pensamientos que toman curiosos vericuetos. Que si ese algodón que ha necesitado ser plantado, recolectado, tratado para convertirse en hilo. Que si las máquinas que lo han tejido hasta convertirlo en tela. Los tintes, los minerales extraídos o los componentes vegetales para obtener los distintos tonos. Los aditivos químicos para evitar que, una vez teñida la ropa, el detergente no acabe con sus colores al primer lavado. La red de distribución para que eso haya llegado a mi casa. Las carreteras, los camiones, los barcos que han llevado a la fábrica cada uno de los materiales. La construcción del edificio donde está el comercio donde se adquirió, los empleados que allí te atienden, como llegan desde sus casas, el transporte público, las infraestructuras, la motocicleta que el dependiente aparca a la vista para vigilarla mientras trabaja, la gasolina gracias a la cual funciona, el poste donde la dispensan, la máquina de autoservicio, la manguera, la presíón del combustible a través del tubo, el mensaje desde el terminal de cobro hacia la máquina para que entregue tantos litros o el equivalente de tantos euros. Solo estoy haciendo la cama y ya me he entregado a una cábala que abarca miles de elementos.
Me da miedo pensar en todo eso y pensar a la vez en lo sencilla que es la existencia de la mosca que se ha colado aprovechando que he abierto la ventana, para dejar que la estancia se ventile, aunque sea con ese desagradable y húmedo aire caliente del agosto barcelonés. Me da miedo porque, a continuación, el proceso lógico es pensar en la humanidad como en un estado avanzado de algo y en el mundo animal como un estado más primario. Y me da miedo pensar que de eso a creer en las divinidades puede haber muy pocos pasos. Pero como, frase que suscribiría ese silencioso espectador llamado Horacio, para algunos escribir es difícil pero no escribir es aún más difícil, heme aquí, pensando qué foto ilustrará esta disquisición, qué final o qué conclusión aparecerá, pasadas treinta o cuarenta líneas. Pensando que si los fines de semana toca texto y aquí hemos pasado por encima de laberintos políticos, de comienzos de temporada futbolísticos repletos de falsas dudas existenciales, pero que no, que hay que ser serio, hay que cumplir y hay que esperar la respuesta de turno, la que no llega, la de dijiste el 1 de septiembre y ahora qué. El lamento sobre lo mermado de nuestro poder de convocatoria, que ahora no merece ya ni esa palabra, poder. 
Pero volví a perderme. No tengo ganas de creer en dioses. O quiero creer que si fueron superiores para organizar el inicio de todo esto, la cosa no les dio para más y ya lo de inmortales no pudo ser. Dioses muertos. Eso. Sin herederos ni código genético a clonar. Puede que sea otro de los efectos colaterales de hacerse mayor. Pero, por encima de todo, no me apetece nada que condicione mis actos al margen de mi voluntad, que tan mala no es. Ya hay bastantes cortapisas y bastantes límites dictados por la física y la química y la naturaleza. Valorarlo todo en función de. No. Esa sensación de necesidad de sentido de todos los actos me resulta nauseabunda. No es suficiente la presión del instinto de supervivencia, que ya es muy poderosa, para qué pensar en seres superiores y en sentido de todo, simplemente porque el pensamiento se vaya por las ramas mientras se allana una sábana. Para esto ha dado, para uno de esos inexplicables textos que no llevan a ninguna parte, salvo que alguna parte sea la reiteración de ciertos recursos que ya deberían empezar a cansaros. Para otro aleteo inútil, otro número en la estadística, otro esperar un cada vez más lejano e improbable regreso a tiempos pasados.



dissabte, 15 d’agost de 2015

Y15W30: SINE DIE

Si en el fondo es lo que nos encanta. Nada mejor que un suicidio como final para un músico que admiremos.
Suelen entregarnos bonitos cadáveres y dan lugar a especulaciones llenas de teoría y poesía. Son más misteriosos que los asesinatos, pues de esa muerte podemos culpar a todos, en un sentido u otro. Los suicidios pueden ser aparatosos, como parece que fue el de Cobain, o algo más discretos. Hay suicidios que son hasta inconscientes. O la entrega a la mala vida no es justo eso. Ahora fumo o bebo o me drogo y que sea lo que Dios (o los límites biológicos de la sabia naturaleza) quiera. En este sentido Billy McKenzie acabó con su vida, allá por 1997, sin cumplir los 40, con tan poco ruido y brillo como el que había suscitado, ante la gran masa, su obra ya en solitario. Un falso solitario; deshecha la banda que componía con Alan Rankine (del que, salvo colaboraciones con una belga supuestamente alternativa llamada Anna Domino, poco más se supo), McKenzie usó aún el nombre The Associates para publicar, creo recordar que en Circa (una subsidiaria de alguna major, creo que Virgin, que nos regaló fogonazos, creo, de Neneh Cherry, Massive Attack o, erm, Sidney Youngblood) Wild and lonely, penúltimo disco de su carrera.
Nunca fui un gran fan de los Associates. Me ponían un poco nervioso sus portadas, sus horrendos peinados, la producción aguda y estridente, y debo reconocer mi desconfianza hacia los combos de synth-pop que se fueron añadiendo a la moda después de que los pioneros reales hubieran allanado el camino. El synth-pop nace al mundo con Dare! de The Human League, primer y acaso único momento de la historia en que vanguardia, calidad y éxito multitudinario confluyen en lo alto de las listas. Ni siquiera ellos mismos que optarom por escaparse de la frialdad disco para abrazar un erróneo camino entre las guitarras extemporáneas de Lebanon y la histeria de (Keep Feelin') Fascination, consiguieron continuar trazando el camino que habían creado. Quienes les toman el testigo, Soft Cell y Depeche Mode al frente, exploran nuevas vías, pero nada vuelve a ser igual. El synth-pop, al que habría que llamar tecno-pop, se llenó de dúos, parece, formato idóneo para combinar la necesidad de distintos enfoques creativos con la versatilidad que la tecnología aplicada a la música permitía. Soft Cell, Yello, Orchestral Manoeuvres in The Dark, Tears for Fears, Blancmange, DAF.

Pero los dos discos de McKenzie en solitario siempre han tenido un significado especial para mí. Wild and lonely, publicado en 1990, resulta especialmente memorable. Ostenta el honor de ser el primero de todos los discos que, poseyendo en vinilo, me fue imposible encontrar cuando decidí usar el Emule para hacerme con copias en mp3 de toda la música que poseía. Para que uno no se sienta único e individual en este inmenso planeta, tomad esa muestra: nadie se había decidido, allá por el año 2006, a digitalizar su contenido. Y a fecha de hoy, la búsqueda sigue sin dar resultados. Youtube es diferente, claro. Allí puede disfrutarse de la belleza lánguida de canciones como "Strasbourg Square"



Y curiosamente McKenzie matizó (como hizo Marc Almond) su portentosa voz: dejó de forzar las cuerdas vocales y ganó matices. Contuvo los agudos y alcanzó ligeras reminiscencias del Bryan Ferry más nasal. Cedió parte del protagonismo a las partes instrumentales, concedió importancia a las bases, empaquetó canciones que emocionaban sin ceder al histrionismo. Su madurez venía con un regalo envenenado. Empezó a cubrirse la cabeza para disimular su alopecia, empezó a reemplazar el histrionismo vocal por una especie de pose afectada que nada bueno hacía presagiar. Colaboró en uno de los proyectos de la plataforma Red Hot. Versión de Bowie versioneando a Nina Simone. Y guardó alguna de sus últimas esencias para un último trabao de larga duración, Outernational, donde la oscuridad tomaba el poder a todas todas. McKenzie era consciente de que la cúspide de su carrera, en popularidad y en ventas, quedaba atrás. Scott Walker hubiera hecho otra cosa, o Marc Almond, o David Sylvian. 


diumenge, 9 d’agost de 2015

Y15W29: ACTIVIDAD BALCÁNICA

Me quejé, me quejé mucho de lo lejos que estaba el 27 de septiembre. Seguramente me he lamentado tanto de la lejanía de esa fecha que el tiempo se ha puesto a pasar deprisa, como para contradecirme o ponerme en evidencia. Y estamos en agosto y agosto debe ser por definición el mes que más rápido pasa de todo el año (en el hemisferio norte, claro). Pues uno o está de vacaciones o está entregado a esas jornadas de trabajo faltas de tensión y ritmo de competición. Y agosto se convierte en una pretemporada, sobre todo cuando el calor urbano desestima lo de dar una tregua y las tardes se suceden, mortecinas, entre somnolencia y las noches se suceden, mortecinas entre insomnio.

Pero no: ahora podemos, ya, contar con los dedos de dos manos las semanas que faltan para ese nuevo, y ya van siendo demasiados, día clave en el desarrollo de la historia de Catalunya. Uy, he olvidado ponerlo en mayúsculas. Si es que tengo una cabeza. Poco puedo decir: dos candidaturas claramente favorables a la independencia, unas cuantas en una tierra de nadie indefinida que no es más que un pretexto para, pasada la jornada, apuntarse a toda prisa a caballo ganador, y otras abiertamente en contra, pero ellos dirán a favor de otras cosas, ya sabemos eso de los mensajes en positivo y aquello de eludir las confrontaciones. Ahora mismo todas las candidaturas empeñadas en asaetearse las unas a las otras para recoger las escasas migajas que representa el voto indeciso o la abstención potencial. Rajoy, inútil y despreciable como persona, como político y como gobernante, se ha apresurado a pedir participación, advertido, supongo, del elevado grado de convocatoria de las opciones independentistas (visible, por eso, en lugares tan engañosos como las redes sociales y las avenidas de las capitales), en una jugada desesperada que ha pasado algo desapercibida.


A mí me ha dado últimamente por leer libros sobre la guerra de los Balcanes y por informarme sobre los llamados Hechos de Octubre. Nada, cuestiones que vienen a revelar que mi impaciencia va en aumento, y que, a pesar de mis reticencias, la política empieza a tomar las riendas de mi interés. Nada grave: quizás entre 1992 y 1996 yo era otro de esos occidentales más pendientes de mi radio de alcance más cercano, y ahora pago los atrasos. Me pongo las manos en la cabeza por la impunidad de lo sucedido en Sarajevo, en Srebrenica. Cuánto tardaré por ponérmelas sobre lo que sucede, hoy, en Mosul. Estas lecturas no es que me ayuden demasiado: en lo concerniente a mis convicciones, puede que estas se vean reforzadas. Pero también inoculan en mí ciertas otras sensaciones, y algunas tienen que ver con inseguridad y desconfianza. Por si estamos siendo embaucados, por si somos parte de una especie de incontrolable conciencia colectiva, por si algunos de esos que corren a hacerse las fotos de rigor ante las aclamaciones de la multitud no correrán a desdecirse de promesas. 
Será normal, me consuelo, lo achaco al nervios, pero le doy vueltas a las cosas. Tantas listas, tantos registros, tantos cauces por los que la gente está mostrando sus opiniones a los cuatro vientos. Mira que si caen en malas manos y sabrán que he votado el 9 de noviembre y qué, que he vuelto a votar el 27 de septiembre y a quién, qué pongo en mi perfil de Twitter, qué bandera muestra la portada de mi blog, a quién respeto y a quién detesto y a quién insulto. Porque, ya que estamos, no veo a Rajoy o a Aznar mejores que esos militares serbios que dieron órdenes a sus tropas para bombardear Sarajevo, que instruyeron a los francotiradores para que aterrorizaran a los civiles. Tampoco a Pedro Sánchez, por supuesto, ni a Miquel Iceta ni al bellaco de Albiol. Los veo obsesionados por llegar al poder o por mantenerse en el poder o por perpetuarse en el poder. Y los veo haciendo precisos cálculos sobre la rentabilidad en votos de seguir manteniendo a Catalunya bajo el yugo centralista español. Cálculos numéricos, pues de lo único que se duda es de la cuantía del déficit fiscal, y cálculos de intención de voto. La derecha española porque ha de mantener el testigo de su principal referencia, Franco, en aquello de la unidad de la patria, la izquierda porque que desaparezca un vivero de votos ajenos al PP es perder uno de los puntos de apoyo sobre los que orquestar un improbable retorno al poder. Eso sí, ellos, y todos los que les respaldan en redes sociales y foros de opinión, convencidos de que la mejor manera de que alguien quiera seguir a tu lado es una combinación de insultos y amenazas. Un lío, gordo, una oportunidad que dirían los chinos, una fascinante puerta abierta a resolver un acertijo, el del 28 de septiembre, consistente en saber quién se atreverá a hacer qué.

dijous, 23 de juliol de 2015

Y15W28: VIDAS EJEMPLARES

Mi foto favorita de los Sex Pistols. Una foto sin demasiado atrezzo, pero que define a la banda. Escenario mínimo, nula espectacularidad, todos apretados, y la pose. Oh Dios la pose de Lydon. En esa pose está todo. Es la pose perfecta que tantos mediocres han intentado imitar a lo largo de las décadas. La inclinación, el roto en el jersey, las manos en el micro, las gafas, la mirada ladeada, la deglución del micro. La oreja derecha hacia el público, ofreciendo la mejilla para lo que se terciara. La botella de cerveza al fondo, sobre algo que parece una mesa de mezclas y un altavoz. Una cerveza: años más tarde, muchos, leí un comentario en un vídeo de Youtube, un tipo se quejaba de que un guitarrista mascaba chicle mientras tocaba la guitarra, en un concierto de Magazine. Pero qué es esto. El caso es que, mientras he estado de vacaciones, entre varias lecturas, algunas bastante notables, ha sido bastante el tiempo que he dedicado a La ira es energía, autobiografía de Johnnie Rotten/John Lydon, publicada por Malpaso, editorial barcelonesa que ha puesto un cierto empeño en publicar obras relacionadas con el mundo de la música, tentación a la que cedo con demasiada facilidad. Bastante tiempo porque el librito, acompañado de un buen número de imágenes, se extiende por más de 600 páginas, lo cual puede parecer exagerado a muchos. Si este tipo apenas publicó un LP con los Sex Pistols, si para la gran mayoría los Sex Pistols son God Save The Queen, Anarchy in the UK y poca cosa más, aparte de su evidente provocación estética, del turbio asunto de Sid Vicious y Nancy Spungen, y de su descomunal influencia en todas las facetas artísticas desde su irrupción. Pero Lydon consigue arrastrarnos a través de toda su extensión, primero porque es consciente de que no es un escritor y en ningún momento intenta convencer de que lo es. Va desgranando su vida, va explicando sus cosas, aquí tiene un poco más de tono coloquial, alguna vez se pone solemne, pero afortunadamente Lydon elude ese repugnante tono morboso, el de un sacacuartos que explicara que he follado y me he chutado y Sid estaba hecho un desastre, y se empeña en ser entretenido y en dialogar con quien lee. Me sigue pareciendo que PiL, banda de corte experimental en la que se enfrascó (y que continuaba liderando con su eterna pose de enajenado) no han llegado nunca a superar en lo artístico la brillantez de su planteamiento, y me ha decepcionado la obsesión que demuestra por el aspecto más superficial del negocio. A veces parece que los Pistols fueron un grupito de chicos rebeldes a los que Vivienne Westwood y Malcolm McLaren eligieron para alzarse a la fama y vender ropa extraña. Pero, por encima de que hoy el punk sea una etiqueta para que muchos adolescentes despistados hagan uso de ella en conatos de rebeldía, lo más importante, pues en el 77 yo era una persona muy permeable, es que me convencieron de que la técnica y la ortodoxia podían ser importantes pero no imprescindibles. Que donde no se llegaba con ellas se llegaba con actitud, talento, y cara dura. Y que eso ha de permanecer.


Curioso: el libro en el que ando (pero las doscientas páginas que me quedan para acabarlo no van a cambiar mi opinión: es una puta obra maestra), es otra biografía. No autobiografía. Sólo nos hubiera faltado que J.D. Salinger hubiera decidido volcar su propia vida sobre el papel, Aunque muchos pensarán que ya lo hizo a través de sus obras. Pero no; este pasa de 700 páginas y está escrito de un curioso modo. Salinger es una expedición coral en cientos de testimonios. Otra manera no había. Desde que se recluyó en Cornish, Salinger se convirtió en el anacoreta, ermitaño, tío raro por excelencia. Se convirtió en un tipo acaparado por la malsana costumbre de volcarse en escribir, en una persona obsesionada por eliminar los intermediarios entre la realidad y su forma de reflejarla a través del papel. Salinger, montada o escrita o estructurada por David Shields y Shane Salerno (autor este de un documental previo con la misma temática que habría que ir viendo), es un exhaustivo reportaje escrito sobre todo el recorrido vital. Uno pensaría que es solo la historia de la vida de un pirado que escribe una obra maestra y se recluye a vivir de rentas y a esperar que los astros le iluminen lo suficiente para repetirla. Pero no: una tras otra, toda la historia de su vida resulta un fascinante descubrimiento, un bloque de información tan variado y tan valioso que lo justifica todo. Claro que habrá muchos escritores cuya vida diste de ser fascinante. Seamos sinceros: el 95 por ciento de los escritores que logran vivir de su obra tienen una vida consistente en encerrarse en el despacho a crear, salir de vez en cuando para apoyar la maquinaria promocional que el presupuesto de su editorial pueda pagar, y, como mucho, viajar o desplazarse si sus proyectos literarios lo permiten o lo justifican. Pero Salinger hizo, sobre todo cuando era un joven alto y de aspecto elegante pero algo despistado, otras muchas cosas. Tonterías, sabéis. Desembarcar en Normandía y ver a muchos compañeros morir en combate. Luchar contra los nazis en las Ardenas. Acceder a los campos de concentración una vez los SS habían huido dejando los mínimos testimonios de su barbarie. Dejar, o aceptar, o constatar, que una figura global como Charlie Chaplin le levantara a una novia. Arrastrar toda su vida una insana pero casi entrañable filia por las jovencitas. Escribir ese libro, Esquivar a los medios, coleccionar rechazos, abominar de la industria. Sí. Está todo un poco desordenado. Inspirar de manera involuntaria a asesinos que hicieron interpretaciones muy libres de la angustia adolescente de Holden Caufield. Crear a esa familia Glass, una descabellada combinación de seres que me resulta tan proyectada en el inabarcable mundo de La broma infinita de DFW. Salinger hizo muchas cosas sin hacer nada más que huir de una fama y relevancia tan deseada como rechazada una vez dispuso de ella. Ahora puede parecernos un zumbado que se refugió en el hinduismo y se dedicó a asustar a los curiosos que se aventuraban por su propiedad. Pero es esencial como referencia y está inigualado como perfil del artista atormentado. Muchos podrían decir que Pynchon solo hace que seguir su estela. Leer su biografía, incluso en el improbable caso de no haber leído una sola palabra de su obra (encima el libro es generoso en la publicación de extractos) es más gratificante, entretenido, y fascinante que la gran mayoría de la ficción que se está publicando últimamente. Un trabajo de orfebrería, un mérito descomunal el de dibujar los contornos del artista a través de las pinceladas de quienes le conocieron directamente o a través de terceros. Un libro que te obsesionas en seguir leyendo. Nombradme cinco iguales. Va.
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