dissabte, 15 d’agost de 2015

Y15W30: SINE DIE

Si en el fondo es lo que nos encanta. Nada mejor que un suicidio como final para un músico que admiremos.
Suelen entregarnos bonitos cadáveres y dan lugar a especulaciones llenas de teoría y poesía. Son más misteriosos que los asesinatos, pues de esa muerte podemos culpar a todos, en un sentido u otro. Los suicidios pueden ser aparatosos, como parece que fue el de Cobain, o algo más discretos. Hay suicidios que son hasta inconscientes. O la entrega a la mala vida no es justo eso. Ahora fumo o bebo o me drogo y que sea lo que Dios (o los límites biológicos de la sabia naturaleza) quiera. En este sentido Billy McKenzie acabó con su vida, allá por 1997, sin cumplir los 40, con tan poco ruido y brillo como el que había suscitado, ante la gran masa, su obra ya en solitario. Un falso solitario; deshecha la banda que componía con Alan Rankine (del que, salvo colaboraciones con una belga supuestamente alternativa llamada Anna Domino, poco más se supo), McKenzie usó aún el nombre The Associates para publicar, creo recordar que en Circa (una subsidiaria de alguna major, creo que Virgin, que nos regaló fogonazos, creo, de Neneh Cherry, Massive Attack o, erm, Sidney Youngblood) Wild and lonely, penúltimo disco de su carrera.
Nunca fui un gran fan de los Associates. Me ponían un poco nervioso sus portadas, sus horrendos peinados, la producción aguda y estridente, y debo reconocer mi desconfianza hacia los combos de synth-pop que se fueron añadiendo a la moda después de que los pioneros reales hubieran allanado el camino. El synth-pop nace al mundo con Dare! de The Human League, primer y acaso único momento de la historia en que vanguardia, calidad y éxito multitudinario confluyen en lo alto de las listas. Ni siquiera ellos mismos que optarom por escaparse de la frialdad disco para abrazar un erróneo camino entre las guitarras extemporáneas de Lebanon y la histeria de (Keep Feelin') Fascination, consiguieron continuar trazando el camino que habían creado. Quienes les toman el testigo, Soft Cell y Depeche Mode al frente, exploran nuevas vías, pero nada vuelve a ser igual. El synth-pop, al que habría que llamar tecno-pop, se llenó de dúos, parece, formato idóneo para combinar la necesidad de distintos enfoques creativos con la versatilidad que la tecnología aplicada a la música permitía. Soft Cell, Yello, Orchestral Manoeuvres in The Dark, Tears for Fears, Blancmange, DAF.

Pero los dos discos de McKenzie en solitario siempre han tenido un significado especial para mí. Wild and lonely, publicado en 1990, resulta especialmente memorable. Ostenta el honor de ser el primero de todos los discos que, poseyendo en vinilo, me fue imposible encontrar cuando decidí usar el Emule para hacerme con copias en mp3 de toda la música que poseía. Para que uno no se sienta único e individual en este inmenso planeta, tomad esa muestra: nadie se había decidido, allá por el año 2006, a digitalizar su contenido. Y a fecha de hoy, la búsqueda sigue sin dar resultados. Youtube es diferente, claro. Allí puede disfrutarse de la belleza lánguida de canciones como "Strasbourg Square"



Y curiosamente McKenzie matizó (como hizo Marc Almond) su portentosa voz: dejó de forzar las cuerdas vocales y ganó matices. Contuvo los agudos y alcanzó ligeras reminiscencias del Bryan Ferry más nasal. Cedió parte del protagonismo a las partes instrumentales, concedió importancia a las bases, empaquetó canciones que emocionaban sin ceder al histrionismo. Su madurez venía con un regalo envenenado. Empezó a cubrirse la cabeza para disimular su alopecia, empezó a reemplazar el histrionismo vocal por una especie de pose afectada que nada bueno hacía presagiar. Colaboró en uno de los proyectos de la plataforma Red Hot. Versión de Bowie versioneando a Nina Simone. Y guardó alguna de sus últimas esencias para un último trabao de larga duración, Outernational, donde la oscuridad tomaba el poder a todas todas. McKenzie era consciente de que la cúspide de su carrera, en popularidad y en ventas, quedaba atrás. Scott Walker hubiera hecho otra cosa, o Marc Almond, o David Sylvian. 


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