dimarts, 15 de novembre de 2016

SIN RESULTADOS


No debería tratarse de una novedad, pero lo es. Un canal privado perteneciente a un gran grupo ha decidido dedicar un programa a los libros. Un canal secundario, no de esos que salen en los primeros números del dial, pero una hora, las ocho y media de la tarde de los domingos, que podríamos denominar como "importante" en términos televisivos. Lo presenta Mercedes Milá, periodista que ha pasado los últimos quince años asociada a Gran Hermano, eso que ella llamaba experimento sociológico y los demás pornografía moral. Lo presenta en una especie de juego de compensación o pataleta o reivindicación de un pasado anterior más o menos asociado a cierta intelectualidad chic. Lo presenta si esa tarde no tiene ninguna corrida de toros a la que acudir. Mercedes Milá ha aprendido, a base de relacionarse con personajes tan profundos como los que concursan en Gran Hermano, a comportarse con un notable desparpajo. Ha enseñado las bragas y ha dicho palabrotas y se ha dirigido a todo el mundo con un contundente tuteo, pero no creo que hablemos de una persona que se rebela contra su origen aristocrático: pongamos que su éxito económico la ha elevado al status de persona a la que muchos le ríen las gracias. Podría recordarle que el elogio es el único relato que empobrece a quien lo recibe.

Yo estoy algo disgustado porque el programa no me haya gustado nada. Bueno: me ha gustado la sinopsis de alguno de los libros y he soportado el diálogo con un invitado particularmente expresivo. Unos dos minutos sobre treinta. La cosa va de que un lector se presente con un libro que recomienda y con otro que desaconseja. Por eso el programa se llama ConvénZeme y lo de la Z va por Zweig, que justo es la clase de escritor al que yo tildaría de algo burgués, pero que indudablemente queda la mar de bien. Queda mejor que Zafón, por poner un ejemplo. Cuesta mucho decir nada original sobre este programa. Las redes sociales lo han hecho de forma inmediata y han agotado los superlativos a ambos extremos. Así que no podré usar mi diccionario de sinónimos. Tongoy le ha dado un exhaustivo repaso y hasta a Olmos le ha irritado hasta el punto de sacarle alguna de sus frases más brillantes.Todo el mundo está muy punzante porque, con la salvedad de un gris programa en La2 y el programa de Anna Guitart, la gente, eso que llamamos "la escena" había depositado sus últimos gramos de esperanza en esa atractiva posibilidad: una presentadora de gran repercusión intentando dignificar un grupo mediático y consiguiendo atraer a unos miles de personas hacia un hábito que empieza a contemplarse como una rareza. Ejemplos: en la zona de mi despacho soy el único entre diez personas que ha visto el programa, a pesar de su promoción previa. Y en un campo de fútbol, al revisar la mochila de una niña de diez años y encontrar un libro, el tipo de seguridad dice "vaya, alguien que lee". 
Y esa esperanza, aunque un programa sea demasiado poco para decidir, tiene la pinta de ser en vano. Porque, como dijo Jorge Carrión, no se puede partir de la premisa de que toda opinión es respetable, y mejor prueba de ello no hay que el hecho de que, de apenas una decena de libros comentados, para bien y para mal, haya un ostentoso peso del nauseabundo género de la autoayuda, y lo más notable sean sendos varapalos a dos clásicos como Rayuela y El principito. Todo parece indicar que esa será la senda: el condenado buenismo que considera que ya es bueno leer lo que sea. Pues no. Los libros malos son los primeros responsables de que no se lea más. Porque son libros que no aportan lo que se espera de ellos, y esa decepción afecta a cualquier decisión posterior. Y en esto este programa es miedica y ventajista.
Ah. Y los abrazos: Milá arrastra el deje sensacionalista de sus prolongados y fructíferos paseos por la telebasura y se dedica a abrazar a la gente por el mero hecho de que reconozcan cierta influencia de una lectura en su vida. Y los abraza: porque un libro ha ayudado a sobrellevar una enfermedad o porque ha ayudado a aceptar la condición sexual de un familiar. Ese es el aporte, hasta ahora, y me gustaría saber si en eso va a consistir todo, para pedirle con amabilidad y buenas maneras que nos deje en ese ghetto auto-inflingido del que hasta ahora nos quejábamos, justo hasta que empezamos a temer que aún se podía estar peor.

dilluns, 31 d’octubre de 2016

HIJO DE PUTA

Imaginaba que me iba a resultar difícil. Desde que descubrí que el título de este post ajustaba al requisito pentavocálico imperante, andaba con un nutrido grupo de candidatos a los que la denominación ajustaba perfectamente. Más, cuando declaré en su momento que solo circunstancias excepcionales harían que dedicara mi atención a temas políticos o deportivos. Pues bien, esa circunstancia excepcional se ha dado. En el día de ayer, la abstención del PSOE permitió la investidura de Rajoy como presidente por cuatro años del aparato estatal que se queda y administra mis impuestos y cotizaciones. Lo cual me otorga derecho a opinar. No voté por ninguno de ellos. Pero cinco millones de personas sí votaron por el PSOE. Que sostuvo a lo largo de toda su campaña que no contribuiría a que Rajoy volviera a presidir un gobierno. Pero que, cuando comprendieron que unas eventuales terceras elecciones podían acabar con su ya residual papel como oposición y se dieron cuenta de que el chollo se acababa, de que la sombra del PASOK es alargada, y la única salida de ese atolladero, de esa certidumbre de muerte tras larga agonía, pasaba por traicionar a su electorado, en uno de los más colosales engaños colectivos de la historia, permitieron con su abstención otros cuatro años de mandato del partido neofranquista. Y Felipe González influyó decisivamente en ello. Este jubilado de aspecto pulcro, paradigma del giro conservador que da la gente cuando empieza a acumular fortuna y, por tanto, cosas que perder, tuvo la desfachatez de intervenir, consciente de su influencia, y aportar el descabellado consejo (ignoro a qué cojones de estrategia puede obedecer) de permitir el despropósito de elevar, a priori, a nueve (si contamos el prolongado período de interinidad) la presencia al frente del gobierno de Rajoy y la ostentación del poder por un partido que está más cerca de ser una organización de corrupción sistemática. Dos cuestiones han sazonado a posteriori esta repugnante situación. La intervención, calificada de escandalosa e inaceptable, de Gabriel Rufián, que lanzó duras (pero ciertas) invectivas contra la bancada socialista.


Y la entrevista a Pedro Sánchez, secretario general cuya defenestración constituyó el detonante de los hechos que han acabado en la repugnante pantomima de la votación de investidura. Donde habló con claridad de todos los condicionantes que impidieron que progresara y mostró una curiosa inflexión en algunas cuestioes.

Y a ver cómo digo esto. Para que nadie se ofenda. Mi desprecio por el PP es absoluto. Por sus líderes, por sus afines, por sus militantes y por la enorme mayoría de sus votantes. Les deseo lo peor, con más visceralidad cuanto más alta sea su posición. Deseo que se equivoquen en sus decisiones, por malas que estas sean. Deseo que las cosas les salgan mal. En lo profesional y en lo personal. Su desgracia me causará risa y felicidad. Que los dañados por sus decisiones, que los ha habido y los va a haber, con seguridad, a partir de hoy, se muestren vengativos y pierdan la calma y les causen perjuicios, Los que sean, me da igual. No hay nadie inocente en esa organización. No hay nadie que apoyando esa situación merezca que yo matice un ápice mi deseo íntimo, personal e individual. Es mi opinión y estas lineas solo pretenden compartirla con quien me lea. Cuanto peor les vaya y cuanto más errores los condenen al ridículo y al descrédito que merecen, más contento estaré y con más ganas cantaré bajo el chorro de la ducha. 

dimarts, 18 d’octubre de 2016

¿DYLAN, UN NOBEL? (*)

Cine y series andan muy relegados últimamente. Si os dijera que lo más cerca que estoy de ver una serie es imponerme una reposición de The Wire, para solazarme ante el hecho de que nada pueda mejorarla, aún...
No, por favor
Por tanto, literatura y música se erigen (ya que no voy a obstinarme en deporte y política más que cuando sucedan cosas poco comunes) en los bastiones que sirven de pretexto para estas citas.
Y a los del Nobel les ha dado por hacer que eso confluya. Muy moderna, esta gente (vaya: mi ajuste de criterio pentavocálico convierte "muy moderna" en un potencial título de post). Pero su experimento de aunar música y literatura otorgándole el Nobel a Dylan no lo entiendo. Parece que no soy el único, y parece que quienes así pensamos estemos en contra de Bob Dylan. Mi experiencia con Dylan es escasa: solo tiene una canción que me parece esplendorosa: "Hurricane". De hecho, "Oh hurricane" era un posible título pentavocálico para este post, que he desestimado. Conozco bien esa canción, su letra y la historia que cuenta, e incluso vi la película. Al margen de esos 8 minutos, nunca he apreciado demasiado su obra, perdonad mi escepticismo hacia que una guitarra y una armónica hagan avanzar mucho la música, e incluso voy a provocar un poco añadiendo que no creo que Dylan pueda ser disfrutado por quienes no entiendan sus letras. Me he puesto un poco al día y todo lo que he conseguido ver son tomas en directo de un músico joven con una voz rasposa y ese curioso artefacto para sostener la armónica, he visto a Joan Baez haciéndole coros y no he podido evitar pensar que prefiero mucho a Bob Marley o a Scott Walker. Pero en este blog no hubiera prestado demasiada atención a Dylan si no le hubieran dado el Nobel. Seguro. Quizás para afirmaciones sacrílegas como proclamar que me gusta más la banda sonora de Ciudadano Bob Roberts que sus discos, o para ponerle a caldo por publicar un disco como Slow Train Coming, para celebrar su conversión al catolicismo.
¿No había escritores? Aparte de la consabida e interminable lista de escritores de continentes o países poco favorecidos por el ruido mediático literario (kenyatas, egipcios, albaneses) nombres de peso como DeLillo, Roth, McCarthy y muchos otros parecen, entonces, tener menos méritos que Dylan, incluso cuando están jugando de locales. Llega el tipo con su guitarra, su armónica, su sombrero y su mata de pelo y les pasa la mano por la cara. Y las letras de las canciones son texto, sí, y cuentan historias, sí, y encima han de ser bien entonadas y cuadrar con la música. Por supuesto. Pero seamos claros, y creo que mi equidistancia es obvia: el problema de la música es que la gente la escucha y ha conseguido dejar de pagar por ella. Es un problema para la industria que tiene un producto y no consigue que todo el mundo pague por él. Es una fuga de dinero y bla bla bla, y no niego que el resultado final sea una pérdida en la calidad de la producción. Pero el problema de la literatura es peor; la gente no lee. Probad a dejar libros en los rincones descuidados o ved si os van a abrir el coche porque dejéis, no sé, una copia de La broma infinita ostentosamente a la vista. La gran mayoría de la gente no leerá aunque los libros sean gratis, y si alguien tiene dudas de ello le explicaré lo sencillo que me resulta conseguir libros en la biblioteca, excelentes libros por los que no tengo que esperar ni una semana porque en una ciudad de casi dos millones de habitantes como Barcelona nadie se interesa por leerlos. 
Incentivar la lectura es más que decirle a la gente que no lea mierdas pues eso les hará perder el interés a la larga. Seguramente es más que escribir con entusiasmo y con el mínimo pretexto que tal libro les cambiará la vida o que la obra de un autor les trasladará donde sea. No sé qué decirle a la gente para que lea: los veo jugando al Candy Crush o viendo videos de caídas en Youtube o enganchándose a programas de telebasura. O trasegando cervezas en un bar mirando cómo pasa la gente. O echando la siesta o leyendo prensa deportiva o trasteando en las redes sociales. Leer es una decisión que no está en las primeras prioridades de demasiada gente. Y desviar un premio importante, al menos en su repercusión, hacia un ámbito donde el libro como soporte ya no existe es una bofetada. Nada contra Dylan ni sus letras ni su influencia en esa generación que, parece, gobierna el mundo. Nada contra eso tan sexy de la fusión de formatos, ese arte total que abate férreas barreras disciplinarias. Pero esto me va oliendo a epitafio.

*Aspectos técnicos relacionados con los títulos pentavocálicos. Habilitando la "Y" (no en vano llamada "i griega"), ello nos deja a Germán Ynoub como título posible para un post.


divendres, 7 d’octubre de 2016

PUROS MÁRTIRES

Dado el prolongado tiempo que llevaba sin continuar con mi exitosa serie de posts con títulos pentavocálicos, son tres las posibilidades que andaba contemplando a la hora de recuperar el contacto.

Las dos primeras las desestimé para no cansar a la gente con mi insistencia sobre cuestiones musicales.
En una iba a reiterar mi rendida admiración hacia Frank Ocean, una vez he sometido Blond a intensivas escuchas y sigo pensando que es un disco extraordinario, justo porque Frank se ha mostrado insultantemente libre incluso a la hora de entregar una obra extraña y poco asequible.
En la otra posibilidad iba a hablar de Skeleton tree, triste y sepulcral nuevo disco de Nick Cave, que no he oído tantas veces pero al que empiezo a reconocer algo más que spoken poetry en sus primeras cuatro canciones. Iba a mencionar en algún momento que Nick Cave empieza a parecerme el Leonard Cohen para las personas que no se ponen nunca corbata. Pero lo desestimé: necesito oír más veces el disco y convencerme de que mi opinión no va a cambiar de forma tajante.


Por tanto he decidido acercarme un poco a cuestiones poco habituales aquí. Mientras espero avistar a Horacio saliendo a respirar de esa dura pero gratificante experiencia que son las novelas hardcore de David Foster Wallace. Echad un vistazo a las dos imágenes que publico a continuación.



La de la derecha era Hande Kader, transexual turca que abanderó manifestaciones en su país a favor de las opciones sexuales diferentes de la heterosexualidad (eso tan indescifrable que es el colectivo LGTB), y que hace unas semanas fue asesinada, al parecer, por una multitud, supongo que integrada mayoritariamente por varones, asesinato que, perdonad una truculencia que no me es muy dada, incluyó mutilación y cremación. Su cadáver apareció en una calle de Istanbul.
La foto de la derecha corresponde a Qandeel Baloch, joven pakistaní cuya cuenta en la Red (no recuerdo si en Instagram o en Facebook) dedicaba, a través de videos e imágenes sugerentes, a estimular cierto grado de liberación sexual en las mujeres de su país. Qandeel fue estrangulada por su hermano en un acto de lo que, de forma abyecta, viene a definirse dentro de la sociedad islamizada de Pakistán como un crimen de honor. El repugnante asesino defendía a su familia que, al parecer, sentía vergüenza por la actividad en internet de la joven. Queda claro que nada hay que mejor vaya contra la vergüenza que cometer un asesinato.
Me han impactado estos dos crímenes porque las víctimas lo único que habían hecho era ser diferentes, valientes dentro de sociedades marcadas por las mayorías religiosas, hacer bandera de ello de forma pública, y porque sus actos, con independencia de la celebridad a nivel personal que pudieran otorgarles, tenían como finalidad ayudar a sectores que, en sus respectivos países, son objeto de opresión. Así es como las gastan en Turquía (eterno aspirante a la integración en ese engendro llamado Comunidad Europea que, en decisiones tiznadas de hipocresía, retrasan sine die su incorporación, y brindan alegres por los pretextos que les aportan situaciones esperpénticas como el reciente auto-golpe de estado) y en Pakistán (potencia en una zona conflictiva que los americanos toleran con tal de no perder presencia y ceder en lo que parece un mal menor frente a los talibanes, Al Qaeda e ISIS).
Voy a tener que salvar una lanza en favor de este estado ingobernado en el que, por cuestiones administrativas, se afirma que vivo. Afortunadamente la mayoría de los que os encontramos aquí vivimos en sociedades en que estas situaciones pueden suscitar reticencias, pero no representan un riesgo físico vital. Aquí si una joven decide dar consejos subidos de tono seguramente se la confine a un programa de madrugada en cualquier canal local o se le proponga intervenir puntualmente en tertulias subidas de tono. La comunidad transexual sigue sin contar con una situación sencilla: no hay manera de evitar que la prostitución siga siendo la opción más común para ganarse la vida, y cierta generación aún está afectada por esa sensación que se nos introdujo como sacrílega, la que no entiende que alguien pueda sentirse tan a disgusto en su propio cuerpo que, en la manipulación para acabar con esa situación, llegue al extremo más incomprendido: renunciar al género y a los órganos que desempeñan una de las funciones sacrosantas que justifican nuestra existencia: la perpetuación de la especie. Ese es un aspecto proclive a la incomprensión, a la incomodidad de la curiosidad que muta en morbo, y a que, aunque sea por omisión, evitemos su trato con normalidad.
Dos crímenes repugnantes porque son perpetrados por cobardes amparados en motivos de cobardes: la multitud desbocada y el hermano aprovechándose de la cercanía y la confianza que otorga la relación familiar. No puedo comprender sociedad alguna que cobije esos comportamientos o los justifique de modo alguno. Detrás, ya sabemos, la creencia religiosa y cierta creencia religiosa. Y claro, la maldita actitud occidental de mirar hacia otro lado.

dijous, 25 d’agost de 2016

OCEAN, SUTIL

 
Curioso post: la obstinación de la gente de Youtube por hacer inaccesibles los vínculos que voy colgando hacen que cada vez que accedo a renovarlos me decida a añadir algún concepto a mi opinión sobre el disco. 
No sé cuánto rato va a durar este juego.

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Algo de ojo tendré para esto. Los cuatro años que ha tardado Frank Ocean en entregar su segundo disco no han hecho más que confirmar lo magnífico de Channel Orange y cómo éste creció con el tiempo y caló entre la gente. De qué, si no, una expectativa de tal tamaño y toda esa liturgia habitual de anuncios de fechas, anulaciones, retrasos,  que sólo suele darse cuando se habla de algo importante. Y Ocean ha demostrado, por lo menos, madurez y personalidad como artista, la suficiente para no ceder a lo sencillo en apariencia, que hubiera sido confeccionar un disco de estructura parecida al anterior, consiguiendo evitar el fácil recurso de buscar equivalentes a las canciones más destacadas de esa obra magna.
 Y eso es algo que aquí se respeta mucho. 
Qué difícil, es, por eso, evaluar de primeras un disco que apenas se ha podido escuchar entero unas pocas veces. También en eso se ha demostrado la importancia de Ocean. Cuántas reseñas de primera escucha, cuántas impresiones iniciales, posiblemente precipitadas, que no hacen más que demostrar que este mundo ya ha sido cambiado, para siempre, por la presencia de internet. Horas tardó en estar disponible para descargas, horas para asimilar la sorpresa relativa, y vamos, oigamos el disco, juzguemos los primeros, que el que da primero da dos veces. Incluso con el juego del despiste al que se entregó Ocean publicando ese experimento de outtakes llamado Endless.
Blond no tiene el impacto inmediato de su antecesor. Pasma que la canción que lo abra contenga una parte vocal inicial con el pitch acelerado. Sorprende que las partes vocales sean tan dominantes, que las instrumentaciones sean en algunos momentos tan escasas, tan espartanas. Aunque las capas se van revelando, y un oído bregado pronto empieza a descubrir detalles que fascinan. Es posible que sea uno de esos discos a los que mucha gente le va a costar entrar. Los ritmos están algo relegados, son lentos y perezosos, estructuran las canciones, pero no se hacen con ellas. Las canciones son cortas, nada de diez minutos con cambios de ritmo. No hay Pyramids, y los equivalentes a grandes cumbres como Sweet life son más en espíritu que en sonido. Puede, por eso, que sea algo pronto para que Ocean entregue su Behaviour particular. Pero lo que no ha hecho, seguro, ha sido ceder a entregar un disco borracho de gloria previa. A lo mejor se trata de un acto de prepotencia muy sutil. Cuántas suposiciones. Qué pasará en unas semanas, en unos meses, calará algo tan hondo como esos golpes de ritmo que abrían Super Rich Kids. 







De momento, la guitarra en Ivy me recuerda tanto a Prince como a algunos temas de los primeros Style Council, el piano percusivo y la deliciosa  subida de cuerdas en Pink + Blue parecen extraídos de alguna decadente película francesa de los 60 musicada por Michel Legrand, y lo que suena en Skyline to, que empieza a capella y se eleva al paraíso, (noto un extraño y cosmopolita aire de Rufus Wainwright), puede, no sé, cuánta hipótesis, que sea un theremin. Todo el disco está envuelto de un halo de irrealidad, de riesgo, pues lo que parece es que Ocean se ha planteado el disco como un proyecto personal completamente ajeno a exigencia comercial alguna. Lo demuestra la elevada presencia de canciones lentas, no baladas al uso, más bien exhibiciones nada narcisistas de introspección, y ahí Ocean experimenta en lo vocal y experimenta en lo instrumental, y las influencias surgen de debajo de las piedras. Y aunque la más visible sea la del Prince más rebelde, montaraz e íntimo, no creo que sea exagerado comparar algunos pasajes con las atmósferas malsanas del primer disco de Goldfrapp o con bandas sonoras planeadoras (desde el Vangelis de Blade Runner hasta los experimentos noctámbulos de bandas sonoras como Lost in translation o Drive).
Pronto para decirlo: la inspiración tiene caminos muy caprichosos, y más aún lo son los que tomamos los oyentes ante un disco. Importa la secuencia, importa la presencia de temas centrales a los que referirse, importa que no haya canciones que nos despierten las ganas de usar el skip, pero importa la actitud, la intención. Y la actitud de Frank Ocean aquí es la adecuada, qué digo, la perfecta: la de un músico (como el Kanye West de los dos últimos discos) que no permite que otros tomen las riendas de su carrera. Por eso, no voy a comparar aquí sus dos discos. Sería injusto. Estoy seguro de que merecen mucho la pena ambos, que los dos son seguramente hitos a diferente niveles, y estoy seguro de que la carrera de Ocean va a dar más alegrías en el futuro. Porque este disco es un triunfo, a la vez desmarcándose del pesado lastre del disco anterior, de la tendencia superproducida del r'n'b actual, incluso de las exigencias del insaciable mundo de la innovación permanente, Blond, con sus ritmos sutiles, sus colaboraciones que cuesta identificar, con su renuncia al hit, nos lo confirma. Que ninguna estúpida etiqueta os aleje de disfrutar esta fascinante música.

Post-facio: dos cuestiones que me atribulan respecto a este disco. La insistencia de Apple Music en perseguir cualquier medio de reproducir sus canciones sin el previo pago. Y la cuestión del tracklisting suicida que, especulo, Ocean ha impuesto, con sucesiones de canciones que son ejercicios vocales despojados de ritmo y, por tanto, que lo alejan aún más de la escena hip-hop. Esto resulta desconcertante porque cambia el paradigma de la música "negra" publicada en USA, donde el racismo latente aún espera que cualquier tipo de color vaya calzado con zapatillas y se lance a bailar al primer chasquido de batería.



dimecres, 17 d’agost de 2016

UN TERRORISTA

Leí hace unos días "Paradojas de lo Cool", una recopilación de artículos de engañoso título publicada (ni siquiera sé si disponible vía pago, el ejemplar me lo enviaron a petición) por una especie de colectivo alternativo llamado La Vorágine. He de decir que este colectivo radica en Valladolid, provincia española asociada tradicionalmente a la derecha más recalcitrante y ultramontana. Por lo cual debe atribuírsele un mayor mérito a su condición, en un entorno tan hostil. El problema es que el texto, desde su propia maquetación y presentación (un libro de apenas 80 páginas, cuyo lomo apenas supera los tres milímetros), parece ser más un panfleto que una obra con entidad. Algunos de sus artículos resultan bastante interesantes, pero adolece de lo mismo que adolecen todos los textos de este tipo, que es la propensión al adoctrinamiento y el atrincherado en los típicos planteamientos antagónicos de los que cuesta moverse, cuando uno está convencido de ellos, y a los que cuesta moverse, cuando se está convencido de lo contrario. Voy a vestirme ocasionalmente de ciudadano estatal para proclamarlo: la política española es un partido de tenis donde el público indeciso es el árbitro de todas las decisiones. Y la pelota va de un campo al otro sin posibilidad alguna de que el partido se resuelva. Por cada episodio de corrupción de un bando, el otro dispone de otro equivalente o mayor, Por cada Hitler hay un Stalin, por cada Mussolini un Pol Pot, por cada Franco un Kim Sung Il. NI siquiera la presencia de partidos políticos "de nuevo cuño", que conforme pasa el tiempo lo son cada vez menos, ha cambiado un ápice el panorama. Así que cualquier decantamiento de la balanza depende del comportamiento errático del par de millones de votantes cuyo sentido del voto no es claro, del voto de la gente que va cumpliendo 18 años, y de los niveles de abstención. La abstención es la mejor amiga de cualquier político mediocre (es decir, de casi todos los políticos en activo). Permite, siempre, descalificar los resultados ajenos si los propios no han resultado satisfactorios, y sembrar la duda. Se lo permite a todos, más cuando los votos se reparten entre varias fuerzas políticas, por lo que con abstenciones elevadas y repartos ajustados, nadie puede atribuirse el voto de más de un 30 por ciento del electorado (lo cual significa, siempre, que cualquiera pueda recriminarle, en el mejor de los casos, que el 70 por ciento del electorado no les respalda). Importante saber que capitalizar esta situación es la mejor baza posible en la actualidad. 
El caso es que uno de los artículos del libro incidía en una cuestión curiosa. Parece ser que la legislación española es un poco confusa para definir lo que es un terrorista. Y que, contraviniendo la lógica semántica de que un concepto no puede formar
parte de su propia definición (ejemplo: "Amor es lo que uno siente cuando ama"), acaba diciendo que un terrorista es una persona que comete actos de terrorismo. Je. Menudo bucle. Entonces permitid que reconozca una enorme debilidad mía. No hablo de
terrores nocturnos de esos que producen eneuresis ni de temor a quedarse encerrado en un ascensor junto a un extraño. Tengo un criterio amplio en lo concerniente a ello. No voy a imponérselo a nadie por el hecho de manifestarlo aquí. Me aterroriza que 
se pretenda silenciar lo que mucha gente reinvindica, que es ser consultada en lo referente a su destino. Me aterroriza también que un gobernante promueva leyes que vulneran los derechos de los trabajadores, a empleos dignos y a condiciones laborales justas.
Me aterroriza que cargos de responsabilidad en el gobierno de estados sean desempeñados por gente que conspira con bajeza contra quienes piensan diferente que él, y que haya quien lo tolere, lo defienda o lo promueva (todo son matices de lo mismo). Me aterroriza
que una persona que condecora a una imagen de madera esté al frente de las fuerzas de seguridad de un estado. Puedo exagerar en algún punto, pero seguro que todos esos hechos juntos me aterrorizan. Podría añadir más cosas: los jefes de estado que se niegan a 
hablar ni tan siquiera en el idioma del sitio en el que han crecido, los que ostentan poder en partidos fundados por afines a dictaduras, los directamente designados por dictadores, sus herederos, los que se han callado o han ocultado esas condiciones para
seguir medrando. Muchas de esas circunstancias por separado ya son suficientes, pero en su conjunto, sí, seguro, puedo afirmarlo sin que mi voz tiemble lo más mínimo, me aterrorizan. Y de acuerdo con esa definición, equivocada pero vigente, quien los perpetra, 
una foto del cual acompaña este post, es un terrorista.
¿Verdad?

dissabte, 13 d’agost de 2016

REGULACIÓN


Aún bajo el shock de cierto correo recibido esta madrugada, del que poco puedo hablar. Si acaso menciones indirectas, pero tampoco voy a ponerme muy específico.

Tengo toneladas de títulos pentavocálicos preparados. Como a algún otro, la cabeza me da vueltas y suerte de la tecnología y ese cazador de ideas al vuelo que es el bloc de notas del smartphone. Esta no es una cuestión desdeñable: analizo las palabras en función de las vocales que contienen y su posibilidad de combinarse con  otras. Es tan divertido como contar matrículas que acaban en un número y mucho más fascinante. Hay títulos que casi me lanzan sobre el teclado y debo intentar, pues demasiados arranques en falso acumulo ya, contener las ganas para que no me atropellen. La cuestión pentavocálica (curioso que parece que esta palabra no existe: el corrector de blogger anda subrayándomela) tiene aspectos técnicos que me parecen muy estimulantes. He descubierto la existencia de las palabras vocálicamente capicúas, ya que son las primeras que he de descartar. He pensado que curiosamente existen más palíndromos que palabras capicúas, y también he descubierto que mi nueva y estricta regulación acaba con mi gusto por los adverbios acabados en "mente" (parece ser, una de las primeras cosas que los correctores de estilo se afanan en cercenar de forma implacable) y que palabras capicúas en lo vocálico y que me atraen como sórdido o contexto o página quedan descartadas y solo el destino sabe cuándo podrán volver a integrar un título de un post que yo firme. También me he dado cuenta del curioso peso de las vocales en el lenguaje oral: cómo dominan en las rimas y cómo marcan el ritmo de un texto. Cómo hacen que una palabra como "parpadeo" rime con "lejos".
Qué emocionante es todo esto.
Luego mis dudas se extienden al uso de la "u" muda en su combinación con la "q" y la "g" pues no sé si otorgar esa concesión y poder titular, por ejemplo, "Eustaquio" sin que ese quebranto de la norma me condene a noches y noches sin dormir. O la "y", no sé qué trato darle pues está en esa tierra de nadie. De una opinión docta depende que Germán Ynoub sea un título aceptable para un post o no. Lo sé, las complicaciones son terribles. No quiero implicaros mucho en esto; estoy dispuesto a llevar yo solo este esfuerzo titánico. En cuanto a los contenidos, pronto van a empezar a mostrar cuestiones de la máxima actualidad. 
De momento mi hito del día ha constituido una declaración de intenciones por mi parte. Me he hecho confeccionar una camiseta con la palabra Houellebecq escrita en ella. Yo mismo he organizado el texto usando diferentes tipos de letras pues era importante repartir esas once letras. Ahora mismo voy a pasearme por Barcelona y espero que las reacciones de la gente acaben conmigo corriendo a refugiarme en cualquier portal tras dar esquinazo a la multitud.
Lo dicho, una maravilla.

dijous, 4 d’agost de 2016

ÁLEX, DILO TÚ

Foto cortesía de Llucia Ramis

Voy a abusar un poco de la confianza de Horacio. Voy a contestarle de forma pública a su último correo, y espero no haberme equivocado respecto al libro sobre el cual me interpela. Y lo hago así, y no sé si llegaré al número de caracteres que me sugiere, pero he de aprovechar el sutil efecto de espoleta algo tardía que su correo ha provocado, porque ya ando en lo de analizar mi comportamiento en lo referente a la escritura y cualquier empujón es agradecido y, en fin, no hay que darle más vueltas.
Horacio: este es el motivo por el que debes plantearte seriamente leer La broma infinita de David Foster Wallace. Un texto del escritor, no incluido en su libro sino en un artículo publicado en una recopilación póstuma, que ejemplifica varias cosas.
"Has descubierto que disfrutas mucho del hecho de que a la gente le guste tu escritura, y también descubres que tienes muchas ganas de que a la gente le gusten las cosas nuevas que escribes. La motivación de la pura diversión personal empieza a ser suplantada por la motivación de gustar, de que haya gente guapa a la que no conoces que te aprecie y te admire y te considere buen escritor. El onanismo da paso al intento de seducción, como motivación. Ahora bien, el intento de seducción resulta muy trabajoso, y su diversión se ve compensada por un miedo terrible al rechazo. Sea lo que sea el "ego", tu ego acaba de entrar en juego. O tal vez "vanidad" sea una palabra mejor. Porque te das cuenta de que gran parte de tu escritura se ha convertido en puro exhibicionismo, en intentar que la gente te considere bueno. Y es comprensible. Ahora estás poniendo mucho de ti mismo en juego, cuando escribes; y también está en juego tu vanidad. Descubres algo peliagudo que tiene la escritura de narrativa: que para ser capaz de escribirla es necesaria cierta cantidad de vanidad, pero que cualquier cantidad de vanidad por encima de la estrictamente necesaria resulta letal. Llegado este punto, más del noventa por ciento de las cosas que estás escribiendo ya están motivadas e informadas por una necesidad abrumadora de gustar. Y esto genera una narrativa de mierda. Y la obra de mierda debe acabar en la papelera, no tanto por una cuestión de integridad artística como por el simple hecho de que la obra de mierda va a hacer que no gustes. Llegado este punto de la diversión del escritor, la misma cosa que siempre te ha motivado para escribir ahora te está motivando también para tirar lo que escribes a la papelera."
Poco puedo añadir. Un párrafo que explica la actitud del escritor hacia el proceso creativo y que explica con claridad lo que me sucede hace meses. Que es creer que por sentarme ante el teclado con un par de ideas que no son más que pretextos es suficiente, y que las cosas ya fluirán, porque hace años fluían cada día, y que de esa cantidad surgirá alguna chispa, como, me decían y yo lo creía, solía suceder. Peor aún, confieso, paré, temporalmente, de leer justo ese libro cuando comprendí varias cosas. Que no le prestaba la atención merecida ya que estaba pendiente de acabarlo para escribir sobre él. Que esa urgencia de escribir algo original sobre un libro que ya consideraba único me apremiaba. Y que, pasmado ante la calidad de mucho lo que había leído del autor, necesitaba guardar un texto al que recurrir, un seguro de vida para cuando uno se bloquea. Sí, tengo esa manía con mis autores favoritos. Entonces debo pedir la asistencia de Álex Azkona, que sí lo leyó, para que le explique a Horacio esos motivos que yo diría más movido por cierta ceguera o fanatismo. Confío en que Álex se manifieste y acuse algún recibo de esos sutiles comentarios que surgieron a raíz de aquello que Germán bautizó como la cumbre. Apenas un par de horas de tres tipos sentados ante unas bebidas en un bar cualquiera de un barrio de Barcelona, allá por la primera quincena de junio, justo unos días antes de que el calor apareciera. Horacio estuvo en Catalunya con la mejor de las finalidades que nos son preservadas: poder abrazar a sus hijos y a sus nietos. Pero aprovechó esa estancia para fines algo más mundanos. Disfrutó de esa peculiar sensación del paseo por la ciudad ajena que, por lo que se deduce de sus manifestaciones desde entonces, dejó de ser ajena y pasó a echar de menos. Pudimos, junto a Germán, coincidir lo suficiente para apreciar, por mi parte, que pensaba que Horacio estaba más gordo y Germán era más alto, y supongo que ellos se darían cuenta de lo atribulada y caótica que es mi existencia, siempre apremiado por las exigencias familiares. También conoció a Silvia Pérez Cruz. Eso fue muy brillante, Horacio, esos miles de kilómetros de oceáno sobrevolados ya se justificaban lo suficiente, pero encima eso.
Así que este post no cumple exactamente la finalidad con el que empezó a ser escrito. Muchas ideas van a quedarse en el aire, pero he de atrapar algunas de ellas. Germán me habló de un proyecto para gestionar un blog de forma colectiva. Fue una conversación muy esquemática pero ya aseguro desde aquí que puede contar conmigo. Otra cuestión: como es absurdo que vuelva a prometer una frecuencia o un esquema determinado que me obligue, he decidido imponerme una curiosa rutina que contiene un guiño que me atrae. Desde hoy, los títulos de los post van a abandonar la estructura numérica imperante en el último periodo. Desde hoy, los títulos se compondrán de una o más palabras, y el título completo contendrá todas las vocales y solo una vez cada una de ellas. La excusa perfecta del título era que, por tratarse de una prueba original, o de un episodio piloto, la primera vez estas vocales aparezcan en su alfabético y cacofónico orden natural. No hablaré de nueva época, de nuevo arranque ni de renacimiento. Ya me he equivocado demasiadas veces.

divendres, 20 de maig de 2016

Y16W18: Control de vivencia

Horacio tiene razón. El mes de abril de 2016 tendrá el dudoso honor de ser el primero en la historia de este blog en que no haya publicado ningún post. Y Horacio tiene, otra vez, razón: el post del 25 de marzo coincide con el tercer aniversario del que dediqué a Estes, pintor ultrarrealista. Post que suscitó comentarios que, como siempre, se alejaban del tema central. Qué tiempos. Y no es que la impaciencia por escribir que me caracterizaba haya disminuido: ha disminuido el tiempo que puedo dedicar a ello. Sin olvidar ese funesto efecto de círculo vicioso, cuando la presión que uno se auto impone deviene exigencia con las pocas ideas que surgen, uno se coloca el listón alto y olvida cómo se alcanzaron algunos momentos memorables: a base de escribir y escribir hasta que algo relucía entre el barro. Ese es el único secreto y ni siquiera es infalible. Y no creáis que en todas estas semanas no me han ido surgiendo posibles temas sobre los que hablar. Era solamente cuestión de que ninguno de ellos se fijaba de tal forma que diera lugar a un texto consistente. Quizás no escritos, pero pensados ha habido unos cuantos borradores. Si ninguno de ello cuajó seguro que fue porque no debían merecer la pena pero tampoco puedo aseverarlo. Sería estúpido buscar pretextos a esta discontinuidad. La verdad es que mis ganas de escribir siguen ahí y se mitigan en ese otro blog donde escribo sobre libros. Pero también es verdad que no puede ser lo mismo, Sé a quienes me dirijo aquí. Así que he de rebuscar temas, sí, he de encontrar alguno que tenga tirón. pues los posts donde hago repaso sobre diversas cosas y lo zanjo en unas pocas frases dicen poco de mí. No puedo despachar las cosas tan rápido. Debo encontrar un tema en el que insistir y sobre el que edificar un pequeño castillo de naipes. La cosa no es tan fácil, pues estoy evitando de forma premeditada el hablar sobre dos temas: el fútbol (pues hay algo que continua sin gustarme de todo ese Barça post-Guardiola y no sé qué es) y la política (pues a todos los niveles y en todos los formatos los políticos, con poquísimas excepciones, me están decepcionando, sobre todo en su lentitud e incapacidad en traspasar a la realidad las esperanzas de la calle). Y no dispongo de tiempo para series de decenas de capítulos. Me he desconectado y estoy descontento con ello.
Así que he de pediros que me sugiráis cosas. Las que sea. Cualquiera me vale para retomar un hilo de diálogo que no iba a romperse pero era débil.

divendres, 25 de març de 2016

Y16W13: EL TRONO

Me entero por ahí de que Kanye West debe mucho dinero: leo por ahí que debe 53 millones de dólares y me pregunto cómo puede ser eso. Leo que una marca de ropa personal y el proceso de grabación de su último disco son, entre otras cosas, los responsables de esa comprometida situación. Aún así no acabo de entenderlo. Un tipo al que puse a parir por eso de personalizarse relojes con esferas de diamantes. Pero un día decidí (aunque Pitchfork decía antes que sus discos eran maravillas) que Yeezus era un disco muy notable, sobre todo por su firme decisión por el sonido, por un sonido elaborado para ser sucio, pero nuevo. Quizás los samples no eran tan identificables, quizás advertí algún cambio de actitud, quizás, quién sabe, esta omnipresencia global de cierto tipo de sonoridades ha traspasado esta gruesa capa de piel que conformamos mi sempiterno escepticismo y yo.
Y ahora su nuevo disco, largamente anticipado, se llama The life of Pablo. Dicen que ese tal Pablo podría ser, por ejemplo, Picasso. No lo he oído, aún, en profundidad (para eso hay que disponer del tiempo y la paciencia que se me agotan tan rápido últimamente), pero sí me ha impresionado, y mucho, el tema que lo abre. Se llama Ultralight Beam. Está terroríficamente limitado su acceso: no he podido sacarlo de Youtube, pero podéis probar aquí. La cuestión es que es (salvo esos trucos de producción, como el bajo burbujeante, de los que parece que nunca voy a cansarme) casi una canción de godspell. Solo recuerdo que me haya gustado una canción de godspell antes pero era Stevie Wonder abriendo Songs in the key of life y eso es mucho decir.


Me ha extrañado ese giro de West y me ha extrañado en la apertura de un disco. Quizás en esta nueva era las canciones iniciales de los discos han dejado de tener la importancia capital que tenían antaño. Porque en la era del vinilo podías llegar a casa y poner la otra cara del disco, pero lo propio era empezar por la cara A y la primera canción marcaba el tono del disco, para bien o para mal un disco como obra remontaba una mala primera canción o luchaba por igualar una excelente primera canción, por lo que lo aconsejable para el oyente era que fuese buena pero no la mejor. De manera que uno siempre quisiera seguir oyendo el disco pero no se la saltara. Complicado. 
No sé si Kanye West debe esa pasta. Sé que está siendo, al lado de otros, un artista relativamente prolífico. Que, como otros, anda siempre en colaboraciones de esas que no me suelen gustar. Siempre pienso que los artistas invitados son ganchos para compensar lo que uno se ve incapaz de hacer por sí solo. Pero la escena norteamericana de la música negra es muy proclive a esa fórmula, que es como decir que los artistas, a pesar de competir entre ellos, siempre buscan el amparo los unos de los otros. Lo cierto es que el trono de La Gran Estrella De La Música Negra está desierto desde que Michael Jackson murió, y aunque hay mucha gente que podría optar a él, nadie parece postularse para hacerlo. Podría haberlo tomado El Artista Que Cambiaba De Nombre Para Pelearse Con La Industria, pero hace más de dos décadas que decidió trocar estajanovismo por control de calidad. Podrían optar algunos mucho más activos y contemporáneos. Kendrick Lamar si decidiera venderse, cosa que no espero. Drake si no mantuviera constantemente un ojo en las ventas y las visitas de sus vídeos en Youtube. Frank Ocean si fuera capaz de igualar el descomunal acierto de ChannelOrange. O The Weeknd si ocultar su nombre tras un alias no constituyera un movimiento equívoco. O colaborar con una película horrorosa con una canción hipnotizada por un majestuoso arreglo de cuerda pudiese ser interpretado como un paso en falso.


En todo caso, mi atención por Kanye West está todavía más revestida de curiosidad que de admiración sincera. Me desconcierta su egomanía y cosas como que esté constantemente en el ojo del huracán con cosas como ser el marido de Kim Kardashian. Aún no sé si es un auténtico músico entregado a explorar las posibilidades del sonido o un encantador de serpientes que usa su influencia para otras finalidades relacionadas con la fama y el poder económico. Paradójicamente, y no sé si como consecuencia del enorme poderío artístico del disco de Frank Ocean, las estrellas negras de la antaño agresiva escena del rap y el hip-hop han empezado a dulcificar su música, a despojarla de agresividad conceptual y de mensajes machistas, a desterrar aquella guerra por la primacía que se llevó la vida de Tupac Shakur. No sé calibrar bien el motivo. Es posible que hayan caído en la cuenta de que, en medio de esta crisis, su público natural ha perdido poder adquisitivo y necesitan no mostrar una actitud abiertamente hostil al oyente blanco. Puede que el constante apoyo de influyentes sitios como Pitchfork les haya hecho creer en eso tan utópico de la fusión entre esa agua y ese aceite que es el rock y el hip-hop. Ya les advierto, a mí por ahí no me la van a colar.

divendres, 19 de febrer de 2016

Y16W06: El autoanálisis






Sucedió hace unas semanas, un domingo por la noche: uno de esos momentos terroríficos en la semana de los empleados por cuenta ajena. Sigo por FB a una correctora de estilo y traductora de textos. Una persona educada y amable que también comenta libros por la red, con cierta tendencia hacia algunas lecturas que yo considero algo demasiado sensibles. Alguien que emplea su página web, también, como plataforma de contacto para su ámbito profesional. No, claro, un individuo cercano al enajenamiento a base de insistir con unos gustos en detrimento de otros. Había recibido un correo de una niña de once años que había leído los tres tomos de las Sombras de Grey, que consideraba eso un bagaje lector, y que se veía dotada para la escritura y que solicitaba consejo y ayuda para escribir un libro. El comentario en el perfil de FB era sorprendido, pero, en último extremo, positivo. Ya sabemos. A esas edades leer lo que sea ya está bien. Que faltan vocaciones, que haber elegido mal no era para ser tenido en cuenta, que había que ayudarla. Que qué tierna la niñita, qué desorientada y equivocada, pero qué tesón y qué convicción y que qué cuesta ser amable, que quién siembra cosecha y las cosas que crecen torcidas pueden enmendarse.

Me eché encima. En el mal sentido. Insistí en que había que ignorar una petición de esa calaña. Persistí. Que ya era un caso perdido. Puse ejemplos. Aún me guardé cosas, pues no quiero ser tildado de intransigente. De hecho, después de (hace mucho tiempo) haber escrito todo un post para hablar de mi repugnancia por el concepto de tolerancia mi comportamiento merece ese calificativo: intolerante. También dominante, descortés, prepotente. Y me encantaba sentirme así y encarnar esas dudosas virtudes.

¿Por qué he de ser así? Quede claro que el perfil de quien arranca con un blog sobre cuestiones, erm, culturales, se expone a la polémica, a la disensión, al intercambio de opiniones que cada uno defiende con la pasión que cree conveniente. Mi caso es paradigmático. No son pocas las veces que he dedicado líneas a destrozar lo que no me gusta. Pero esa niña no debía ser el objeto de mis diatribas. Quizás los padres que habían sido poco eficaces en alejar a una persona de esa edad de esas lecturas tan poco adecuadas, tan capaces de confundir sobre las relaciones entre las personas, sí, quizás ellos deberían haber sido las víctimas de mi reacción airada. La cuestión de los gustos ya ha sido tratada aquí, y la visceralidad ha sido mi estandarte. Al enemigo ni agua. Pero ocurren cosas. Ocurren cosas relacionadas con la madurez o con las fuerzas de que uno dispone. Esas cosas pueden hacer que uno trague algún sapo, cosa que espero que veáis que es muy distinta a moderarse. Uno puede comprender que Justin Bieber acepte consejos sabios para reorientar su carrera. Que uno de esos consejos se manifieste en un sonido aceptable (metálico, percusivo) presente en el segundo 32 de su canción Sorry, y otro se manifieste en elegir que su imagen no aparezca en el vídeo de esa canción. Un momento: no estoy defendiendo al tipo. Estoy empatizando con sus decisiones para huir del encasillamiento e intentar algo fugazmente diferente. También comprendo a Lady Gaga cuando elige protagonizar 7 minutos en el escenario homenajeando a David Bowie, aunque elija canciones obvias y no comprenda qué inapropiado es algún movimiento y alguna nota. Esto me hace humano, supongo. He de apelar a alguna coartada, pues escribo peor porque escribo poco y viceversa. Eso del círculo vicioso. He leído el exuberante párrafo inicial en el homenaje a Orsai y he renunciado a enviar un texto mío. Confuso, asimétrico, estridente, desordenado.
En todo caso, conservo suficiente fuerza para mantener incólumes ciertas posiciones. Mis dioses musicales se llaman Bob Marley, David Sylvian, Andrew Weatherall, Antonio Carlos Jobim, Marc Almond, Scott Walker y Alison Goldfrapp. Los literarios Roberto Bolaño, Jonathan Franzen, Ryszard Kapuscinski, David Foster Wallace y Michel Houellebecq. No creo que haya que incentivar a seguir escribiendo a alguien que considera libros como los de Grey como ejemplos a seguir, como senderos trazados por los que pasearse. y ahí va la explicación que debería haber dado, pero que no hice porque me dio reparo adueñarme de un diálogo en un comentario, me dio algo parecido a la vergüenza parecer que espero a la mínima oportunidad para destapar el tarro de las esencias. No era el lugar, seguramente, para decir que el mundo ya está bastante lleno de aspirantes a buenos escritores como para permitir progresar a un aspirante a mal escritor. Ya aborté una intentona, con comentarios respetuosos pero tenaces, justificados y tan certeros que cumplieron su función: ahora esa blogger se dedica a los trapitos y a los consejos de maquillaje. El mundo es, hoy, un lugar justo y luminoso.



dissabte, 16 de gener de 2016

Y16W03: Título nobiliario

Mi primera reflexión es muy clara. Prologar los posts les quita trascendencia literaria. No hay que explicar lo que se dice, hay que decirlo y ahí queda. Queda anulada por la siguiente. Y es que usar tal pretexto para evitar hacer algo que me apetece no solo es absurdo, sino de una pretensión insoportable, que la palabra trascendencia en el ámbito de un blog que leen unas pocas decenas de personas ya es lo bastante patética. También por el hecho de que esta será la primera entrada del año, y la provoca no que Catalunya tenga gobierno o que Messi siga acrecentando su leyenda, sino que haya muerto Bowie y que ello me haya pillado leyendo a Knausgard. 

Mi abuelo, el único carnal que llegué a conocer, murió en 1973. Mis padres me llevaban a verlo algunas tardes de los fines de semana, al viejo piso de alquiler en una empinada calle en Poble Sec,, donde vivía con la mujer que se había casado con él en segundas nupcias. Mientras los mayores hablaban de sus cosas, yo me quedaba en una pequeña sala donde había una TV sobre una de aquellas antiguas mesas que contaban con una plataforma donde se amontonaban revistas y periódicos. Debía ser el año 71 o el 72, cuando en una de esas revistas, y debo recordar que entonces aún vivía Franco, vi por primera vez fotos de David Bowie. Con pies de foto escandalizados, con colores absolutamente excesivos, supongo que eran las fotos de sus conciertos de su era más osada en lo estético. Pelo rojo, cejas afeitadas, maquillaje estridente. No puedo decir que me quedara fascinado. A esa tierna edad, 7 u 8 años, y rodeado de la austeridad y la tristeza que flotaba en el ambiente de la época, bastante tengo con recordar esos momentos en que arrodillado en el suelo y pasando páginas, su aspecto me inquietaba, casi puedo decir que me daba algo de miedo.
Pasaría algún tiempo hasta que tuve mi siguiente encuentro. Fue en la habitación de una prima algo mayor que yo. Un dibujo a lápiz de una portada de uno de sus discos. puede que Aladdin Sane, imposible recordarlo. Colgado en la pared del cuarto, me resultó algo difícil concebir tal idolatría hacia alguien, siendo Bowie como era alguien muy alejado de los vacuos ídolos adolescentes al uso en la época. Curiosa mi situación en aquel momento: sabía perfectamente cual era el aspecto del tipo y aún no había oído un solo segundo de sus canciones. Creo que el primer disco que oí fue Diamond dogs, un disco algo agresivo e indefinido que quedaba entre su etapa glam y la época de Berlín. Me sorprendió que fuera un disco más anclado en el sonido rock de lo que me esperaba, aunque he de decir que sinceramente no sé lo que esperaba en su lugar. Había que seguir avanzando. Un bar de esos en los que acabas metido, desesperado a la hora de apurar un domingo por la tarde, fue el extraño escenario en que oí por primera vez Heroes. Suficientemente consciente de que era una figura respetada por la generación punk, generación que no respetaba a demasiada gente, y bien que hacían, solo ahora tomo consciencia de que, por encima de que Bowie había parido un clásico instantáneo (ayudado por Brian Eno, prófugo de Roxy Music, la única banda que podía competir para eclipsar su posición en el trono del glam-rock), Heroes era krautrock, era reinvención otra vez, y lo mantenía a flote a salvo de que cualquier nueva oleada pretendiese hundirlo.
Más adelante acudí (un repaso oportuno ha desvelado que ya hablé de eso aquí) a ver Yo Christina F., impactante película alemana de yonkies que daba mucho miedo, y en la cual Bowie acaparaba la banda sonora con muy oportunas canciones de su época de Berlín.
Y no mucho más tarde me compré su primer disco consciente de hacerlo: fue Scary Monsters, y lo hice tanto por la fascinación que me despertaba una canción increíble como Ashes to ashes, con el personal aditivo de que en su vídeo apareciera Steve Strange, como por algunas curiosas circunstancias relacionadas con algún empleo ocasional que tuve un verano, que no viene al caso entretenerse en detallar. Mi decepción con su carrera artística empezó con Let's dance, cuya estridente producción me pareció incoherente e impropia, y se consolidó con Never let me down. Era una decepción a muchos niveles, tanto me parecía inconcebible que un tipo capaz de empaquetar sus discos en portadas horripilantes de haberlo hecho en otras ejemplares e icónicas, como las de Heroes o Low, como echaba de menos el tono épico en las composiciones. No debo andar tan desencaminado,, cuando posiblemente el último gran clásico de Bowie fue China girl, que encima era una composición de Iggy Pop. Hasta The next day no sentí la necesidad de oír a fondo ninguno de sus nuevos discos, y recuerdo, pero no me lo tengáis en cuenta, que ya mencioné lo cansada que sonaba su voz en aquel destacable disco. Podríamos especular tanto sobre los motivos de ese cansancio.
Cuando murió, yo llevaba varios días negándome a leer ninguna crítica de Blackstar que no mencionara en su primer párrafo la ostensible influencia de Scott Walker en este disco. Todo el mundo hablando de la influencia espiritual de Kendrick Lamarr en su proceso de grabación y muy pocos rindiendo tributo a Walker. Cuestiones que me indignan, que algo tan obvio sea ignorado por nadie dispuesto a hablar de un disco me resulta incomprensible.



Desde aquí poco puedo hacer para engrandecer el mito de David Bowie. Es la figura más carismática de la música tal como la concebimos, y solo se me ocurre que Bob Marley pueda estar a la altura. Fuera de universos e iconos personales, su influencia no se limitó a canciones, sonidos o arreglos. Fue un auténtico adelantado a su época en trasladar lo teatral y lo cabaretero a la música y a la estética de varias generaciones, sin complejo alguno, más bien poniéndose de una forma bien clara en el centro de los focos. Fue homosexual, heterosexual, bisexual, claro y turbio, excesivo y elegante, clásico e innovador. Colaboró con Bing Crosby y colaboró con Arcade Fire. Inspiró que letras de Kraftwerk o Radio Futura le mencionaran. Envejeció con una dignidad envidiable y planificó una despedida trágica y astuta como nadie había hecho jamás. Seguramente su alter ego frío y calculador llevaba meses con el plan maestro diseñado, consciente, sin odiosas falsas modestias, de que su vida no iba a tener un final cualquiera, que el mundo se vería conmocionado en capas más profundas que con otros personajes. La modestia no iba con él. Ni falta que le hacía: ved como se movía en el escenario, ved como dominaba audiencias a las que sacaba dos o tres décadas, y decidme quién cojones va a igualar eso, quién narices va a ocupar ese trono.



dissabte, 19 de desembre de 2015

Y15W46: En colores


Escribo poco, ya lo sé. Cuesta encontrar temas últimamente, o cuesta que estos se fijen con suficiente persistencia, con lo que se desvanecen, y el acicate que supone escribir queda neutralizado cuando los dedos quedan en suspenso sobre el teclado, sin nada que decir, porque tan mala es la idea que no surge como aquella que avasalla a la que tiene delante.
Tras estos dedos hay un hombre ya maduro con una vida demasiado convencional, una especie de Peter Pan cultural con un descomunal ego para seguir los dictados de la intuición, declaración algo tramposa cuando una de mis actividades fundamentales estos días es escarbar listas de elecciones de lo mejor del año y compendiarlas y aplicarles factores de corrección hasta que el resultado resulta suficientemente tolerable para mi autocomplacencia. Libros del año y discos del año están en mis listas de deseos, en la carpeta de descargas, algunos en mis estantes (algunas editoriales son muy amables: Anagrama sigue sin serlo) y otros simplemente en un rincón del éter, esperando que los descubra y me eche las manos a la cabeza por no haberlo hecho antes,
Mientras, pasan cosas, o no pasan las que deberían. La mayoría independentista surgida de las elecciones del 27S pierde una sábana en cada colada. Las elecciones nacionales del próximo domingo me pillan digiriendo esa situación: quiero votar por la opción que más contraríe al estado español y a sus devaneos imperialistas. Quiero joder al aparato centralista y he de reconocer que de alguna libertad dispondré cuando puedo proclamarlo y, en un principio, no temer represalia alguna. Hay que reconocer que no muy lejos de aquí, al norte y al sur, ciertas cosas no son iguales, pero no voy a dar las gracias por algo que debería ser natural. Expreso mi opinión y la tamizo a mi antojo. Hoy digo más palabras soeces y mañana me modero. La visceralidad también tiene su potenciómetro. Pero me comparo con otros, y me doy cuenta de que algunos no pueden hacer lo mismo y, lo que es peor, ya ni podrán. Recibo una recriminación a través de la red, parece que alguien me alinea con una teórica pro-occidentalidad por el mero hecho de creer lo que leo en el Diario Ruso de Anna Politkovskaya, periodista asesinada cuando sus investigaciones empezaban a ser molestas, pero como quien se encarga de acabar con ella es algún sicario a sueldo de Putin, Putin es el líder de Rusia, era de la KGB y entonces debe ser comunista o algo comunista (además, debe añorar sus tiempos de militar, porque aún anda con la mano pegada al lado derecho, como para ganar unas décimas de segundo al agarrar el arma), pues en nuestro mundo de extremos opuestos y enemigos de mis enemigos que son mis amigos, pues yo soy ya anticomunista, prooccidental, especulador inmobiliario, y votante de alguna ya desleída o futuramente desleída opción moderada.
Mirad, las cosas no son así, aunque no sé como son. Hay muchas cosas y hay muchos sitios donde mirar. El que un día es un entrañable joven que se sienta en un bar con una guitarra para compartir gratis su talento con la gente pasa al día siguiente a ser un palizas que desafina y no deja conciliar el sueño por el mero hecho de elegir entre su repertorio una canción cualquiera de un bicho como Fran Perea. Todo se relativiza y relativizarlo todo se relativiza. Nos quejamos de este excesivo calor de mediados de diciembre, de que no llueve en Barcelona, y luego decimos que qué gusto poder sentarse en una terraza a la intemperie a las diez de la noche sin exponerse a pillar un resfriado. Tengo muchos libros leídos que por aquí ni se han asomado, demasiado poca música porque concentrarse en lo nuevo cuesta y requiere una mise en scéne previa, tengo cierta incomodidad ante dos cosas inconexas: el proyecto Orsai, al que ni la sacudida oportunista del infarto de Casciari parece revivir, y los resultados estatales, porque me temo que cualquier resultado va a ser una decepción, y lo único que últimamente me excita es ver al tipo este, tan genial e inmodesto que solo puedo considerarlo un alma gemela.






diumenge, 29 de novembre de 2015

Y15W45: LA COARTADA

Llamadme Francesc. Leo mucho desde hace menos de una década. Leo como consecuencia de un efecto dominó, el que me produjo la lectura de una reseña, en una revista musical, de 2666 de Roberto Bolaño. Me impactó su frase final: si la literatura es placer, 2666 es el éxtasis total. Muchos pueden describir los momentos claves de su vida. (Esta semana, por ejemplo, mi hija Mònica ha cumplido 18 años. Ya puede votar y pedir cerveza). Pero ni siquiera recuerdo quién firmaba esa reseña. Lo he mirado, y se llama Silvia Pons. Seguramente es catalana, casi seguro pues la revista en que leí su reseña tiene su redacción en Barcelona, que aquí somos mucho de cultura aunque luego la cultura que produzcamos deje algo que desear, seguramente producto de la excesiva obsesión por filtrar lo que nos gusta y lo que nos inspira, circunstancia que produce un efecto de bloqueo sobre lo que creamos. Me van a decir de mí, que me pringo y me contagio del estilo de cualquier escritor que haya leído recientemente. Bueno, al menos lo reconozco. De hecho, ahora me ando por las ramas muy a lo DFW. He dejado unas veinte líneas más arriba una línea argumental para este, otro de mis fallidos post de regreso por todo lo alto, y si no me fijara en la imagen ahí se quedaría. Regreso a ella. Serán más de un millar los libros que han caído. Me avergüenza no recordar algunos de ellos. Puede que bastantes. Puede achacarse, en un análisis parecido al de ciertos partidos de fútbol hecho por comentaristas con pocos recursos, a uno de dos factores. El escritor no tenía un buen día o el lector no tenía un buen día. Aunque prefiero el concepto de compañerismo, en estos tiempos de buen rollito, me gusta este otro: escritor y lector enfrentados entre sí, como pretendiendo imponerse en una lucha. Esa es una buena imagen para la batalla inicial. El escritor es simplemente un nombre que puede o no decirte nada, al que acompañan sensaciones adicionales, como saber su nacionalidad, su edad, su ideología, las opiniones que en otros ha suscitado la obra que te planteas, o el total de su producción. Solamente cuando empiezas a considerarte como inmerso en la lectura empiezas a introducir matices e información adicional. Entonces tras esos datos puede surgir un tipo por el que empiezas a sentir cierta curiosidad. Como acérrimo de la literatura contemporánea, ese ejercicio se manifiesta hoy como fácil y seguro. Sencillo como conseguir que escritores ávidos de promoción y feedback de sus lectores tengan cuentas en Facebook, Twitter o Instagram donde muestren detalles de sus vidas También los hay que viven al margen, lo cual me parece muy respetable, incluso algunos días sumamente aconsejable. En todo caso, yo no quería acabar hablando de esto.
Llevo una cierta temporada enormemente saturado de lecturas pendientes. El orden es importante, también la temática y, cuestión chocante, la extensión de un libro. No creáis que no me arredran esos que sobrepasan las 600 páginas. Pero he analizado un poco mi comportamiento. Sobre todo el de las últimas semanas, en que debo reconocer que muy pocos libros llegan a desagradarme. He analizado también la condición que comparten mis escritores favoritos, un quinteto inamovible al que podría añadir una decena algo más variante. Y llega el momento de la confesión casi sonrojante, porque mi conclusión es que estoy tendiendo a concentrarme en obras de ficción o de ensayo, pero estas deben tener una cierta coartada intelectual. No creáis que no estoy disfrutando de obras brillantes en la forma, pero me doy cuenta (Zweig podría ser un ejemplo) de que no siempre quedo con ganas de repetir. Echadle la culpa al tiempo, ese incansable hijo de puta que escasea pero no para de pasar con rapidez, pero empiezo a valorar y a elegir entre las decenas de libros en función de eso. Me temo que sea un proceso irreversible y que ello relegue definitivamente al ostracismo a la poesía, que ya no ha sido nunca un plato de mi gusto, y no creo que haya que extenderse demasiado en explicaciones, porque la frasecita no tiene  desperdicio. Pero la cuestión básica es que voy a empezar a evitar esas lecturas agradables pero ligeritas, esas historietas con bichitos que toman vida y aspectos fantasiosos que no aportan nada a aquello que está en mi entorno más cercano. No puedo permitirme dedicar mi atención a esas cosas. No tienen sustancia. Aún me queda tiempo para leer bastantes centenares de libros, sí, pero procuraré alejarme de todo aquello que no me aporte nada. No ha sido una decisión difícil, sí meditada, porque apartar la ligereza de la vida no deja de ser dar la espalda a muchísimas cosas, incluyendo la práctica totalidad de la cultura mainstream.

diumenge, 15 de novembre de 2015

Y15W44: Planes abortados


Sin grandes proyectos, había previsto alguna otra cosa para este fin de semana. Me había planteado leer con calma un experimento de ensayo epistolar a dos bandas que siempre había relegado porque alguna absurda preconcepción me tenía convencido de que porque el mejor Houellebecq sea el de las novelas el otro es como si el de los ensayos no fuera Houellebecq.

Y entonces pasó lo del viernes.

Y ya deja de tener sentido hablar de casualidades porque el que yo lea a Houellebecq o sobre Houellebecq empieza a ser tan frecuente y tan posible que el bretón se ha convertido en una especie de presencia ubicua. Condición que los acontecimientos retroalimentan. Y que, encima, podría acabar convirtiéndole en pasto del gusto mayoritario, cosa que quizás acabara condicionando mis juicios sobre su obra, si Houellebecq se dejara influir por el mal de las alturas fruto de la fama. Cosa que desestimo casi simultáneamente a escribirlo.
Porque lo del viernes parece ser, dentro de su proporción y su desproporción, algo que pueda marcar el devenir del planeta de ahora en adelante. Ya he leído lo que de París puede ser el nuevo Sarajevo (no sé cual de las dos "acepciones" me resulta más funesta) y la palabra "guerra" forma constantemente parte del discurso de gente de aspecto muy serio y relevante, gente de esa que ha corrido a hacerse el nudo en sobrias corbatas negro total. Sí que sé que los hechos permitieron constatar una vez más el enorme anquilosamiento en que las redes, sobre todo Twitter, han sumido a los medios de comunicación convencionales. El viernes por la noche uno hubiera esperado cobertura, imágenes aunque fueran puros bucles con el busto de un periodista desorientado improvisando en primer plano, algo precario pero que revelara que la televisión mantiene algún sentido. Y no: siguieron los programas enlatados y la telebasura, algunos en directo pero con individuos que se hacen llamar periodistas y que se comportaban con una mezcla entre el sonrojo profesional, el ande yo caliente y riáse la gente y el máximo desparpajo pensando cómo podía computar el eventual aumento de la audiencia que los hechos le estaban suministrando. Mientras, en Twitter, la cuenta de un tipo con apenas 1300 seguidores mostraba fotos de la calle, hechas desde una ventana. Cadáveres tendidos y luego cadáveres cubiertos por mantas que los propios vecinos tiraban desde los balcones, en un gesto tan triste como valioso.

En el otro lado, analizar los hechos se ha vuelto un ejercicio donde la demagogia es un lugar ineludible. De hecho desde el razonamiento más correcto y bienintencionado y siguiendo los pasos precisos cualquiera puede llegar a cualquier conclusión: desde que lo que debería hacer Occidente es aplicar la fuerza del poderío militar sin el menor miramiento a que no hay que intervenir de ninguna manera ostentosa y dejar que la sabiduría de la madre naturaleza prevalezca. Eso es lo realmente terrorífico, saber que hay argumentos para justificar prácticamente todo por sí solo, pues imaginad si, como es el caso, los teóricos antagonistas nos sirven en bandeja un pretexto para actuar, como se dice, en defensa propia. De manera qué disponemos de un escenario ideal para que cualquier cosa suceda y eso es lo que resulta más excitante, disponer de muchas opciones y que todas estén disponibles el máximo de tiempo. 
Lo realmente curioso es que todas estas cábalas se producen periódicamente y todos estos superlativos los hemos oído y usado cada vez que se han producido esos periódicos asaltos a la placidez occidental, que es cuando reaccionamos como viejos gruñones que son importunados a la hora de la siesta. Desde luego, leer como Houellebecq se autoproclama con orgullo como totalmente convencido de solo una cosa, que es la irreversibilidad de cualquier proceso de decadencia, no es precisamente un canto a la esperanza.

divendres, 13 de novembre de 2015

Y15W43: Publico post

Antes aclaro.
Bebo bastante.
Como carne.
Debo dinero.
Estoy esperando fuerzas favorables.
Guardo grandes historias (Hoy iría iniciando juergas, jaleos).
Leo libros.
Muevo montañas nevadas.
Nada objeto.
O quien quiera remover restos, sepa solamente tres tonterías.
Una.
Última victoria, vivir. (Walt Whitman, XXth.)
Ya, ya.
Zaragoza zozobra.

dimarts, 10 de novembre de 2015

Y15W42: SER AMABLE


Puedo achacarlo a la falta de tiempo. O al touchpad que se estropea en el momento más inoportuno y me obliga a mendigar en casa por algún ordenador sobreutilizado o a perder la paciencia comprobando mi torpeza con los teclados de móviles y tabletas. Pero el motivo ulterior de no escribir más a menudo siempre será la falta de un tema que me levante literalmente de la abulia. No los hay tantos o no los hay tantos que no sean repetitivos. Para qué hablar de más goles siderales de Neymar o del auténtico tormento en el que se está convirtiendo la situación política, con bandos que se enfrentan y abren sub-bandos que aún se enfrentan más todavía. Catalunya no es el Líbano pero pueden darse situaciones libanesas cuando los radicales se alinean con sus antagonistas para oponerse a los moderados. Y hacen verdad eso de que los extremos se tocan. Casi siempre es una tontería lo que me hace espabilarme y he de ser sincero y reconocer que muchos de esos estímulos provienen de Twitter. Sigue a las cuentas adecuadas, que puede que no sean tantas, y algo sacarás: inspiración, contexto, lo que sea.
Y en una de esas me encuentro leyendo un corto debate sobre la necesidad o no de publicar reseñas de malos libros. Uno puede esperar que un libro sea bueno y acabar aceptando que ha sido un desastre. Uno tiene la intuición esa que no falla y que le ha hecho desenterrar tesoros y uno puede ver por ahí (o sea, por aquí) quién y qué cosa dice sobre tal autor o tal libro o tal obra conjunta y entonces se toma la determinación, (que no es la misma que con la música: oir mala música sí es una pérdida de tiempo), se ata uno los machos y va a por esas centenas de páginas pensando, casi deseando, que sea muy malo o sea muy bueno, que no se quede en esa tierra de nadie donde uno ni afilar el hacha puede. 
Desde que tengo cierta triste y restringida e inútil fama (uy, de qué ha ido que ponga "prestigio"), es decir, desde que poniendo mi nombre en los buscadores salen otras cosas que no sanciones por rebasar la velocidad en la calle "A", me encuentro en situaciones que, aún dejando de resultarme nuevas, no acabo de saber resolver del todo. Suelo conseguir un número relevante de copias de libros para su eventual prescripción. Suelo solicitarlas cuando suscitan mi interés y ello significa que creo que el libro puede gustarme. Las editoriales, con sorprendentes excepciones (mi adorada Anagrama, tal como escribí aquí hace unos días) suelen, en su mayoría, hacerme caso. O me envían los libros o me argumentan escasez de copias promocionales, agotamiento de ediciones, o cualquier explicación cuando no pueden enviármelas. El flujo es bastante frecuente. Mi encantadora esposa me reprende constantemente por las condiciones en que tiene que abrir la puerta a los repartidores que suben a casa a entregarlas en mano. Últimamente empiezan a darse casos curiosos: ciertas editoriales suelen enviarme algún libro adicional al que les pido. Me hablan de campañas y me piden que le preste atención a alguna novela o algún autor por el que piensan apostar. A veces ya me los envían sin solicitarlo. Entiendo que así funciona una industria tan curiosa como la editorial, donde unos cuantos tipos se empeñan en ponerle un precio a algo tan poco cuantificable como la íntima satisfacción de una frase, de un párrafo, de un personaje o una novela que se agarra a tu memoria. Lo entiendo y, de algo ha de servir mi experiencia en el mundo de la empresa, seguramente no haya otra manera de hacerlo. Ya no hay libros en las vallas publicitarias ni canales de TV que dediquen espacios a insanas horas de la madrugada para que dos tipos con gafas de pasta diserten sobre libros. Así que hay que buscar la difusión donde puede encontrarse.
Pero a veces un libro resulta ser muy difícil de defender. Entra en liza el compromiso y la credibilidad de la opinión propia, la satisfacción de que esta se muestre de forma inapelable en un escrito, y la necesidad de que esta sea fundada, porque aquel, sea autor, sea encargado de prensa, sea a veces hasta el propio editor, no vea brecha ni mala intención ni preconcepción, que vea simplemente lo que es: un tipo encantado por haber recibido el regalo de un libro, pero ofuscado, a veces hasta consigo mismo, porque no es capaz de tener una opinión positiva. Bendito problema, diría alguno. 

dimarts, 20 d’octubre de 2015

Y15W40: Vil metal


Uh. Los nombres de raigambre europea. Cómo nos gustan y cuántas cosas de rancio abolengo nos evocan y qué sofisticado resulta ajustar la pronunciación o simplemente saberlos escribir correctamente. Y cuando éstos se unen con guiones, cuando resultan evocadores de rótulos esculpidos en chapa de metal y colgados en el vestíbulo de algún elegante edificio, donde un esforzado conserje en traje oscuro les saca brillo con frecuencia. Price Waterhouse. Coopers Lybrand. Suenan a nobleza, tienen aires de castillo entre bosques y montañas, ecos de jardines ennoblecidos por estatuas y fuentes. Uno imagina sedes ubicadas en villas donde se accede en coche y donde todo el mundo tiene aspecto sano y limpio. Hachette-Filipacchi, House-Mondadori, Condé-Nast. Esta última es la culpable de este post. Su poderío económico ha servido para que una de las únicas y por tanto últimas referencias de la información musical independiente deje de serlo. Nótese el uso de la palabra "información " en vez de la palabra "prensa". Y el medio adquirido es Pitchfork. Una indiscutible referencia para los cuatro gatos (que resultamos ser algunos más) que aún albergamos esperanzas de que surja alguna música que sea nueva y nos permita experimentar viejas sensaciones. Para los que nos negamos a que el algoritmo de Spotify nos sugiera y nos entregue cualquier pastiche que lo único que hace es parecerse a los originales que nos fascinan. A raíz de esa complicada e imagino que suculenta operación supongo que cuatro entusiastas amigos que fundaron la web con el entusiasmo de un fan y la vieron progresar hasta ser lo que es hoy se deben haber llenado los bolsillos, seguro que han firmado claúsulas impidiendo que vuelvan a renacer bajo otra guisa y le estropeen a los de Condé-Nast el teórico negociazo que debería suponer infiltrarse en la cúspide de los gustos. Odio que Pitchfork dedique espacio aún subgénero musical que detesto como es el black metal. Ese espacio podría dedicarlo a algún estilo de los que a mí me seducen más. Pero me encanta Pitchfork por ese mismo motivo. Porque el concepto de dedicar espacio relevante a un subgénero es la base de la libertad de un medio. Es la garantía de que ese medio no funciona por un interés descaradamente mercantilista y eso es mejor, es más saludable que saber que vas a leer sobre los discos y los artistas que ya te gustan y que el resultado va a ser recrearse eternamente en territorio conocido.
De momento la gente de Condé-Nast se ha apresurado a insertar su firma en sitios preferentes de la página, un sobrio y elegante rótulo que parece ejercer funciones de irónica y educada despedida, más cuando el lector al que se dirige acabe de leer una reseña de un disco de hip-hop hasta los topes de proclamas misóginas o uno de black metal con la portada llena de cadáveres de adolescentes empalados. Seguro que Pitchfork sigue siendo una referencia, seguro que Condé-Nast sabrá cómo proteger su inversión. Pero va a ser inevitable que, durante un cierto tiempo, la sombra de la sospecha gravite, amenazadora, sobre ella.

dilluns, 19 d’octubre de 2015

Y15W39: Reciclaje




Sí. El hombre este, Santi, el que maneja este cotarro del otro blog. Me lo dejó muy claro, en aquel lejano mayo o junio del 2012 en que empecé a publicar aquí:

"..suficiente con tres o cuatro párrafos no muy largos..."

Pasa que para este caso creí que me iba a quedar corto, así que aproveché para  endilgarles un poquito de relleno.

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Señores de Anagrama:


Seguro que andarán Vds. muy ocupados con la cuestión sucesoria de Jorge Herralde y esa, supongo, compleja operación financiera que acabará con Feltrinelli tomando las riendas de la editorial. Difícil tránsito el suyo, de adalides de la independencia editorial y de la gauche divine a integrarse en un imperio. Me tomo, por tanto, la libertad de evitar molestarles pidiendo permiso para publicar aquí algunos detalles del escaso correo que hemos intercambiado. Escaso, por cierto, no por mi culpa.


Hoy sería un buen ejemplo, pero son ya muchas las veces en que en Un Libro al Día hemos prestado atención a los libros que  publican. Les diré, a título particular, que tres de mis autores favoritos forman parte de su catálogo: Bolaño, Houellebecq y Kapuscinski. No me he arrepentido de pasar por caja por ninguna de sus obras. Nuestro blog no promociona libros ni promociona "a cambio de". No es que Vdes. lo hayan insinuado, pero sí que me han contestado, al negarme reiteradamente copias para valoración, que los blogs literarios (supongo que podemos considerarnos uno) no somos un objeto preferente de sus estrategias comerciales. Oiga: tenemos nuestra audiencia y nuestra credibilidad, aunque no sea la de los grandes periódicos. Vaya. Me han hecho recordar a Owen Jones, cuando he pensado en recepciones en la parte alta de Barcelona, mesas a 100 euros el cubierto y señores "benestants" comentando el seguimiento en La Vanguardia del libro de la Busquets. Cierto es, que algún palo se ha llevado aquí alguno de sus últimos estandartes. Pero, ¿Negarnos copias? Peor que eso, ¿ni tan siquiera contestarnos cuando demostramos nuestro reiterado interés? No sé.


Eso sí: esto no alterará lo que opinede sus libros. O al menos de libros como éste.

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Delicioso: apelativo que, aplicado a un libro, me conminaría a huir en el 99% de los casos.
Pero éste forma parte del  1% restante.

84, Charing Cross Road empieza con Helene Hanff, escritora norteamericana dirigiendo su primera carta, en 1949, a esta dirección londinense, en que se ubica Marks & Co, un negocio de libros de ocasión. Se interesa, especula con la asequibilidad de sus precios.

De ahí en adelante los envíos de libros, los comentarios sobre el material recibido, sus precios, su disponibilidad, su estado, derivarán en una curiosa relación de ida y vuelta de cartas.

Hanff convirtió en libro la correspondencia que cruzó con el personal de la librería, en especial con Frank Doel, el empleado que se encargó de gestionar sus pedidos y cuidar de su cuenta. Al margen de la curiosidad que uno pueda experimentar por el variado surtido de libros que Hanff va solicitando, o por el elegante modo en que las cuestiones económicas se van solventando, resulta fascinante como ese intercambio de correspondencia va abriendo frentes. Somos testigos del estoicismo del pueblo inglés ante el racionamiento de la post-guerra. De la dignidad del empleado, de le evolución de su familia, de la condición de judíos de los propietarios del negocio, de la progresiva toma de confianza conforme las cartas se suceden. Nos descoloca cómo Hanff, mujer, neoyorquina, se dirige en un tono que busca confianza y respuesta. Cómo envía paquetes con comida. O menciona el devenir de su carrera profesional y su influencia en la reiterada postergación de su viaje a Londres. Todo ello en algo más de cién páginas que (con intrigantes silencios) cubren más de 20 años de relación, y para las que bastan un par de horas de lectura, más que suficientes para que la autora nos transfiera complicidad, seducción, asombro, naturalidad, una ostentosa carencia de engolamiento, y hasta una curiosa forma de tanto de apreciar la distancia entre dos culturas en dos continentes como de valorar el equilibrio de la peculiar relación proveedor-cliente cuando ésta atraviesa el tamiz del amor por los libros. Un libro breve que alinearé, por vínculos y por méritos, junto a  Seda de Baricco o Mendel el de los libros de Zweig.
Están los tiempos para ir despreciando cosas así.
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