dijous, 25 d’agost de 2016

OCEAN, SUTIL

 
Algo de ojo tendré para esto. Los cuatro años que ha tardado Frank Ocean en entregar su segundo disco no han hecho más que confirmar lo magnífico de Channel Orange y cómo éste creció con el tiempo y cómo caló entre la gente. De qué, si no, una expectativa de tal tamaño y toda esa liturgia habitual de anuncios de fechas, anulaciones, retrasos que sólo suele darse cuando se habla de algo importante. Y Ocean ha demostrado, por lo menos, madurez y personalidad como artista, la suficiente para no ceder a lo sencillo en apariencia que hubiera sido confeccionar un disco de estructura parecida al anterior, para evitar el fácil recurso de buscar equivalentes a las canciones más destacadas de esa obra magna, y eso es algo que aquí se respeta mucho. 
Qué difícil, es, por eso, evaluar de primeras un disco que apenas se ha podido escuchar entero unas pocas veces. También en eso se ha demostrado la importancia de Ocean. Cuántas reseñas de primera escucha, cuántas impresiones iniciales que no hacen más que demostrar que este mundo ya ha sido cambiado, para siempre, por la presencia de internet. Horas en estar disponible para descargas, horas para asimilar la sorpresa relativa, y vamos, oigamos el disco, juzguemos los primeros, que el que da primero da dos veces. 
Blond no tiene un impacto tan inmediato como su antecesor. Pasma que la canción que lo abra contenga una parte vocal inicial con el pitch acelerado. Sorprende que las partes vocales sean tan dominantes, que las instrumentaciones sean en algunos momentos tan escasas, tan espartanas. Es posible que sea uno de esos discos a los que mucha gente le va a costar entrar. Los ritmos están algo relegados, son lentos y perezosos, estructuran las canciones pero no se hacen con ellas. Las canciones son cortas, nada de diez minutos con cambios de ritmo. Puede que sea algo pronto para que Ocean entregue su Behaviour particular. Pero lo que no ha hecho ha sido ceder a entregar un disco borracho de gloria previa. A lo mejor es un acto de prepotencia muy sutil. Cuántas suposiciones. Qué pasará en unas semanas, en unos meses, calará algo tan hondo como esos golpes de ritmo que abrían Super Rich Kids. 

De momento, la guitarra en Ivy me recuerda tanto a Prince como a algunos temas de los primeros Style Council, el piano percusivo y la subida de cuerdas en Pink + Blue parecen extraídos de alguna decadente película francesa de los 60 musicada por Michel Legrand, y lo que suena en Skyline to, al que le noto un extraño y cosmopolita aire de Rufus Wainwright, puede, no sé, todo son hipótesis, que sea un theremin. Pronto para decirlo: la inspiración tiene caminos muy caprichosos, y más aún son los que tomamos los oyentes ante un disco. Importa la secuencia, importa la presencia de temas centrales a los que asirse, importa que no haya canciones que nos despierten las ganas de usar el skip, pero importa la actitud. Y la actitud de Frank Ocean aquí es la adecuada: la de un músico (como el Kanye West de los dos últimos discos) que no deja que otros tomen las riendas de su carrera. Por eso. no voy a comparar aquí sus dos discos. Estoy muy seguro de que merecen la pena ambos y de que la carrera de Ocean va a dar más alegrías en el futuro. Blond. con sus ritmos sutiles sus colaboraciones que cuesta identificar, su renuncia al hit, nos lo confirma.




dimecres, 17 d’agost de 2016

UN TERRORISTA

Leí hace unos días "Paradojas de lo Cool", una recopilación de artículos de engañoso título publicada (ni siquiera sé si disponible vía pago, el ejemplar me lo enviaron a petición) por una especie de colectivo alternativo llamado La Vorágine. He de decir que este colectivo radica en Valladolid, provincia española asociada tradicionalmente a la derecha más recalcitrante y ultramontana. Por lo cual debe atribuírsele un mayor mérito a su condición, en un entorno tan hostil. El problema es que el texto, desde su propia maquetación y presentación (un libro de apenas 80 páginas, cuyo lomo apenas supera los tres milímetros), parece ser más un panfleto que una obra con entidad. Algunos de sus artículos resultan bastante interesantes, pero adolece de lo mismo que adolecen todos los textos de este tipo, que es la propensión al adoctrinamiento y el atrincherado en los típicos planteamientos antagónicos de los que cuesta moverse, cuando uno está convencido de ellos, y a los que cuesta moverse, cuando se está convencido de lo contrario. Voy a vestirme ocasionalmente de ciudadano estatal para proclamarlo: la política española es un partido de tenis donde el público indeciso es el árbitro de todas las decisiones. Y la pelota va de un campo al otro sin posibilidad alguna de que el partido se resuelva. Por cada episodio de corrupción de un bando, el otro dispone de otro equivalente o mayor, Por cada Hitler hay un Stalin, por cada Mussolini un Pol Pot, por cada Franco un Kim Sung Il. NI siquiera la presencia de partidos políticos "de nuevo cuño", que conforme pasa el tiempo lo son cada vez menos, ha cambiado un ápice el panorama. Así que cualquier decantamiento de la balanza depende del comportamiento errático del par de millones de votantes cuyo sentido del voto no es claro, del voto de la gente que va cumpliendo 18 años, y de los niveles de abstención. La abstención es la mejor amiga de cualquier político mediocre (es decir, de casi todos los políticos en activo). Permite, siempre, descalificar los resultados ajenos si los propios no han resultado satisfactorios, y sembrar la duda. Se lo permite a todos, más cuando los votos se reparten entre varias fuerzas políticas, por lo que con abstenciones elevadas y repartos ajustados, nadie puede atribuirse el voto de más de un 30 por ciento del electorado (lo cual significa, siempre, que cualquiera pueda recriminarle, en el mejor de los casos, que el 70 por ciento del electorado no les respalda). Importante saber que capitalizar esta situación es la mejor baza posible en la actualidad. 
El caso es que uno de los artículos del libro incidía en una cuestión curiosa. Parece ser que la legislación española es un poco confusa para definir lo que es un terrorista. Y que, contraviniendo la lógica semántica de que un concepto no puede formar
parte de su propia definición (ejemplo: "Amor es lo que uno siente cuando ama"), acaba diciendo que un terrorista es una persona que comete actos de terrorismo. Je. Menudo bucle. Entonces permitid que reconozca una enorme debilidad mía. No hablo de
terrores nocturnos de esos que producen eneuresis ni de temor a quedarse encerrado en un ascensor junto a un extraño. Tengo un criterio amplio en lo concerniente a ello. No voy a imponérselo a nadie por el hecho de manifestarlo aquí. Me aterroriza que 
se pretenda silenciar lo que mucha gente reinvindica, que es ser consultada en lo referente a su destino. Me aterroriza también que un gobernante promueva leyes que vulneran los derechos de los trabajadores, a empleos dignos y a condiciones laborales justas.
Me aterroriza que cargos de responsabilidad en el gobierno de estados sean desempeñados por gente que conspira con bajeza contra quienes piensan diferente que él, y que haya quien lo tolere, lo defienda o lo promueva (todo son matices de lo mismo). Me aterroriza
que una persona que condecora a una imagen de madera esté al frente de las fuerzas de seguridad de un estado. Puedo exagerar en algún punto, pero seguro que todos esos hechos juntos me aterrorizan. Podría añadir más cosas: los jefes de estado que se niegan a 
hablar ni tan siquiera en el idioma del sitio en el que han crecido, los que ostentan poder en partidos fundados por afines a dictaduras, los directamente designados por dictadores, sus herederos, los que se han callado o han ocultado esas condiciones para
seguir medrando. Muchas de esas circunstancias por separado ya son suficientes, pero en su conjunto, sí, seguro, puedo afirmarlo sin que mi voz tiemble lo más mínimo, me aterrorizan. Y de acuerdo con esa definición, equivocada pero vigente, quien los perpetra, 
una foto del cual acompaña este post, es un terrorista.
¿Verdad?

dissabte, 13 d’agost de 2016

REGULACIÓN


Aún bajo el shock de cierto correo recibido esta madrugada, del que poco puedo hablar. Si acaso menciones indirectas, pero tampoco voy a ponerme muy específico.

Tengo toneladas de títulos pentavocálicos preparados. Como a algún otro, la cabeza me da vueltas y suerte de la tecnología y ese cazador de ideas al vuelo que es el bloc de notas del smartphone. Esta no es una cuestión desdeñable: analizo las palabras en función de las vocales que contienen y su posibilidad de combinarse con  otras. Es tan divertido como contar matrículas que acaban en un número y mucho más fascinante. Hay títulos que casi me lanzan sobre el teclado y debo intentar, pues demasiados arranques en falso acumulo ya, contener las ganas para que no me atropellen. La cuestión pentavocálica (curioso que parece que esta palabra no existe: el corrector de blogger anda subrayándomela) tiene aspectos técnicos que me parecen muy estimulantes. He descubierto la existencia de las palabras vocálicamente capicúas, ya que son las primeras que he de descartar. He pensado que curiosamente existen más palíndromos que palabras capicúas, y también he descubierto que mi nueva y estricta regulación acaba con mi gusto por los adverbios acabados en "mente" (parece ser, una de las primeras cosas que los correctores de estilo se afanan en cercenar de forma implacable) y que palabras capicúas en lo vocálico y que me atraen como sórdido o contexto o página quedan descartadas y solo el destino sabe cuándo podrán volver a integrar un título de un post que yo firme. También me he dado cuenta del curioso peso de las vocales en el lenguaje oral: cómo dominan en las rimas y cómo marcan el ritmo de un texto. Cómo hacen que una palabra como "parpadeo" rime con "lejos".
Qué emocionante es todo esto.
Luego mis dudas se extienden al uso de la "u" muda en su combinación con la "q" y la "g" pues no sé si otorgar esa concesión y poder titular, por ejemplo, "Eustaquio" sin que ese quebranto de la norma me condene a noches y noches sin dormir. O la "y", no sé qué trato darle pues está en esa tierra de nadie. De una opinión docta depende que Germán Ynoub sea un título aceptable para un post o no. Lo sé, las complicaciones son terribles. No quiero implicaros mucho en esto; estoy dispuesto a llevar yo solo este esfuerzo titánico. En cuanto a los contenidos, pronto van a empezar a mostrar cuestiones de la máxima actualidad. 
De momento mi hito del día ha constituido una declaración de intenciones por mi parte. Me he hecho confeccionar una camiseta con la palabra Houellebecq escrita en ella. Yo mismo he organizado el texto usando diferentes tipos de letras pues era importante repartir esas once letras. Ahora mismo voy a pasearme por Barcelona y espero que las reacciones de la gente acaben conmigo corriendo a refugiarme en cualquier portal tras dar esquinazo a la multitud.
Lo dicho, una maravilla.

dijous, 4 d’agost de 2016

ÁLEX, DILO TÚ

Foto cortesía de Llucia Ramis

Voy a abusar un poco de la confianza de Horacio. Voy a contestarle de forma pública a su último correo, y espero no haberme equivocado respecto al libro sobre el cual me interpela. Y lo hago así, y no sé si llegaré al número de caracteres que me sugiere, pero he de aprovechar el sutil efecto de espoleta algo tardía que su correo ha provocado, porque ya ando en lo de analizar mi comportamiento en lo referente a la escritura y cualquier empujón es agradecido y, en fin, no hay que darle más vueltas.
Horacio: este es el motivo por el que debes plantearte seriamente leer La broma infinita de David Foster Wallace. Un texto del escritor, no incluido en su libro sino en un artículo publicado en una recopilación póstuma, que ejemplifica varias cosas.
"Has descubierto que disfrutas mucho del hecho de que a la gente le guste tu escritura, y también descubres que tienes muchas ganas de que a la gente le gusten las cosas nuevas que escribes. La motivación de la pura diversión personal empieza a ser suplantada por la motivación de gustar, de que haya gente guapa a la que no conoces que te aprecie y te admire y te considere buen escritor. El onanismo da paso al intento de seducción, como motivación. Ahora bien, el intento de seducción resulta muy trabajoso, y su diversión se ve compensada por un miedo terrible al rechazo. Sea lo que sea el "ego", tu ego acaba de entrar en juego. O tal vez "vanidad" sea una palabra mejor. Porque te das cuenta de que gran parte de tu escritura se ha convertido en puro exhibicionismo, en intentar que la gente te considere bueno. Y es comprensible. Ahora estás poniendo mucho de ti mismo en juego, cuando escribes; y también está en juego tu vanidad. Descubres algo peliagudo que tiene la escritura de narrativa: que para ser capaz de escribirla es necesaria cierta cantidad de vanidad, pero que cualquier cantidad de vanidad por encima de la estrictamente necesaria resulta letal. Llegado este punto, más del noventa por ciento de las cosas que estás escribiendo ya están motivadas e informadas por una necesidad abrumadora de gustar. Y esto genera una narrativa de mierda. Y la obra de mierda debe acabar en la papelera, no tanto por una cuestión de integridad artística como por el simple hecho de que la obra de mierda va a hacer que no gustes. Llegado este punto de la diversión del escritor, la misma cosa que siempre te ha motivado para escribir ahora te está motivando también para tirar lo que escribes a la papelera."
Poco puedo añadir. Un párrafo que explica la actitud del escritor hacia el proceso creativo y que explica con claridad lo que me sucede hace meses. Que es creer que por sentarme ante el teclado con un par de ideas que no son más que pretextos es suficiente, y que las cosas ya fluirán, porque hace años fluían cada día, y que de esa cantidad surgirá alguna chispa, como, me decían y yo lo creía, solía suceder. Peor aún, confieso, paré, temporalmente, de leer justo ese libro cuando comprendí varias cosas. Que no le prestaba la atención merecida ya que estaba pendiente de acabarlo para escribir sobre él. Que esa urgencia de escribir algo original sobre un libro que ya consideraba único me apremiaba. Y que, pasmado ante la calidad de mucho lo que había leído del autor, necesitaba guardar un texto al que recurrir, un seguro de vida para cuando uno se bloquea. Sí, tengo esa manía con mis autores favoritos. Entonces debo pedir la asistencia de Álex Azkona, que sí lo leyó, para que le explique a Horacio esos motivos que yo diría más movido por cierta ceguera o fanatismo. Confío en que Álex se manifieste y acuse algún recibo de esos sutiles comentarios que surgieron a raíz de aquello que Germán bautizó como la cumbre. Apenas un par de horas de tres tipos sentados ante unas bebidas en un bar cualquiera de un barrio de Barcelona, allá por la primera quincena de junio, justo unos días antes de que el calor apareciera. Horacio estuvo en Catalunya con la mejor de las finalidades que nos son preservadas: poder abrazar a sus hijos y a sus nietos. Pero aprovechó esa estancia para fines algo más mundanos. Disfrutó de esa peculiar sensación del paseo por la ciudad ajena que, por lo que se deduce de sus manifestaciones desde entonces, dejó de ser ajena y pasó a echar de menos. Pudimos, junto a Germán, coincidir lo suficiente para apreciar, por mi parte, que pensaba que Horacio estaba más gordo y Germán era más alto, y supongo que ellos se darían cuenta de lo atribulada y caótica que es mi existencia, siempre apremiado por las exigencias familiares. También conoció a Silvia Pérez Cruz. Eso fue muy brillante, Horacio, esos miles de kilómetros de oceáno sobrevolados ya se justificaban lo suficiente, pero encima eso.
Así que este post no cumple exactamente la finalidad con el que empezó a ser escrito. Muchas ideas van a quedarse en el aire, pero he de atrapar algunas de ellas. Germán me habló de un proyecto para gestionar un blog de forma colectiva. Fue una conversación muy esquemática pero ya aseguro desde aquí que puede contar conmigo. Otra cuestión: como es absurdo que vuelva a prometer una frecuencia o un esquema determinado que me obligue, he decidido imponerme una curiosa rutina que contiene un guiño que me atrae. Desde hoy, los títulos de los post van a abandonar la estructura numérica imperante en el último periodo. Desde hoy, los títulos se compondrán de una o más palabras, y el título completo contendrá todas las vocales y solo una vez cada una de ellas. La excusa perfecta del título era que, por tratarse de una prueba original, o de un episodio piloto, la primera vez estas vocales aparezcan en su alfabético y cacofónico orden natural. No hablaré de nueva época, de nuevo arranque ni de renacimiento. Ya me he equivocado demasiadas veces.

divendres, 20 de maig de 2016

Y16W18: Control de vivencia

Horacio tiene razón. El mes de abril de 2016 tendrá el dudoso honor de ser el primero en la historia de este blog en que no haya publicado ningún post. Y Horacio tiene, otra vez, razón: el post del 25 de marzo coincide con el tercer aniversario del que dediqué a Estes, pintor ultrarrealista. Post que suscitó comentarios que, como siempre, se alejaban del tema central. Qué tiempos. Y no es que la impaciencia por escribir que me caracterizaba haya disminuido: ha disminuido el tiempo que puedo dedicar a ello. Sin olvidar ese funesto efecto de círculo vicioso, cuando la presión que uno se auto impone deviene exigencia con las pocas ideas que surgen, uno se coloca el listón alto y olvida cómo se alcanzaron algunos momentos memorables: a base de escribir y escribir hasta que algo relucía entre el barro. Ese es el único secreto y ni siquiera es infalible. Y no creáis que en todas estas semanas no me han ido surgiendo posibles temas sobre los que hablar. Era solamente cuestión de que ninguno de ellos se fijaba de tal forma que diera lugar a un texto consistente. Quizás no escritos, pero pensados ha habido unos cuantos borradores. Si ninguno de ello cuajó seguro que fue porque no debían merecer la pena pero tampoco puedo aseverarlo. Sería estúpido buscar pretextos a esta discontinuidad. La verdad es que mis ganas de escribir siguen ahí y se mitigan en ese otro blog donde escribo sobre libros. Pero también es verdad que no puede ser lo mismo, Sé a quienes me dirijo aquí. Así que he de rebuscar temas, sí, he de encontrar alguno que tenga tirón. pues los posts donde hago repaso sobre diversas cosas y lo zanjo en unas pocas frases dicen poco de mí. No puedo despachar las cosas tan rápido. Debo encontrar un tema en el que insistir y sobre el que edificar un pequeño castillo de naipes. La cosa no es tan fácil, pues estoy evitando de forma premeditada el hablar sobre dos temas: el fútbol (pues hay algo que continua sin gustarme de todo ese Barça post-Guardiola y no sé qué es) y la política (pues a todos los niveles y en todos los formatos los políticos, con poquísimas excepciones, me están decepcionando, sobre todo en su lentitud e incapacidad en traspasar a la realidad las esperanzas de la calle). Y no dispongo de tiempo para series de decenas de capítulos. Me he desconectado y estoy descontento con ello.
Así que he de pediros que me sugiráis cosas. Las que sea. Cualquiera me vale para retomar un hilo de diálogo que no iba a romperse pero era débil.

divendres, 25 de març de 2016

Y16W13: EL TRONO

Me entero por ahí de que Kanye West debe mucho dinero: leo por ahí que debe 53 millones de dólares y me pregunto cómo puede ser eso. Leo que una marca de ropa personal y el proceso de grabación de su último disco son, entre otras cosas, los responsables de esa comprometida situación. Aún así no acabo de entenderlo. Un tipo al que puse a parir por eso de personalizarse relojes con esferas de diamantes. Pero un día decidí (aunque Pitchfork decía antes que sus discos eran maravillas) que Yeezus era un disco muy notable, sobre todo por su firme decisión por el sonido, por un sonido elaborado para ser sucio, pero nuevo. Quizás los samples no eran tan identificables, quizás advertí algún cambio de actitud, quizás, quién sabe, esta omnipresencia global de cierto tipo de sonoridades ha traspasado esta gruesa capa de piel que conformamos mi sempiterno escepticismo y yo.
Y ahora su nuevo disco, largamente anticipado, se llama The life of Pablo. Dicen que ese tal Pablo podría ser, por ejemplo, Picasso. No lo he oído, aún, en profundidad (para eso hay que disponer del tiempo y la paciencia que se me agotan tan rápido últimamente), pero sí me ha impresionado, y mucho, el tema que lo abre. Se llama Ultralight Beam. Está terroríficamente limitado su acceso: no he podido sacarlo de Youtube, pero podéis probar aquí. La cuestión es que es (salvo esos trucos de producción, como el bajo burbujeante, de los que parece que nunca voy a cansarme) casi una canción de godspell. Solo recuerdo que me haya gustado una canción de godspell antes pero era Stevie Wonder abriendo Songs in the key of life y eso es mucho decir.


Me ha extrañado ese giro de West y me ha extrañado en la apertura de un disco. Quizás en esta nueva era las canciones iniciales de los discos han dejado de tener la importancia capital que tenían antaño. Porque en la era del vinilo podías llegar a casa y poner la otra cara del disco, pero lo propio era empezar por la cara A y la primera canción marcaba el tono del disco, para bien o para mal un disco como obra remontaba una mala primera canción o luchaba por igualar una excelente primera canción, por lo que lo aconsejable para el oyente era que fuese buena pero no la mejor. De manera que uno siempre quisiera seguir oyendo el disco pero no se la saltara. Complicado. 
No sé si Kanye West debe esa pasta. Sé que está siendo, al lado de otros, un artista relativamente prolífico. Que, como otros, anda siempre en colaboraciones de esas que no me suelen gustar. Siempre pienso que los artistas invitados son ganchos para compensar lo que uno se ve incapaz de hacer por sí solo. Pero la escena norteamericana de la música negra es muy proclive a esa fórmula, que es como decir que los artistas, a pesar de competir entre ellos, siempre buscan el amparo los unos de los otros. Lo cierto es que el trono de La Gran Estrella De La Música Negra está desierto desde que Michael Jackson murió, y aunque hay mucha gente que podría optar a él, nadie parece postularse para hacerlo. Podría haberlo tomado El Artista Que Cambiaba De Nombre Para Pelearse Con La Industria, pero hace más de dos décadas que decidió trocar estajanovismo por control de calidad. Podrían optar algunos mucho más activos y contemporáneos. Kendrick Lamar si decidiera venderse, cosa que no espero. Drake si no mantuviera constantemente un ojo en las ventas y las visitas de sus vídeos en Youtube. Frank Ocean si fuera capaz de igualar el descomunal acierto de ChannelOrange. O The Weeknd si ocultar su nombre tras un alias no constituyera un movimiento equívoco. O colaborar con una película horrorosa con una canción hipnotizada por un majestuoso arreglo de cuerda pudiese ser interpretado como un paso en falso.


En todo caso, mi atención por Kanye West está todavía más revestida de curiosidad que de admiración sincera. Me desconcierta su egomanía y cosas como que esté constantemente en el ojo del huracán con cosas como ser el marido de Kim Kardashian. Aún no sé si es un auténtico músico entregado a explorar las posibilidades del sonido o un encantador de serpientes que usa su influencia para otras finalidades relacionadas con la fama y el poder económico. Paradójicamente, y no sé si como consecuencia del enorme poderío artístico del disco de Frank Ocean, las estrellas negras de la antaño agresiva escena del rap y el hip-hop han empezado a dulcificar su música, a despojarla de agresividad conceptual y de mensajes machistas, a desterrar aquella guerra por la primacía que se llevó la vida de Tupac Shakur. No sé calibrar bien el motivo. Es posible que hayan caído en la cuenta de que, en medio de esta crisis, su público natural ha perdido poder adquisitivo y necesitan no mostrar una actitud abiertamente hostil al oyente blanco. Puede que el constante apoyo de influyentes sitios como Pitchfork les haya hecho creer en eso tan utópico de la fusión entre esa agua y ese aceite que es el rock y el hip-hop. Ya les advierto, a mí por ahí no me la van a colar.

divendres, 19 de febrer de 2016

Y16W06: El autoanálisis






Sucedió hace unas semanas, un domingo por la noche: uno de esos momentos terroríficos en la semana de los empleados por cuenta ajena. Sigo por FB a una correctora de estilo y traductora de textos. Una persona educada y amable que también comenta libros por la red, con cierta tendencia hacia algunas lecturas que yo considero algo demasiado sensibles. Alguien que emplea su página web, también, como plataforma de contacto para su ámbito profesional. No, claro, un individuo cercano al enajenamiento a base de insistir con unos gustos en detrimento de otros. Había recibido un correo de una niña de once años que había leído los tres tomos de las Sombras de Grey, que consideraba eso un bagaje lector, y que se veía dotada para la escritura y que solicitaba consejo y ayuda para escribir un libro. El comentario en el perfil de FB era sorprendido, pero, en último extremo, positivo. Ya sabemos. A esas edades leer lo que sea ya está bien. Que faltan vocaciones, que haber elegido mal no era para ser tenido en cuenta, que había que ayudarla. Que qué tierna la niñita, qué desorientada y equivocada, pero qué tesón y qué convicción y que qué cuesta ser amable, que quién siembra cosecha y las cosas que crecen torcidas pueden enmendarse.

Me eché encima. En el mal sentido. Insistí en que había que ignorar una petición de esa calaña. Persistí. Que ya era un caso perdido. Puse ejemplos. Aún me guardé cosas, pues no quiero ser tildado de intransigente. De hecho, después de (hace mucho tiempo) haber escrito todo un post para hablar de mi repugnancia por el concepto de tolerancia mi comportamiento merece ese calificativo: intolerante. También dominante, descortés, prepotente. Y me encantaba sentirme así y encarnar esas dudosas virtudes.

¿Por qué he de ser así? Quede claro que el perfil de quien arranca con un blog sobre cuestiones, erm, culturales, se expone a la polémica, a la disensión, al intercambio de opiniones que cada uno defiende con la pasión que cree conveniente. Mi caso es paradigmático. No son pocas las veces que he dedicado líneas a destrozar lo que no me gusta. Pero esa niña no debía ser el objeto de mis diatribas. Quizás los padres que habían sido poco eficaces en alejar a una persona de esa edad de esas lecturas tan poco adecuadas, tan capaces de confundir sobre las relaciones entre las personas, sí, quizás ellos deberían haber sido las víctimas de mi reacción airada. La cuestión de los gustos ya ha sido tratada aquí, y la visceralidad ha sido mi estandarte. Al enemigo ni agua. Pero ocurren cosas. Ocurren cosas relacionadas con la madurez o con las fuerzas de que uno dispone. Esas cosas pueden hacer que uno trague algún sapo, cosa que espero que veáis que es muy distinta a moderarse. Uno puede comprender que Justin Bieber acepte consejos sabios para reorientar su carrera. Que uno de esos consejos se manifieste en un sonido aceptable (metálico, percusivo) presente en el segundo 32 de su canción Sorry, y otro se manifieste en elegir que su imagen no aparezca en el vídeo de esa canción. Un momento: no estoy defendiendo al tipo. Estoy empatizando con sus decisiones para huir del encasillamiento e intentar algo fugazmente diferente. También comprendo a Lady Gaga cuando elige protagonizar 7 minutos en el escenario homenajeando a David Bowie, aunque elija canciones obvias y no comprenda qué inapropiado es algún movimiento y alguna nota. Esto me hace humano, supongo. He de apelar a alguna coartada, pues escribo peor porque escribo poco y viceversa. Eso del círculo vicioso. He leído el exuberante párrafo inicial en el homenaje a Orsai y he renunciado a enviar un texto mío. Confuso, asimétrico, estridente, desordenado.
En todo caso, conservo suficiente fuerza para mantener incólumes ciertas posiciones. Mis dioses musicales se llaman Bob Marley, David Sylvian, Andrew Weatherall, Antonio Carlos Jobim, Marc Almond, Scott Walker y Alison Goldfrapp. Los literarios Roberto Bolaño, Jonathan Franzen, Ryszard Kapuscinski, David Foster Wallace y Michel Houellebecq. No creo que haya que incentivar a seguir escribiendo a alguien que considera libros como los de Grey como ejemplos a seguir, como senderos trazados por los que pasearse. y ahí va la explicación que debería haber dado, pero que no hice porque me dio reparo adueñarme de un diálogo en un comentario, me dio algo parecido a la vergüenza parecer que espero a la mínima oportunidad para destapar el tarro de las esencias. No era el lugar, seguramente, para decir que el mundo ya está bastante lleno de aspirantes a buenos escritores como para permitir progresar a un aspirante a mal escritor. Ya aborté una intentona, con comentarios respetuosos pero tenaces, justificados y tan certeros que cumplieron su función: ahora esa blogger se dedica a los trapitos y a los consejos de maquillaje. El mundo es, hoy, un lugar justo y luminoso.



dissabte, 16 de gener de 2016

Y16W03: Título nobiliario

Mi primera reflexión es muy clara. Prologar los posts les quita trascendencia literaria. No hay que explicar lo que se dice, hay que decirlo y ahí queda. Queda anulada por la siguiente. Y es que usar tal pretexto para evitar hacer algo que me apetece no solo es absurdo, sino de una pretensión insoportable, que la palabra trascendencia en el ámbito de un blog que leen unas pocas decenas de personas ya es lo bastante patética. También por el hecho de que esta será la primera entrada del año, y la provoca no que Catalunya tenga gobierno o que Messi siga acrecentando su leyenda, sino que haya muerto Bowie y que ello me haya pillado leyendo a Knausgard. 

Mi abuelo, el único carnal que llegué a conocer, murió en 1973. Mis padres me llevaban a verlo algunas tardes de los fines de semana, al viejo piso de alquiler en una empinada calle en Poble Sec,, donde vivía con la mujer que se había casado con él en segundas nupcias. Mientras los mayores hablaban de sus cosas, yo me quedaba en una pequeña sala donde había una TV sobre una de aquellas antiguas mesas que contaban con una plataforma donde se amontonaban revistas y periódicos. Debía ser el año 71 o el 72, cuando en una de esas revistas, y debo recordar que entonces aún vivía Franco, vi por primera vez fotos de David Bowie. Con pies de foto escandalizados, con colores absolutamente excesivos, supongo que eran las fotos de sus conciertos de su era más osada en lo estético. Pelo rojo, cejas afeitadas, maquillaje estridente. No puedo decir que me quedara fascinado. A esa tierna edad, 7 u 8 años, y rodeado de la austeridad y la tristeza que flotaba en el ambiente de la época, bastante tengo con recordar esos momentos en que arrodillado en el suelo y pasando páginas, su aspecto me inquietaba, casi puedo decir que me daba algo de miedo.
Pasaría algún tiempo hasta que tuve mi siguiente encuentro. Fue en la habitación de una prima algo mayor que yo. Un dibujo a lápiz de una portada de uno de sus discos. puede que Aladdin Sane, imposible recordarlo. Colgado en la pared del cuarto, me resultó algo difícil concebir tal idolatría hacia alguien, siendo Bowie como era alguien muy alejado de los vacuos ídolos adolescentes al uso en la época. Curiosa mi situación en aquel momento: sabía perfectamente cual era el aspecto del tipo y aún no había oído un solo segundo de sus canciones. Creo que el primer disco que oí fue Diamond dogs, un disco algo agresivo e indefinido que quedaba entre su etapa glam y la época de Berlín. Me sorprendió que fuera un disco más anclado en el sonido rock de lo que me esperaba, aunque he de decir que sinceramente no sé lo que esperaba en su lugar. Había que seguir avanzando. Un bar de esos en los que acabas metido, desesperado a la hora de apurar un domingo por la tarde, fue el extraño escenario en que oí por primera vez Heroes. Suficientemente consciente de que era una figura respetada por la generación punk, generación que no respetaba a demasiada gente, y bien que hacían, solo ahora tomo consciencia de que, por encima de que Bowie había parido un clásico instantáneo (ayudado por Brian Eno, prófugo de Roxy Music, la única banda que podía competir para eclipsar su posición en el trono del glam-rock), Heroes era krautrock, era reinvención otra vez, y lo mantenía a flote a salvo de que cualquier nueva oleada pretendiese hundirlo.
Más adelante acudí (un repaso oportuno ha desvelado que ya hablé de eso aquí) a ver Yo Christina F., impactante película alemana de yonkies que daba mucho miedo, y en la cual Bowie acaparaba la banda sonora con muy oportunas canciones de su época de Berlín.
Y no mucho más tarde me compré su primer disco consciente de hacerlo: fue Scary Monsters, y lo hice tanto por la fascinación que me despertaba una canción increíble como Ashes to ashes, con el personal aditivo de que en su vídeo apareciera Steve Strange, como por algunas curiosas circunstancias relacionadas con algún empleo ocasional que tuve un verano, que no viene al caso entretenerse en detallar. Mi decepción con su carrera artística empezó con Let's dance, cuya estridente producción me pareció incoherente e impropia, y se consolidó con Never let me down. Era una decepción a muchos niveles, tanto me parecía inconcebible que un tipo capaz de empaquetar sus discos en portadas horripilantes de haberlo hecho en otras ejemplares e icónicas, como las de Heroes o Low, como echaba de menos el tono épico en las composiciones. No debo andar tan desencaminado,, cuando posiblemente el último gran clásico de Bowie fue China girl, que encima era una composición de Iggy Pop. Hasta The next day no sentí la necesidad de oír a fondo ninguno de sus nuevos discos, y recuerdo, pero no me lo tengáis en cuenta, que ya mencioné lo cansada que sonaba su voz en aquel destacable disco. Podríamos especular tanto sobre los motivos de ese cansancio.
Cuando murió, yo llevaba varios días negándome a leer ninguna crítica de Blackstar que no mencionara en su primer párrafo la ostensible influencia de Scott Walker en este disco. Todo el mundo hablando de la influencia espiritual de Kendrick Lamarr en su proceso de grabación y muy pocos rindiendo tributo a Walker. Cuestiones que me indignan, que algo tan obvio sea ignorado por nadie dispuesto a hablar de un disco me resulta incomprensible.



Desde aquí poco puedo hacer para engrandecer el mito de David Bowie. Es la figura más carismática de la música tal como la concebimos, y solo se me ocurre que Bob Marley pueda estar a la altura. Fuera de universos e iconos personales, su influencia no se limitó a canciones, sonidos o arreglos. Fue un auténtico adelantado a su época en trasladar lo teatral y lo cabaretero a la música y a la estética de varias generaciones, sin complejo alguno, más bien poniéndose de una forma bien clara en el centro de los focos. Fue homosexual, heterosexual, bisexual, claro y turbio, excesivo y elegante, clásico e innovador. Colaboró con Bing Crosby y colaboró con Arcade Fire. Inspiró que letras de Kraftwerk o Radio Futura le mencionaran. Envejeció con una dignidad envidiable y planificó una despedida trágica y astuta como nadie había hecho jamás. Seguramente su alter ego frío y calculador llevaba meses con el plan maestro diseñado, consciente, sin odiosas falsas modestias, de que su vida no iba a tener un final cualquiera, que el mundo se vería conmocionado en capas más profundas que con otros personajes. La modestia no iba con él. Ni falta que le hacía: ved como se movía en el escenario, ved como dominaba audiencias a las que sacaba dos o tres décadas, y decidme quién cojones va a igualar eso, quién narices va a ocupar ese trono.



dissabte, 19 de desembre de 2015

Y15W46: En colores


Escribo poco, ya lo sé. Cuesta encontrar temas últimamente, o cuesta que estos se fijen con suficiente persistencia, con lo que se desvanecen, y el acicate que supone escribir queda neutralizado cuando los dedos quedan en suspenso sobre el teclado, sin nada que decir, porque tan mala es la idea que no surge como aquella que avasalla a la que tiene delante.
Tras estos dedos hay un hombre ya maduro con una vida demasiado convencional, una especie de Peter Pan cultural con un descomunal ego para seguir los dictados de la intuición, declaración algo tramposa cuando una de mis actividades fundamentales estos días es escarbar listas de elecciones de lo mejor del año y compendiarlas y aplicarles factores de corrección hasta que el resultado resulta suficientemente tolerable para mi autocomplacencia. Libros del año y discos del año están en mis listas de deseos, en la carpeta de descargas, algunos en mis estantes (algunas editoriales son muy amables: Anagrama sigue sin serlo) y otros simplemente en un rincón del éter, esperando que los descubra y me eche las manos a la cabeza por no haberlo hecho antes,
Mientras, pasan cosas, o no pasan las que deberían. La mayoría independentista surgida de las elecciones del 27S pierde una sábana en cada colada. Las elecciones nacionales del próximo domingo me pillan digiriendo esa situación: quiero votar por la opción que más contraríe al estado español y a sus devaneos imperialistas. Quiero joder al aparato centralista y he de reconocer que de alguna libertad dispondré cuando puedo proclamarlo y, en un principio, no temer represalia alguna. Hay que reconocer que no muy lejos de aquí, al norte y al sur, ciertas cosas no son iguales, pero no voy a dar las gracias por algo que debería ser natural. Expreso mi opinión y la tamizo a mi antojo. Hoy digo más palabras soeces y mañana me modero. La visceralidad también tiene su potenciómetro. Pero me comparo con otros, y me doy cuenta de que algunos no pueden hacer lo mismo y, lo que es peor, ya ni podrán. Recibo una recriminación a través de la red, parece que alguien me alinea con una teórica pro-occidentalidad por el mero hecho de creer lo que leo en el Diario Ruso de Anna Politkovskaya, periodista asesinada cuando sus investigaciones empezaban a ser molestas, pero como quien se encarga de acabar con ella es algún sicario a sueldo de Putin, Putin es el líder de Rusia, era de la KGB y entonces debe ser comunista o algo comunista (además, debe añorar sus tiempos de militar, porque aún anda con la mano pegada al lado derecho, como para ganar unas décimas de segundo al agarrar el arma), pues en nuestro mundo de extremos opuestos y enemigos de mis enemigos que son mis amigos, pues yo soy ya anticomunista, prooccidental, especulador inmobiliario, y votante de alguna ya desleída o futuramente desleída opción moderada.
Mirad, las cosas no son así, aunque no sé como son. Hay muchas cosas y hay muchos sitios donde mirar. El que un día es un entrañable joven que se sienta en un bar con una guitarra para compartir gratis su talento con la gente pasa al día siguiente a ser un palizas que desafina y no deja conciliar el sueño por el mero hecho de elegir entre su repertorio una canción cualquiera de un bicho como Fran Perea. Todo se relativiza y relativizarlo todo se relativiza. Nos quejamos de este excesivo calor de mediados de diciembre, de que no llueve en Barcelona, y luego decimos que qué gusto poder sentarse en una terraza a la intemperie a las diez de la noche sin exponerse a pillar un resfriado. Tengo muchos libros leídos que por aquí ni se han asomado, demasiado poca música porque concentrarse en lo nuevo cuesta y requiere una mise en scéne previa, tengo cierta incomodidad ante dos cosas inconexas: el proyecto Orsai, al que ni la sacudida oportunista del infarto de Casciari parece revivir, y los resultados estatales, porque me temo que cualquier resultado va a ser una decepción, y lo único que últimamente me excita es ver al tipo este, tan genial e inmodesto que solo puedo considerarlo un alma gemela.






diumenge, 29 de novembre de 2015

Y15W45: LA COARTADA

Llamadme Francesc. Leo mucho desde hace menos de una década. Leo como consecuencia de un efecto dominó, el que me produjo la lectura de una reseña, en una revista musical, de 2666 de Roberto Bolaño. Me impactó su frase final: si la literatura es placer, 2666 es el éxtasis total. Muchos pueden describir los momentos claves de su vida. (Esta semana, por ejemplo, mi hija Mònica ha cumplido 18 años. Ya puede votar y pedir cerveza). Pero ni siquiera recuerdo quién firmaba esa reseña. Lo he mirado, y se llama Silvia Pons. Seguramente es catalana, casi seguro pues la revista en que leí su reseña tiene su redacción en Barcelona, que aquí somos mucho de cultura aunque luego la cultura que produzcamos deje algo que desear, seguramente producto de la excesiva obsesión por filtrar lo que nos gusta y lo que nos inspira, circunstancia que produce un efecto de bloqueo sobre lo que creamos. Me van a decir de mí, que me pringo y me contagio del estilo de cualquier escritor que haya leído recientemente. Bueno, al menos lo reconozco. De hecho, ahora me ando por las ramas muy a lo DFW. He dejado unas veinte líneas más arriba una línea argumental para este, otro de mis fallidos post de regreso por todo lo alto, y si no me fijara en la imagen ahí se quedaría. Regreso a ella. Serán más de un millar los libros que han caído. Me avergüenza no recordar algunos de ellos. Puede que bastantes. Puede achacarse, en un análisis parecido al de ciertos partidos de fútbol hecho por comentaristas con pocos recursos, a uno de dos factores. El escritor no tenía un buen día o el lector no tenía un buen día. Aunque prefiero el concepto de compañerismo, en estos tiempos de buen rollito, me gusta este otro: escritor y lector enfrentados entre sí, como pretendiendo imponerse en una lucha. Esa es una buena imagen para la batalla inicial. El escritor es simplemente un nombre que puede o no decirte nada, al que acompañan sensaciones adicionales, como saber su nacionalidad, su edad, su ideología, las opiniones que en otros ha suscitado la obra que te planteas, o el total de su producción. Solamente cuando empiezas a considerarte como inmerso en la lectura empiezas a introducir matices e información adicional. Entonces tras esos datos puede surgir un tipo por el que empiezas a sentir cierta curiosidad. Como acérrimo de la literatura contemporánea, ese ejercicio se manifiesta hoy como fácil y seguro. Sencillo como conseguir que escritores ávidos de promoción y feedback de sus lectores tengan cuentas en Facebook, Twitter o Instagram donde muestren detalles de sus vidas También los hay que viven al margen, lo cual me parece muy respetable, incluso algunos días sumamente aconsejable. En todo caso, yo no quería acabar hablando de esto.
Llevo una cierta temporada enormemente saturado de lecturas pendientes. El orden es importante, también la temática y, cuestión chocante, la extensión de un libro. No creáis que no me arredran esos que sobrepasan las 600 páginas. Pero he analizado un poco mi comportamiento. Sobre todo el de las últimas semanas, en que debo reconocer que muy pocos libros llegan a desagradarme. He analizado también la condición que comparten mis escritores favoritos, un quinteto inamovible al que podría añadir una decena algo más variante. Y llega el momento de la confesión casi sonrojante, porque mi conclusión es que estoy tendiendo a concentrarme en obras de ficción o de ensayo, pero estas deben tener una cierta coartada intelectual. No creáis que no estoy disfrutando de obras brillantes en la forma, pero me doy cuenta (Zweig podría ser un ejemplo) de que no siempre quedo con ganas de repetir. Echadle la culpa al tiempo, ese incansable hijo de puta que escasea pero no para de pasar con rapidez, pero empiezo a valorar y a elegir entre las decenas de libros en función de eso. Me temo que sea un proceso irreversible y que ello relegue definitivamente al ostracismo a la poesía, que ya no ha sido nunca un plato de mi gusto, y no creo que haya que extenderse demasiado en explicaciones, porque la frasecita no tiene  desperdicio. Pero la cuestión básica es que voy a empezar a evitar esas lecturas agradables pero ligeritas, esas historietas con bichitos que toman vida y aspectos fantasiosos que no aportan nada a aquello que está en mi entorno más cercano. No puedo permitirme dedicar mi atención a esas cosas. No tienen sustancia. Aún me queda tiempo para leer bastantes centenares de libros, sí, pero procuraré alejarme de todo aquello que no me aporte nada. No ha sido una decisión difícil, sí meditada, porque apartar la ligereza de la vida no deja de ser dar la espalda a muchísimas cosas, incluyendo la práctica totalidad de la cultura mainstream.

diumenge, 15 de novembre de 2015

Y15W44: Planes abortados


Sin grandes proyectos, había previsto alguna otra cosa para este fin de semana. Me había planteado leer con calma un experimento de ensayo epistolar a dos bandas que siempre había relegado porque alguna absurda preconcepción me tenía convencido de que porque el mejor Houellebecq sea el de las novelas el otro es como si el de los ensayos no fuera Houellebecq.

Y entonces pasó lo del viernes.

Y ya deja de tener sentido hablar de casualidades porque el que yo lea a Houellebecq o sobre Houellebecq empieza a ser tan frecuente y tan posible que el bretón se ha convertido en una especie de presencia ubicua. Condición que los acontecimientos retroalimentan. Y que, encima, podría acabar convirtiéndole en pasto del gusto mayoritario, cosa que quizás acabara condicionando mis juicios sobre su obra, si Houellebecq se dejara influir por el mal de las alturas fruto de la fama. Cosa que desestimo casi simultáneamente a escribirlo.
Porque lo del viernes parece ser, dentro de su proporción y su desproporción, algo que pueda marcar el devenir del planeta de ahora en adelante. Ya he leído lo que de París puede ser el nuevo Sarajevo (no sé cual de las dos "acepciones" me resulta más funesta) y la palabra "guerra" forma constantemente parte del discurso de gente de aspecto muy serio y relevante, gente de esa que ha corrido a hacerse el nudo en sobrias corbatas negro total. Sí que sé que los hechos permitieron constatar una vez más el enorme anquilosamiento en que las redes, sobre todo Twitter, han sumido a los medios de comunicación convencionales. El viernes por la noche uno hubiera esperado cobertura, imágenes aunque fueran puros bucles con el busto de un periodista desorientado improvisando en primer plano, algo precario pero que revelara que la televisión mantiene algún sentido. Y no: siguieron los programas enlatados y la telebasura, algunos en directo pero con individuos que se hacen llamar periodistas y que se comportaban con una mezcla entre el sonrojo profesional, el ande yo caliente y riáse la gente y el máximo desparpajo pensando cómo podía computar el eventual aumento de la audiencia que los hechos le estaban suministrando. Mientras, en Twitter, la cuenta de un tipo con apenas 1300 seguidores mostraba fotos de la calle, hechas desde una ventana. Cadáveres tendidos y luego cadáveres cubiertos por mantas que los propios vecinos tiraban desde los balcones, en un gesto tan triste como valioso.

En el otro lado, analizar los hechos se ha vuelto un ejercicio donde la demagogia es un lugar ineludible. De hecho desde el razonamiento más correcto y bienintencionado y siguiendo los pasos precisos cualquiera puede llegar a cualquier conclusión: desde que lo que debería hacer Occidente es aplicar la fuerza del poderío militar sin el menor miramiento a que no hay que intervenir de ninguna manera ostentosa y dejar que la sabiduría de la madre naturaleza prevalezca. Eso es lo realmente terrorífico, saber que hay argumentos para justificar prácticamente todo por sí solo, pues imaginad si, como es el caso, los teóricos antagonistas nos sirven en bandeja un pretexto para actuar, como se dice, en defensa propia. De manera qué disponemos de un escenario ideal para que cualquier cosa suceda y eso es lo que resulta más excitante, disponer de muchas opciones y que todas estén disponibles el máximo de tiempo. 
Lo realmente curioso es que todas estas cábalas se producen periódicamente y todos estos superlativos los hemos oído y usado cada vez que se han producido esos periódicos asaltos a la placidez occidental, que es cuando reaccionamos como viejos gruñones que son importunados a la hora de la siesta. Desde luego, leer como Houellebecq se autoproclama con orgullo como totalmente convencido de solo una cosa, que es la irreversibilidad de cualquier proceso de decadencia, no es precisamente un canto a la esperanza.

divendres, 13 de novembre de 2015

Y15W43: Publico post

Antes aclaro.
Bebo bastante.
Como carne.
Debo dinero.
Estoy esperando fuerzas favorables.
Guardo grandes historias (Hoy iría iniciando juergas, jaleos).
Leo libros.
Muevo montañas nevadas.
Nada objeto.
O quien quiera remover restos, sepa solamente tres tonterías.
Una.
Última victoria, vivir. (Walt Whitman, XXth.)
Ya, ya.
Zaragoza zozobra.

dimarts, 10 de novembre de 2015

Y15W42: SER AMABLE


Puedo achacarlo a la falta de tiempo. O al touchpad que se estropea en el momento más inoportuno y me obliga a mendigar en casa por algún ordenador sobreutilizado o a perder la paciencia comprobando mi torpeza con los teclados de móviles y tabletas. Pero el motivo ulterior de no escribir más a menudo siempre será la falta de un tema que me levante literalmente de la abulia. No los hay tantos o no los hay tantos que no sean repetitivos. Para qué hablar de más goles siderales de Neymar o del auténtico tormento en el que se está convirtiendo la situación política, con bandos que se enfrentan y abren sub-bandos que aún se enfrentan más todavía. Catalunya no es el Líbano pero pueden darse situaciones libanesas cuando los radicales se alinean con sus antagonistas para oponerse a los moderados. Y hacen verdad eso de que los extremos se tocan. Casi siempre es una tontería lo que me hace espabilarme y he de ser sincero y reconocer que muchos de esos estímulos provienen de Twitter. Sigue a las cuentas adecuadas, que puede que no sean tantas, y algo sacarás: inspiración, contexto, lo que sea.
Y en una de esas me encuentro leyendo un corto debate sobre la necesidad o no de publicar reseñas de malos libros. Uno puede esperar que un libro sea bueno y acabar aceptando que ha sido un desastre. Uno tiene la intuición esa que no falla y que le ha hecho desenterrar tesoros y uno puede ver por ahí (o sea, por aquí) quién y qué cosa dice sobre tal autor o tal libro o tal obra conjunta y entonces se toma la determinación, (que no es la misma que con la música: oir mala música sí es una pérdida de tiempo), se ata uno los machos y va a por esas centenas de páginas pensando, casi deseando, que sea muy malo o sea muy bueno, que no se quede en esa tierra de nadie donde uno ni afilar el hacha puede. 
Desde que tengo cierta triste y restringida e inútil fama (uy, de qué ha ido que ponga "prestigio"), es decir, desde que poniendo mi nombre en los buscadores salen otras cosas que no sanciones por rebasar la velocidad en la calle "A", me encuentro en situaciones que, aún dejando de resultarme nuevas, no acabo de saber resolver del todo. Suelo conseguir un número relevante de copias de libros para su eventual prescripción. Suelo solicitarlas cuando suscitan mi interés y ello significa que creo que el libro puede gustarme. Las editoriales, con sorprendentes excepciones (mi adorada Anagrama, tal como escribí aquí hace unos días) suelen, en su mayoría, hacerme caso. O me envían los libros o me argumentan escasez de copias promocionales, agotamiento de ediciones, o cualquier explicación cuando no pueden enviármelas. El flujo es bastante frecuente. Mi encantadora esposa me reprende constantemente por las condiciones en que tiene que abrir la puerta a los repartidores que suben a casa a entregarlas en mano. Últimamente empiezan a darse casos curiosos: ciertas editoriales suelen enviarme algún libro adicional al que les pido. Me hablan de campañas y me piden que le preste atención a alguna novela o algún autor por el que piensan apostar. A veces ya me los envían sin solicitarlo. Entiendo que así funciona una industria tan curiosa como la editorial, donde unos cuantos tipos se empeñan en ponerle un precio a algo tan poco cuantificable como la íntima satisfacción de una frase, de un párrafo, de un personaje o una novela que se agarra a tu memoria. Lo entiendo y, de algo ha de servir mi experiencia en el mundo de la empresa, seguramente no haya otra manera de hacerlo. Ya no hay libros en las vallas publicitarias ni canales de TV que dediquen espacios a insanas horas de la madrugada para que dos tipos con gafas de pasta diserten sobre libros. Así que hay que buscar la difusión donde puede encontrarse.
Pero a veces un libro resulta ser muy difícil de defender. Entra en liza el compromiso y la credibilidad de la opinión propia, la satisfacción de que esta se muestre de forma inapelable en un escrito, y la necesidad de que esta sea fundada, porque aquel, sea autor, sea encargado de prensa, sea a veces hasta el propio editor, no vea brecha ni mala intención ni preconcepción, que vea simplemente lo que es: un tipo encantado por haber recibido el regalo de un libro, pero ofuscado, a veces hasta consigo mismo, porque no es capaz de tener una opinión positiva. Bendito problema, diría alguno. 

dimarts, 20 d’octubre de 2015

Y15W40: Vil metal


Uh. Los nombres de raigambre europea. Cómo nos gustan y cuántas cosas de rancio abolengo nos evocan y qué sofisticado resulta ajustar la pronunciación o simplemente saberlos escribir correctamente. Y cuando éstos se unen con guiones, cuando resultan evocadores de rótulos esculpidos en chapa de metal y colgados en el vestíbulo de algún elegante edificio, donde un esforzado conserje en traje oscuro les saca brillo con frecuencia. Price Waterhouse. Coopers Lybrand. Suenan a nobleza, tienen aires de castillo entre bosques y montañas, ecos de jardines ennoblecidos por estatuas y fuentes. Uno imagina sedes ubicadas en villas donde se accede en coche y donde todo el mundo tiene aspecto sano y limpio. Hachette-Filipacchi, House-Mondadori, Condé-Nast. Esta última es la culpable de este post. Su poderío económico ha servido para que una de las únicas y por tanto últimas referencias de la información musical independiente deje de serlo. Nótese el uso de la palabra "información " en vez de la palabra "prensa". Y el medio adquirido es Pitchfork. Una indiscutible referencia para los cuatro gatos (que resultamos ser algunos más) que aún albergamos esperanzas de que surja alguna música que sea nueva y nos permita experimentar viejas sensaciones. Para los que nos negamos a que el algoritmo de Spotify nos sugiera y nos entregue cualquier pastiche que lo único que hace es parecerse a los originales que nos fascinan. A raíz de esa complicada e imagino que suculenta operación supongo que cuatro entusiastas amigos que fundaron la web con el entusiasmo de un fan y la vieron progresar hasta ser lo que es hoy se deben haber llenado los bolsillos, seguro que han firmado claúsulas impidiendo que vuelvan a renacer bajo otra guisa y le estropeen a los de Condé-Nast el teórico negociazo que debería suponer infiltrarse en la cúspide de los gustos. Odio que Pitchfork dedique espacio aún subgénero musical que detesto como es el black metal. Ese espacio podría dedicarlo a algún estilo de los que a mí me seducen más. Pero me encanta Pitchfork por ese mismo motivo. Porque el concepto de dedicar espacio relevante a un subgénero es la base de la libertad de un medio. Es la garantía de que ese medio no funciona por un interés descaradamente mercantilista y eso es mejor, es más saludable que saber que vas a leer sobre los discos y los artistas que ya te gustan y que el resultado va a ser recrearse eternamente en territorio conocido.
De momento la gente de Condé-Nast se ha apresurado a insertar su firma en sitios preferentes de la página, un sobrio y elegante rótulo que parece ejercer funciones de irónica y educada despedida, más cuando el lector al que se dirige acabe de leer una reseña de un disco de hip-hop hasta los topes de proclamas misóginas o uno de black metal con la portada llena de cadáveres de adolescentes empalados. Seguro que Pitchfork sigue siendo una referencia, seguro que Condé-Nast sabrá cómo proteger su inversión. Pero va a ser inevitable que, durante un cierto tiempo, la sombra de la sospecha gravite, amenazadora, sobre ella.

dilluns, 19 d’octubre de 2015

Y15W39: Reciclaje




Sí. El hombre este, Santi, el que maneja este cotarro del otro blog. Me lo dejó muy claro, en aquel lejano mayo o junio del 2012 en que empecé a publicar aquí:

"..suficiente con tres o cuatro párrafos no muy largos..."

Pasa que para este caso creí que me iba a quedar corto, así que aproveché para  endilgarles un poquito de relleno.

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Señores de Anagrama:


Seguro que andarán Vds. muy ocupados con la cuestión sucesoria de Jorge Herralde y esa, supongo, compleja operación financiera que acabará con Feltrinelli tomando las riendas de la editorial. Difícil tránsito el suyo, de adalides de la independencia editorial y de la gauche divine a integrarse en un imperio. Me tomo, por tanto, la libertad de evitar molestarles pidiendo permiso para publicar aquí algunos detalles del escaso correo que hemos intercambiado. Escaso, por cierto, no por mi culpa.


Hoy sería un buen ejemplo, pero son ya muchas las veces en que en Un Libro al Día hemos prestado atención a los libros que  publican. Les diré, a título particular, que tres de mis autores favoritos forman parte de su catálogo: Bolaño, Houellebecq y Kapuscinski. No me he arrepentido de pasar por caja por ninguna de sus obras. Nuestro blog no promociona libros ni promociona "a cambio de". No es que Vdes. lo hayan insinuado, pero sí que me han contestado, al negarme reiteradamente copias para valoración, que los blogs literarios (supongo que podemos considerarnos uno) no somos un objeto preferente de sus estrategias comerciales. Oiga: tenemos nuestra audiencia y nuestra credibilidad, aunque no sea la de los grandes periódicos. Vaya. Me han hecho recordar a Owen Jones, cuando he pensado en recepciones en la parte alta de Barcelona, mesas a 100 euros el cubierto y señores "benestants" comentando el seguimiento en La Vanguardia del libro de la Busquets. Cierto es, que algún palo se ha llevado aquí alguno de sus últimos estandartes. Pero, ¿Negarnos copias? Peor que eso, ¿ni tan siquiera contestarnos cuando demostramos nuestro reiterado interés? No sé.


Eso sí: esto no alterará lo que opinede sus libros. O al menos de libros como éste.

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Delicioso: apelativo que, aplicado a un libro, me conminaría a huir en el 99% de los casos.
Pero éste forma parte del  1% restante.

84, Charing Cross Road empieza con Helene Hanff, escritora norteamericana dirigiendo su primera carta, en 1949, a esta dirección londinense, en que se ubica Marks & Co, un negocio de libros de ocasión. Se interesa, especula con la asequibilidad de sus precios.

De ahí en adelante los envíos de libros, los comentarios sobre el material recibido, sus precios, su disponibilidad, su estado, derivarán en una curiosa relación de ida y vuelta de cartas.

Hanff convirtió en libro la correspondencia que cruzó con el personal de la librería, en especial con Frank Doel, el empleado que se encargó de gestionar sus pedidos y cuidar de su cuenta. Al margen de la curiosidad que uno pueda experimentar por el variado surtido de libros que Hanff va solicitando, o por el elegante modo en que las cuestiones económicas se van solventando, resulta fascinante como ese intercambio de correspondencia va abriendo frentes. Somos testigos del estoicismo del pueblo inglés ante el racionamiento de la post-guerra. De la dignidad del empleado, de le evolución de su familia, de la condición de judíos de los propietarios del negocio, de la progresiva toma de confianza conforme las cartas se suceden. Nos descoloca cómo Hanff, mujer, neoyorquina, se dirige en un tono que busca confianza y respuesta. Cómo envía paquetes con comida. O menciona el devenir de su carrera profesional y su influencia en la reiterada postergación de su viaje a Londres. Todo ello en algo más de cién páginas que (con intrigantes silencios) cubren más de 20 años de relación, y para las que bastan un par de horas de lectura, más que suficientes para que la autora nos transfiera complicidad, seducción, asombro, naturalidad, una ostentosa carencia de engolamiento, y hasta una curiosa forma de tanto de apreciar la distancia entre dos culturas en dos continentes como de valorar el equilibrio de la peculiar relación proveedor-cliente cuando ésta atraviesa el tamiz del amor por los libros. Un libro breve que alinearé, por vínculos y por méritos, junto a  Seda de Baricco o Mendel el de los libros de Zweig.
Están los tiempos para ir despreciando cosas así.

dilluns, 12 d’octubre de 2015

Y15W37: MUERTE SÚBITA

Muy cerca del lugar de autos, una mañana cualquiera
No soy de hacer mucho caso a lo que oigo. Pero sí soy de fijarme en las coincidencias. Y el otro día un tipo en la radio hablaba de la muerte del rock. En relación con esta extraña semana en que  U2 dan cuatro conciertos en Barcelona. Y justo ese mismo día, o quizás el anterior, yo había proclamado para mis adentros que un comentario sobre ello iba a servirme como párrafo introductorio para mi pertinazmente postergado Ensayo Sobre Porqué la Música se Hunde.
Nunca he acabado de comprender el éxito de U2: los he encontrado obvios, los he encontrado épicos a posta, los he encontrado oportunistas, su música poco elaborada, su actitud demasiado mesiánica. Solo compré un par de sus discos, Achtung Baby, porque contiene tres de sus mejores canciones (Misterious ways, One y Until the end of the Worls) y Zooropa, que confié que fuera una continuación de Achtung Baby y no. O sea, presté atención al grupo cuando su sonido estaba más cerca del sonido tecnificado, pero en cuanto volvieron a esa intensidad épica propia de los discos que les dieron más éxito (Joshua Tree y Rattle and Hum) me alejé de ellos. Siempre consideré esos discos como meramente inaguantables. Siempre consideré una de sus canciones emblema, I still haven't found what I'm looking for como una de esas melodías simples y pegajosas, más dignas de acabar siendo la banda sonora de un jingle publicitario (su pegajoso estribillo no hace más que confirmarlo) que de ocupar lugar alguno al lado de las grandes canciones. Siempre pensé porqué el lugar de U2 no lo ocuparon los Simple Minds, grupo al que imitaban descaradamente, y qué cuantas sopas habían de comer los U2 para igualar un disco como New Gold Dream. Igualmente culpo a los U2 de haber desorientado a los Simple Minds. Tal que así. Pero no me lo recriminéis. Soy así de rarito: opino que Bruce Springsteen solo hizo que trazar una bajada desde su cúspide indiscutible, The River, y me vanaglorio de considerar Point Blank su mejor canción y de repudiar prácticamente toda su carrera posterior, empezando por la machacona simplicidad de Born in the USA, concesión al inacabable espectáculo de estadio en que ha convertido su vida posterior.


Entonces, U2 actúan 4 veces en una semana en Barcelona, llenando siempre, con 72.000 asistentes en total y a unos precios que no bajan de los 60 euros, y eso nos hace proclamar que El Rock Ha Muerto.

Porque sólo las grandes estrellas que llevan décadas sin discos que aporten nada a sus carreras llenan estadios. Sea AC/DC con su ruido infame, los Stones con su espectáculo gimnástico o Pink Floyd con sus bostezos post-sinfónicos.
Porque las generaciones que han hecho alumbrar esas estrellas (o sea, los nacidos entre los últimos 40 y los primeros 70) ya empiezan a estar mayores para ciertos trotes, incluyendo los de interesarse por ninguna de las eventuales estrellas emergentes. Ya que Guns'n'Roses optaron por la desaparición, Coldplay por dejarse la inspiración en las mesas de estudios carísimos, Radiohead, porque comprendieron todo antes que casi nadie,  Nirvana por lo que optó Nirvana.
Porque somos incapaces de transmitir ese entusiasmo a las nuevas generaciones. Por lo que sea: y mira que lo hemos intentado de formas tan patéticas como nos ha sido posible, desde camisetas del Zara con el logo de los Ramones hasta slide-show de estúpidos bebés con bandana, gafas de sol y guitarra en ristre.
Aun así, El Rock, dice un tipo en la radio, Ha Muerto.
A continuación, por cierto, una estúpida tertuliana ha argumentado que era una buena noticia. Que cuanto antes muriese, antes renacería. El Rock como ciclo de moda, al lado de las gafas de sol de espejo, los pantalones pata de elefante y las camisas floreadas. Eso sí que es morir.
Pero habrá que analizar los motivos, ¿no? o pretendo un día publicar un análisis de cientos de páginas sobre casi toda la música, sin ser capaz de concretar los motivos del hundimiento de un género en particular.

El Rock Ha Muerto porque un día estuvo vivo.
Genial comienzo.
Estuvo vivo porque unos cuantos jóvenes tuvieron dinero para comprar instrumentos y dedicar sus vidas a la ociosa tarea de escuchar música, fagocitar su influencia, y emprender la creación de música que sonara nueva. O pudiera ser que asistieran a conciertos. O que viajaran a lugares lejanos, Asi que en la génesis del rock tiene algo que ver el privilegio del acceso a la cultura, que surge, demasiado frecuentemente, en los años 50, de pertenecer a la élite occidental con recursos para comprar receptores de radio o TV, viajar y asistir a conciertos, comprar caros instrumentos eléctricos, casi siempre inasequibles, y a una falta de necesidad económica que les permita dedicar sus juveniles energías a concebir una Revolución Musical a Escala Global. Vaya: leí a John Lydon tildar a los Beatles de niños ricos. Touché. Eso estuvo feo, Johnny. Pero igual tenías razón.
Quisieron hacer ruido y quisieron hacerlo alto y rápido. Y qué mejor que no estarse demasiado por sutilezas: 4x4, acordes, ritmo básico, y poca necesidad de floritura vocal. Cantar rock en sus inicios es vociferar ante un micro un mensaje muy sencillo sin demasiada necesidad de academicismo. Incitar al baile y al movimiento. Hacer caer el tabú del alejamiento entre sexos es un apreciable efecto colateral. Hay que moverse, hay que acercarse y tocarse, hay que sudar e ir a la barra a tomar alcohol que potencia el efecto desinhibidor, vamos a subir el listón y eso no será suficiente, pronto. El mensaje en las letras suele ser directo y contiene otro dardo envenenado: la carnalidad. Asi que el rock representa sobre todo un despojo de las preconcepciones y una liberación de algunos instintos básicos hasta entonces reprimidos. A la par que, debido a su poca exigencia técnica, una relativa democratización de la capacidad creativa. Jóvenes y calientes. Bajo el influjo de sustancias que amplían el espectro sensorial. Una especie de liberación que, encima, resulta divertida. No hay tiros, solo música pegadiza a alto volumen.
La evolución sonora se encargó del resto. Bueno, de una parte del resto. La que les dejó la irrupción de la industria. Rápidamente se aprecia que eso va a ser un negocio. Que va a afectar a otras cosas. A la ropa, a las costumbres, a la comida, a la estética. El rockero duerme poco, come mal, baila y folla mucho y encima se droga. Pero mola. Atrae a las masas y encima a las masas jóvenes. Hay que estar delgado y no es necesario presentar un aspecto sano. El rock es también algo sucio y desaliñado. El rock coquetea con las fronteras de lo legal. El rock excita las prohibiciones. Nada puede ser mejor que eso.
Y muere ahora porque en cada uno de esos ámbitos algo le ha tomado la delantera. La música electrónica es más barata y sencilla de producir. Las drogas sintéticas, lo mismo. La revolución sexual y el feminismo ya se han encargado de hacer que el avance en lo carnal no tenga marcha atrás. El hip-hop es más rebelde y más mal hablado, y encima está hecho por tipos de raza negra. Tenemos mucho miedo de que estos tipos tomen a nuestras mujeres. No queremos que se pongan a comparar. La rebeldía la han domesticado a partes iguales los políticos y las marcas comerciales. Ahora los políticos conservadores llevan el pelo algo largo y barbas cuidadas. Todo es un estereotipo o todo es asignable a una tribu urbana que se reúne los sábados por la noche a oir los mismos discos una y mil veces. La música está en todas partes. No es necesario pagar por ella si quieres oirla. Necesitas un smartphone, una wifi y unos altavoces con bluetooth para oir todo aquello que antes dependía de una visita a una tienda, del capricho de un DJ o de la amistad con alguien que pudiera comprar los discos que a tí te faltaban. El último reducto de la exclusividad es eso tan bonito del espectáculo en vivo, con los viejos éxitos que los tipos de U2 tocan sin que se les note el hastío de tocar las mismas canciones una y otra vez. Están ahí, frente a la multitud entre los treintaymuchos y los sesenta, extasiados por el enorme privilegio del momento que imaginan único. previo abono de cientos de euros. Pero no es lo mismo. A lo sumo habrán fumado un par de cigarrillos de marihuana, y como mucho beberán un par de cervezas o un gin-tónic con una lista de ingredientes más larga que la letra de algunas de esas canciones. El concierto es a las nueve, que mañana hay que trabajar. En bufetes de abogados, en consultorías, en gabinetes de ingeniería, en la oficina de algún banco. 



diumenge, 4 d’octubre de 2015

Y15W36: IMPULSO CREATIVO

Baria: ¿devolviste esa camiseta de uniforme?
¿Es Jamie XX más feliz ahora mismo que Baria Qureshi? ¿Hay manera de saberlo? ¿Hago demasiadas preguntas últimamente?
Baria Qureshi, leí hace ya algunos años, se vio abrumada por la enorme repercusión del primer disco de The XX, y, en algún momento, que no alcanzo a concretar, entre su publicación y alguna de las giras de presentación, en que intuyó que aquello iba a ser grande, decidió abandonar la banda. Sorpresa. El trío fue antes un cuarteto. Poco más se supo de ella, nada, por mi parte, y quizás, el tiempo dirá, algún curioso con ganas de perder el tiempo y con escasa inspiración se dedique a buscarla en el futuro, a encontrarla, sea convertida en ama de casa, sea un músico contento con una menor dosis de celebridad, y le haga esa pregunta clave que esclarece tantas cosas: ¿te arrepientes de haber abandonado la banda?
Lo que está claro es que Jamie XX no siguió el mismo camino. The XX se han convertido en un referente de la equidistancia entre el mainstream y la pura vanguardia. Un punto idóneo de ese universo opuesto respecto al que tantos dudamos a veces. Es mainstream Britney Spears. Oh yes. Es Toxic una espectacular canción dotada de ritmo, empuje, trucos de producción novedosos. Oh también. En el otro extremo, nadie duda de Red House Painters o Throbbing Gristle. Bien: The XX han adquirido ese prestigio de dignificar a quien colabora con ellos y no dejarse arrastrar hacia los lodos por mucho que a veces manifiesten gustos alejados de la pureza. Que jodan a la pureza (por cierto: muchas ganas de hincar el diente al próximo Franzen) y que viva el mestizaje. Jamie XX, factótum del sonido del grupo ha mantenido una relativa ubicuidad desde que se publicó Coexist, especialmente por lo relacionado con su condición de DJ. No es tan habitual: los DJ no integraban directamente una banda pop, era más bien al revés. Algún músico recibía una invitación a reflejar en una sesión sus influencias. Pero Jamie XX no se distancia de esa condición. Más bien parece que sea ésta la que posibilite su brillante aporte al sonido de la banda. Hace unos meses ha publicado In colour. Disco que ha recibido enormes aplausos de los críticos, a muchos de los cuales les va de perillas esa condición de Jamie, puesto que pueden aplaudirle y seguir siendo snobs, o criticarle y ascender a mega-snobs. Así es la crítica musical en muchos sitios, pero, y los que hemos seguido el NME y el Melody Maker (que fueron, hace décadas, publicaciones diferentes y prácticamente enfrentadas) podemos alzar testimonio, especialmente la británica. Pues los ingleses han renunciado a encontrar los nuevos Beatles y se contentan con los nuevos Smiths, los nuevos Housemartins, los nuevos Oasis y, cualquier día, los nuevos Coldplay. Respecto a Jamie XX otra vez unanimidad: el disco será casi seguro uno de los cinco mejor valorados del año y he de decir que con merecimiento, aunque sea un disco cuya variedad haga resentir su condición unitaria. Nadie tome esto como una crítica: me encantan los discos que renuncian a tener una uniformidad que los allane.

Pero Jamie XX ha conseguido demostrar capacidad de adaptación a prácticamente cualquier género, incluyendo el trance o el breakbeat y excluyendo las baladas soul (gracias), y ello implica que el disco carezca algo de sentido de la unidad, cosa que lo aleja del subgénero discos que te cambian la vida aunque, seguramente, conocedor de los entresijos de este mal y cruel negocio que es la música post Napster y post EMule, sepa que ya va a haber muy pocos discos que puedan alzarse con tal calificativo. Jamie XX ya debe acercarse a la treintena. Ya ha superado, seguramente (facturas de caros dermatólogos pagadas con el sudor de un par de horas de sesión) el acné que infestaba su cara allá por sus comienzos. Ya ha decidido qué peinado le sienta bien y le hace dejar de parecer un adolescente escondido tras una maraña de pelo rizado. Ya viste otros colores diferentes que el negro uniformado que escondía a la banda allá por el 2009. Ya ha publicado su disco en solitario, y los dos componentes del grupo le han ayudado colaborando en él, de forma visible, pero no ostentosa, no han buscado un protagonismo que le eclipse. Que nadie piense que la banda se resquebraja, pero tampoco que nadie interprete que el sonido de In colour va a determinar el de futuros discos del colectivo. Parece, la relación entre los miembros es ideal. Jamie no es el artista haciéndose la prima donna, despreciando a los compañeros y diciéndole al mundo no sé que coño harían estos pringaos sin mí. 
Para que nadie me acuse de usar artículos del cajón con tal de rellenar la cita semanal: este mediodía recibí algo parecido a un estímulo provocador. Desde allende el Océano. No sé si Sumisión es ese aburrido panfleto. Sé, y quedad avisados de que me gusta tanto el planteamiento que voy a hacer, que pronto voy a usarlo en otro ámbito que, como Jamie XX, como el vilipendiado Cercas o Franzen, Houellebecq es un escritor a la búsqueda final de cierto momento. El momento en que, sentado en un sofá, en una terraza frente al mar, en la taza del WC, el lector, el oyente, se enfrenta en soledad a su obra. Ese momento es crucial. Los dos, creador y lector, emisor y receptor, están unidos por el texto, por la música, por la obra. Si todo va bien nada entorpece esa relación. Quien emite no sabe quien va a estar al otro lado: puede imaginarlo, pero jamás está seguro al 100%. Quien recibe está en clara ventaja: normalmente ha elegido a esa obra frente a otras. En ese momento puede experimentar muchas sensaciones, que incluyen indiferencia y repugnancia, y estas ni siquiera tienen porqué ser definitivas. El lector lee las palabras y puede que piense que algunas parecen escritas para él. Sabe que no, pero está dispuesto a ampliar el rango: para gente como él. Sopesa, interpreta, piensa, compara, puede que haga que sí con la cabeza, o que no. Puede que lo deje todo para otro momento que nunca llegue a producirse. Ese momento, ya no digo si muchos de ellos se suceden, es el que persigue el creador: el improbable intercambio íntimo (que el creador solo experimentará en actos promocionales concretos o en la cuantía del cheque de sus royalties), el certificado intransferible de que su globo-sonda ha llegado a su destino.


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