divendres, 11 de setembre de 2015

Y15W33: COLA DE SUPERMERCADO

Lo veo: de hecho, lo he visto bastantes veces, pero en la cola del supermercado la situación se presta a una observación natural, nada forzada. Y ahí lo tengo, con un aspecto realmente desolador, de la cabeza a los pies. Cuatro mechones grises descontrolados no pueden disimular una calva a la que le da demasiado el sol de la intemperie. Una camiseta roja con un estampado ridículo y el cuello dado de sí por el uso. Remetida, en un patético intento de preservar un sentido trasnochado de la elegancia, en unos jeans que han conocido demasiados lavados, que han quedado anchos y raídos, agrisados en esa parte de los bolsillos de los jeans donde se guarecen y rozan las manos ociosas. Su mirada fija en las monedas que sostiene en las manos, mientras el paquete de latas de cerveza en oferta queda en el mostrador. Muestra ojeras, va bien afeitado, esboza una curiosa sonrisa. Ausente, pero confiada. Llegará a casa y se beberá, tibias, el primer par de latas, dándole igual con tal de recuperar esa confianza de seguridad que le transmite el alcohol. Sin pensar en lo diferente que es esa cerveza a veintisiete céntimos la lata de aquellas que dispuso, en elegantes botellas dispuestas en fila, mostrando orgullosas las etiquetas, ay si el mundo hubiese comprendido su idea, ay si esos chinos no hubieran ubicado aquella tienda a diez metros de la suya. Todo aquello no hubiera pasado.
Ni el adiós de su novia, aquella morenita de aspecto demodé y andar a saltitos, jodida tarde en que se fue, harta de insistirle en que debía adaptarse al mundo y no esperar que fuera al revés, harta de darle oportunidades y de recordar el sabio consejo de una amiga ("a veces quien se tira al agua a salvar a quien se ahoga lo único que consigue es ahogarse también"), día en que, después de derramar un par de lágrimas en el suelo del ascensor en bajada, se inició una nueva vida para ella, una vida más segura, pero casta y aburrida.
Ni el espantoso día en el notario, para leer el testamento de su madre, donde se le condenaba al usufructo del piso heredado, en una maniobra perversa encaminada a alejarle de la tentación de venderlo y malgastar el dinero. Ese piso, demasiado grande incluso para el enorme volumen de su soledad, al que su hermano había renunciado más o menos tácitamente, sin alardes de generosidad, con un aire de reproche impropio de hermano menor, no sin antes hacerle uno de esos comentarios que hieren: "habrás de espabilarte algún día". Él, claro, tenía otros planes: confinarse en el viejo local de la tienda que había cerrado meses atrás, acomodarse allí, entre los anaqueles, la nevera que empezaba a apestar y vivir de los botes de comida que le había sido imposible vender. Esperar que nadie se fijara demasiado en ese tránsito diario y aguardar tiempos mejores. Ni eso pudo hacer.

Miro al tipo: dos minutos pueden hacerse eternos en la cola de una caja o pasarse volando si se deja pasar la imaginación. Se disculpa con la cajera por la torpeza con las monedas mientras decide dejar otro producto que llevaba pues no le llega el dinero. Pide un recibo pues tiene que rendir cuentas. Mi turno, en la otra caja, ha llegado ya, por lo que dejo de prestarle atención mientras se pone el paquete de cervezas bajo el brazo y desaparece calle hacia la derecha. Mi imaginación vuela algunos minutos más: me pregunto si debería ser sincero, pararle un día y decirle que inspiró un pequeño juego literario, un juego insignificante y voluble que no tuvo consecuencia alguna más que otorgarle algo de fama anónima y transcontinental. Lo descarto inmediatamente: no me gusta nada la sensación de superioridad moral que se desprende de un acto así. Llego a casa y empiezo a teclear un texto que no me exponga a recriminaciones casciarianas de tirar de archivos cuando no hay de dónde rascar. Lo acabo en pequeñas sesiones, aprovechando ratos perdidos. Lo remato a toda prisa pues quiero aportarle un pequeño guiño, un mensaje cifrado de complicidad. En el último instante, con el telón deslizándose inexorablemente, pienso en una última imagen.

El tipo contempla satisfecho como una última lata de cerveza ha rodado hasta el fondo del refrigerador. Como, en contacto con la pared del fondo, esta a una temperatura idónea. Piensa si no debió descontarse al beber, a toda prisa, las once restantes, a lo largo de la noche anterior. Toma la lata y se la pone, satisfecho, junto a la mejilla para notar su temperatura. Decide encender la televisión: no lo hace muy a menudo pues no quiere que se estropee el día más inoportuno. Se sienta frente a la pantalla y ve a toda esa gente en la calle. Piensa en su apellido, con una "a" con acento grave. No le sale, ya, sonreír. Solamente mira.


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