dissabte, 10 de març de 2012

EL DECLARANTE ES MANDADO CALLAR Y LO HACE

Puede que ya haya hecho muchas reseñas de libros en este blog, dejándome llevar por cierto entusiasmo excesivo. Como quien asiste a un concierto de un grupo favorito, todo te parece bien, y has pagado por ello. Disfruta, entonces. Acabaste el libro, llegó su última página, lo cerraste, no sin cierto sentido de la teatralidad, y en algunas ocasiones acudiste a la contraportada o a la solapa, a informarte de ciertas cosas y a confirmar ciertas otras.
Cuando leía Los girasoles ciegos ya sabía que era la primera y única novela de un autor ya fallecido. Y que su publicación fue muy cercana a su fallecimiento, por lo que, necesariamente, los premios y la repercusión y el reconocimiento fueron, en su mayoría, póstumos.
No soy lo bastante morboso para indagar si Alberto Méndez escribió ese libro consciente de que moriría en breve. Parece que así fue, y entonces ese libro seria un brillantísimo testamento, con dos excelsas herencias: su prosa y su ideario.
Puede que a quien haya leído Soldados de Salamina esa imagen del fusilamiento fallido (masivo, atropellado, chapucero) le resulte familiar. No hablamos de inspiración ni de copia. Ambos libros son portentosos ejercicios.

"Aunque todas las guerras se pagan con los muertos, hace tiempo que luchamos por usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra y conquistar un cementerio."
"Un desertor es un enemigo que ha dejado de serlo; un rendido es un enemigo derrotado, pero sigue siendo un enemigo."
"Un aluvión de presos infestó aquel sótano y fueron incorporándose asombros nuevos, miedos diversos, resignaciones diferentes."
"Preguntado que si no queríamos ganar la Gloriosa Cruzada, qué es lo que queríamos, el procesado responde: queríamos matarlos."
"No tuve tiempo para hacer planes porque otros horrores suspendieron mi futuro, pero ten por seguro que, de haberlos hecho, tú hubieras sido la columna vertebral de mi proyecto."

Sopesada esa posibilidad, la de un Méndez consciente del tiempo que se acababa (como Bolaño escribiendo 2666), me deja sin respiración la exactitud y el ritmo del desarrollo de los hechos y el sutil encaje de los cuatro relatos. Como el anciano que pacientemente rellena un puzzle tras otro, Méndez desprende serenidad en su escritura. Una serenidad coherente e implacable. Cada frase es un nuevo latigazo que, en un modo u otro, reprende y recrimina uno por uno a todos los responsables de la detonación de la Guerra Civil, con elipsis, con ataques directos, con su infinidad de recursos, aisla e identifica el causante del conflicto : el odio hacia aquel que piensa diferente. El odio representado por una persona al frente, el odio personalizado por una cara y unos rasgos.


"Debo confesar que no he soportado la comparación de la vida y de la muerte."
"Y si pierdo la ira, ¿qué me queda? El invierno es una caja cerrada donde se atropellan las tormentas de nieve y estas montañas siguen pareciendo el lugar donde pasan el invierno los inviernos."

Aún tratándose de un libro trágico y cruel, es esplendorosa la contemporaneidad de Méndez en los detalles esquemáticos de puro humor negro rozando el esperpento: el capitán del bando nacional (apellidado, no es casual, Alegría) que deserta de su bando horas antes de que éste se declare vencedor.


"Lentamente volvió el fusil hacia sí, se puso la punta del cañón en la barbilla y dijo que nunca habia matado a nadie y que él, sin embargo, iba a morir dos veces."

Y el acto final, ese último relato que da título al libro y constituye su núcleo excéntrico. El diálogo a tres bandas camino de un desenlace que se acerca. Pura novela de terror, que, lástima pues a veces pasa, resultó emponzoñada por una pobre y estúpida adaptación al cine. Cómo son en España, hasta las enormes obras tienen que recibir la mancha en forma de visita del puro mercantilismo.


"Hoy pienso, Padre, que me llamó la atención algo que le distinguía de los demás: era un niño triste, pero con una serenidad extraña para su edad. En sus juegos sin discordia, en su obediencia sin sumisión, en su interés por aprender y en su orgullo por saber, en su silencio..."
"Hablar siempre en voz baja es algo que, poco a poco, disuelve las palabras y reduce las conversaciones a un intercambio de gestos y miradas. El miedo, como la voz queda, desdibuja los sonidos porque el lado oscuro de las cosas sólo puede expresarse con silencio."
"Éramos como dos ángeles procedentes de distintos coros. En nada nos parecíamos y en eso estribaba nuestra armonía."
"Se suicidó, Padre, para cargar sobre mi conciencia la perdición entera de su alma, para arrebatarme la gloria de haber hecho justicia."
"Debe de tener razón ella, porque no he podido olvidar nunca la mirada de mi padre precipitándose al vacío, su rostro sonriente mientras el patio engullía su cuerpo abandonado, aunque esto es imposible porque mi estatura no me permitía entonces asomarme a esa ventana."

Absolutamente necesario.

4 comentaris:

  1. Me gusta lo que as escrito,...el libro me encanto.

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    1. Gracias Lydia !! Costó seleccionar sólo unas pocas frases, el libro es un escándalo, impresionante.

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  2. Buenuuuuu, la veritat és que no li tenia gaire fe al llibre aquest, però la teva ressenya m'ho ha fet replantejar-m'ho.
    A la que pugui li faig forat i me'l llegeixo.
    Salut

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    1. Es llegeix en un no res, i encara que el tema de la guerra civil em resulta un pél indigest, he trobat que valia molt la pena.
      Gràcies pel comentari.

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