dissabte, 26 de gener de 2013

Ilustrísimo Sr. Regidor de Cultura

He echado unos numeritos. Con suerte, el promedio de nosotros vivirá unos 30.000 días. Sí; eso es lo que representan unos 82 años de vida. Joder: suena muy poquito. Más cuando las grandes cifras nos cuesta ubicarlas si no es relación a unidades monetarias o a número de habitantes en una ciudad. Treinta mil, de los que, si somos puntillosos, empezaremos a descontar esa primera infancia en la que somos poco más que animalitos en proceso de aprendizaje sometidos a control exhaustivo paterno, pues consideramos que nuestro nivel de conciencia de nosotros mismos es inexistente. Y descontaremos todo el tiempo empleado y la atención acaparada por trabajos efectuados al ralentí intelectual. Puede que acabemos sosteniendo una prolongada discusión que generará un amistoso cisma entre quienes piensan que dormir no es vivir y quienes defiendan que, con la libertad absoluta en la elección de guión, de protagonistas, y de roles que permite el mundo de los sueños, digan que esa es la auténtica vida intensa. Pero en cualquier caso, todo resta, las experiencias intensas no suman, pues se circunscriben al momento de su disfrute, y dos días en la montaña relajados nunca parecen, ni la más elemental de las leyes nos lo permitirían, haber sido dos semanas.
Lo cual nos deja unos 8 o 10.000 días en la vida en los cuales podemos considerar que hemos hecho lo que hemos querido y a la vez nos han dejado hacer, menos aún si nos limitamos a quererlo, que nos dejen hacerlo, y que podamos hacerlo. De los cuales, por lógica, un porcentaje importante se acumulan entre nuestra época de estudiantes y la de dignos retirados, o sea, que en nuestra dorada madurez acumulamos como máximo dos o tres mil días en los cuales podemos optar con libertad por lo que queremos y podemos y nos es asequible: libros, discos, películas, viajes, sexo, siestas, fiestas, bares solos o en compañía, paseos, deportes, verlos o practicarlos, escribir (uy), ver el paisaje extasiados o indiferentes, o ni lo uno ni lo otro, contemplar un cuadro, el mismo, por horas, y descifrar sus enigmas. Así que elijamos lo que hacemos. Y, en un momento libre, escribamos a políticos influyentes cartas pidiendo que las bibliotecas públicas sigan prestando atención a los catálogos, a los nuevos autores, a los libros sobre nada en concreto que acaban siendo sobre todo, como el que pronto reseñaré. Amigo.

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