Los habituales ya sabéis que últimamente la cuestión literaria aquí ha cedido su intensidad a otro sitio. Nada especial, solo constatar que en UnLibroAlDía me encuentro a casi todos los habituales y que, bromas privadas al margen que sólo aquí tienen sentido, todo lo que allí digo aquí lo diría también. No voy a copiar y pegar, ni, con la escasa disponibilidad de tiempo, voy a escribir dos veces. Por tanto, daos cuenta de cuántas pocas excepciones hago y qué justificadas son estas excepciones.
Santuario es mi primera lectura de Faulkner. Aunque había leído muchos párrafos sueltos y todo lo que de él me había llegado indicaba lo mejor, hacía falta corroborarlo. Bueno: hacía falta. Ya se sabe, podría haber escrito cientos de alabanzas sin sentido, basadas en pillar aquí y allá. Pero hay que experimentar. No sé si he acertado en la elección: Santuario es su novela más célebre pero también resulta que renegó de ella porque la había hecho por dinero. Lo cual es un pedazo de pose. Renunciar de todo aquello que no ha surgido de la pura necesidad de escribir, porque ha surgido de la pura necesidad de comer (o de comprarse una casa mejor, un coche mejor, mejores drogas, vinos caros, mujeres de mala vida, lo que sea). Pues por mucho que renegara Faulkner, va a tener que joderse: fuera por el motivo que fuera, el libro le salió hecho una obra maestra. Aunque suele suceder que no siempre uno es consciente de que lee una obra maestra justo en el momento, las sensaciones a veces surgen no solo al cerrar el libro, sino semanas después (por ejemplo, ahora) cuando recreas su lectura.
Casas desvencijadas en medio de bosques irregulares, tan hechas polvo que cuesta concebir que nadie habite en ellas. Personajes en las fronteras de todas las situaciones anómalas; tarados, perdidos, fugitivos, indocumentados, individuos inestables esporádica o definitivamente. Tiempo que se detiene, miradas que manifiestan sentimientos de bajeza simpar. Leyendo Santuario, que ya voy adelantando que es la novela de terror más efectiva que he leido, he vuelto a la cabaña de Twin Peaks y he sentido el frío solo posible en un bosque rocoso en plena noche de invierno. He notado que la maldad absoluta tampoco necesita de demasiadas sofisticaciones ni demasiado atrezzo rodeándola. He llegado a la conclusión casi científica sobre de dónde surgia la precisión clínica de Capote en In cold blood y me he explicado muchas figuras cinematográficas oscuras. He visto a tipos con traje, sí, pero con el mismo todo el santo año, y he visto a tipos con cigarrillos a medio consumir colgando de la comisura de los labios, mirando con recelo, de reojo, tramando cual va a ser la siguiente y no pensando lo más mínimo en las repercusiones de sus actos. He llegado a pensar en el viejo asunto peninsular de los crímenes de Alcàsser. Terror, sí, el terror más efectivo es el que vemos más cercano a la realidad, ni tipos con máscaras ni señores con capa ni licántropos de tos cazallosa. Leer Santuario tiene muchas facetas y una es esa: saber lo cerca que cualquiera está de ser un monstruo, tan cerca como lo está de ser una víctima; reconocer el estrecho margen en que se mueve la normalidad, y las enormes rachas de viento que afectan al funambulista que anda por la cuerda.
La vi hace unos días: de hecho cuando escribí sobre el fenómeno de HispanTV debería haber enlazado rápidamente el tema, pero qué cabeza la mía. Sí: solían impactarme las películas que me gustaban. Solía hacer una cola de decenas de metros y solía buscar una fila cercana a la pantalla y solía buscar una postura cómoda cuando se acababan los anuncios. Todo eso ya es lejano: el cine, tras ver series, demasiadas series y prolongadas (11 de agosto; subrayado en mi agenda), ha dejado de ser lo que fue. Dos horas no suelen dar para mucho. Pero las dos horas de Argo valen la pena si hacemos esa consideración: un episodio aislado en medio de un conflicto de largo recorrido. Argo cuenta la historia del asalto de la embajada de USA, tomada por la turba iraní en medio de la revolución de los ayatollahs. Recrea los hechos y cómo una especie de héroe americano (cómo no) pertrecha un plan para salvar a una serie de diplomáticos de lo que parece ser un final más que incierto: si los iraníes los atrapan en su huída los acusarán de ser espías, de colaboracionismo con el régimen saliente (el del Shah Palevi, que, afortunadamente, es presentado de forma objetiva como otro extremo igualmente maligno). Ben Affleck, que suele parecerme un guaperas plano hasta la saciedad, lo hace bien. Los secundarios, todos ellos actores desconocidos, cumplen con su labor. Una película eficaz, aunque si he de optar por películas ambientadas en conflictos de Oriente optaría antes por Syriana, o por Munich, que tienen una cualidad, digamos, más profunda y reflexiva. Argo, sensacional cine de entretenimiento, es un episodio de buenos y malos, un episodio de dos horas con su carga de suspense y su dosificación del tiempo, seguro que memorable para los especialistas irredentos, para esa minoría atrincherada que defiende al cine frente a la banalidad de la producción televisiva, de las series de ocho temporadas, de las tramas que a veces ceden frente a las reacciones de las audiencias. Sí, es memorable, pero, puestos a esa reconocida capacidad de recreación, pensad en el primer capítulo de la primera temporada de Homeland.
Me hago fotos en blanco y negro: ergo hay que tomarme en serio
Cómo se llama eso?. Catalizador. Quizás, elemento de cohesión, tal vez. Comburente. No sé. Conjunción de estrellas. Lo que sea, pero la combinación logra que yo escriba aquí sobre dos temas que no me interesan lo más mínimo simplemente por los chispazos que ha generado su combinación.
TeleCinco: cadena televisiva española, privada, caracterizada por centrar su programación de forma exclusiva en lo más rastrero (y hacia lo más rastrero) entre lo rastrero de la sociedad. El mundo rosa. La trilogía básica del neorrealismo de esa post-guerra estirada hasta la saciedad: folklore, toreo, fútbol, famoseo venido a menos. Falta de talento. Las relaciones personales, siempre desde sus aspectos más tenebrosos y cercanos al asco y la repulsión física. Infidelidad, relaciones inconfesables, peleas, insultos, bajeza. La especialidad de Telecinco son los reallity-show. Los reality show: juntar agua con aceite con café con gasolina con baileys con agua tónica con alcohol y esperar que alguien se presente con una cerilla y una batidora. No hace falta ver muchos para saber que su apuesta no es es la de mostrar a cuatro tipos leyendo tendidos en una hamaca al sol. La apuesta fue la tensión sexual, por ejemplo, pero ya se ha demostrado que para eso está el porno que lo hace mejor, con más sentido estético y el mismo realismo. La apuesta, entonces, fue la pornografia sentimental, la ratomaquia, el acoso y derribo al enemigo hasta la destrucción (con premio en metálico, por si la bajeza necesitara más justificación). El grito, la discusión, la traición, la hipocresía.
Lucía Etxebarría: escritora en horas muy bajas. Mucho. Cuya obra ha andado liada en acusaciones (dicen que muy fundadas) de plagio. Cuya última llamada de atención fue publicar en Facebook que dejaba de escribir, ofendida por el pirateo (y cuya respuesta en masa vendría a resumirse en un "nos la suda" muy coral, casi producto de noches febriles de ensayo). Parece que con problemas con Hacienda. Sí, la Hacienda que se escribe con mayúscula, la de las cartas certificadas que, entre menciones a leyes y a normativas, incluyen una cifra que se les debe. Pero, en fin, vamos a decir que el término "escritora" le ajusta. Pues bien, decide abrazar el dinero fácil y lanzarse a participar en un reality show de Telecinco. Sus oponentes, como es de esperar, lo mejor de cada familia. Padre renegado de un travestido que ha participado en otro reality. Hijo de torero. Participante en tertulias rosas. Modelo de segunda fila a la que el tiempo empieza a pasar factura. Misses y místers. Muñequitos de silicona en diversos modelos y tamaños. Pon en medio a una escritora. A una escritora con muchas ínfulas, de esas que a algunos les cabrean tanto. Hablar con mesura, bordeando el susurro, como enviando el mensaje de que tu mensaje grita por sí mismo, sin necesidad de decibelios. Restregar formación, o sustentarse (??) del talento. País de la envidia. Donde el más respetado es el que ha robado mucho y aún no ha sido descubierto. Vaya ojo el tuyo, Lucía.
Entonces que a Lucía le haya sido imposible la convivencia y haya protagonizado (para que yo lo haya visto) uno de los espectáculos más patéticos de inmadurez jamás contemplados solo ha hecho que convencer a esa masa (despreciable? pero masa) de televidentes aborregados de que los escritores son ejemplares raros de la especie solo aptos para estar tras una mesa ensimismados, solo eficaces contra las fases agudas de insomnio y necesariamente inadaptados. Ese es tu logro, Lucía, cerrar con candado el prejuicio y perder la llave. Poner una etiqueta y pegarla con cola de impacto, aunque sea injusto, a todo un colectivo. Lo realmente jodido es que lo único que equilibraría eso, lo único que despegaría esa etiqueta que atribuye a los escritores cualidades como engreimiento, pretensiones, volatilidad, fragilidad, es que uno de los nuestros entrara en un plató y se liara a tiros. Ja. Eso cambiaría las cosas. Pero no pasará. Gracías Lucía: tus artículos se cobrarán más caros y tu próximo libro se venderá lo suficiente. Pero lo has jodido todo. Las pocas esperanzas.
Gracias a Google y a Internet, uno se va desplazando de sitio en sitio,( a veces a la búsqueda de novedades que aporten excitación, a veces justo lo contrario, a la búsqueda de opiniones parecidas a las de uno, como sin tener ganas de discutir con nadie), sin más plan que los links que va pinchando. Desde Youtube presencio tertulias izquierdistas en canales minoritarios, decepcionándome de su escaso número de reproducciones y decepcionándome de ciertos elementos comunes a los más activistas. Un señor mayor con coleta y que siempre se presenta con un jersey bastante desaliñado, un actor, antiguo galán casual, que parece decidido a vivir separado del jabón, son solo un par de elementos destacados. Me choca esa especie de libro de estilo que parece separar tajantemente cierto perfil ideológico. Quizás porque uno de mi juegos favoritos de toda la vida es el despiste. Uh, prueba entrar con traje y corbata en una tienda de discos alternativa, que el tipo te mire como diciendo "aquí no tenemos discos de Julio Iglesias", pedir Aphex Twin, que te digan Afghan Whighs, y que tú digas que no, que no es eso. Prueba leer libros, u oir discos, más nuevos que el promedio de los que leen los de la generación siguiente a la tuya (pero conoce a la perfección los libros y los discos de la que sí es tu generación).
El caso es que en ese infinito zapeo caigo en la web de un canal de TV llamado HispanTV. Canal que es acusado desde televisiones ultraderechistas por sus contenidos, que quedan explicados por su condición de aparato de propaganda o algo parecido del gobierno de Irán. En castellano, o en español. Canal que ofrece contenidos por internet como la serie Los piadosos, que en su séptimo capítulo, que he elegido al azar, proclama en los títulos de introducción contar con un asesor religioso. Bien, resulta que ese canal alberga programas y debates de supuesta extrema izquierda. Cierto, pero en todo caso extraño. No entiendo esas ententes cordiales basadas en los enemigos de mis enemigos son mis amigos: No entiendo el alineamiento con la causa palestina o la causa islámica para tocar las narices a Israel o al sionismo, o a USA, como si todos los judíos fueran banqueros y se apellidasen Rotschild, como si todos los norteamericanos fuesen Bill Gates. No lo entiendo porque, ya que estamos, prefiero la anarquía a cualquier totalitarismo, pero sin embargo creo que el sentido común dice que hay que regularlo todo para no caer en el falso espejismo del neoliberalismo. Así que llamenme incoherente: soy un independentista que quiere un estado nuevo, pero nuevo del todo. No los de siempre bajo otra bandera. Soy un mal tipo que quiere un gobierno catalán para cagarme en él a la primera decepción, que seguro que es pronto. Soy un contrario a la pena de muerte que piensa que muchos políticos no aplicarían el rodillo de la mayoría absoluta si conservaran el temor a que un encapuchado les meta un tiro. Soy un barcelonista que, después de meses de sequía, prefiere ver el partido de reojo porque ahora lo que quemaba era escribir. Soy un acérrimo de la lectura en cualquier condición, como nudo del asunto, como relleno de tiempo perdido, como alternativa a la TV, pero que encuentra absurdos a esos gambones ingleses pegados a un best-seller del que no se despegan en todas las vacaciones, ni siquiera para levantar la vista y comprobar si sus hijos se ahogan en la piscina. Soy un gamberrete que empieza a preferir un libro o un disco malo en el que canalizar negatividad antes que una agradable lectura (o escucha) que ni entusiasma ni indigna.
Ah: Que estos principios ya se habían traslucido de alguna manera a lo largo de estos, casi, 1000 posts. Hostia. Cierto. En todo caso, mejor que hacer la lista de la compra.
Resulta que, a raíz de un comentario colgado en uno de mis últimos post, decido adherirme a una iniciativa relacionada con el próximo 11 de septiembre.
Lo cual, teniendo en cuenta mi absoluta decepción por lo que ha sucedido desde el último, que fue sonado y heroico y ejemplar, pero cuya repercusión en la práctica, es nula o incluso negativa (hemos retrocedido, sin duda), no deja de tener su cosa.
Se está organizando una especie de cadena humana que una toda Catalunya. Ya sabéis, gente de la mano, gente agarrada que solo se soltará para saludar a las cámaras que muy oportunamente pasarán para dar testimonio. Algo parecido se ha organizado con blogs y yo seré un eslabón de esa cadena. Seré enlazado desde otro blog y enlazaré a otro. Estoy en el número 101, que es un número simpático. Primo, capicúa, cercano al 100. Antes tengo un blog de Lleida que suela hablar de música soul y luego tengo un blog, mm, centrado en la política. Sin queja. Lo que sucede es que tengo una sensación rara ahí metido. Nunca he sido muy de englobarme en multitudes, ni física ni psicológicamente. Ya no es que tenga fobias sociales: es que uno tiene cierto sentido de la individualidad. A veces, y esto me resulta familiar haberlo leído en algún sitio, suelo especular si alguien más en el planeta estará oyendo el mismo disco que yo al mismo tiempo. O leyendo el mismo libro. Suelo responderme que no. Suelo, claro, cuando oigo o leo alguno de esos hallazgos que hago propios. Suelo mirar el número de visitas de determinado vídeo en Youtube y leer los comentarios. Temo que el 101 de ese día (vaya, he pensado en los Depeche Mode) sea el número en que algunos abandonen. Pues no tengo, lo que se dice, muchas ganas de emplear esa promoción en salirme de mis rectos procederes. Pero la exigencia es que el post hable algo de Catalunya. Joder, si es que cuando me imponen un tema es cuando peor lo suelo hacer. Tema libre, tema libre. Así que tengo esas siete u ocho semanas para ver como encajo Catalunya con una promoción nada disimulada de Scott Walker, de Alison Goldfrapp. de Frank Ocean, de Disclosure. O de cualquier otra cosa. Vaya: hoy hablaría de Detroit y de los MC5 y establecería un paralelismo con la Baltimore de The Wire, otra ciudad devastada por la deslocalización, por la huida de cierta gran industria que fue la que hizo crecer la urbe y, en su apogeo, la soltó dejándola caer con estrépito. Mencionaría, casi por una cuestión de obligación, el asunto de Tito Vilanova, el congojo que me da ver su mal aspecto, y la pena que me da que el Barça dé pena, por esa relación con enfermedades feas. Nos gusta ser fuertes y sanos y nos gusta no provocar sentimientos como la lástima. La lástima es un sentimiento noble pero deprimente. La lástima nos condiciona de una manera perversa. Las cosas de las que hablaría hoy fluyen y fluyen: me gustan los devaneos del chalado de Gonzales, me gusta verlo tocar sin partitura y dueño de su composición, para dislocarla, alargarla y modificarla. Me gusta, mucho, ese par de toques, pura madera, que alejan la música del clasicismo de señora jugando al bridge, que dicen, hey, hoy he dominado ese loco pelo mío y me apañé un cardigan. Pero soy yo, Chilly, y hago que la gente hable de mí. En 20 de julio.
Los escritores que me gustan no suelen ganar premios.
Mucho menos premios de auto bombo cuyo objeto es el libro como producto, el libro como estadística.
Aunque esté bien empleado el dinero de estos premios, si no fuera en tonterías.
Pero aún así.
Los escritores que me gustan no suelen escribir uno tras otro artículos que siempre suenan a lo mismo. O sea, a reivindicación feminista de tres al cuarto, a intentona de enarbolar banderas de injusticia, a una serie de cosas que siempre acaban pareciendo, en su esencia, exhibiciones egoístas teñidas de altruísmo e interés por los demás. Cuando no lo son.
Cómo mola ir de enrollado por la vida, eh, Lucía? Que sí, que es lo más coherente del mundo apuntarte a esos programas que no ves en canales que no tienes sintonizados, acompañada de gente que dices no conocer, y con el aura que te precede. En el rey de los ciegos, Lucía, entre ignorantes, una escritora repetitiva y de medio pelo como tú va a resultar ser el paradigma.
No. Lucía: hasta ahora desde aquí te había ignorado, pero ahora encuentro tu jugada mezquina y desesperada. Tú dirás que no te importa un calificativo y que aceptas el otro. Dirás lo de vencer al enemigo en su casa. Yo puedo aportarte una enorme lista de gente, gente incluso muy indigna en el mundo literario, que eso no lo haría. Ni se lo plantearía. Ni un segundo. A ningún precio.
Vergüenza: segunda fase de vergüenza, tras ver el patético espectáculo de Tito y Guardiola recriminándose escalas de grises de la amistad. A un nivel menor, porque me importas mucho menos que mi barcelonismo, vergonzoso es ver a una escritora que se autoproclama eso hundida hasta el cuello en los lodazales de la telebasura. Dinero, sí, nunca en la suficiente cantidad para dejarlo todo. Y lo peor: la posibilidad de que esa experiencia tenga efectos inspiradores, la brecha de dignificación por la que pretendas colarlo con el argumento del todo vale y del escritor de raza. Por favor, que nadie te dé lápiz y papel. No es que vaya a leer lo que escribas: es que me intranquiliza convivir en un planeta donde alguien pretenda escribir de esas experiencias, y donde haya gente interesada en leerlo.
Ah. Es que puedo quejarme. Mientras la maquinaria del estado español mantenga Catalunya bajo sus dictados mis impuestos son administrados desde Madrid. Espero que esto no perdure por mucho más, pero mientras la situación sea esta, podré quejarme de lo que pase allí, no porque ello mueva un ápice mi sentimiento de otredad, sino porque puedo hacerlo. O porque uno prefiriera vivir en otra escalera va a significar que no pueda opinar en la comunidad de vecinos donde paga cuotas.
Así que debo sumarme a la masa que exige al gobierno del PP que se largue. Que dimitan, que se suiciden al alimón, que tomen un vuelo a la Conchinchina con un piloto novato y dado a la narcolepsia. Que compren una partida de vino caducado y la degusten con unos nuggets de pollo chino pasado de fecha. Que no es que tenga grandes esperanzas, visto lo visto, que cualquier otro partido de los llamados estatales vaya a modificar su política respecto a Catalunya (a pesar de que debo hacer hincapié de que es de los pocos territorios donde el PP no ha gobernado jamás ni ha llegado a ser más que una tercera o cuarta fuerza). Pero es que, incluso para los que creen en esa entelequia forzada del estado español, el peso de la vergüenza empieza a ser muy insoportable. Corrupción tras corrupción demostrada y nadie se larga. Ni siquiera aquellos que ya han robado como para garantizar tranquilidad económica para sus hijos y sus nietos. En Miami, huyendo,qué más da. La cuestión es no soltar la teta, y la cuestión es arraigarse en ese proceder mafioso. No llegar a hundir al extorsionado, para poder medrar de su esfuerzo por siempre jamás. No sé qué más debe demostrarse o insinuarse de forma tan clara. ¿Sabe el señor Rajoy lo que se dice de la mujer del rey y lo de ser honrado? Pues claro, pero le da igual. Hablarán de responsabilidad y de obra inacabada. Obra. Obras inacabadas. Quieren dejarlo todo bien atado y no dejar electorado huérfano ni país en estado de pre-rebelión. Tranquilos: agosto está a las puertas y la entelequia que Vds. defienden llamada España no saldrá a la calle para nada. Si acaso pasadas las ocho, que hace mucho calor, y falta poco para la Liga.
Pues voy a acabar entendiendo por qué este par de hermanos se han deformado las caras con unos garabatos, en todos lados, y también para la portada de Settle. Porque tienen tal cara de críos que hasta podría provocar que no se les tomara en serio. 22 y 19 años respectivamente tienen: pero no les voy a llamar angelitos. De hecho, mi corrección respecto a ellos queda limitada a mí reseña del disco para About.com. Para qué más. Porque si los Disclosure se merecen respeto no lo es porque tengan más o menos años o porque tengan que enseñarle el carnet a los barman de los locales en los que tocan para que les sirvan una cerveza. Los Disclosure merecen respeto (siempre y cuando no se acabe descubriendo que son la máscara tras la que se esconde un montaje que incluiría varios hábiles jefes de marketing discográfico y algunos de los mejores compositores y productores de música electrónica) porque su disco contiene al menos media docena de las mejores canciones de baile de los últimos quince años. Con tonalidades pop, con la ayuda de eficaces vocalistas, con el apoyo de video-clips que cumplen muy dignamente con el sentido que, antes de que la MTV se dedicara a otra cosas, tenían los video-clips: mostrar imágenes que complementaban la música y quedaban asociadas a ella. Todo en Disclosure es perfecto. Todo. No hay ironía. No hay retranca. Perfección sin empalago, sin dobleces.
Claro que recrean géneros, muchos de los cuales son anteriores no a sus infancias sino a sus nacimientos. Claro que hay deep house vocal que antes practicaron otros. O two-step. Pero chicos, chicas, lectores de este blog que toma pocas afirmaciones tan contundentes: vaya jodida manera de captar inspiración. Va: veamos alguno de sus ancestros conscientes o inconscientes.
Kym Mazelle: potente diva house. Colaboradora de artistas de primera línea del movimiento (o sea, mayoritariamente olvidados por los no aficionados). Oíd esas cuerdas, ese bajo que retumba y esa voz. Va, mantened los pies quietos.
MJ Cole: speed garage, two-step, lo que coño sea. Clubs en Londres, luces azuladas, profundidad, apoteosis del mestizaje. Bajos en su sitio, bpms dentro de tramos evocadores de ritmos casi sexuales. Ay ay ay.
House of 909: es que un nombre puede ser más definitorio de cómo se pretende sonar?. Esa voz casi suspirada, ese ligero tono épico. Casi triste.
Moloko: Roisin Murphy cumplía perfectamente con ese papel tan sexy a medias entre la diva que se queda atontada frente al espejo del camerino y la vecina que anda por casa en camiseta cantando y bailando sin reparar en los mirones. Boris Dlugosch era un remezclador anónimo. Y la música disco, o los cachitos que quedaban de ella, aportaba la bola de espejos. Que no es poco, ni muchísimo menos.
¿Por qué, entonces, lo de estos tipos ha de ser diferente que todas las intentonas posteriores? (incluyendo toneladas de basura comercial formulaica y adocenada) Ah. Pues ahí es donde juega la intuición. Puede que traicione, la intuición, pero uno va tras ella. Como si no, avanzo tras oir la primera canción del disco, que desde luego descarta ya la conspiranoia del marketing. A pocos se le ocurre poner en primer lugar una de las canciones más flojas y más rayantes, reservar los ases para las posiciones 6, 8, 10 del disco. Eso es como un suicidio en los crueles tiempos del skip. O eso, o una seguridad de que la calidad del material pesará por sí misma.
Voices (versión en vivo para el programa de radio de la BBC Live Lounge) es una de esas canciones que esperas escuchar en un club para elevarlo a la categoría de digno. Una en la que detendrías el dial si ahora hubiera diales en las radios modernas. Una chica que parece compañera de clase en el mismo instituto donde deben repetir algún curso de secundaria (ya que practicar con sintetizadores les impide tener tiempo para estudiar) aporta las vocales. Sentidas, con técnica vocal, pero sin búsqueda fatua del virtuosismo.
You and Me (vídeo promocional: que cuenta una historia y todo, por el mismo precio). Impecable crecimiento de fondo de la canción, en la que un bajo casi analógico va rebotando, desde 0:59, por debajo hasta que, exactamente en el momento 1:15, y repitiéndose en el 2:45, se deshace en un estribillo de los de antiguas manos al aire, sencillamente irresistible. Llamadle pop, posiblemente, pero con una muy importante (e ignorada) carga emocional que pocos han logrado. Quitaros la melodía de la cabeza, si sois capaces.
White Noise: aprovecho para advertir de que AlunaGeorge parecen dispuestos a dominar el mundo, ellos también. El convincente Gon describió su ritmo como de ping-pong. Brillante apunte, sí señor. La voz juguetea, sí, con el ritmo, y otra vez el vídeo es brillante y tiene sentido. Pero si he de elegir la cúspide de fascinación, el momento en que uno cerraría los ojos y se tiraría en paracaídas, es, cuando a los 3:10 la música se lanza desbocada e ignora (casi del todo) la voz, esa voz que antes lanzaba el estribillo ahora se retira y deja que el sonido lo invada todo. Es como el futbolista que marca un gol porque amaga con darle a la bola y en realidad la deja pasar. Ese momento justo es cuando uno se da cuenta de que, aunque las canciones tienen recorrido para ello, estas canciones no piden, como muchas otras, ser mejoradas con remezclas. Uno tiene que rendirse a la evidencia de que la mejor versión de las canciones es la del disco: que no será timado con versiones pretenciosas posteriores.
Latch: ese ritmo inicial es un homenaje a Soft Cell?. Ay: si Kym Mazelle podría ser la madre de estos chicos, Marc Almond sería el abuelo!. Otra de esas terroríficas subidas de intensidad que preceden al estallido vocal: marca de la casa que no repetición. Siempre logran que ese momento sea mágico. Y el vídeo vuelve a ser sexy, descarado, hormonal. Chicos, lleváis cuatro de cuatro.
Defeated no more. Y para demostrar que no solo de voces femeninas se sustentan sus bazas, una canción de ritmo que se deshace (a lo largo de todo el disco uno va pensando cómo cojones hacen para encontrar esos efectos que intercalan y que enriquecen las canciones), de esas que uno imagina en los clubes gays que, allá por los 80, alumbraron el movimiento garage. Aquí podria hablar de los Deep Dish o de los que fuera. De Circulation o de Move D o de miles de oscuros músicos que no tuvieron más participación que hits de escasa difusión. Pero mencionarlos sería injusto.
Los Disclosure (insisto, tan buenos que no parecen reales) son una poderosa patada en la puerta dada por la industria musical británica. Como The XX o los AlunaGeorge (insisto, aquí también). Son un ventilador a toda potencia barriendo nubes sobre las dudas acumuladas, son un grito en la oscuridad, una advertencia orgullosa de que, aunque la escena americana de música electrónica ha tomado firmes posiciones, estas todavía se basan en el poderío comercial y promocional. Que la pérfida Albión aún es capaz de generar talento. Pobres tímpanos, los míos.
Pues sí: desde que ayer Tuli Márquez lo colgó en su muro de Facebook no pude dejar de quedarme fascinado con el vídeo que colgué esta mañana directo desde Youtube. Y que me sabe mal que no tenga versión alguna en la que pueda subtitularse a otros idiomas. Aunque hay mucho lenguaje no verbal ahí metido. El de la camiseta negra es David Fernández, miembro destacado de las CUP, formación política encuadrada, hasta el momento, en la más absoluta sinceridad de izquierdas. El del traje es Adolf Todó, ejecutivo bancario que ha dirigido Catalunya Caixa, entidad que en la actualidad está poco menos que expropiada y a la que se han inyectado cuantiosos fondos públicos. El escenario es una de esas comisiones parlamentarias y el turno de Fernández es de unos cinco minutos. Visiblemente tenso, Fernández parece ir a saltar en cualquier momento, le traiciona ese apretar de boca que revela las muchas ganas que le tiene a Todó. Este, traje caro, corbata a juego, bronceado reluciente de los de salir con el barquito, parece haberse tomado toda clase de calmantes, incluido el mayor tranquilizante posible: la absoluta fe en la impunidad y la confianza en que sus amiguetes del poder le salvarán de males mayores. Fernández le interpela sobre las víctimas concretas de su nefasta gestión: familias sin hogar y personas a las que productos financieros de alto diseño han dejado sin ahorros con que salvaguardar la vejez. Todó habla de dolor como el que habla de cuotas de amortización de inmovilizado intangible. Hasta chulea dandóselas de buen gestor y de cotizado ejecutivo que, en otros tiempos, las entidades manirrotas se han rifado por contratar. Fernández se enerva y sus gestos, dejadme encontrar la palabra, no le traicionan ni le delatan, más bien muestran su sincera indignación, su pasmo ante la desfachatez del señor del bronceado. Muestran a alguien realmente a la defensa de quienes le han votado frente a alguien a la defensa de quienes le han pagado. Aunque no sepáis catalán, esos cinco minutos, con el colofón de Fernández diciéndole vosté es un lladre (usted es un ladrón), son magníficos, soberbios, esperanzadores de que exista aún alguien dispuesto a defender a la gente, aunque sea a costa de contener con dificultad, pero con éxito, el comportamiento más instintivo y natural: el que le haría bajar al estrado y soltarle un par de sopapos.
Sí: volveré a hablar aquí de un libro. Pero no porque lo que haya podido escribir de Esquirlas en algún otro sitio sea algo que no suscriba al cien por cien. No es eso. Es que Esquirlas es una enorme novela que me ha tocado en los niveles que otros libros no suelen alcanzar y, además, me ha sumido en algún tipo de reflexión personal que no tiene sentido compartir fuera de este, el ámbito personal. Esquirlas es una narración repleta de misterios, una de esas novelas como las de Javier Cercas, donde protagonista y escritor comparten nombre, origen, edad, muchísimas cosas, de manera que uno tantea referirse a ella a ratos como biografía, como crónica, como diario personal y, algunas veces, pero en el fondo la que a mí me gusta más, como pura ficción.
Esquirlas narra la vida de un joven que nace en Bosnia, uno de esos países llamados de la antigua Yugoslavia, que nace a tiempo de formar parte de lo que se llamaría una fuerza de movilización, y que, como tantos otros, sin comerlo ni beberlo, se ve involucrado en el conflicto bélico. Va, soltemos ya el topicazo sobre las guerras civiles y hablemos de odio entre semejantes, de vecinos enfrentados, de amigos que dejan de serlo y bla bla bla. De conflictos étnicos y religiosos, de generales con pistolas amenazadoras colgando. del cinto.Y sí: hiere profundamente, en esa sutil y abyecta medida en la que uno proyecta esa situación hacia círculos cercanos, en la que uno piensa si el fachilla de turno que es objeto de chanza general cuando empieza las soflamas pro-unionistas no es capaz de volverse loco y, en medio de un conflicto, dárselas de héroe y ajustarle las cuentas a los antagonistas. La obra (sí, obra es suficientemente neutro y equívoco) habla de muchas cosas y podría pulirse en algún punto, podría aligerarse en alguna página pero eso le quitaría el encanto de la obra inicial imperfecta, la frescura del escritor que acomete con ganas cada página, y que siente que no puede dejarse nada de todo lo que tiene que decir. Viviendo en Catalunya, y posicionado de forma clara e ineludible en esa creciente mayoría que no ve ya más solución que plantar al estado español y dejar que se apañe con el resultado de sus votaciones y de susmal cerradas heridas del pasado, la hipótesis de un levantamiento, de una involución o de cualquier cosa que entrañe barricadas y carreras por las calles toma cuerpo: poco, pero cuerpo. Y en esas barricadas y en esos edificios acribillados y en esos pueblos abandonados por una población diezmada y atemorizada veo a Esquirlas un par de detalles más adelante de la pura ficción. Veo a gente joven como el protagonista abandonando primeros amores en la búsqueda familiar de la seguridad para los miembros del colectivo. Los veo en batallones desvencijados al lado de tipos con los que nada tienen que ver salvo un sello en el documento de identidad. Veo el terror nocturno, las pesadillas tras el conflicto, el anclaje de los recuerdos y la sensación de perpetua inmigración, cuando los vestigios del pasado, el lugar al que se regresa a por la magdalena, han sido pasto de bombas, escenario de torturas y crímenes, han perdido todo el calor del antiguo hogar para ser el foco, el origen de todas las huidas y el destino al que no se quiere volver. Esquirlas es una excelente novela para cualquiera. Para ese fragmento de la humanidad actual que somos ya no los que proclamamos pertenencia a una nación, sino no-pertenencia a otra en la que nos sentimos ajenos, esta es una novela con un poderoso plus: la sensación de estar viendo futuros potenciales y el irresistible atractivo de mirarlos, de acercarse a ellos hasta casi tocarlos.
Ah: en algún momento de la vida semana este blog ha cumplido tres años. Sí, se han hecho largos. Sí, parece que han calado de alguna manera. A unos cuantos, pocos (demasiado pocos: mi plan de dominio global requerírá varios milenios), pero ha calado. Aún así, la norma, el valor estadístico más usual es que pocos me hagan el más mínimo caso. Pero la persistencia es una cualidad que al burro le va muy bien.
Os hablé de Entourage, traducida como El séquito. De las historias de Vincent Chase y de su primer anillo concéntrico de amigos: los fieles de toda la vida resignados a disfrutar de su tren de vida. Del segundo anillo, los advenedizos, y de como a partir del tercer anillo solo hay que buitres y busconas. Pues bueno, como empeñada en superar a la ficción, la realidad me ha adelantado (por dos semanas, echad números) el regalo de cumpleaños de presenciar a los Toiss, corte de amiguetes de Neymar, ya sabéis. No tendrían una pinta más adecuada si hubieran surgido de un cásting multitudinario: hasta acabará apareciendo el reglamentario amigo con gafas, como diciendo que un cortejo de amiguetes nunca está completo sin el reconsabido gafoso con cara de empollón. No quiero que esto constituya una crítica, y vaya por delante que creo firmemente en el argumentazo que cualquiera interpondrá sobre la cualidad futbolística del tipo en cuestión. Pero el pack está completito, el estereotipo está tan cumplimentado que parece un check list con todas las casillas marcadas. Hace dos años el chaval andaba con un peinado diseñado a medias por sus enemigos y un nutrido grupo de los peluqueros daltónicos más desquiciados del planeta. Hoy se ha moderado y luce un peinado que no resulta grotesco, al menos. Parece una especie de nueva versión de Pigmalión, junto con sus declaraciones iniciales (inverosímiles) en catalán, suena tanto a prefabricado, a marketing deportivo de ese del que han estudiado tan sesudamente toda la cohorte de directivos, que no puedo evitar mi suspicacia hasta que lo vea metiendo goles. Supongo que el mundo del fútbol ya es tan competitivo y tiene tantos intereses que uno ha de anticiparse a los pasos de los competidores. Pero la pinta de pack no me la quito de la cabeza, la enorme expectación ante su eventual relación con Leo Messi parece carne de casa de apuestas, y no sé si esa era exactamente la perspectiva que más me atraía respecto a este tinglado.
Oh vamos. No es que yo pretenda poner en duda cualquier iniciativa que se ponga en marcha. No es, desde luego, que desde un rincón donde pocas cosas se ponen en marcha últimamente uno opte por la actitud de la crítica por la crítica. Pero, como catalán e independentista convencido, me pregunto qué, qué coño pretendemos que aporte a la causa la cuestión de reunir a unos cuantos músicos en el Camp Nou para proclamar lo que ya sabemos y, peor, otros ya saben que proclamaremos. Joder, menudos movimientos obvios, menudas estratagemas de pacotilla que nos da por diseñar. Ah. Que no lo diseñamos, que todo es generación espontánea y veu d'un poble y patatín patatán. Vaya tela.
Me veo esta mañana, despertándome en dos fases: el despertar de quien está acostumbrado a madrugar los días laborables. A las seis abro los ojos y a las seis y cinco vuelvo a cerrarlos. Cuando vuelvo a despertar, pasadas dos horas y media, sólo recuerdo que he soñado con que estaba viendo una carrera de F1 y Rajoy conducía un monoplaza. Eso sí es un señor sueño. Como estoy releyendo a Houellebecq, renuncio a usar el psicoanálisis para averiguar cómo eso ha llegado a mi cerebro. La F1, que me adormece, y Rajoy, cuyo nombre hace que me den ganas de consultar por internet las vacantes en organizaciones terroristas. Más, encima, Wert en el blog de Talita. Ya estamos todos.
Me veo esta mañana, mirando los tweets de la noche y colgando un tweet sobre este concierto. Me veo pensando en qué sentido tiene más que el de la tormenta perfecta para que los de @apuntem llenen más sus ya nutridas bases de datos.
Esta es la situación. Cerca de diez meses después de la Diada que tenía que cambiarlo todo, lo único que parecen sugerir las encuestas es que el electorado se ha radicalizado en su mensaje independentista. Aventuro que no es difícil prever que es un proceso que irá a más. Cada nuevo votante que se incorpora accediendo a la edad de votar es un joven normalmente consciente de que la perspectiva actual es funesta para su futuro. Por el otro lado, cada votante que se va al otro barrio es normalmente una persona que ha vivido una guerra, una postguerra, situaciones a las que no desea volver y que los medios de comunicación más habituales se empeñan en situar como un horizonte posible en caso de que una secesión abocase a una confrontación. Respecto a las edades intermedias, el azote del paro, de los recortes, de las bajadas salariales, de las políticas contra la población, no hace más que confirmarles día a día que cualquier situación diferente es mejor que la actual.
Pero para constatar eso no hace falta un concierto. El concierto, sobre cuyo impacto económico no pienso elucubrar, solo servirá para que canten los de siempre (con una transversalidad, ejem, artística, que me pone los pelos de punta), que lo escuchen los de siempre, que lo retransmitan los de siempre y que lo critiquen los de siempre. Nosotros pensaremos ladran, luego cabalgamos. Ellos pensarán, ladran, luego cabalgamos. Sin pretender azuzar para nada ningún tipo de descabellado plan armado, los bandos están formados ya. Puede que algunos no hayan decidido de qué lado están, puede que estén negociando los términos de su incorporación. Pero no hace falta conciertos para mostrarlo. Las banderas en los balcones hay que lavarlas para que nadie las tome por un trapo olvidado. La hoz tiene que estar afilada. Nada de celebraciones fatuas que no aportan nada ya. Ni comuniones multitudinarias ni subidas a montañas emblemáticas ni desfiles nocturnos por vías principales, ni campañas institucionales en el extranjero. A ver si vamos teniéndolo claro, que si les da igual lo que se vote o por lo que se manifiesten millones de personas, qué es lo que van a pensar de cuatro tipos (¡Gerard Quintana!, ¡Dyango!) subidos en un escenario diciéndole a la gente que extienda banderas, pero que no encienda mecheros, que las banderas fabricadas en China prenden con facilidad, y que el Camp Nou es nuestra otra catedral.
Álex Azkona me obliga cada vez que escribo su nombre a plantearme la duda de la acentuación de las mayúsculas. Como básicamente soy un vago redomado (cuestión que esgrimo con habilidad, con argumentos de centrar mis escasos esfuerzos en obtener buenos ratios de productividad) eso debería hacer que yo le tenga una cierta manía (los argentinos que me leen me hacen dudar aquí: siempre en el castellano peninsular se diría que le coja una cierta manía). Como además soy un DFT (disléxico funcional de teclado; con la mano siempre yendo a una tecla antes que a otra), el tema de la doble combinación <tecla mayúscula+acento> me trae loco.
Álex Azkona (acabo de descubrir que desplazarme arriba para usar el corta y pega en el texto es aún más trabajoso que lo de la doble combinación <tecla mayúscula+acento> (y que toda esta explicación está resultando a la postre sumamente agotadora) ) me recrimina a través de Twitter mi alejamiento de este mi propio blog en aras, en beneficio, o sea, a favor, de alguno de esos en los que escribo no solo sino en compañía de almas ajenas (muchas a la vez compatriotas de Álex Azkona).
Mi mensaje de respuesta, en Twitter, ha sido gracioso. ¿No? Ni a monosílabo ha llegado. Ocurre que el tiempo es limitado, el de vida, el de estar en la cama, el de comer al mediodía. Todos esos tiempos tienen una barra delante y otra detrás que los delimitan. Ay: si delimitan me suena casi a dinamitan.
A lo largo de lo que llevamos de año he tenido muchos conatos de post. Muchos momentos de fulgor pseudo-inspiratorio en los que se encendía alguna luz o se hinchaba alguna venita o se me esbozaba alguna sonrisa en el rostro. Ese fulgor muchas veces era pura espuma de gaseosa o un aire de brisa que refresca para seguir sudando copiosamente a continuación.
Un día pensé en solazarme con los del cono sur pues el idiota de Rajoy hablaba de crear una especie de transnacional sudamericana del neoliberalismo ultracatólico. En advertirles seriamente de lo que se les venía encima si esa amenaza se consolidaba. Seguro que hubiera sido un post formidable, pero dudo que nadie que me lea discrepase. Rajoy y sus amiguetes son una lacra y una amenaza tan patente y obvia que lo único que podría sacarse de positivo sería que alguien que me leyera se sintiera empujado por algún motivo a empujarles hacia el destino que se merecen.
Varios otros días pensé en hablar de todas las cuestiones futbolísticas que han sufrido tantos vaivenes: victorias pírricas y derrotas heroicas y viceversa. Ahora mismo podría ceder a la tentación de hablar de los problemas fiscales de Leo Messi, y acabar argumentando algo así como que para dar impuestos a un estado como el español, dedicado a dilapidarlo en aeropuertos desiertos, trenes vacíos y estaciones de tren megalomaníacas, sinceramente ya prefería que lo escondiera donde buenamente pudiera. Estaría dispuesto a recibir toda serie de diatribas y las defendería con socarronería no exenta de cierta maldad.
Lo cierto es que todos esos no han pasado de ser apuntes y, mientras tanto, he reseñado libros y he comentado discos con distinta suerte y con estilos que no siempre han sido dignos de mi satisfacción. Sí: el ritmo ha bajado y sí, el responsable directo soy yo y lo limitado de mi tiempo. Pero también hay otro efecto: el ritmo de antes se elevaba por un promontorio que llevaba a un abismo. Incapaz de dejar de escribir, se había elevado tanto a la categoría de casi profesión que muchas veces la naturalidad era producto del ritmo competitivo, la efectividad era mero producto de cierta inercia.
Por los mismos motivos, apenas tengo tiempo de ver series. Tengo colgadas muchas de ellas, aunque estoy seguro de que el 11 de agosto estaré donde deba.
Ni de leer prensa: pero esto empieza a resultarme gratificante. El constante deterioro del mundo que nos rodea ya es bastante palpable paseando por la calle, está de más corroborarlo día tras otro en la prensa escrita, empresas cerrando y gobiernos imponiendo medidas contra la gente a quien gobiernan. Sí, contra. Gobernar contra ya tiene todas las coartadas, volvemos al feudalismo.
Pero Álex, y todos los demás, no dejo de estar. Una explicación que se queda corta, que es innecesaria y puede que hasta me haya salido emotiva y remilgada. No pienso dejar títere con cabeza y mi cabreo con quien sea que orquesta todo esto es mayúsculo: James Gandolfini no, joder.
Sí: como un periodista que se duerme justo el día de la gran noticia, a destiempo me pilla lo de Gandolfini. Tanto tiempo hablando de dedicarle el post que ponga en su sitio mi admiración por la serie y viene la locomotora y arremete contra mi y contra el incumplimiento de mis promesas. Y contra mis seculares prejuicios en contra de la excesiva totemización. Pero lo de Gandolfini. Uno puede atribuir lo de The Sopranos al toque mágico de HBO, a la apuesta segura que son las cuestiones de gángster, a lo que sea. Y hasta puede pensar qué habría sido de la serie con la elección de cualquiera de los otros actores que, dicen, fueron tentados para el papel. Pero Tony Soprano es el hombre del milenio. Reiros de casi cualquier otro. Echad números: qué actor ha popularizado hasta tal punto un personaje y lo ha mantenido tal número de horas en pantalla en una serie de tanto prestigio. Respuesta: sólo James Gandolfini. Su mirada perdida, su albornoz y su torpe descenso a por el periódico: su desparpajo tomando de la nevera el envase del zumo de naranja. Su ira ante la adversidad, su estoicismo y su calma como capitán del barco. Sus patos, su familia para arriba y su familia para abajo. Sólo Gandolfini, claro, jugando con ventaja pues quizás nadie le hubiera dicho que ese era el papel de su vida, el papel que hace, espero, que muchos rendidos admiradores nos hayamos sentado un ratito a eso, a montar cuatro frases precipitadas que no alcanzarán a darle toda la pleitesía que se merece por ser el personaje más poliédrico de (os permito dudar entre tres) una de las mejores series de todos los tiempos: de una serie de la que aprendías para la vida, y él era el involuntario profesor.
¿Pone en duda la credibilidad de quien escribe reconocer cierta sintonía de onda con el autor del libro que reseña? Vamos, eso me pasó con el libro de Iván Repila y nadie puso el grito en el cielo (bueno, nadie puso el grito en ninguna parte). Escepticismo: ah, es eso. Qué dirá este de malo, pues. Entre bueyes no hay cornadas, dirá otro. El mundo blogger, siempre tan corporativista, dice el de más allá.
Pues voy a empezar por los detalles que menos me han gustado de esta novela. Uno, que se nota que Tuli ya anda bregado en lo de escribir, así que no puede juzgarse como ópera prima al 100%. No se pueden atribuir cosas al nervio inicial de quien cede a la excitación de ver sus letras impresas y encuadernadas y con una etiqueta que pone un precio y que pases por caja si quieres que el libro sea tuyo. Dos, que como integrista de lo musical, me ha mostrado ciertas entretelas del negocio que no es que no sospechara que existían, sino que estaba más cómodo ignorando: la organización empresarial y económica tras el éxito de un grupo, la fría maquinación de un disco, de una gira. El entramado de intereses que pervierte (supongo) y condiciona (me temo) a esa figura que tanto me gusta (y que tan lejos parece estar), la del músico atormentado en el proceso creativo. Constatar eso, saber que los músicos comen y cagan y van al súper y a las entrevistas con los profesores de sus hijos, que no son máquinas de componer ni seres de otro planeta que olvidarían que hay que vivir mientras conciben los sonidos que nos cambian las vidas a unos cuantos.
Y qué hay de todo lo demás. Pues, por ejemplo, me encanta cómo Tuli emplea el presente en todo el libro. A pesar de los flash-back, todo está ocurriendo frente a nuestras narices, y creemos que nos caerá alguna miasma si el protagonista tose, porque lo vemos ahí. La sensación de cercanía de la historia es constante. La cuestión barcelonesa: pues hasta debo agradecerle que ahora sepa qué es el barrio del Farró, un barrio que al menos tiene un nombre con solera y personalidad (no como el mío: la Nova Esquerra de l'Eixample, que parece el nombre de un partido político creado por cuatro cuarentones aburridos sentados en un banco en el interior de una manzana mientras ven a sus perros mearse en los rincones). No hay que pasarse con el estigma de la barcelonesidad del libro: pero aunque su trama sea trasladable a cualquier gran ciudad, conocer algunos de sus escenarios es un poderoso plus añadido. No podré pasar otra vez por esa rotonda de Can Caralleu sin especular con el sitio donde el coche del patriarca de los Rovira queda inmovilizado. También me gusta el protagonismo de la luz y la temperatura. Cómo juega literariamente con los términos para definir esa abrumadura presencia climática mediterránea, que es, en el fondo, la que marca nuestras vidas, nuestras ganas de hacer cosas, y hasta nuestros carácteres. Los personajes son unos u otros conforme el chorro del aire acondicionado los bendiga o no. Y la decadencia burguesa, en ese retrato (justo el que me deprime a mí) de los clanes familiares ávidos de reciclar los malos hábitos de los hijos díscolos hasta convertirlos en máquinas de hacer dinero. Un toque, el burgués, que es una veladura sobre toda la novela. Sean músicos enganchados a la heroína, señoras de mediana edad con líbidos desenfocadas, o señores mayores con pañuelo al cuello, todos los personajes de Tuli Márquez mantienen una dignidad admirable. Blandiendo palos de golf o jeringas ejemplarizantes, pululando por El Prat o por las calles de Sant Gervasi, están dotados de una flema y un saber estar que muchos querrían para sí. Pongámosle una pega: esperaba alguna gota más de sangre, quizás por el arranque y la carga estética del libro objeto. Pero eso ya es una cuestión personal.
De momento, solo en catalán: Reservoir Books, Alpha Decay, Blackie Books, Contraseñas de Anagrama y otras editoriales con catálogos en los que esta magnifica novela hallaría un adecuado acomodo: no sé a qué esperáis para haceros con el teléfono de este tío.
La edición número 20 del festival Sónar está aquí al lado. Superar la 10 ya fue un mérito. No por lo que fuera el festival sino porque su objeto principal, la música electrónica, ya trazaba entonces una decadencia que los gestores del festival supieron componerse para que no les arrastrara en su caída. Programando figuras ajenas al centro neurálgico del movimiento, a la vez que estando atentos a las emergentes, los tres tipos estos han sabido aguantar en pie un festival de esos que excita a los seguidores. Optando este año por referencias clásicas como Kraftwerk o Pet Shop Boys e incrustando a Skrillex, como para equilibrar. Ampliando el espectro e intentando acercar la música a los niños con el SónarKids. Y van los imbéciles de La Vanguardia y no se les ocurre otra cosa que hacerles una entrevista a dos páginas en una óptica casi exclusivamente empresarial, ignorando que la labor de estos tipos nace de su amor por la música y centrándose en los aspectos económicos que dictaminan su continuidad: subvenciones, rentabilidad, impacto sobre el PIB, dinero que atrae a la ciudad (o sea, a la todopoderosa estructura hotelera) y todas esas cuestiones que tan poco me importan. Poco respeto el que muestra hacia los artistas que han desfilado, que son los responsables finales de que a un festival se acuda con sus obras. La Vanguardia, y debo agradecer a muchos que me han abierto los ojos, hace tiempo que me toca mucho las narices con su servilismo al poder y su tibia actitud. Pero sabéis que lo que más me crispa es eso. Nadie piensa en creatividad si no acarrea éxito económico. Nadie piensa en ello si en el otro lado no hay un mercado que lo acepta y lo compra. Puede que sea una cornisa a la que estoy subido de un modo quijotesco, claro. Puede que sea un francotirador asediado desde todos lados. Y hasta puede que el Sónar también haya sido un pretexto para enriquecer a unos cuantos. Pero la ignorancia del hecho fundamental, que es contribuir a la difusión de cierta corriente musical que ahora podemos considerar como madura o asumida, pero que hace 20 años no lo era en absoluto, esa indiferencia ante todo para situar en primera plana cuestiones siempre relacionadas con los conceptos financieros: rentabilidad, viabilidad, rendimiento, subvención, financiación, beneficio... me ofusca y me cabrea. Es como echar números del beneficio económico que nos aporta la visión de un gran cuadro. Inconmensurable. Buscad la palabra.
Llueve. Llueve con fuerza en un sábado de Junio en Barcelona. De esos sábados en que no hay más remedio que salir a la calle porque el club de fútbol donde juega Gerard organiza su día de convivencia y nadie se teme una lluvia así en un sábado de Junio en Barcelona. Esta lluvia septiembrea. Sí: es un verbo regular de la primera conjugación.
Me digo a mí mismo que he de escribir hasta las once, que me espera mi amigo Tuli en las páginas de su libro. Que está siendo dinámico e interesante, por encima no de lo que esperaba sino de lo que me temía. Me temía una lectura inclinada a buscar motivos de elogio y nada de eso. Nada de eso. Tuli, no hace falta buscar lo que se encuentra en muchos rincones. Va, para que no me tilden de exagerado, en bastantes rincones.
Pero es sábado y he hecho mi ruta clásica de la mañana del sábado: comprar el pan y comprar la prensa. Prensa que hojeo cada día menos: demasiados engaños para tan pocas páginas. Beppe Grillo, semáforo rojo (intuyo, porque recriminan cierto caudillismo en la gestión de su partido). Sánchez Dragó, libro de abuelete que promociona patéticamente poniendo bien visible en una de esas fotos teñidas de casual pero que son resultados del product-placing más casero. Anda que te ondulen.
La patadita que me ha sentado aquí. Ejemplos de la sabiduría de la demanda frente a la obstinación de la oferta. O de como los directivos de las grandes empresas deberían tomar clases de cálculo básico.
El croissant "paris" (de mantequilla) que venden cada día en temporada habitual cuesta 1,15 euros. No venden apenas, dado que hay crisis y la gente opta por cosas más asequibles o por comprarlo en formato de bollería industrial, o lo que sea. El comportamiento de la gente no es tan previsible.
El comercio decide promover una oferta de 4 croissants "paris" por 1 euro (perdón por la obstinación de poner "paris" en minúscula, pero aquí el nombre no homenajea ni describe: se usa como un accesorio sibilino de venta). Lo que es lo mismo: desciende el precio a 0,25 euros la unidad (aunque los croissants parecen algo más pequeños), a cambio de llevarse cuatro. Dudo que nadie opte por aprovechar la oferta y desechar los 3 croissants restantes: nuestro instinto de supervivencia, agudizado por la crisis, todavía nos conduce a acaparar víveres.
Los croissants "paris" (...) que habitualmente languidecen en una única bandeja diaria vendidos en pocas cantidades, vuelan cuando se venden a ese precio. Que los convierte, con mucho, en el producto más barato de la oferta del establecimiento.
A las pocas semanas la oferta se acaba. Después de venderlos a miles, recuperar el precio anterior vuelve a confinarlos, bruscamente pasan de producto estrella a producto estrellado. Alguna cabeza pensante urde un nuevo plan. Consistente en reducir a 3 el número de croissants (y que estos sean del tamaño habitual) que se despachen por 1 euro. En la práctica, un incremento de un 33% sobre la oferta anterior, pues ahora el croissant sale por unos simbólicos 0,33 (decimal periódico) euros. La reacción es inmediata: la gente vuelve a llevárselos a montones.
La oferta se interrumpe y los croissants vuelven a su precio inicial. Supongo, vuelven a quedarse sin vender. La oferta de 3 x 1 euro se recupera y las bandejas de croissants vuelven por todo lo alto. Esta es la situación actual. Llegado este punto, el cerebro en la sombra tras la cadena de panaderías debe estar pensando si sube la apuesta y pasa a entregar, en un momento de futuro, solo 2 croissants per 1 euro, a sabiendas de que ese es aún inferior al precio unitario del croissant. Precio que es como un hijo para él: se pasó montones de horas escandallando y calculando precios de producto, de su cocción, de sus comercialización, del equipo de marketing, del director general que le ha encargado a él esa tarea, del accionista que quiere beneficio. Hasta ha calculado cuánto de su sueldo se paga cada vez que se despacha ese croissant que el mercado (mercado de los cojones, mercado de mierda, y otras cosas que piensa) se ha obstinado en rechazarle a ese precio. Pero quizás no ha pensado en que el mercado ya le ha dicho que sí, que el croissant es bueno, pero que no piensa pagar 1,15 euros por él. El cerebro estima si la respuesta a una nueva subida (del 50%, pues el precio del croissant pasaría a 0,50 euros) sería acogida con satisfacción. Pero se resiste a un paso tan obvio: se resiste a cometer la cuarta personal que le acercaría a la descalificación segura que es regresar al precio básico: debe aprender de la lección, pero su ego descomunal, el ego que le empujaría a proclamar en la reunión de cada lunes que ha conquistado al mercado con el precio que él calculó, se lo impide. Probará despues 3 croissants por 2 euros y 4 croissants por 3 euros y 5 croissants por 4 euros (y alguien le dirá que no sabe quése va a hacer con tanto croissant) y estirará hasta acercarse al punto en que la gente vuelva a parar, en ese punto en que el sabio diría eureka y el dirá pero esto no son los 1.15.
Me hago con la revista: por una vez, y no recuerdo bien si esa coincidencia se dio en el pasado, veo que mis dos revistas de música favoritas coinciden en el artista que figura en su portada: KRAFTWERK. Sí, en mayúsculas, en letras enormes que compensen el número de veces que los debería haber nombrado y las pocas que lo he hecho. Pero esa coincidencia, la de las portadas de los números de junio de RDL y Go-Mag no volverá a repetirse. No en papel, no en el elegantemente satinado negro que ha monopolizado sus portadas de los últimos meses: Go-Mag cierra en su edición en papel. Sí, esa cosa tan incómoda que se amontona en los rincones y ocupa ese espacio desorbitado, y pesa y se carga bosques y se blanquea con productos que destrozan el medio ambiente. O sea, esa cosa que huele tan bien recién impresa, que hace como un gusto raro hojear, que se mete en el maletín o en el bolso en bandolera y, sin necesidad de energía eléctrica o conexión Wi-Fi, nos lleva a navegar. Porque a mí me gusta el papel en los libros y también en las revistas: me gusta cuidar del objeto y aunque estoy tan contento como el que más con la información gratuita que circula por la red, mi nostalgia puede hasta con eso. No voy a imprimirme pantalla tras pantalla, y seguro que leeré los contenidos y saldré disparado a por lo que sea que recomienden como hago ahora. Pero no va a ser lo mismo. El simbolismo de que una publicación dedicada a cubrir la música de vanguardia cierre ya lo he vivido. Recuerdo el golpe con Muzik, hace justo diez años. El artículo de despedida recurre al tópico del adiós y el hasta luego. Qué van a decir. Veíamos que el contenido aumentaba porque la publicidad disminuía y no era cuestión de vender un número de 40 páginas. Nos lo temíamos. Mientras, el estado español, ese circunloquio que tanto se me recrimina a veces, debe repartir subvenciones a festejos taurinos y a festivales con David Bisbal o a esa apoteosis de la burguesía de segunda residencia que es Cap Roig. No hay subvenciones para revistas de cultura actual, no hay un rinconcito para cubrir o financiar pérdidas mientras se espera que el ciclo se defina. Go-Mag cierra (seguirá solo en la red) y ya solo me queda RDL y, claro, toda la red, sí, toda la red, ya sé, pesaos, que es enorme y gratis y todo el rollo. Pero a mi me gustaba ir agarrado una revista: la tenia el día que salía y pensaba: nadie se entera de estas cosas antes que yo. Allí, en un rincón, queda una pila enorme cuyo crecimiento se ha cortado de raíz. Pues vaya.
Contraviniendo mi estúpida norma auto impuesta para evitar auto-espoilearme en lo concerniente a mis colaboraciones con los simpáticos compañeros de UnLibroAlDía voy a salir aquí con una reseña de un libro que sacaré más adelante con ellos. No la misma, pero sí el mismo libro. Bueno: he dicho auto impuesta y es completamente así. Pero es que decidí algo como segmentar mis áreas de alcance (debo haberlo explicado en algún post autoreferencial pesadísimo) y eso acarrea dejar un poco de lado la cuestión literaria aquí. Cuestión aclaratoria zanjada, haré lo que ya hice con algún otro libro, incluyendo esas despachadas a gusto que fueron mis opiniones sobre Cosmópolis y Chesil Beach (gérmenes, por cierto, de lo que algún día, cuando todos nos decidamos, será ese blog conjunto machacando grandes obras de todos los siglos que a nosotros no nos lo parecen).
Pues sí: vaya por delante mi absoluta admiración por cualquier tipo que, siendo escritor de ficción, elija una camiseta Technics para fotografiarse y lo haga ante unas estanterías funcionales de esas que le ponen los pelos de punta a mucha gente: parece estar gritando que alguien la ordene. Pero Junot Díaz no se conforma con eso. Acabo de descubrir, leyendo los relatos de su primer libro Los Boys, de 1996, a un escritor de los que escasean. Es a los escritores sesudos (o sea, los que se ponen siempre la mano en la barbilla para posar, cosa que él solo ha hecho una vez, y estoy seguro de que está arrepentido) lo que un jugador de fútbol formado en la calle a esos talentos diseñados en las escuelas técnicas desde los cuatro años. Cero superficie, todo contenido. Sus relatos tienen un aire casual y suburbial que transpira credibilidad. Son relatos sin grandes pretensiones ni grandes hechos que los aglutinen, son una especie de películas corales con siete u ocho grandes actores secundarios porque el presupuesto no daba para más y se trata de que a la gente les suenen las caras. Los Boys me parece una de las óperas primas más descaradas que he leído, y no voy a calentarme la cabeza con comparaciones. Puede que una: el Fabíán Casas de Los Lemmings, pero trasladado de Buenos Aires a Santo Domingo (de donde es oriundo Díaz, aunque escribe en inglés) o a New Jersey (donde reside). No me caliento la cabeza, digo: ahora mismo la TV me entretiene desde un rincón de mi casa con una astróloga que me explica que una de cada doce personas del planeta (o sea, todos las que comparten mi signo del zodíaco - véase grandes frases de Sheldon Cooper para saber qué pienso yo del zodíaco) van a pasar una semana fenomenal. E imagino a personajes de Díaz, sentados en sofás desgastados y desvencijados ante la TV, prestando atención a esta embaucadoray pensando (añádase una jerga de slang latino) que la semana que viene cambiará mi suerte. Jodido Díaz: tiene una novela más (La maravillosa vida breve de Oscar Wao) otra colección de relatos recién publicada llamada Así es como la pierdes, ambas con espectaculares opiniones y relaciones de galardones de esos de segunda fila que son los que me gustan de verdad. Que se joda el premio Planeta mientras exista el concurso de narrativa corta del norte de la provincia de Soria.
Junot Díaz, con un leve parecido con mi amigo Pedro, ya que estamos, es de esos escritores transversales que, seguro, te firma un autógrafo cuando te ve por la calle porque está tan sorprendido de que alguien le conozca como tú de encontrártelo. Es otro de esos ejemplos vivos de USA como aglutinador de talentos mestizos (Teju Cole, Hari Kunzru, algunos otros que me dejo), y es uno de esos autores que, a diferencia de algunos otros (me repongo trabajosamente de un espectacular fracaso con Pynchon), no necesita de un libro de instrucciones ni de una preparación previa (física y espiritual) para disfrutarlo a conciencia. Sus personajes moran en las esquinas, en los bares, en los sofás, y, seguro, pasan noches en las comisarías porque se quedaron sin saldo en el celular para avisar a los amigos. Son míseros y cometen errores pero están vivos y, a poco que puedan, quieren seguir estándolo.