dijous, 30 d’agost de 2012

CUOTAS BRUTAS

Me casé con Marta tras muchos años de conocernos, desde niños, en el pueblo de nuestros padres. Pero ambos tuvimos algunos, pocos, otros asuntos, hasta que uno de esos reencuentros veraniegos hizo que cierta venda en nuestros ojos se desplomara. Tuvimos un noviazgo corto a la antigua usanza, pues nuestras familias empezaron con los típicos apremios de las gentes sencillas: querían bodas llenas de familiares y amigos y querían nietos a los que malcriar. Yo tenía 35 años y ella 31. Yo empezaba a escalar posiciones en la policía, en un cuerpo de policía gobernado por individuos que justo asumían a regañadientes recibir órdenes de los mismos a los que perseguìan apenas una década antes. En un cuerpo donde mucha gente no se resignaba a acatar aquello tan idílico de la pluralidad y la disidencia. En un cuerpo donde aún prevalecían valores que la nueva sociedad que surgía consideraba antiguos y trasnochados. En un cuerpo donde el tiempo quería pararse pero no podía. Claro que no pudo: alguien apretaba a fondo el pedal para que eso dejara de ser como era.
Pero no era tan sencillo. No lo fue, desde luego cuando, para acabar de joderlo todo, se acabó el dinero, ese dinero que parecía ilimitado, ese presupuesto sin fondo al servicio de lo que fuera, y si lo que fuera era algo más que atrapar a los malos, pues tampoco pasaba nada.
Un día me dijeron que mi unidad había perdido el sentido: que eramos poco productivos, que estábamos quedándonos atrás.
Miré a los ojos fijamente al gilipollas que me lo dijo: tenía al menos veinticinco años menos que yo. Al menos no era tonto del todo: comprendió que no todo se limitaba a números sobre un papel. Mi silencio no había donde escribirlo. Eso es lo que tienen las cosas como los silencios, dicen algunos: difícil de mejorar, difícil de describir.
El trato fue: quédese en ese piso con sus cosas y sus personas de confianza, haga lo que quiera, no haga nada si cree que nada es lo que debe hacer. No nos queda otro remedio que reducirles el sueldo como vamos a hacer con todo el mundo, pero lo suyo tendrá una contrapartida: pueden hacer lo que les venga en gana de ahora en adelante. Conservan el vínculo y conservan su juramento de fidelidad. Si no les llega el dinero, no importa qué otras cosas hagan para obtenerlo, sólo les pediremos discreción y sentido del deber.
Sentido del deber: estar cuatro horas plantado cada noche ante la puerta de aquel garito de mala muerte para poder conseguir que los tres canallas que habíamos tenido fueran estudiando máster tras máster sin indicio alguno de que esa inversión fuese a dar provecho alguno. Todo porque la justicia social había alcanzado el equilibrio hacia donde a mí no me convenía: ya no había posibilidades de colocar familiares, ya se habían acabado las prebendas para los miembros de la autoridad, ya lo de enseñar la placa había dejado de ser un salvoconducto. 



12 comentaris:

  1. Vamos que volvió el comisario (Enrique Pinti)!!!. Este se me hace que viene juntando ganas de joderla, pero tal vez no. Tal vez sólo se conforma con que no le inflen demasiado la paciencia.
    Visca Catalunya!

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  2. Vaig tenir la gran sort de rebre classes de "Relacions Internacionals" (a 5è de periodisme) de Jesús Maria Rodés, que després va ser primer director de l'escola de Mossos. Quan vaig assabentar-me del seu nomenament, vaig pensar que alguna cosa començava a moure's en aquest país.
    Fins ara

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    1. Be: aquest relat no pretén més que ser una juguesca irrelevant, però si poden anar colant cosetes.

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  3. Respostes
    1. La vida mata aún más. Los mata a todos.

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    2. La sal mata, el exceso de agua mata. Lo lacónico hiere.

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    3. La indiferencia mata. Juan Mata. Carlos Mata. Enrique Vila-Mata(s)

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  4. Estaba escribiendo una larguísima explicación por lo que escribí de "la policía mata". Para no dejar ningún herido con mi laconismo, pero me di cuenta que la policía podría leer estas líneas, así que borré todo y ahora me limitaré a sentenciar que: La policía mata, y me da miedo.

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