dijous, 21 de juny de 2012

DESPERTA, FERRO

La de veces que debo haber dicho que aquí no hay normas. Por lo menos, normas que se respeten a rajatabla. Siempre hay una excepción para la regla o, dicho llanamente, un forro por el que pasarme (nos) ciertas situaciones. A la que se complica algo, el pretexto del caos y la anarquía.
Una norma lógica sería, hipotéticamente, no meterse en el vericueto de reseñar un libro que no se ha entendido del todo. O bueno; a lo mejor la intención de Levrero es que nadie entienda el libro y ello represente una socorrida base de operaciones sobre la que asentar y desarrollar una polémica infinita, espiral, möbiana, de esas en las que uno regresa al principio pero está al revés: o sea, ya tardaba en mencionar el asunto Galeano. No: no seguiré aquí por ese lado. 
Pero ese es mi problema; casi 48 años, ya es tarde para cambiar algunas cosas. Entre pocas otras, poquísimas, me gustan las canciones con alguna melodía (la que sea, corta, prolongada, cacofónica, pero alguna) y los libros con algún armazón lógico. Y La ciudad, libro que he leído justo a la contraria que el asunto Galeano (o sea, para averiguar el motivo del entusiasmo de alguien por su autor, Mario Levrero), me ha desconcertado de una manera harto extraña. No al estilo DeLillo (vaya, empiezo a tener aquí demasiados guiños inaccesibles a los paseantes ocasionales: craso error), porque terminé el libro. Pero sí bizarramente: avanzaba por sus páginas con la extraña sensación de que, llegado el final, no abandonaría cierta conclusión cercana a la tomadura de pelo. Lo cual es desolador: recuerdo una vez en que disentí profundamente sobre un disco con Jose, de Discos Castelló, decía que Closer, de Plastikman (sí, mismo título que el opus de Joy Division) era un engaño, que los cinco primeros minutos no llegaban ni a oírse. Yo le decía que yo si notaba esa música, que estaba ahí. No sé si el tiempo me ha dado la razón: sé que Richie Hawtin sigue ahí. Entonces, me entristece no poder decir nada demasiado entusiasta sobre La ciudad: que siga una línea absurda de hechos cuya única explicación es el pasaje onírico inconexo e ilógico que todos atravesamos noche tras noche. Albricias, al menos, mientras lo leía, pensé si no sería útil apuntar en una libreta esas imágenes turbias que nos vienen a la cabeza cuando nos entra somnolencia leyendo. Que, quizás, nos veamos reflejados en ese imaginario creado por el autor: en camioneros, caminos sin destinos concretos, bicicletas viejas, lugares en que nuestra vida se para y pierde lógica, habitaciones tras intrincados pasillos. Figuras femeninas, perros que mordisquean tobillos. No sé: no he entendido apenas nada y, por motivos que no vienen al caso pero que incluyen las palabras ganas, pereza y prisa, no soy de hacer un diagrama sobre el libro y decir que la gasolinera es la vida y la estación es la muerte y Giménez es el Estado que impone normas y prohibiciones. Seguramente merezco que me tilden de patán pseudolector por no haber sintonizado, o no tener suficiente bagaje para identificar segundas y terceras lecturas de esta espesa e incoherente trama. Nunca me ha gustado demasiado la pintura de Dalí. Si es un sueño, será muy coherente que sea incoherente. Si es una novela que el autor ha planificado minuciosamente, alguna pieza se me ha caído por el camino. Si es una mera improvisación que alguien ducho en la expresión escrita (Levrero lo es, sin duda) ha llevado al extremo, pues os repito la analogía de la música. Y a eso me agarro. Una melodía, por favor.
Los 90 fueron años extraños para la música: la democratización del acceso a la producción que representaron ordenadores baratos y programas MIDI significaron que la música electrónica era barata y rápida de producir. Ello dio lugar a montones de escenas y movimientos casi de usar y tirar, anclados por igual a varios factores: los clubs, las drogas de diseño, la libertad sexual. Ni sé los discos de jungle que compré, que ahora crían polvo en algún cajón sin lapsos en los que esa música pueda volver a tener sentido en mi vida. Pero Rob Haigh es diferente: hablando de melodía, caos, Omni Trio hizo ésto.


Y luego ésto




6 comentaris:

  1. Caramba, Francesc, que verbo prodigioso, el tuyo. Me ha encantado el comentario del libro, que desconozco, pero me ha encantado lo que explicas. Te explicas a ti, supongo. Me ha encantado también el 1r. corte de audio. Eres un exquisito, cabroncete!

    Una abraçada, coco!

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    1. Está mal que yo lo diga, Mix, pero la granja de recreo que tengo montada aquí tiene bastantes cosas que pueden gustarte. Tú pásate quan et roti y ya vas mirando.
      Grande Mix !!

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  2. Lamento profundamente que no te haya gustado esta novela de Levrero, pero me honra un poco al menos haber despertado tu curiosidad. ¡Abrazos varios y consecutivos!

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    1. No la he entendido. Si no me hubiera gustado nada no la hubiera acabado. Igual debes sugerirme otra, a ver. Mi curiosidad anda siempre despierta. O se pedalea o se cae.

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  3. Bien...Podría ser El Lugar, que es una novela del orden de La Ciudad, o tal vez algo como La Máquina de Pensar en Gladys, que es un libro de cuentos que se aleja un poco de la novela que leíste.

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    1. Indagaré entre los que hay en la biblioteca. Aunque La ciudad lo compré. Mi amigo Gustau de Cercles tiene buenos libros de segunda mano de cualquier autor, pero sólo tenía este Levrero. De ninguna manera puedo quedarme con la impresión de un solo libro. Hay que ser profesional.
      Gracias por pasarte por aquí!!

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