diumenge, 25 de març de 2012

JONATHAN FRENESI

Van y me quitan una hora. Me regalan la huelga, para que pueda acabar el libro de Franzen, pero me quitan esa hora. Y el reloj biológico (el de ajuste fino: no el que te marca las necesidades de procreación) tarda algo en acoplarse. 
En una panadería de cerca de casa (en Catalunya les llamamos fleca o, en castellano, horno), me dicen que ya no harán más ensaimadas grandes (las que desayuna, a veces, mis hijas los fines de  semana). Aunque se vendían siempre todas, era difícil conseguirlas. Nunca les quedaba ni una. Me dicen, literalmente, que, alguno de Esade, de los que dirigen la cadena de establecimientos al que esta pertenece, ha decidido que aquí no podemos vender lo que venden en todos lados. Parece ser que la cadena de panaderías tiene que desplazarse en búsqueda de su nicho de mercado (preciosa frase, parece que uno esté perdido en un cementerio), y se dedicarán al producto de alto valor añadido (o sea, el que justifica que te metan la gran clavada en el precio). Intuyo que pronto dejarán de vender pan normal, del de hacer los bocadillos, para venderte productos de alta gama, de las semillas y formas más estrambóticas. Como envío yo a mis hijos al colegio con bocadillos hechos con panes que ya son, casi, un bocadillo por sí mismos??.
Y la pizzeria de unos doscientos metros más allá, de una conocida cadena nacional, ofrece, los domingos, tres pizzas por el precio de una. O sea, un descuento del 66,66%. Yo me quedo pensando, cómo funciona todo ésto. Compramos una pizza, que es harina, agua, sal, aceite, tomate, y lo que le pongan. Pero compramos el local donde nos la venden, el tio que la sirve, el horno que la cocina y la moto que la trae a casa (aunque vayas a recogerla). Compramos el papel de la oferta y el diseño del anuncio y la publicidad en televisión, y si decidieron fichar a un futbolista para promocionarla. Y al despacho de headhunters que les fichará, pronto, al tío de la cadena de panaderías: ese que decidirá, de aquí unos meses, que no pueden vender pizzas como hacen todas las pizzerias. Que hay que renovar el concepto. 

9 comentaris:

  1. Regresé, y me recibes diciendo que no van a producir más ese tipo de pan que se ve tan delicioso. Imposible.
    Renovar el concepto es como intentar ocultar la esencia. Yo quería pizza y aquí me venden una moda internacional, sabores mediterráneos o la receta secreta del coronel puesta en una masa redonda. Me cobran el triple. Ok, todo se ve bien, la decoración es linda, pero esto sabe a mierda. Me voy, me voy... me fui.
    Tal vez por eso renegaba de los chefs internacionales, pero ahora un ser querido tiene la intención de ser uno. Ccina muy bien y tiene gusto para la presentación, me convence. Estoy hablando de comida y de una manera muy extraña cuando el post se trataba también de blogs y Orsai, el libro de Franzen y una hora de pare. Estoy hambriento.

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    1. Gracias. Las ensaimadas son una especie de brioche azucarado propio de las islas Baleares. Como son muy populares, los iluminados creen que no es chic venderlas. Dicen los más entendidos que un buen cocinero es capaz de hacerte llorar comiendo.
      En fín: Franzen está muy pero que muy bien, pero aún me faltan más de 500 páginas. Unas 8 horas de lectura concentrada que no sé de donde van a salir. Muy bueno tu post de hoy, por cierto.

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  2. Como vos, como cualquiera que tenga edad suficiente para escribir, leer o entender palabras como éstas, yo he nacido en un país que ya no es. Un país que había recibido, no demasiados años antes, una oleada de gente buena, honrada, trabajadora, golpeada, castigada, reprimida, perseguida.
    En aquel país mío se establecieron, derramaron su bondad, ejercieron su honradez, cumplieron con su trabajo, y pudieron dejar tras de sí, lejos, aquello oscuro de los golpes, el castigo, la represión y la cacería. Pudieron vivir, de nuevo.
    Por alguna razón que nunca comprendí del todo, fueron, todos ellos, “los gallegos”, no importa de cuál mosaico de España hubieran venido; quizá hubo mayoría de aquellos que llegaron desde Galicia, pero hubieron andaluces, también, y castellanos, y vascos, y catalanes. Pero todos eran –y había cariño en esa denominación- “los gallegos”. Ellos parecían aceptarlo con una sonrisa, como divertidamente derrotados, acaso, luego de vanos intentos por explicar lo de las nacionalidades y los países. Quizá –ojalá- hayan percibido aquel cariño implícito en nuestro error geográfico.
    A dos cuadras (o dos calles, o dos minutos) de mi casa, una panadería –de las de entonces, en las que los productos llegaban a sus estanterías desde el horno, no desde un camión- vendía ensaimadas. Altas, esponjosas, dulces, nevadas de azúcar impalpable. A mis diez años, poco me importaba si aquellas maravillas comestibles representaban, además –y principalmente-, un lazo con el antiguo terruño de quienes las confeccionaban; no recuerdo si los dueños de esa panadería eran españoles, pero hoy me siento –y más después de leer tu post- con derecho a dar por seguro que sí. Era la misma fiesta de fin de semana que hoy están a punto de dejar de disfrutar tus hijos: “¿mamá, ¿puedo ir a comprar ensaimadas, hoy? Es domingo…”

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  3. Los “gallegos” tuvieron hijos, aquí. Esos hijos fueron perdiendo las ces, y las zetas, y mezclando sus costumbres, y conformando nuevas identidades nacionales. Y después, tuvieron hijos, a su vez. Y esos hijos, hijos. Las ensaimadas quedaron en algún hueco, entre generación y generación; no puedo precisar el momento exacto en que las perdí de vista.

    Las vueltas de la vida y la política: años más tarde, tuve que armar de urgencia las valijas, también yo. Mi viaje fue más corto que el de aquellos “gallegos”: no hubo para mí días y días de horizonte circular y salado a mi alrededor, no cambié de continente, quedé en Venezuela. No la Venezuela de hoy, turbulenta y esperanzada; era aquella Venezuela de los petrodólares, Carlos Andrés Pérez y su megacorrupción, decenas de barcos repletos de whisky escocés esperando turno en la bahía de La Guaira para descargar su líquido vital, y también los pinos cortados, de verdad, canadienses, que se importaban a granel para las navidades, así de insultante era aquella riqueza mientras en los barrios marginales se sobrevivía a como diera lugar.
    En una población a menos de veinte kilómetros de Caracas, San Antonio de los Altos, una panadería llamada Baurú me reencontró con las ensaimadas. Mallorquinas, las llamaban; tenían crema chantilly en su interior (aquellas de mi infancia no la tenían). Ese pueblito, esa panadería, me trasladaron a aquel país temporal en el que yo había sido niño; los domingos me llegaba hasta él para volver a imaginarme apretando durante dos cuadras en mi puño las monedas que mi vieja me había dado, y cambiarlas, luego, por el paquete envuelto en papel gris con la maravilla dentro, y el regreso a casa, casi corriendo (y, sin embargo, qué largo se hacía ese regreso, ante la inminencia del deleite).

    También aquello perdí, con los años.
    Ya no tenía esperanzas de reencontrarme de nuevo con las ensaimadas. Hasta que hoy leí tu post.
    No hay lugar para la alegría, Francesc. Sólo para una foto que redondea mi nostalgia, y para la solidaridad trascontinental, si es que de veras están -vos y tus hijos- a punto de perder el último paquete de ensaimadas, cuando una placa de mármol cierre para siempre ese puto nicho de mercado que alguien ha decidido clausurar.
    Maldito, cien mil veces maldito capitalismo.

    Larga vida, emocionada memoria, y gloria eterna a las ensaimadas de mi infancia, a las de tus hijos, y a aquellos países generosos y hospitalarios.

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    1. Gracias, Horacio. Que hayas hecho un comentario tan prolongado como para que el sistema te impidiese pasarlo de una vez es muy halagador.
      Ensaimadas con crema chantilly ?? Madre mía, qué poco piensan los mallorquines de cómo se distorsiona el dulce que crearon...

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    2. Ya lo hemos conversado, Francesc: lo que debe halagarte es tu capacidad de trabajo, tu pasión por comunicar, tu irrefrenable impulso escritor, tu necesidad de intercambio.
      ¿Los comentarios? Claro, son bienvenidos (supongo) en tanto comprueban que aquella botella tuya al mar ha llegado, efectivamente, a destino, a múltiples destinos; son el fruto de aquel trabajo, el resultado de aquella pasión, la consecuencia de aquel impulso, la concreción de aquel intercambio. Sin embargo, nada de eso existiría sin tu iniciativa. Todo el mérito debería ser tuyo.

      Y quizá debamos hablar, ahora, de milanesas…
      (No creas que no descubrí el nexo de tu post con el calendario blaugrana…) (A propósito: en Mallorca existen, según entiendo, las ensaimadas con nata montada. Que viene a ser lo mismo que la crema Chantilly, como la llamamos aquí... tan afrancesadas que fueron, hace un siglo, nuestras clases dominantes…)

      Perdón por distraerte de tu maratón franziana.

      H.

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    3. Me veo obligado a ser escueto: ya volveré a la incontinencia verbal cuando no ande cronómetro en mano.

      Pues el nexo con Mallorca y el partido del Barça fue puro fruto de la casualidad. Realmente una coincidencia.
      Y no: no hay ensaimadas con crema Chantilly, o al menos no probaría pedirlas en su lugar de origen, pues no los pondrías muy contentos.
      Para los mallorquines, sólo hay dos tipos de ensaimadas :

      Las buides (vacías) que no llevan relleno.
      Las plenes (llenas) que llevan relleno de una crema que se llama cabello de ángel.

      Las últimas son para ellos las auténticas, aunque en la península se prefieren las primeras, pues es difícil hacer una buena crema de cabello de ángel.

      Pero nata montada?? Eso ya es una adaptación a los gustos de cada uno.

      Me quedan aún más de 200 páginas, y hoy, partido otra vez.

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  4. me encanta entrar y encontrarme con estos comentarios, gracias a todos!

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    1. Pues ya sabes, Quien, contribuye tú también con unos cuantos !!

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