divendres, 10 de juny de 2011

ENTRE POLACOS

Vaya por delante mi absoluta sinceridad : tanta crítica, tanto libro y tanta pretendida erudición, y quien me empujó (despues de haberlos sostenido muchas veces en mis manos y haber optado por otros ) a comprar mi primer libro de Kapuscinski (El Imperio) fue una entrevista en La contra de LV con su biógrafo. Hace no más de cinco o seis meses. De ahí, a comprar sus libros, leerlos compulsivamente, tomarlos a préstamo de la biblioteca, leerlos compulsivamente, buscar más. Incluso me ha dado tiempo a encontrar lo que yo considero su pequeño y comprensible desliz, El encuentro con el otro, que, para mí, quizás sea su obra más discutible, aunque sea sólo porque abandona sus viajes, para entregarse a una disquisición un pelo metafísica, excesivamente abstracta, que se hace larga. Kapuscinski era puro, con su billete de avión, o de tren, o de autobús, en su bolsillo al lado de su libreta y su bolígrafo, rumbo a alguna parte donde hubiese un buen lío. Luego, volviendo a su  mesa y poniéndose a escribir sobre ello.
Aquí estoy, agradeciendo (yo, que odio la impuntualidad, pues la considero una falta de respeto) una eterna espera en una sala, pues me ha dado tiempo a darle, casi, el carpetazo definitivo a El mundo de hoy, curioso experimento que recoge diversas partes tomadas de otras obras, que cohesiona con comentarios y notas personales, algunos escritos expresamente, haciendo que el libro se erija en una especie de autobiografía donde aborda, en reiteradas ocasiones, la punzada que le obliga a escribir, incluso el proceso previo a la creación de sus obras. Leerlo, siendo como es uno, esta especie de escritor ocasional, me llena y me admira de una manera fascinante.

Escribir: se trata de encontrar la primera frase, una muy sencilla, digna del más elemental de los libros de texto para niños. En ella está la salvación : tirará de las siguientes.

Repleto por los cuatro costados de afirmaciones de este tipo, que combinan el sentido común más desconcertante con la más brillante de las creaciones literarias, El mundo de hoy (del cual me quedan por leer apenas unas 60 páginas, pero no hace falta esperar más) podría, igual que muchos de sus libros, sustituir textos de historia contemporánea. Seguro que provocaría, no los habituales bostezos de indiferencia, intereses tanto en la historia, como en la literatura, diría que en un sentido universal de la justicia aplicada a éstas y otras disciplinas. Y ahora caigo en la cuenta de que quizás nunca haya escrito un panegírico tan inflamado sobre Roberto Bolaño (mi hija anda en una entusiasta segunda lectura de Estrella distante). No hay por qué aplicar la contabilidad aquí. La contabilidad no debe regir el mundo, ni los países, ni las sociedades, e, íntimamente, pienso que tampoco las empresas. Mi entusiasmo por Bolaño fluye aquí de otra manera, por capilaridad, a través de las frases que repiten adjetivos, parecidos, con matices apenas perceptibles, o en aquellas otras frases que quedan cortadas por prolongadísimos paréntesis, que casi hacen olvidar lo que primero se decía, pero da igual, salimos con un destino, pero encontramos otro por el camino que nos gustó más. Frases cortas que cierran carpetas y existencias. Que caen como telones a los que se ha soltado la polea. 
Kapuscinski está haciendo que viaje mentalmente, lo cual, aparte de barato, es muy sano.


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