dimecres, 10 de novembre de 2010

EL ESTADO 51

No me acuerdo dónde, hace unos días leí que, en uno de esos estudios que confecciona una serie de gente, imagino que entre bostezos de aburrimiento, se había llegado a determinar que todas las grandes obras de la literatura contemporánea están basados en un total de ( creo recordar ) 31 estructuras narrativas clásicas. Supongo que se referían al argumento central de las historias ( y que no contaban ni Rayuela de Cortázar ni Ulises de Joyce ) y debían partir de las típicas tramas amor - odio - odio que se vuelve amor - viceversa -ambición -triángulos -celos.... así hasta esas treinta y pico, las cuales, con todas sus combinaciones y variaciones. He reflexionado y me doy cuenta de que - con las limitaciones de este pequeño rincón del cosmos pseudo literario - aquí támbién estoy empezando a desarrollar una especie de esquema en el que ando repitiéndome ( al margen de la reconocida influencia de Bolaño y Monzó, a las que debería añadir Francisco Casavellla ). Normalmente empiezo con un párrafo más o menos largo comentando algo leído o visto recientemente, lo explico y dejo caer mi opinión, siempre buscando promover alguna reacción ( de esas que no llegan nunca ). Suelo acabar ( puro Monzó ) con alguna frase algo lapidaria. A continuación doy el volantazo ( con algún para mí indescifrable vínculo que me hace saltar de una cosa a otra ) y hablo de algún grupo, escritor, director, cantante (táchese lo que no proceda), intentando glosar su figura, contar algo original o poco conocido que resulte algo chocante, y acabar explicando por qué lo encuentro tan genial. Alguna vez, y voy a ponerme en serio en evitar que se produzca a menudo, la cosa va más que de glosar, de despedazar a alguien. Y entonces, zas, el link con el Youtube y a otra cosa mariposa.
Reconozco que, inconscientemente, esto es una influencia de mi delirio musiquero. Dicen que las grandes canciones son las que esconden detalles que sorprenden a cada escucha. Por eso no te cansas de ellas, surgen cada vez que las oyes matices, algo en lo que no reparaste ni la primera ni la quinta vez.

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