diumenge, 19 d’octubre de 2014

DOS ESPADAS Y UNA PARED


Creo que aquí ya he dejado muchas muestras de mi escasa o nula afinidad con Artur Mas. Un político que hace muchas cosas que garantizan que no me fíe de él: ir a misa, aprobar recortes, apoyar crueles reformas laborales, pactar con el PP. Algunas en el pasado, otras obligado por las circunstancias, pretextos no le faltarán, pero las ha hecho. Un político cuyo ascenso al poder parecía el colofón de una especie de obsesión personal, tras dos intentos fallidos previos en los que, a pesar de ser cabeza de la lista más votada, estrambóticos acuerdos entre otras listas habían evitado que fuera President. Y resulta que accede a ese cargo en plena época de dificultades y convulsiones, que coincide con la infernal mayoría absoluta que permite al PP reverdecer su filofranquismo. Todo lo cual genera un caldo de cultivo que varios hechos precipitan. Para nada un proceso rápido. Cuatro años que, perdonad, a los de cierta edad nos parecen una eternidad. Cuatro años que se inician cuando el Tribunal Constitucional (el paradigma de la separación de poderes imperante en el estado español) tira para atrás una ley votada por el electorado catalán. Que continúa con las posteriores movilizaciones y la irrupción de diversas asociaciones que, en 2012, empujan a Mas hacia la primera de sus disyuntivas. Recibe el mandato de una manifestación de casi dos millones de personas para que inicie un proceso de constitución de un estado catalán: una república, para más señas. Ese mandato se ratifica y se vuelve más imperativo dos años después y, a medida que ese mandato es más claro y contundente desde la expresión de la gente (mucha gente) en la calle, más clara, contundente e inflexible es la respuesta del gobierno español. No. Muchas veces no, pero con decir el no final ya es suficiente. No a todo, e indiferencia absoluta hacia la magnitud (absoluta y relativa) de las movilizaciones. La gente le aprieta: le ha apretado hoy, fecha clave cuando, a tres semanas de una consulta prohibida de raíz, la gente pide desobediencia y desacato hacia las decisiones del gobierno, la gente pide que la clásica indefinición que ha arrastrado el nacionalismo desleído del partido que Mas lidera se aclare. Entonces Mas debe concretar su posición y cede en su ambigüedad: se declara independentista y se pone al frente, ejecuta una pirueta felina para abanderar una especie de entente cordiale que aglutina movimientos casi antagonistas: se sienta con los independentistas claros, con la izquierda de levísimas raíces marxistas y con la izquierda simpatizante con los círculos libertarios. Encuentran un lugar común, la reivindicación de un estado propio, y tiran adelante. Mientras los escándalos en torno a grandes figuras de su partido salen de debajo de las piedras, mientras todas las encuestas pronostican que ha perdido el apoyo mayoritario a favor de algunos de los que ahora se sientan en esa gran mesa junto a él, Mas se atrinchera no en el poder, sino en la primera línea del poder. Recibe los mandatos, claros y altos: convoque elecciones, inicie el proceso, organice una consulta, desobedezca, no dé un paso atrás. Soñaba con imperar y solo recibe imperativos.
Primera espada. Visible.
Pero Mas es un político de largo recorrido. De esos políticos que han pasado muchas noches en hoteles de Madrid, y de esos políticos a los que sus homónimos españoles han cogido del hombro y le han dicho si en el fondo pensamos igual - la cosa neoliberal y capitalista - cuándo se os va a ir la tontería esta de la independencia de la cabeza. Alguno de esos políticos le habrá ido a decir Arturo y todo. Se habrá parado y habrá dicho, es Ártur o es Artur? Esos políticos no se explican su inflexión. No entienden como un señor que venía de vez en cuando desde Barcelona en el primer o segundo puente aéreo, a la que le citaban, que saludaba con una ligera inclinación de cabeza en gestos manifiestos de sumisión, a presidentes de gobiernos centrales o de parlamentos, o a monarcas, ahora se suba a la parra y todo porque la gente le sale a la calle y se lo pide. No creen que eso haya de ser así: no creen que la voluntad que se manifiesta en multitudes tenga legitimidad alguna, coño Ártur, o es Artur, para eso están las elecciones cada cuatro años y hacer lo que nos salga de las narices, la mayoría son políticos la mar de cómodos con la dictacracia que favorece una mayoría absoluta, y, sobre todo, están muy extrañados de lo que este chico que votaba y votará junto a ellos en los grupos liberales del parlamento europeo se haya sublevado de esta manera. Menuda insubordinación. De hecho, confían que el tono ascendente en que lo amenazan le haga entrar en razón.
Segunda espada. Levemente menos visible.
Y el enigma es cómo acabará todo esto. El enigma es en qué lado acabará Mas, si reculará y se presentará en Madrid con una sonrisa de circunstancias y cara de qué buena broma, verdad Mariano, o si se inmolará y aceptará las rentas no políticas sino morales de haberse limitado a ser el ariete, y luego haber quedado ahí, tirado al lado de la puerta, mientras los demás acceden a un castillo que, hoy por hoy, sólo podemos imaginar qué contiene.

diumenge, 5 d’octubre de 2014

DORTMUND, 1988

Más borde no se puede ser: hace décadas que me la suda que Prince saque un disco. Sí; he dicho décadas porque eso es exactamente. Dos décadas, veinte años, hace que sucumbí a comprar Come, un disco cuyo gran mérito consiste en una portada con el cantante en frente de una de las verjas del Templo de la Sagrada Familia de Barcelona. Un disco del que no soy capaz de recordar ni la melodía de una sola canción. Un disco, qué novedad hablando de Prince, con unas cuantas piezas de funk-rock y funk-pop de tonos sensuales. Wow. En 1994 eso debía ser un panorama la mar de prometedor, tanto como para que yo pasara por caja. Pero el tiempo que ha pasado, y sé que Prince empezó a liarse (o igual entonces ya estaba liado) con cambios de nombre, con atribuirse un símbolo extraño como nombre, con apariciones públicas con la palabra slave escrita en la mejilla, pues la cosa era de liberarse de un contrato prolongado y abusivo que, supongo que a cambio de una apetitosa cantidad, había firmado con la Warner. Sí, hubo una buena época en que Prince parecía ser el paradigma, no me hagáis decir de qué, narices, dejémoslo en que era un paradigma. Una alternativa a un Michael Jackson que parecía alejar su música de otra cosa que no fuera sexualidad de opereta. Prince no: las chicas Prince, (que ahora mismo me es muy difícil enumera -me quedo en Carmen Electra, porque no voy a considerar chica Prince a una señora entrada en carnes y kilos como Mavis Staples), eran otro apetitoso complemento visual. Todas cantando estereotipados clásicos de segunda fila que sustituían a los clásicos de primera fila, los del artista al que venían de hacer coros.
Que ahora Prince vuelva a publicar dos discos es el mejor pretexto para que una mala persona como yo ponga los puntos sobre las íes. Igual que hay libros que se tienen más que se leen, debo confesar que la cuantiosa discografía de Prince que llegué a acumular (como una docena de vinilos, todos prácticamente desde For you hasta ese Come) no es que hayan sido reproducidos muchas veces. De hecho, cosa que sí soy capaz de hacer con Ok Computer, Behaviour, o Coexist o Modern vampires of the city, ni siquiera de aquellos que más me gustan soy capaz de recitar un track-list que ampare más de cinco o seis canciones, y, tramposo de mí, la mayoría suelen ser singles que, a estas alturas, están más que desgastados por su omnipresencia en esas depresivas emisoras de radio que enfocan sus audiencias hacia décadas musicales. No es que las oiga, pero sé que las ponen y esa seguridad ya obra en mí ese pernicioso efecto. ¿Hace falta oir más veces Kiss, Purple rain o Little red Corvette? Cruel decirlo así: Prince empezó, con su ridículo bigote chicano, a ser una especie de Jimi Hendrix que no había muerto, luego parecía ser un Michael Jackson que no iba a morir, y ahora parece una personalidad inofensiva, una especie de artista agarrado a un día de la marmota musical que consiste en eso, funk, pop, rock, baladas sensuales, algún detalle experimental casi siempre indigesto, todo ello resultado de eso tan calamariano que es la incontinencia creativa (sin la compensación de un criterio de selección de calidad). Prince es respetable por los clásicos que dejó atrás, algunos no tan conocidos pero que no voy a insistir mucho en revisitar: muchos me parecen endeblemente producidos, el tiempo no les ha hecho un favor para nada. No deseo que deje de publicar si eso es lo que le place y si encuentra gente que responda a sus cada vez más endebles estímulos. Pero su momento queda tan atrás que no he sido capaz ni de encontrar una grabación decente en Youtube de lo que mejor recuerdo me dejó de toda su carrera: su soberbia interpretación de When u were mine en el concierto de Dortmund en 1988. Sí, demasiado lejos.

http://v.youku.com/v_show/id_XNDQ3OTQ5NzA4.html

minuto 27, o por ahí, para quien tenga paciencia
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