diumenge, 13 de maig de 2012

LO JUSTO Y NECESARIO

Debería llevar una de esas libretitas y un bolígrafo. No una de esas caras Moleskine, las que lleva la gente chic que apunta cosas a porrillo. Las ideas que se les ocurren, los detalles que les impactan. No, yo no quiero ésas. Una sencillita, de espiral, tapa delantera azul marino, tapa trasera gris reciclaje, marca Guerrero, o Miquelrius. Entonces me hubiera apuntado el nombre de un síndrome que leí el otro día. Que consistía en que, en una discusión prolongada, fuera el que fuera el tema, conforme ésta avanzaba, se acababa llegando en algún punto a usar una analogía o una referencia al nazismo, para ejemplificar cualquier cosa; la crueldad, la obediencia debida, el totalitarismo, la imposición de una opinión contra toda razón. Si hubiese llevado la libretita, lo hubiese apuntado y, muy convencido, lo diría ahora, y todo quedaría documentado y justificado y entonces, joder Francesc, qué cosas curiosas sabes. También hubiera apuntado los nombres de los héroes partisanos que Germán quiso identificar en su foto de Praga, hace ya semanas, y los hubiera cotejado con otros dos que rondan ahora mi cabeza. Menudo ego para arriba con esas dos cosas. En fin.
Ay, Europa. Cómo está aún de presente el nazismo en nuestra historia, que pareja indisoluble hacen las palabras barbarie y nazi. Y a la vez, qué memoria más nefasta y selectiva. Europa entregada a lo que dictamine Alemania con su industria exportadora, con su capacidad de trabajo, con su disciplina y su férreo proceder, con su poderío económico. Como si un gran porcentaje de alemanes de 30 a 40 años pudiesen negar categóricamente que las manos de sus abuelos, que les acariciaron de niños, no fueron las de hombres que confeccionaron listas de prisioneros, o blandieron porras, o Lugers, 70 años atrás. Cambiaron la historia, mostraron suficiente arrepentimiento para convencer, se comportaron como buenos chicos, y el viento racheado del olvido hizo el resto. Eso, y que si los juicios de Nuremberg hubiesen ido hasta el fondo del asunto, hasta averiguar el último de los alemanes que por activa o pasiva apoyó el nazismo, el país entero hubiese sido una inmensa cárcel.
Muy pocas veces uno abre un libro y, antes de la décima página, ya se encuentra entregado a la fantasía malsana de imaginar las frases iniciales de su reseña. Debería estar reconocido como enfermedad. Pero es lo que digo arriba: a los europeos las historias de la segunda guerra mundial nos vienen a parecer las historias más puras de buenos contra malos. Mejores que la ficción. Sobre todo malos: no hay duda con los nazis, no les damos cuartel y, si hay tres o cuatro años en los que los ecos de una última película con ellos de protagonistas (La vida es bella, El pianista, Walkiria, La lista de Schindler, El niño del pijama de rayas...) parecen ir a apagarse, ahí está Malditos bastardos para reavivar la llama, aunque sea con cierta sorna. Nos gusta: no hay nadie más objetivamente malvado que un tipo con un brazalete rojo y una gorra de plato. Pero no caigamos en la trampa de caricaturizarlo: esa maldad envió a millones de personas a la muerte. A pesar de eso, el 7% de los griegos que votan, parecen no enterarse. Hasta ahí nos lleva nuestra desorientación. Ya es casual que lea este libro justo estos días. Bueno, uno puede no creer en las casualidades. No hay que creer en ellas así como así.

HHhH es un libro magnífico por muchos motivos. Primero, porque es inesperado encontrarse con un buen libro contemporáneo de un autor francés, exceptuando a Houellebecq. Segundo, porque mezcla impensablemente tres géneros: la novela metaliteraria (el diario del propio escritor avanzando en su trabajo), la ficción histórica (la necesaria licencia de conjeturar situaciones, detalles, diálogos, para ajustarlos a la necesidad del hilo narrativo), y la pura crónica. Diría que Binet sale particularmente vencedor en los dos últimos, y las pocas voces críticas que he leído es donde le atacan. Que está hablando de los acontecimientos capitales del siglo XX en Europa y habla de sus parejas y sus desengaños amorosos. Puede que a un purista absoluta ello le parezca una banalización. Yo no soy tan serio: Cercas también juega con hechos graves y luctuosos y a veces se necesita un cierto contrapeso. Porque la gravedad y el respeto hacia el devenir de las dos historias, la que lleva mayúsculas y la que no, se mantienen incólumes. Uno comprende perfectamente que el nazismo, antes del holocausto, ya era un régimen basado en la crueldad y en el asesinato. En la más subterránea intriga política. Y los hechos que expone Binet hacen que uno aprenda, o, como mínimo, rememore cosas que no hay que olvidar. Sé por lo menos de dos lectores de aquí que aullarán con HHhH: sin misterios, 6Q y Germán; por distintos motivos, que alcanzo a conocer vuestras filias, ésta es una novela que no os dejará alejaros de ella durante un buen rato. Tercero: a pesar de que todos conocemos más o menos los desenlaces trágicos que todas las historias de la WWII acaban teniendo, la novela sostiene el suspense, mantiene el vilo, pues aún conociendo el desenlace, los detalles, las especulaciones, nos atrapan. Pero aquí me escoraré ideológicamente hablando: sí es absolutamente necesario que recordemos a menudo lo que representó el nazismo, Y HHhH actúa como los apuntes de historia que olvidamos en el trastero (o tiramos a la basura) cuando aprobamos la asignatura. Regímenes políticos basados en la destrucción física del rival, en la manipulación, en la crueldad y la injusticia. Pero que trepan al poder, y una vez allí instalados, no sacian jamás su insana voracidad. La Alemania nazi, no sólo la individualizada en Hitler como encarnación del mal : la de sus lugartenientes, la de los colaboracionistas en los países invadidos o anexionados; no está tan lejos, ni en el tiempo, ni en el espacio. Es el momento de no fiarse, para nada, y HHhH nos lo recuerda.

3 comentaris:

  1. Coincido contigo en eso de no fiarse. Más que nada tomando en cuenta que cuando muerde la crisis, es común que se llame heroicamente a defender una supuesta identidad. Ahora mismo es madrugada y escribo un poco apresurado, pero se podría trazar una línea "moderna" desde la niña de Rajoy hasta la Aurora Dorada griega. En ambos casos, la identidad está amenazada por los "otros". No importa si "los otros" son extranjeros, o de otro credo religioso, o portadores de varicela... Son simplemente "los otros" y son La Amenaza.
    La inercia del miedo y del poder hace que se muevan todo tipo de personas. Tu hablas del nazismo y sus colaboradores, yo te nombro a la Judenrath y su papel en el Ghetto de Varsovia.
    No, no es el miedo lo que los mueve. Los mueve el poder y el situarse un escalón por encima de los demás.
    En Argentina, hasta los mozos (camareros) de los cafés delataban a los militantes o a los estudiantes que se reunían.
    Como está escrito en el cuarto álbum de Los Redondos (grupo de rock argentino) "Tratando de lucirse, un chancho puede comer jamón".
    Voy a por el libro.
    Gracias Francesc,
    buenas noches.

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    1. Es el instinto gregario elevado a su máxima expresión. Nuestra comunidad no puede ser amenazada por individuos, sino por otras comunidades. Las identificamos y vamos a por ellas. Hay que andar muy alerta; un motivo más de mi insano proyecto de agrandar esto como sea; el encuentro de la máxima diversidad. Estamos muy planos, nadie me insulta tan siquiera.
      Saludos, Germán.

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  2. Sobre el libro, si no lo localizas en bibliotecas cercanas, igual está más cerca de lo que crees.

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