dimarts, 21 de febrer de 2012

ABUELOS EN EL PARQUE

Alguien ha hecho una llamada desde las altas instancias. Que si los franceses son felices riéndose de deportistas y políticos patrios no pasa nada. A encajarlo con elegancia y sin rechistar. Que Sarkozy se ha presentado a la reelección y los ocho puntos de desventaja que le dan las encuestas son plenamente enjugables. Que si al final los socialistas recuperan el poder en Francia ya veremos cómo se lleva la cosa.
Por lo que yo decreto unilateralmente un par de jornadas francesas : aunque sea para revelar mis carencias, que no son otras que tener una argamasa difícilmente discernible en su conjunto, que ampara la Nouvelle Vague, el existencialismo, la guerra de Argel, los cantautores, autores acanallados, artistas pluri o multidisciplinares... Vian, Gainsbourg, Ferré, Moustaki, Sartre, Truffaut, Trintignant, Camus. La segunda jornada de ese par, posiblemente ya ha llegado: en un giro a la Star Wars diré que la segunda jornada estaría en esas fechas en las que leí sobreexcitado El mapa y el territorio y proclamé, lo cual de paso confirmo, que Houellebecq es uno de los tres mejores escritores vivos, sin que ahora mismo vea el motivo de no decir que es el mejor, pues no me vienen a la cabeza quienes podrían ser los otros dos.
Consigo en la biblioteca una flamante edición de El extranjero de Albert Camus, libro por el cual debo sentir curiosidad desde hace unas tres décadas, desde que en un aula de instituto algún profesor de literatura puede que lo describiese, debió describirlo y eso caló en mí, bien como una obra polémica, bien como un hito fundacional de alguna corriente, por la cual otras obras encontrarían camino por el que discurrir. El libro dispone de buenas ilustraciones por parte de un dibujante vasco, que van acompañando el devenir de la acción.
Elijo un momento extraño para leerlo: domingo, nublado, hace frío barcelonés en el parque (ese frío húmedo del que es imposible escapar cuando estás un rato quieto). Mi hijo con sus amigos mitigando el parón liguero, yo en un banco de piedra rodeado de extraños socios itinerantes. Una pareja leyendo, ella la prensa, él un libro que no identifico, también con el sello de la biblioteca del barrio, separados por unos ocho metros (me siento justo entre ellos sin el mínimo indicio de que gente tan lejana no solo física sin espiritualmente pueda tener un hijo en común pero es así: luego ella se acerca y le abraza en una especie de maniobra compensatoria). Más tarde, una mujer de mediana edad que lee un libro de la editorial Libros del asteroide, reconocible por sus portadas. Luego otra que lee El país. Especulo mentalmente si las cinco personas que hemos coincidido somos una muestra real del espectro cultural patrio : todos leyendo, dos periódicos (los dos El país, simpatizante con la izquierda o con lo que vaya usted a saber que es la izquierda en España) y tres libros. Finalmente, quien tomará asiento a mi derecha, a una distancia que no dudo en considerar por debajo de lo formalmente aceptable para respetar el espacio vital es una anciana de unos 80 años, que, sola, observa cómo los niños más pequeños juegan, dirigiéndose a todos ellos con pretendida familiaridad, que las respectivas madres acogen con cierta frialdad. Estos son los tiempos que corren.
La anciana pensará que soy un sociópata: me separo disimuladamente hasta la distancia que considero confortable, y, ensimismado en mi lectura, no le hago gran caso; en apenas una hora ya he superado los dos tercios del libro, y leyendo lo que, gracias a la profusión de ilustraciones, debe parecerle un cómic (un tebeo). No me apetece iniciar una conversación. Quiero terminar el libro.
No es que el libro me parezca para tanto. Al final lo acabo en no más de una hora y media. Camus y El extranjero. Hace treinta años hubiera esperado una experiencia iniciática tras cerrar sus páginas. Una transformación más o menos radical de mi forma de ver la vida. Pero no. En el epílogo de Vargas Llosa, que leo precipitadamente pues tiendo a tener muy presente la extraña opción política que tomó Vargas Llosa, algo se apunta sobre que no es el libro en sí, sino una determinada reseña que escribió Sartre, lo que le encumbró a su condición mítica. Yo estoy ahí, justo en el entorno antagónico al bañador y la piscina de cuando leí El túnel de Sabato. Pero con una sensación parecida. Que los críticos, no los aficionados, los críticos de verdad, los que se fotografían fumando en pipa, delante de estanterías abarrotadas de libros desordenados de todas las condiciones, esos críticos disfrutan buscando los significados ocultos en obras así. El sentido de la vida y de la muerte. Como dice Ronny : soy la vida y la muerte de la grandeza. Pues bien, esos críticos que son conscientes de su repercusión vieron todas esas ramificaciones y esas subtramas, situadas en su época (los primeros años 40, con Francia ocupada por los nazis y Europa en guerra), y las vieron como aquellos que oímos, claramente, demasiada música, esos que detectamos los bajos subsónicos, las frecuencias que apenas flotan en el ambiente y asustan a los animales tanto como nos fascinan a nosotros. Pero yo no debo haber hecho méritos para alcanzar esa naturaleza en lo literario. A mí El extranjero me acaba pareciendo una historia absurda y poco creíble de un individuo al que la apatía derrota, de antemano, todos los días. De alguien que elije entre solo, solitario y aislado, como opciones de existencia. Al que, como mucho, su defensa, legítima, pero ingenua, de su individualidad, de la toma casi involuntaria de decisiones, aboca al azar y a las monedas que muestran el lado equivocado. Y tampoco veo que esté tan bien escrita.

Próxima parada: casi segura: Las correcciones, de Jonathan Franzen.


2 comentaris:

  1. Los críticos, para mí, figuran como escritores frustrados, en su mayoría, claro. Siempre hay excepciones. Por allí debe haber algún sensible, no un crítico sino un buen lector, un incansable pensador que sepa sintonizarse con el libro de turno para encontrar todos sus cómos y por qués.
    Saludos, Francesc.

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    1. Tenía este comentario sin responder !!
      Escritores frustrados, y músicos frustrados. Y muchos críticos de hecho son críticos frustrados. Lo cierto es que ser usuario es muy fácil: que hagan otros, yo ya opinaré. Se ha convertido en un modus vivendi para mucha gente. Lo que pasa es que a la gran mayoría le fascinan dos cosas ; el relativo atrevimiento de quien despedaza la obra de los demás sin considerar ilusiones ni esfuerzos puestos en ella y, peor todavía, ese momento tenebroso en que al criticado se le hiela la expresión cuando oye una crítica particularmente demoledora. Supongo que muchos retorcidos lo asocian con la cara que uno tiene cuando recibe una bala. La manada humana. El hombre es un lobo para el hombre.

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