dimecres, 22 de febrer de 2012

LO INCOMODO

Els amics de les arts : les espera la empresa de papá para cuando se harten de la música??
Me siento realmente mal, hace unos días, cuando he de reconocer, frente a un post en johnself.blogspot.com, mi escaso conocimiento, y menor reconocimiento de cierta generación de cantautores en catalán. Los de aquella generación de los 60 y los 70 que protestaban , guitarra en mano, contra el régimen imperante. Que sufrían la censura y tenían que ir a París a dar conciertos multitudinarios. Me invade la sensación de que he perdido una parte importante de la historia musical del país en el que vivo, y que no tengo ninguna explicación coherente que lo justifique. Como mucho, que estaba con los Sex Pistols. O con los Jam.

El hecho es que mi canción favorita de Serrat es Mediterráneo, que es una bossanova (que niegue Serrat que Wave de Jobim no está presente en la mente de quien crea esos arreglos, de quien incorpora esa flauta, de quien mete ese clavicordio). Mediterráneo, como el mar de Sitges del sábado.

El hecho es que mi canción favorita de los Antònia Font es Bambú, que es como una canción de cuna para los fondos abisales, que no es de esta tierra porque es del mar.

El hecho es que mi canción favorita de los Manel es Gent normal, que es una versión de una canción de Pulp, puro brit-pop que se mediterraniza incorporando un ukelele, instrumento hawaiano. Hawaiano, como las localizaciones de la película de Clooney, también, del sábado. 

Parece que el ukelele de marras deja su impronta en ese libro de estilo del nuevo pop catalán. Que es una frontera que separa lo oficial de lo underground. Una excentricidad (aunque se disfrace de recurso estilístico) que algunos encuentran excesiva. Si encuentran excesivo un ukelele qué pueden decir de Pascal Comelade.
Me pasa con la música de mi tierra lo inconfesable: soy un hijoputa crítico que prefiere ignorar lo que se dice en las canciones. Que dáme crack y sexo anal de The future de Leonard Cohen me da lo mismo que Chernobyl, Harrisburg en Radioactivity, versión actualizada de Kraftwerk. Palabras al servicio de un sonido, palabras que tienen que sonar bien en el contexto de la música, y a mí me da igual, casi siempre, qué pretendan decir. Y esa exigencia mía, desnuda las canciones de esos lánguidos cantautores de su significado, y, debajo, sólo me encuentro insulsas guitarras y baterías de mero acompañamiento. Soy un yonki del sonido, chicos, deberíais saberlo a estas alturas. Cruel y desigual es mi juicio, entonces, pues aunque hago lo posible, acabo pensando que un grupo recuerda vagamente a otro que también recordaba, más claramente a un primero, y, como en Contagio, he de encontrar el día 1 y el paciente 0, ver si el original merecía la pena para tanta repercusión (y tanto grupo optando por nombres casuales y tanto estudiante aburrido de carreras humanísticas que eleva a carrera musical cuatro líneas escritas bajo la influencia de una tarde de cerveza y porros). Y para tanto aprovechado corriendo a hacerse mánager y a organizar conciertos y poco menos que a decir que Barcelona ya es Londres y Sabadell es Sheffield. Porque si Sabadell es Sheffield, Manchester sólo puede estar en Castelldefels.


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