dilluns, 20 de febrer de 2012

LA PLAYA DE LOS TRES CISNES

Las cuatro y media de la tarde de un sábado de febrero. Tardes que se van alargando conforme nos acercamos a la primavera. Tardes de este Mediterráneo que baña países en situaciones críticas.
Hace justo siete días nadie pensaba, en la primavera. Pisando escarcha helada sobre el césped artificial, en lo único que se podía pensar era en el frío inmisericorde y en el tiempo que faltaba para que el partido terminase. Mi hijo Gerard procuraba no enterarse corriendo arriba y abajo.
Pero, ayer, esa primavera ya se respiraba, porque estábamos en Sitges, era Carnaval, y el día se alargaba y el termómetro alcanzaba los 15 grados. Tres cisnes, tres cisnes blancos, porque toda poesía es poca, estaban en la playa rodeados de gente, de niños y no tan niños, todos observando un respeto mutuo, un respeto de sonrisas obnubiladas porque estamos en una zona donde las aves sólo son noticia cuando son extrañas y están vivas. Para los que me leen desde lejos, Sitges es una pequeña ciudad costera a unos 35 kilómetros de Barcelona. Bonita como pocas, es relativamente famosa por ser un activo punto de encuentro de la comunidad gay.
Su encanto como lugar para vivir, junto a un clima muy benévolo, han motivado también que mucha gente haya acudido a vivir, en su mayoría, por lo elevado de los precios allí, familias de clase media alta y de corte conservador, que no ven con muy buenos ojos la presencia de una comunidad gay tan activa e influyente. Las familias han ocupado las caras urbanizaciones de las afueras, los gays ocupan el casco antiguo. Conviven, pero apenas interactúan.

Tras el fiasco de Sons of anarchy me desoriento: decido ver una película, cosa inusual últimamente. Elijo Los descendientes, cuyas críticas son bastante buenas. Me cae bien George Clooney (a mi esposa le cae mejor), me gustó mucho la única película que vi de su director (Sideways).
Ver películas así le da cierto sentido al cine. Apenas dos horas en las que se cuenta una historia, con su progresión y sus momentos clave. Le quitaría dos minutos de momentos algo lacrimógenos, pero muy buena película, muy buena música. Después de las playas de Sitges, el reportaje encubierto de las islas Hawaii que es la película (como Sideways parecía un reportaje encubierto de los viñedos del estado de California) era un goce para los sentidos. Y la música, emotiva, ininteligible en lenguas autóctonas, las guitarras con esa especie de perezosa melancolía. Espero que algún día se reconozca a George Clooney su condición de gran actor y su capacidad de resultar cómico simplemente por un matiz de su expresión facial. Espero que alguien recuerde en cinco años lo que digo ahora : Shailene Woodley será la próxima Scarlett Johanson o la próxima Natalie Portman, joven actriz de belleza esplendorosa y ojos almendrados, perfecta en su papel de rebelde tardoadolescente cuya rebeldía, progresivamente, se entiende y justifica. Toda una elegía contra las estupideces de la vida occidental (la que aliena y saca de casa al varón en busca de dinero, dando la espalda a pareja e hijos), pocas películas me han gustado tanto y me han mantenido tan atento con tan poca cosa: unas playas, una familia algo desestructurada, y una guitarra punteando las imágenes.


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