dilluns, 24 d’octubre de 2011

LA SINFONIA DEL NUEVO MUNDO

Existe una gran unanimidad en lo de despojar todos los nuevos movimientos globales de la posibilidad de ser asociados a una cara o un individuo, como si eso lo debilitara a costa de condicionarlo a la vulnerabilidad de un ser humano.
Sólo algunos recuerdan la cara de Julian Assange, y es justo a costa de los escándalos que se han ido generando en torno a su persona.
Será difícil saber quien empuñaba el arma que finalmente acabó con la vida de Gadafi. Gadafi ha muerto sin que yo pueda averiguar si su nombre va con una o dos d. 
La plataforma ATTAC, @spanishrevolution, y otros, son organizaciones, y dudo que se les pueda atribuir ese nombre, que han huido de conscientemente de estar asociadas a un liderazgo visible, a todo lo que sea más de un mero portavoz. Puede que tengan presente que es mucho más difícil corromper a un colectivo que a un individuo. Creencia respetable, pero un poco cándida. Si las cifras valen para las personas, con los grupos sólo es cuestión de multiplicar.
El caso es que frente a esa especie de tendencia global que ensalza el anonimato, que es como la argamasa que cohesiona al colectivo, y el colectivo, que dispone de una fuerza, concepto que, aunque pueda recordar Fuenteovejuna y turbas enloquecidas ejecutando sumarísimamente, es comúnmente aceptado como bueno y deseable, resulta que yo voy encontrándome por todas partes muestras de justo lo contrario. El espíritu individual me rodea y tropieza conmigo doquiera que voy. Cosa que no me da miedo: un individuo es asequible, puedes estar de buen día o tener suerte. Enfréntate a una masa cabreada y ya me dirás.
Lo que me preocupa más es que al lado de la individualidad está a veces la soledad.
Soledad que es colindante con sensaciones muy dispares. Ensimismamiento, anacoretismo, genialidad, extrañamiento, aislamiento, autonomía, independencia, se supone que coherencia. 
Todos los libros de Houellebecq (la lectura de los dos libros que aquí muestro me permitirá desde hoy afirmar categóricamente haber leído toda su producción publicada), incluso los ensayos, hablan de individuos que combinan su existencia con otros pero que, por las circunstancias que sea, algunas de ellas sumamente trágicas, avanzan, a veces, acompañados, pero siempre acaban solos.
Monzó se autodefine como un sociópata amable. No dice esas palabras exactas, pero sí argumenta que, sin molestarle la gente, necesita de la soledad. Sobre todo para el trabajo, claro, pero en el caso de Monzó, y esto sí que se dice, como observador y notario del universo, averigua cuándo trabaja y cuándo no. Habla de Sergi Pàmies en términos de amistad, con períodos de 8 o 10 meses sin apenas establecer contacto.

Cómo llamarían a eso los japoneses tras bautizar a los hikikomori ?.

Un nuevo mundo ha nacido desde el cual alguien puede crear y crear, y alzarse a la cúspide no coronada de los creadores, sólo con un ordenador y un ADSL. Música, literatura, pintura. Ya no es necesaria la interacción, puede que una nueva corriente surja que diga que no es que sea necesaria, que es perniciosa y hay que evitarla con tal de preservar la pureza del creador nato al cual la influencia externa sólo puede perturbar.
El otro día oí esta canción en una tienda.


Al rato pensé que ya no me acordaba en absoluto si Deerhunter era un grupo o un dúo o un solo individuo emitiendo para el universo desde la misma mesa donde había estudiado educación secundaria. No tenía ni idea, peor, no sentía arrepentimiento, no veía la necesidad. Puedo haber escrito sobre Marc Almond, al que ahora escucho distraídamente, conociendo detalles de su vida, pero no echo de menos esos detalles sobre Deerhunter... aunque me gusten, también mucho. Estos nuevos tiempos nos han despojado de ciertos placeres, no siempre límpidos, los desprendidos de la posesión y el atesoramiento de los objetos, la creación de iconos en qué reflejarnos o proyectarnos, sea para seguir sus pasos o aprender de sus errores. Sí, creemos en los colectivos pero queremos talento de individuos, pero sólo esa fórmula magistral del talento. Me da igual si eres alto o bajo. Muéstrame tu obra, intenta cobrarme por ella (que yo ya haré lo posible por evitar pagarte), intenta vivir de ello, y déjame en paz.



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