dimecres, 5 de gener de 2011

EN SERIE, EN SERIO

1989. Verano del amor. House de Detroit ( el de verdad, no la porquería de ahora ) reinando en las pistas de todo el mundo. Drogas sintéticas. Discotecas que empiezan a vender más agua embotellada que licores. La palabra acid que empieza a tener implicaciones variadas. Ropa de colores chillones. Smiley. Madchester. Ibiza. Strings of life. Kevin Saunderson, Derrick May, Reese, Santonio, Todd Terry, Ten City, Blaze. Los Happy Mondays, los Stone Roses, Paul Oakenfold. Technique de New Order. Kraftwerk en los altares, al lado de Depeche Mode y la Yellow Magic Orchestra. La gran mayoría de los que estuvieron no se acuerdan mucho. 

Años más tarde (2, 3 ), el movimiento generado empezaba a ser procesado por las grandes corporaciones industriales del ocio como algo de más alcance que una simple moda. Como Renton explica en Trainspotting, las drogas habían cambiado. Las pastillas generaban bajones ( comedown ) dónde uno no se tenía en pie. Los mastodónticos bajos quedaban adheridos al estómago, las líneas de 303 y 808 a las orejas. La sociedad británica, que estrictamente hablando no había parido el movimiento, sí lo había alimentado y criado. Empieza a surgir el oportunismo en la corriente musical, un oportunismo efectivo pero conceptualmente nefasto ( The Prodigy, The Shamen ) y, lo que es peor, o aquí a todos debe parecernos peor, creativamente nulo. Los Pulp, éstos sí eran buenos, documentan el impacto social del movimiento ( ya no es sólo house, son las raves, el DJ como chamán, las autopistas adyacentes a Londres ) incluyendo en su emblemático A different class la toma en vivo de esta canción que habla de camellos, de drogas, de subidas y bajones.


Entonces la gente empieza a prestar atención a lo que se hace cuando, extenuado, abandonas el club y buscas un acompañamiento adecuado para el bajón.
En esa época José Padilla es un DJ relativamente desconocido que tiene un garito en un promontorio en la bahía de Sant Antoni en la isla blanca. Desde el promontorio su orientación permite ver épicas puestas de sol, que Padilla, que tiene mucha música y un gusto exquisito, adereza pinchando, con salvaje y desinhibido eclecticismo, todo tipo de  temas - desde clásica hasta bandas sonoras, hasta jazz o brasileña, hasta lo último que haya surgido. El ritmo es tranquilo y perezoso, pero eso no significa aburrido. Se quiere que la gente comprenda el sonido, la elección, la forma, el sentido que tiene cada tema que está sonando.  El garito se llama Café del Mar. Los veraneantes que acuden al desfase de la isla, empiezan a publicitar lo adecuado del invento. Allí se reúnen desde familias de residentes, hasta estudiantes, a los que se unen hordas de post y pre-clubbers. Puedes beber un zumo, un agua o una cerveza, nadie te molesta. Puedes estar sentado solo mirando al horizonte. Puedes hablar con tu pareja o con tus amigos. Podéis estar todos callados escuchando. O con los ojos cerrados. La comunión del público, el emplazamiento, y el sonido es pura magia. Magia como no la ha habido hasta entonces. La música es omnipresente, siempre adecuada, la mano y el respeto de Padilla por lo que pincha salen por cada poro. Alguien, británico supongo, bautiza a eso como chill out. Este instrumental de Massive Attack lo oí por primera vez ahí. Como en un ceremonial, el tema estrella, la cúspide, coincidía con ese momento en que el último rayo de sol se oculta tras el mar en el horizonte.


Años más tarde, pero no tantos. Hoy el chill out es otro término fagocitado por la industria y el consumismo. Los bares ya no tienen terraza sino zona chill out dónde todo se reduce a poner cualquier tipo de música suave y relajada ( y ésta sí es aburrida ), no debe molestar ni distraer, con que acompañe y no haya estridencias es suficiente. Hasta cuando ha sido rentable editar discos, la etiqueta chill out se ha usado para empaquetar ( y etiquetar y vender y cobrar, claro, cómo no ) auténticas porquerías y ofrecerlas ( la palabra "borrego" vuelve a merodear por aquí ) al gran público, ávido de reproducir sensaciones. Cualquier canción tiene su versión chill out a base de bajarle el ritmo y pagar a cuatro músicos para darle un arreglo relajado, a medida. Pero no es lo mismo, nunca lo será. Una vez más el markéting se lo ha cargado todo. Ya da igual que la música haya perdido la centralidad. Sofá, zumito, y música ( lo que sea ) flojita y suave. Ven, consume, paga y véte. Chill out, como aloe vera, otra etiqueta. Imaginaos a un servidor, que vio este proceso y pensó, en 1992, que esto triunfaría. Imaginaos mi hartazgo ( palabra que me suena a castellano rancio, y que me recuerda lo impresentable que soy por llevar tanto tiempo sin una entrada en mi catalán natal ) viendo lo adocenado, lo lejos de ese ideal que se ha desplazado todo. Ahora debo soportar empanaos que dicen que Sade ( a la que respeto ) es la reina del chill out. O ese engendro llamado Chambao. Lo siento por este acceso de incontenido lirismo tan impropio del trozo de carne con ojos que soy, pero la música ( y alguna cosa bastante más inconfesable ) es el motor de este blog. Quien se cisca en ella a cambio de dinero se ha ganado, por lo menos, un enemigo. Avisados estáis.

Y mañana os hablaré, casi seguro, de Viaje a Darjeeling

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