dimecres, 2 de juliol de 2014

EL FINAL ALTERNATIVO

"Es mejor llevar a la gente a oír música donde podamos controlarlos"

Treme. No sabría decir muy bien de qué trata. Sé que he acabado los raquíticos (HBO no permitió más que eso a sus productores) cinco capítulos de su cuarta y última temporada, y sé que los he acabado muy consciente de que no iba a haber finales al uso. Demasiado coral, demasiado a espaldas de los esquemas narrativos a que estamos habituados.
Una muerte de alguien que ya sabíamos que estaba muy enfermo.
Un pequeño oasis de justicia en medio del océano de injusticia que es el capitalismo. Que es, además, un conato de redención.
Y eso es lo más cercano a conclusiones. 
Pero es que las series de David Simon son la vida: y la vida continua, oigan.
Y por eso mismo ver Treme es imprescindible. Con sus lagunas de inacción y su abuso de los footage en vivo de clubs (curioso: la gran mayoría de la música que sale en la serie a mí no me dice nada), pero con todo lo que ello acarrea. Estamos presenciando la vida real de una serie de gente en una ciudad asolada por una desgracia como el Katrina. De hecho, la presencia del huracán solo aflora en la última temporada porque se han conservado los títulos de crédito.
Ateniéndome a la frase que inaugura este post, podría decir que Treme es otra pista más de que la sociedad americana se sustenta sobre todo en una escrupulosa aplicación de la justicia y el control. Músicos, sí, público, sí, cerveza, sí, pero dentro de un ámbito. El control previsto sobre el proyectado Centro Nacional del Jazz es lo mismo que el Hamsterdam de The Wire. Controlemos a los malos y alejémoslos de los demás. Como las Reservas Indias, ya que hablamos. 
Quizás, pero sería demasiado ya concebir una Trilogía de los desastres de tres grandes ciudades americanas, David Simon pose sus ojos en Detroit, ciudad de edificios fantasmas, y construya una trama basada en los grandes íconos del techno y en cómo presenciaron su hundimiento. Rezaré por ello, aunque sé que no. Lo que no sé es por cuánto tiempo se sustentará David Simon de producir extraordinarias series que hacen babear a la crítica y a cierto público por su deslumbrante calidad y su capacidad de trascender el espectáculo televisivo pero que no consiguen esa masa crítica de seguidores que garantiza repercusión. Como la violinista que necesita que su música suene suya, pero acaba cediendo parcialmente a los dictados de la industria. Supongo que es aquello de la total confianza en lo que se hace y la apuesta por el largo plazo. Pero da miedo. Porque si The Wire ya era difícil de catalogar porque había temporadas que tardaban en arrancar, hay que decir que aún conservaba esa reconocible condición de serie policíaca o serie sobre bandas de narcos o serie sobre mafias. Treme, ni eso. 
Y sigo pensando que todos los que leen esto deberían verla.

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