dilluns, 12 de novembre de 2012

FOTOGRAMAS

-Llame a algún científico para que vea esto.
-Tendrá que ser de Madrid. A todos los de aquí los han fusilado esta mañana.
-Mierda.
-Lo ha ordenado usted.
-Ya lo sé. Joder. Lárguese, búsquelo, aunque sea un estudiante de último curso. Alguien habrá de tener una explicación.

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Traían preparado una especie de puntal para tirar la puerta abajo. Pero el de seguridad de la entrada corrió a abrirles sin ofrecer oposición.

-Miren.
Les enseñó una pequeña bandera española adherida a la empuñadura de la porra. Ya le dijo a su mujer que, cualquier día, una de esas cosas le ahorrarían algún problema.
-Ya.
-Soy compañero. De los suyos. Ya tardaban.
-Ya tardábamos, sí. Acompáñenos, sin hacer demasiado ruido.
-A la orden.
-No me diga a la orden. Vamos a la sala de archivos de vídeo.
-¿No van a tomar el estudio principal?. Está lleno - se quedó un rato pensando - lleno de enemigos.
-No. No ahora.

Se puso a andar al lado de los militares; intentó hacerlo como creía recordar que era, o sea, a la derecha, un par de pasos atrás. Aunque por las caras de los tipos empezaba a pensar que estaban bastante poco por formalidades. Iban a lo suyo. Y él, pensando a su lado, por ejemplo, en justo como ayer bromeaba de que si al rey se le iba a dislocar el hombro de firmar sentencias de muerte, que si ya veo los tanques, no, es mi suegra. Y desde las nueve de la mañana de ese día, nada había parado. La realidad le había adelantado por la derecha, a sus bromas, a sus pesadillas, a sus elucubraciones en charlas de café o a sus alucinadas invenciones entre cervezas.

-Es esta puerta.

Los dos técnicos hicieron el ademán de levantarse, en una extraña mezcla de señal de sorpresa reciclada en el último instante a muestra de respeto (uno respeta siempre a quien lleva armas apuntando, claro).
-Hemos de ver una grabación de esta fecha.

Le tendió el papel.

-Ve. Pare la imagen.
-Sí.
-Ahí. Coño: párela otra vez.
-Sí.

Cada vez que hacía un tic, la figura de Quim Monzó se desdoblaba de la pantalla y parecía que un perfecto doble se desprendía.

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