dissabte, 17 de novembre de 2012

DOS HOMBRES Y UNA TRISTEZA

-No se ponga triste.
-Llámeme de tú. Por favor.
-Vale. Joder, alegra esa cara.
-Ya.
-Chico, pues no lo hagas, no pasa nada, ya se me ocurrirá cualquier otra cosa. Solo es que...
-¿Qué?
-Que lo veo claro contigo.
-Ya. Ya sé que quiere convencerme.
-No es eso.
-No lo tiene tan difícil, si eso le importa. Estoy medio convencido de ayudarle en esta historia.
-Pues entonces no entiendo que pongas esa cara.
-No lo entendería.

Le agarró del brazo con una pose algo paternal. Se dio cuenta de las pocas veces que le había hecho ese gesto a ninguno de sus hijos.

-¿Crees de verdad que llegué hasta aquí sin entender a la gente?
-Mire: no lo sé.
-Va. Dame cinco minutos para que te diga tus motivos.
-Si da igual.
-No.

Se acercó un poco más. Pero Jesús no reaccionó retirándose hacia atrás. Cualquiera otro lo hubiera hecho. Entonces el comisario comprendió que, de alguna manera, Jesús estaba cómodo, casi esperando una sola insistencia más, una sola, para soltarse.

-Va.
-Mire: yo estaba convencido de que la historia de las pulseras tenía algo detrás. Que los anuncios, los números de teléfono, los textos, contenían claves, códigos con los que los delincuentes se comunicaban, con los que se pasaban mensajes. Sólo me pasaba que yo era incapaz de procesar esos mensajes y pensaba que la policía lo haría. Por eso acudí a usted.

El comisario pensó que qué adecuado hubiera sido en ese momento, sacar un cigarrillo y encenderlo. Ofrecerle otro a Jesús, esperar que él declinase la invitación, y tender otro pequeño vínculo.

-Después, cuando se interesó por el tema de un modo tan entusiasta, ya pensé en todas las posibilidades: que si paquetes para transportar droga, que si materiales ilegales, que si una estafa descomunal con tal de colocar porquerías a precio de oro. Y me imaginaba que se tiraba de la cuerda más y más y todo era porque yo me había dado cuenta de algo antes que nadie.
-Bueno: nadie había acudido antes a nosotros con eso. ¿No te sirve eso?.
-No!. Nadie lo había hecho porque nadie se había fijado en tal tontería.
-Eh. Puede que aún saquemos algo si hurgamos igualmente.
-Ya. Pero lo que pretende no es hurgar. Es aprovechar mi estupidez para ganar unos cuantos meses de trabajo.
-Suena feo así: no es sólo eso.


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