diumenge, 19 d’agost de 2012

JULIAN Y LOS CHOCHITOS

Tanta guerra fría y tanto muro de Berlín. Tanta política de bloques y checkpoint Charlie y demás aparatoso aparato por el que la humanidad sufrió décadas y décadas, pendiente de teléfonos rojos y de arsenales atómicos y de agentes dobles. Bueno: al menos dio para unas cuantas buenas películas y unos cuantos libros de Le Carré y de Greene y de Solzhenitsin. Porque, visto lo visto, empiezo a llegar a la conclusión de que daba igual el bloque, que el totalitarismo campaba por doquier. Qué colosal ejemplo tenemos hoy: tres jóvenes rusas cometen el peor de los crímenes, cantar una mala canción punk en una iglesia y que su letra sea crítica con Putin. Tres chicas con cara de estudiantes de erasmus de las que se pasean estos días por Gràcia. Una de las cuales, curioso, se viste para recibir la sentencia por su terrible crimen (dos años de prisión), con una camiseta con un lema en castellano: No pasarán!, con un simbólico puño propio de insurrectos, propio de revolucionarios, propio de valientes rebeldes contra el poder religioso y capitalista, que fue, simbólicamente, lo que la URSS vino a representar para muchos durante una larga temporada. Acabada, obviamente, pero que, el que escribe, se plantea si tuvo sentido que llegará a empezar algún día. La dictadura del proletariado. Ya no suena bien ni como nombre de banda de rock. Rusia ya sólo se desmarca de los dictados de los mercados en su profusión de dinero negro y corruptelas y en su inexplicable alineamiento junto a China, en defensa del dictador de Siria.
Pero no pensemos que en el otro lado las cosas son diferentes. Julian Assange, al que no creo que le haga falta que a través del FB de Wikileaks se proceda a "pasar el plato" para financiar una costosa defensa jurídica, se refugia en la embajada de Ecuador (que súbitamente para mucho ignorante se pondrá en el mapa como país) y dice que de ahí no lo sacan. Los ingleses amagan por entrar a por él. Luego que no. El mundo recibe una súbita y rápida descarga de información: si lo extraditan a USA podría exponerse a la pena de muerte. A mí también me cansa Assange y su aluvión de papeles constantemente desclasificados que ya véis para que sirven. Para descubrir y corroborar lo que tantos ya sabían y sospechaban: torturas, corrupción, extrañas alianzas, crímenes, injusticias. Assange posa en las fotos de esa galeánica manera que a mi me pone tan nervioso. Fuera del centro, rodeado de sombras, canas prematuras cuidadosamente despeinadas, mirada vaga y perdida diciendo al planeta: soy un bastión de la libertad de expresión y aceptaré aquello que el destino me depare. Pues sí: un atentado contra la libertad de expresión es que intenten procesarte, pero otros luchan por esos derechos sin tanta maniobra de propaganda y sin tanta vocación de mártir. Seguramente las tres chicas rusas que armadas de bajo, guitarra y batería asaltaron la iglesia no pensaban tanto en la humanidad, pero, de momento, les va peor que a tí.
Parece que el totalitarismo también se deslocaliza.

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