dissabte, 17 de maig de 2014

EL LAPSUS

Por las amistades argentinas que frecuentan estas páginas, me hubiera gustado que el Tata Martino triunfara en el Barça. Por los propios triunfos del Barça, claro, y para empezar a confeccionar otra de esas descabelladas teorías que lo explica todo en el Universo. Pero no. Casi va a ser un descanso, visto que tres de los últimos posts de este blog han tenido relación con el fútbol, y nada más lejos de mi intención. Creo que es mejor hoy, 17 de mayo, (considerando que a mí el Mundial me la trae al pairo, excepto por el puro divertimento de ver partidos) proclamar a los cuatro vientos que me van a sentar bien esos tres meses largos hasta que la temporada 2014-2015 se ponga en marcha. Que no pondré la radio ni leeré webs de periódicos deportivos porque no tendrán más que los rollos de siempre. Especulaciones con fichajes que no me ilusionen y  bajas que me causen dolor. Hoy: el análisis de los motivos por los cuales todo ha ido mal (curioso: un gol y ese análisis sería de los motivos por los cuales todo ha ido bien). Una semana de revolcarnos por el estiércol y de acumular esperanzas de que el Atleti no se arrugue ante el Madrid. Pero, a la vez, empezando a tantear con todas las posibilidades que nos saquen de este pozo. Pues que sepáis que casi que no me apetece. Ya me he cansado: de valores y de mirarnos el ombligo y proclamar a los cuatro vientos que el mundo debe admirarnos o si no no es un mundo justo. Nos hemos divertido una temporadita, larga, sí, pero al final hemos descubierto cosas que, si las juntamos y las valoramos con objetividad, son tan terribles. Que los jugadores envejecen y dejan de ser apreciados en cuanto pierden un par de balones o dejan de superar a cinco contrarios en una sola jugada. Que cobran sumas obscenas y aun así hacen todo lo posible por esquivar al fisco. Que aunque te caigan simpáticos en lo personal te vas a cagar en todo si no son capaces de ganar los partidos en que depositas tus ilusiones. 
En el fondo, estos meses de travesía nos van a servir para acabar echando de menos el fútbol, pero hay cosas más importantes en que pensar. Pronto haré una lista.

Sirva este post como sustitución de los últimos comentarios recibidos. El mundo me apremia a que me ocupe de otras cosas. Quizás fundar una nación, quizás escribir una novela, quizás organizar algún proyecto que me lleve tan rápido y tan alto a una cúpula que acabe mareado.

6 comentaris:

  1. Estoy de acuerdo contigo Cesc. Yo soy uno de esos argentinos que mencionas. Y el fútbol está bien, da gusto ver las maravillas que pueden hacer con una pelota y con una estrategia que funciona si el rival no te plantea un esquema que prioriza el no juego. De allí a decir que es injusto perder... injusto es el hambre en Africa, y tantas otras cosas. Si uno está demasiado pendiente de lo que hacen o dejan de hacer nuestros "ídolos" futbolísticos, algo nos pasa, algo anda mal. Saludos

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    1. Muchas gracias, Josebla, veo que te has aventurado por aquí desde las aguas más civilizadas de UnLibroAlDía. En cualquier caso, aparte de la relativa decepción de los últimos resultados del equipo de mis amores, conviene relativizar las cosas: el fútbol puede ser una parte, hasta un reflejo de ciertos aspectos de la vida, pero, como dicen las mujeres, al final es un montón de señores tras una pelota, cosa que no debería tener demasiada trascendencia.

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  2. No es que hubiera decidido no intervenir en esta entrada. Más bien, me había resignado a ello; como muy bien decís, F., el mundo apremia, y también tenés razón en eso de que el fútbol no merece ocupar un lugar tan preponderante en la vida de nadie: si lo hace, en tantas vidas, es porque esas vidas están cruel y canallescamente vaciadas de otros contenidos más importantes y –ésos sí- imprescindibles. Pero no voy a hablar de política, por hoy.
    Aparece Josebla, sin embargo; lo encuentro inesperadamente, en una de esas esporádicas revisiones mías en tu blog, en busca de nuevos comentarios a viejos posts (“Epa, aquí había Cap comentari, y ahora hay 2”), y digo viejos en sentido casi periodístico: nada más viejo que la noticia de ayer. Y estoy de acuerdo con él, con Josebla, cuando acuerda con vos. En realidad, estoy de acuerdo con él en todo lo que dice en su respuesta.
    Discrepo con vos, en cambio, cuando decís estar cansado de valores (es tuya la bastardilla en este caso, y acaso la hayas empleado para enfatizar tu cansancio). De modo que me dispongo a importunarte con uno de mis megacomentarios, que quizá me obliguen –tu server lo hará, seguramente- a dividirlo en dos partes, como ha ocurrido otras veces.

    Quizá resulte difícil de entender, para quien ha sido culé desde la cuna como te sospecho. Pero me hice hincha del Barça, hace unos años, no sólo por lo que dice Josebla (“da gusto ver las maravillas que pueden hacer con una pelota”), sino por lo que pude entrever detrás de esas maravillas. Y es el momento de recordar –lo siento, paciencia...- cómo es el entorno aquí, a ese respecto.
    Para empezar por el principio: hace rato (largo) que nadie se maravilla aquí, por lo que ocurre domingo tras domingo en ninguna media hectárea verde. Se juega horrible, para decirlo sin sofisticación. Cómo no maravillarse -¿no es cierto, Josebla?- cuando se encuentra un grupo de jugadores que saben qué hacer con su esférico instrumento.
    Hasta aquí, lo obvio: uno se dispone a ver por TV un partido de fútbol... pues, para eso: para ver fútbol. Uno espera maravillarse, aunque sepa –muy profundamente- que en el fútbol argentino encontrará muy pocas oportunidades (si alguna) de hacerlo.
    Se plantea entonces la vieja paradoja: cuando uno espera sorprenderse, ¿será sorpresiva la sorpresa que encuentre?
    El Barça me sorprendió, hace cuatro, cinco años. Pero no sólo por la maravilla que cita Josebla; me sorprendió –y esa sorpresa sí que fue inesperada- por los valores detrás de aquella maravilla.
    Me sorprendió la alegría (auténtica alegría) en los festejos. Alguien dirá “Hombre, quién no se alegra en un festejo; si se festeja, es porque se está alegre”. Pues no: en Argentina es demasiado usual el “festejo” crispado, furioso, desafiante hacia el rival, casi ofensivo. Se dan casos en que el autor de un gol rechaza a los compañeros que van a abrazarlo, los aparta a empujones en la carrera para ir a mostrar su cara desencajada a la tribuna (a veces a la propia, a veces a la ajena). No hay –o no se ve- disfrute en ese rostro. Para ser del todo gráfico: allí hay 100% de “Tomá, hijo de puta”, y 0% de “Qué linda jugada hicimos, qué buena definición, qué buen equipo tenemos”. (También en Iberia hay de esto: la arrogancia, la soberbia, el gesto implícitamente despectivo hacia el adversario circunstancial o definitivamente derrotado. Sabemos a quién[es] me refiero; ninguno de ellos viste de blaugrana).

    (Las sorpresas siguen, pero en la otra mitad del comentario...)

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  3. (Continuación)
    Me sorprendió ver a un jugador descomunal (del equipo y del mundo) levantando en andas a otro monstruo –el mayor, sin dudas- luego de una enormidad inmortal en la capital del reino; habría podido envidiarlo, podría odiarlo por el inevitable eclipse casi en cada partido, podría maldecir la mala fortuna de ser contemporáneos... pero no: lo levantó, más alto que todos los demás, mientras en el rostro se le dibujaba –además de la felicidad- el muy legible “Este chaval es de otro planeta”. Hay que ser MUY grande, para hacer eso.

    Me sorprendió un ensortijado que corrió hasta el rincón del campo donde un par de jugadores (no catalanes) festejaba un gol de una manera que podría haberse considerado burlona hacia el rival; los tomó de un brazo, y los envió a la otra mitad del campo, con gesto serio.

    Me sorprendió el mismo ensortijado –aparecerá varias veces más aquí, es un fuera de serie- no bien el silbato determinó el fin del primer tiempo de un clásico de muy calientes últimos minutos, alejando y separando a los compañeros que cedían al impulso de seguir las discusiones camino al vestuario. Y nadie en su sano juicio podría atribuirle al susodicho ensortijado frialdad o poco compromiso deportivo.

    Se trata del mismo ensortijado autor –con un cabezazo épico- del gol que puso a su selección en la final de 2010, y que apenas un minuto después de terminado el partido interrumpió el festejo para acercarse a un jugador alemán todavía con la cara contra el césped, ponerse en cuclillas junto a él y apoyarle una mano en la derrotada espalda. (Aquí, en Argentina, la premisa vigente parece ser “Hay que ganarles, y pisarlos después de ganarles”).

    El mismo ensortijado que se quitó del brazo la banda de Capità, para que alzara el trofeo más importante un compañero que no mucho tiempo antes había ganado –perdón por el inevitable lugar común- el partido más importante de su vida.

    Estoy seguro, F., de que no estás cansado de estos valores. Tenés derecho a levantarte contra otras –ésas sí- tonterías, como la de exigir que un ciclo sea eterno (y no, justamente, eso: un ciclo). Quién sabe qué fue lo que te hizo renegar por un momento de “los valores”; acaso haya sido la módica injusticia -tiene razón Josebla: injusticia es el hambre- de haber perdido ante quienes no juegan tan bien. Pero sé -quiero saber- que no renunciaste a ninguna convicción.

    En una de las insoportables publicidades vinculadas con el Mundial con que nos torturan por TV a los argentinos (será igual en otros 31 países, supongo), se llega a acertar, por una vez, con una verdad de a puño: casi todo en la vida es más importante que el fútbol; pero la vida no sería igual, sin el fútbol.
    Tenemos tareas, amigo querido: fundar (o refundar) naciones, construir una casa, escribir algo perdurable, sostener –en fin- el irrenunciable proyecto de tener proyectos...

    Y otras, menores, como la de elaborar un comentario que difícilmente alguien más vaya a leer: el gadget de “Ultims comentaris” ha vuelto a estropearse.
    Vaya, entonces, como un abrazo necesariamente unipersonal.

    (Y otro para Josebla, si aparece de nuevo por aquí; y otro para Àlex, que me ha nombrado en su blog... !!!???)

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  4. Y como aquí no hay estilo que cuidar, ni urgencia que respetar, ni prestigio que proteger, me permito corregir un par de omisiones (olvidos, vamos) del bi-comentario previo:

    La mesura y la educación con que todos los jugadores formulan declaraciones públicas.

    El conmovedor (con-mo-ve-dor) gesto de aquel jugador -ya citado, sin nombrarlo, en alguna de las mitades precedentes- que se tocó la cabeza para que las cámaras lo registraran luego de convertir un gol, porque así había prometido dedicárselo a un pequeño que no podría verlo más que desde su cama de eterno convaleciente.

    El evidente cuidado de la apariencia personal de los jugadores, muy visible en el caso de la última incorporación megaestelar al primer equipo, que cambió su... cómo decirlo... su manera de acomodarse el pelo, a poco de llegar a Barcelona.

    Insisto, F.: quizá la costumbre, el hábito de vivir todos tus días tan cercano a todo esto (inédito, o casi, en estas tierras) te haga sorprender ante este largo listado de razones para explicar lo -al cabo- irracional.
    Pero es así, nomás.
    Por eso hablaba de "gratitud" (si no recuerdo mal) en un comentario mío de hace un tiempo, referido al mismo asunto.

    Bueno, ahora sí: termino aquí. Prometo.
    (No sin salvar otra omisión: un saludo a Villa, que también dijo, hace unos días, esperar mi reaparición... como si esto valiera la pena).

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    1. Soberbio. Como siempre, este Horacio se nos hace de rogar y nos condena a comentarios espaciados en el tiempo, nos niega mayor frecuencia en sus valiosas opiniones. Lo del Barça - recuerdo que me he auto-impuesto una especie de excedencia hasta el mes de agosto - no avanza por buenos caminos. Primero, el torbellino mediático en el que el club se halla inmerso, que no deja de aportar noticias siempre relacionadas con asuntos turbios de dinero. Segundo, que la cuestión deportiva da giros extraños: incapaces como somos de soportar un par de años sin títulos (temerosos de que los grandes cracks salgan huyendo al oir cantos de sirena de otros clubes más poderosos), andamos entregados a la errática política de contratar jugadores consagrados en vez de apostar por la cantera que tan buenos resultados dio. Como si no hubiéramos aprendido de la historia.Y sí, usé la cursiva (o bastardilla) en la palabra valores. La usé porque ya suena casi a broma: no podemos alardear demasiado de eso justo ahora. Sí: Puyol fue un ejemplo - un ejemplo que se va del campo- pero intuyo que porque era un jugador que sabía que un golpe de suerte (años ha estaba destinado a acabar en un equipo de segunda fila, y el traspaso se anuló de la noche a la mañana) le había convertido en la estrella que fue. Sabía que cualquier rival pasando por un mal rato ante una derrota podría haber sido él si la fortuna no le hubiera sonreído. Puyol es un ejemplo -repito, un ejemplo que se va- porque su padre, que hubiera podido disfrutar de un retiro dorado a cuenta de los sustanciosos ingresos de su hijo, prefirió seguir siendo un pagés (un agricultor) y murió aplastado por su tractor. Y no voy a pronunciarme sobre algo como pureza de los orígenes o implantación de los ideales. Demasiados ejemplos he visto de transgresión de esa utopía como para enumerarlos. La pelota volverá a rodar, cruzaremos los dedos, miraremos de reojo hacia Munich (ayer Guardiola dio otra lección de implicación con la tierra que le vio nacer), y veremos cómo sale todo. Eso sí, en agosto.

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