dimarts, 6 de març de 2012

ANTIDOTOS CONTRA EL OLVIDO

Tenía unos 11 años y salía de la escuela a las 12 del mediodía. No había de regresar hasta las 3 de la tarde, con lo que bajábamos al parque, ya solos, pues en esa época no había tantos coches ni tantos miedos. Iba al parque de la Sagrada Familia, el que queda justo delante de la entrada al templo por Sardenya. La actual, claro. En 1975 la Sagrada Familia de Barcelona no era la máquina de hacer dinero en que se ha convertido ahora. Había turistas, sí, pero no organizados en colas larguísimas, con las cámaras colgando del cuello y el dinero de la entrada preparado, delante de las taquillas. No había cientos de japoneses en autocares con el techo al sol, hipnotizados por la obra de Gaudí.
Nos sentábamos apoyados en las barandas de una pista de patinaje que ya no está allí. En su lugar han puesto, espaciados y alineados ordenadamente, una serie de pipi-canes. Ahí estábamos mis amigos del parque y yo: el Rober era uno que decía ser de familia italiana, para marcar el territorio; el Lleixà iba a mi misma escuela, un año más, tenía un montón de hermanos, que sólo podían caber en un gran piso, así que tenía una enorme habitación con varias literas alineadas en las que dormían como si fuera un cuartel; el Poli, ¿qué otro nombre se podía sacar un poco decente cuando tus padres decidían llamarte Hipólito?. Yo no tenía mote, por lo menos que supiera. 
Como nos colábamos en la obra de la Sagrada Familia, para ponernos a jugar a fútbol en una explanada (por detrás de la zona donde los albañiles trabajaban, y sin ser conscientes de que era casi como profanar el que sería más sagrado emblema de nuestra ciudad), pensábamos que eso nos convertía en unos auténticos transgresores de la ley, por lo que nos autodenominábamos la G.S.F. : los Gamberros de la Sagrada Familia. Ya que pensábamos que saltar una pared de piedra de apenas metro y medio de altura, ponerse a jugar aquel clandestino partido, y salir corriendo en cuanto aparecían los empleados de la obra, nos convertía en peligrosos muchachos a los que respetar. O amedrentar siempre al mismo crío, al que enviaban a por pan al mediodía. Amedrentarlo con tanta convicción que casi se acercaba a nosotros a que le dijésemos las cuatro tonterías y, vale, hasta mañana. De 9 a 12 éramos escolares, hasta las 2 y cuarto o así unos pendencieros para, después de comer, volver a las clases hasta las 6 de la tarde.
Entonces un día murió Franco. Los periódicos pusieron su foto en portada, las pocas cadenas de TV y radio pusieron música triste y clásica, clásica y triste, y nosotros tuvimos dos días de vacaciones, pues con once años pensamos que eran vacaciones, aunque dijeron que el país estaba de duelo. Uno no podía trabajar, o estudiar, y llorar a la vez. Lo importante esos días era llorar. Por eso pusieron una capilla ardiente en Madrid y hubo unas colas kilométricas ante las que desfilaban mujeres con velos y con el gesto desgarrado. 
Quién me diría a mí que treinta y cinco años más tarde comentaría algo parecido sobre un tipo de Corea del Norte.
Pero en mi casa nadie lloró. En muchas casas se brindó y se esbozaron sonrisas que estaban casi olvidadas. A escondidas, con la excusa preparada por si alguien calificaba ese comportamiento de poco afín al régimen. Pero las lágrimas se ahorraron para otras ocasiones.
A los pocos años yo llenaba mis carpetas de adhesivos con logos de partidos políticos. Con especial énfasis en los que llevaban la hoz y el martillo, que habían sido símbolos de terror y sordidez, y entonces parecían simplemente una imagen más, un icono de impacto que más tarde se usaría para vender camisetas. Como el Che Guevara. Como la bandera de Jamaica.
Cuando uno lee obras de la magnitud de Los girasoles ciegos, primera y única publicada por Alberto Méndez (por las fechas de edición y fallecimiento del autor, veo clara una cierta intención de testamento artístico), piensa que, por años que pasen, no hay que olvidar cosas muy importantes. Que un ejército, que tiene armas porque el pueblo se las ha dado para que le defienda, se gire en contra de un país. Que esa revuelta acabe con la muerte y el expolio de un gran número de personas y se pretenda pasar página, a costa, claro, de mantener el status quo que beneficia a los vencedores y los eterniza en su condición. Que se conserve la influencia de ese poder tomado por la fuerza para mantener una monarquía absurda.

Olvidamos demasiadas cosas porque duele recordarlas. Y ese olvido es un veneno.

6 comentaris:

  1. Por razones obvias, todo lo que cuentas me resulta familiar. Solo cambiaría en tu exposición el color de las imágenes. Especialmente de la primera, ya que los recuerdos que tengo de esa época son literalmente en blanco y negro. Quizás estarían más acertados colores desgastados tirando a sepia. Pero sigo recordándolo todo en blanco y negro. Y grises. Muchos grises.

    6Q

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    1. Bueno, el tono nostálgico me ha salido como consecuencia de la lectura del libro. Pero mis recuerdos de esos días son en colores, y bastante soleados.

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  2. Acabo de leer el principio de una novela? Porque, de alguna manera, las escenas con recuerdos del pasado, cuando las cosas no eran como hoy, "cuando mo habia tantos coches y miedos", me gustan. Luego, tras una imagen, paso a leer un párrafo informativo, una especie de resumen de noticia,una crítica y recomendación. No decaes, Francesc. Desde acá envidio sanamente tu constancia y gran manejo de palabra.
    Salut!

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    1. Gracias por el comentario, Ronny. No, no es el principio de ninguna novela. Ni autobiográfica, pues hasta hoy mi vida poco tiene de novelesco (podría cambiar, pero no creo), ni de ficción, pues soy consciente de mis numerosas limitaciones, y una que tengo clara es que no tengo ni talento ni paciencia para la creación. Siempre que imagino un personaje en torno al cual articular una trama me sale emponzoñado de trazos o situaciones reales, y así no se va a ningún sitio. Agradezco tus halagos, pero no me veo superando ese nivel : comentar lo que me gusta intentando no repetirme demasiado (lo cual seguro que cada vez consigo menos).

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  3. Muy entrañable y acertada la entrada. Una vez más: me alegra que hayas disfrutado del libro. Es especial. ¡¡Abrazos a todas!!

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    1. Gracias por pasarte !!
      Igual que con la buena música, la recomendación de un libro que te entusiasma, genera en mí oleadas de agradecimiento y satisfacción que procuro compensar.

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