dimecres, 1 de febrer de 2012

EL SUICIDIO COMERCIAL

Como si me sintiera culpable al  acabar este mes, ya que en gran parte gracias a orsai.es (o sea, al robustela de Hernán Casciari) superaré en un 50 % el número de visitas del mejor mes anterior (aunque la otra parte cabría atribuirla al trabajo que hago, ya sea escribiendo, ya sea, como ayer, perdiendo el tiempo intentando cambiar un poco el aspecto visual, aunque fuese para acabar pensando que estaba mejor antes). Como si éste hecho me llenara de un gozo inmerecido, debo someter a los lectores a un test de esfuerzo. No uno de esos de subirse a una bicicleta con unos cuantos parches fijados al cuerpo. Me refiero al test en el que uno dice que o sigue leyendo o cierra la página y se olvida de ella para siempre. No es que quiera montar un comité de selección, pero es importante saber que quien está por aquí alcanza unos mínimos de comunión colectiva.
Odio el heavy metal.
Me parece, aunque habrá otros géneros que lo superen, aunque no tienen, ni de muy lejos, su repercusión, la música más patética que existe. Basada en el volumen del sonido y en la grandilocuencia, en  una pretendida pose rebelde que acaba resultando falsa. Musicalmente es simplemente prescindible, desde los interminables solos de guitarra y batería, que recrearían fantasías onanistas, los números hiperacelerados que sólo son deudores de la inmediatez del punk, hasta las horripilantes y azucaradas baladas diseñadas para los mares de mecheros en los estadios (mención especial: Aerosmith y los Scorpions).
Está claro que mi pasado pesa. Allá en los primeros ochenta se generó un antagonismo absoluto, algo que no tendría ningún sentido hoy en día. Yo tenía que elegir entre la Human League y Def Leppard, entre Depeche Mode y Motley Crue. Sin una escena delimitada de una manera muy definida eso en Barcelona era elegir o Metropol (impagable club en un pasaje cerca del Passeig de Gràcia) o una cutre-disco en el barrio de Sants que era el templo del heavy. Obviamente elegí los sintetizadores. Escribí varios artículos en la revista del instituto que fueron contestados con virulencia. Kraftwerk vs Iron Maiden, Heaven 17 vs Van Halen. Claro que no escribiría otra vez eso, claro que no hay que descalificar a la gente por las greñas o los tejanos arrapados, asimilo tras tantos años lo malo que es prejuzgar por el aspecto. Pero sigo pensando lo mismo sobre el genero musical, por mucho que haya casos aislados que se hayan esforzado en dignificarlo o en darle cierto aire de rebeldía, o de renovación. Lo digo por esos casos estilo Rage against the machine, Rammstein, Limp Bizkit o la payasada de Slipknot, todos ellos puro ruido cuya única utilidad se limita a estimular la agresividad y mejorar las puntuaciones cuando juegas al Modern Warfare. O si no, por qué se usa esa música en las secuencias de tortura en Homeland?.
En cualquier caso, me parece que tanto los seguidores como los músicos de esta corriente andan detrás de la misma pretensión: la de la intimidación como pose de rebeldía. Dar miedo por ir de negro o por llevar mala pinta o por hacer mucho ruido. Dar miedo como las películas de Viernes 13 o las de Freddy Krueger. En unos tiempos en que la noche de Halloween es noche de risas.
Mucho más miedo, y mucho más ruido, hacían cualquiera de éstos.




1 comentari:

  1. No lo odio (procuro no odiar a nada ni a nadie…procuro), lo mío es más bien indiferencia. No puedo con las voces estridentemente chillonas. Si el heavy desapareciera mañana simplemente no me enteraría. Aun así no soy tan radical como tú. Entiendo que cuando una corriente musical (y lo extiendo a cantantes o grupos) perdura y atrae masas, el equivocado debo ser yo.

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