dijous, 9 de febrer de 2012

EL PRECIO DE LA CARNE

Las autoridades de Barcelona, andan sumamente preocupadas ante el anuncio de una huelga del transporte público (colectivo, amigos del cono sur) que se ha convocado desde el 26 de febrero al 1 de marzo. Porque esas fechas coinciden con el World Mobile Congress que se celebrará aquí. No les preocupan los trabajadores que estén colgados para llegar a sus ocupaciones, ni los jubilados cuyo único entretenimiento consiste en dormitar recorriendo la ciudad en líneas de autobús elegidas al azar. Tampoco les preocupan las reivindicaciones que incitan a los trabajadores de la empresa de transporte público a tomar tan tajante decisión (en España existe el derecho a la huelga, pero el trabajador no percibe sueldo ni cotiza a la seguridad social los días que ejerce dicho derecho). Les preocupa que 60.000 ejecutivos de empresas de comunicaciones de todo el mundo se lleven una mala impresión de nuestra ciudad, no tanto porque 60.000 ejecutivos vayan a usarlos para desplazarse (los ejecutivos, en su mayoría usan los taxis, cuyos conductores, no por casualidad, saben los mejores night-clubs donde pueden acudir por la noche a descansar), sino porque las huelgas generales delatan inseguridad, inestabilidad social, y ya se sabe que negocios y capital buscan reposo y estabilidad (la encuentran, p.e. en las Islas Caimán). Prefieren seguir disimulando, haciendo ver que Barcelona es una ciudad idílica donde todo el mundo está la mar de contento, donde quien se sienta a las once de la mañana de un lunes frente al mar lo hace por puro placer.
Yo hace doce años que pago cuotas de un sindicato. La palabra afiliado no me gusta. Revela una relación familiar que no tiene sentido. La palabra pertenecer, aún menos. Pago las cuotas, tengo mis derechos, dejémoslo ahí. Hay una campaña generalizada que asocia la imagen de los grandes líderes sindicales españoles a la de los políticos. Que les acusa de ser prácticamente diferentes caras de la misma moneda. Cosas que pasan cuando los líderes sindicales se ponen corbata para reunirse con los empresarios y, como colofón, sonríen mientras se dan la mano en las fotos. Esa sonrisa hiela muchas otras. Qué habrá firmado éste. Por eso al intercalar esa foto he elegido alinear a la derecha.
Yo diría que la gente no espera apretones de mano entre sindicalistas y empresarios. La gente cree que un sindicalista debe ser, incluso a riesgo de su integridad física, un soldado en primera línea que representa al proletariado frente al turbio interés empresarial. Alguien que no bajará un ápice en sus reivindicaciones, que no cederá en los aspectos básicos, que no admitirá más razones que las de los trabajadores a los que representa. Que no compartirá mesa y mantel con el adversario. Que acudirá a las reuniones con jerseys ásperos y baratos, y mostrará manos con dedos gruesos, que revelarán que, no hace tanto, sudaba y se esforzaba para ganarse la vida. Cuya integridad será granítica y no parpadeará ante tentaciones, materiales o físicas. Que volverá a su casa en un barrio obrero y se acostará con la conciencia tranquila. Aunque horas antes haya hecho que ciertos muros se vengan abajo.
Creo que no deberíamos ni acordarnos de los nombres de los grandes dirigentes de los sindicatos. Que, por higiene, habría que cambiarlos cada cuatro o cinco años, como a los auditores. No hay que coger confianza con los antagonistas, que la confianza lleva a la empatía. Que el empresario vaya a la reunión en limusina, que el sindicalista no aceptará ni que le envíen un coche a recogerlo a casa. Que se empieza por ahí y se acaba diciendo que sí a aquello de que todos tenemos un precio. Cosa que siempre le trae a la cabeza cierta película con Robert Redford y Demi Moore, horrorosa e ingenua película pero de la que te acuerdas. Ipso facto se acuerda del método de cálculo de ciertas indemnizaciones: no te pagan lo mismo si te amputan el dedo meñique de la mano izquierda que el pulgar de la derecha.
Piensa en precios de personas y olvida el precio del pan.


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