divendres, 30 de setembre de 2011

SEXO EN GRUPO

Llevaba muchos días sentándose ante la pantalla, con las manos frente al teclado y los dedos arqueados, apuntando aleatoriamente a teclas. Esperaba, ya que había leído que la primera frase tiraba de las otras, que también la primera palabra tirase de las otras y así surgiera la primera frase. Pero no tardó en descubrir que esa imagen, como otras imágenes bonitas e idílicas, no era más que una utopía. Que la primera palabra era tantas veces un mero monosílabo, y un monosílabo muchas veces no tiene fuerza por sí solo para tirar de nada (quizás excluyendo el sí y el no). Que eso no quería establecer nada tan absurdo como una proporcionalidad entre la longitud de las palabras y su fuerza expresiva. Que monocotiledónea no decía nada y los poetas cursis (pues ya tenía muy claro que había poetas que no eran cursis) decían que las cuatro letras de amor resumían el universo (pensaba entonces que todo lo que eso no los explicasen lo completaban las otras palabras de cuatro letras sexo, odio, arte, y dios). Hubiera quitado lo de dios, pero recordaba un reportaje donde alguien se definía como deísta porque adoraba a todos los dioses. Pues vaya ventaja, la gracia no estaría en decidirse por uno o por otro y apostar por el verdadero. 
También había una palabra de siete letras, demonio, recordaba una frase que servía de título a un disco de Diamanda Galás: You must be certain of the devil. Que estaba en la página 75 de El mundo de los prodigios, y poco antes había dejado atrás el párrafo donde se insiste, y se recuerda, que el mundo de hoy ha banalizado y ha menospreciado la capacidad del mal de expandirse y franquear fronteras, abriendo sucursales por doquier. No hace falta creer en religión alguna para saber que la maldad sí es un ente deforme que se abre paso sin tener cuidado alguno de donde pisa.

Cuando leía sobre el mal, sobre todo si ese mal se definía en su pureza, siempre recordaba a Carlos Wieder en Estrella distante.

El caso es que esos momentos ante el teclado se prolongaban demasiado últimamente, cosa que sin llegar a preocuparle sí le inquietaba, pues sabía (añoraba) de la época en que aquello era un torrente, en que había que parar, que la gente se quejaba, entre tanta frase y tanto paréntesis. Tanta subordinada. Tanta y que enlazaba vagones y vagones cargados de ideas e imágenes. De canciones y películas y capítulos enteros de series, o meros momentos de capítulos, meros fotogramas congelados delante de una expresión de un personaje, esa mirada que paralizaba el mundo y daba sentido a 80 horas de una serie. El mismo momento de Guardiola en su cuarto en los bajos del Camp Nou, pero ahí, en una pantalla. Podía ser Tony Soprano, o Vincent Chase o el mismo McNulty, en este último caso podría ser hasta una mirada perdida en medio de una descomunal melopea. Podía una mirada dar sentido a una serie igual que una palabra podía dar sentido a un libro entero, hasta a una trilogía.

Cuando leo La ciudad de los prodigios, descomunal tomo de cierre de la trilogía de Deptford, me es imposible no pensar, casi a cada párrafo, como un escritor puede abarcar, sin reflejar para nada exceso de ambición o pretensiones de erudición, tantos aspectos de la vida, de la historia. Devolver ese libro va a ser realmente una experiencia traumática para mí, pues, a estas alturas, he descubierto que Robertson Davies es un autor absolutamente imprescindible, aunque su lectura sea todo lo contrario a la ligereza, también disfrutable de, por ejemplo, Fernando Vallejo. Cada párrafo es para mí un acercamiento al final de un viaje, pero a la vez un alejamiento de ese insustituible placer que supone el descubrimiento de la genialidad. Jodido, seguro que esa imagen la he empleado ya demasiadas veces. Releo post tras post y muchas veces pienso esto ya lo dije, esto ya lo comenté, empleando las mismas palabras o muy parecidas, no jodamos, se agotan los recursos, es como el pelo que cae de la cabeza y no vuelve a salir, es la alopecia creativa, ladrón, me digo.

Una mano se posa en mi hombro y me dice que buscar los motivos es una estupidez. Me giro, y no hay nadie.





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