dijous, 4 d’agost de 2011

LA DISOLUCION DE LAS FRONTERAS - PARTE 1

Debido a su extenso contenido, y a que algunas de mis notas requerirán cierto tipo de edición, ésta entrevista será publicada en varias partes a lo largo de estos días. Preferentemente de manera consecutiva, pero no con seguridad.

Después de leer, en muy breve lapso, los tres libros que le han encumbrado como escritor de prestigio, a la par que vendedor de cifras sustanciales, decido, movido a terceras partes por la curiosidad, la cercanía física, (Girona está apenas a una hora de coche) y el beneficio temporal de su presencia entre los vivos (ya que Bolaño y Kapuscinski se me han escapado y no quiero otro caso), mover todos los hilos posibles para entrevistar a Javier Cercas.
Es mi segunda entrevista, tras la que le hice al finlandés en la acampada de Barcelona. No es la mejor de las cartas de presentación, pero no hay motivo por el cual revelarlo, así que activo contactos en Girona, que no me faltan, ni entre la población de a pie ni entre cierta minoría influyente de la comunidad educativa y literaria. A pesar de estar en agosto, contar con el blog representa una buena presentación, pues personas que conocen a Cercas detectan ciertos gustos comunes, cierta filosofía vital compartida, tenuemente más en lo musical que en lo literario, aspecto que me contraría un poco: pretendo hablar más de lo segundo (de lo primero acabaremos no hablando). Pero cualquier puerta de acceso, aunque sea trasera y escorada, y esté escondida, es válida.
Me encuentro con Cercas a última hora de la tarde del miércoles: es un agosto que empieza a ser julio por fín, y Girona, una ciudad que a esa hora empieza a pedir, barrios y calles al unísono, un descanso a una jornada con un sol de justicia. Andamos descuidadamente desde el puente en que nos hemos encontrado, dejando el cauce del río a nuestra izquierda. Antes de aventurarnos por una de las cuestas del Call, pues no queremos exponernos a mayor sudoración de la educadamente necesaria, acabamos sentados en una heladería que hace esquina, en cuya terraza hay una tímida pero alentadora sombra. Hay que añadir que, en un extraño ritual de amabilidad y maneras, ambos nos hemos presentado con pantalón largo, camisa de manga larga (que él lleva arremangada pero yo cubro con una chaqueta que pensaba que me iba a parecer más ligera). Comentamos acerca de esta circunstancia, cosa que crea un cierto aire de complicidad. Vamos bién. La heladería parece pertenecer a una familia que la regenta hace pocos días. No demasiado duchos en la cuestión de servir helados, pues reconocen no haber probado todos los que ofrecen en la carta, optamos por la comodidad estacional de la cerveza con limonada.

F.B. : He leído tres de sus libros en el curso de apenas unas semanas. El orden de la lectura ha sido el inverso al de su edición.  ¿Me recomendaría que siga hacia atrás y acceda a sus tres novelas anteriores?. 

J.C. : Ningún escritor va a recomendarle a nadie que lea sus libros, ni dejará de hacerlo. Lo único que puedo decirle es que le va a ser difícil encontrar esos textos, pues mi editorial lanzó ediciones cortas. Fueron reeditados con el éxito de Soldados de Salamina ,  pero no suscitaron el mismo interés, y me temo que esas segundas ediciones de mi obra anterior han acabado agotándose también. Le diría que haga algún esfuerzo por encontrarlos y que confío en que le merecerá la pena.

F.B. : Debo reconocer que no sigo sus colaboraciones en prensa. No leo El país con excesiva frecuencia pues opto por leer prensa editada en Barcelona. ¿Piensa publicar algún tipo de recopilación de este tipo de trabajos, aunque se trate de una manera de cubrir los vacíos temporales entre sus obras "mayores"?.

J.C. : Se trata de que, si yo mismo hago una selección de los que me pueden parecerme mejores de esos artículos, acabo transmitiendo un mensaje con el que no me siento cómodo. Yo mismo decido que mis textos cumplen o no cierto criterio que, a lo mejor, no es siempre el mismo. Creo que esta decisión la dejaré en manos de mi editor, tanto la de llevarlo a cabo o no como el momento en que crea que debe o no hacerlo. Me molesta un poco cuando veo que esto se hace con la obra de escritores fallecidos, es una especie de método empresarial consistente en ir sirviendo entremeses, platos y postres de los autores. Dudo que llegado el momento sea muy útil, en todo caso. Quizás para saciar a la gente que no tiene bastante con la ficción.


Entonces yo pienso en Philip Roth.


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