dissabte, 23 d’octubre de 2010

BJORK EN EL LOMO DE UN LIBRO

Antes de la Europa unida, allá por los finales de los 80, ser islandés venía a sonarnos como ser de Bután ( que quien quiera busque dónde está Butan, pero ya os digo que no es famoso por su gas ... perdón por este gratuito chascarrillo ). Sobre esa época, en uno de esos decadentes y desaparecidos programas musicales de los sábados por la tarde, donde los grupos de lo más variopinto salían promocionando sus discos mediante bastante patéticos playbacks, ví a los Sugarcubes cantando "Deus". De Islandia - mal traducida pues en inglés sería Iceland - tierra del hielo -, unos cuantos tíos con pinta de sonados ( qué otra pinta pueden tener : país volcánico, isla a un porrón de kilómetros, poca vegetación y un frío que arronsa la tita ), y al frente Björk Gudmunsdöttir, con su graciosa pinta de elfo semi-esquimal y esa voz que generó la clásica división de opiniones fascinante/inaguantable. No hay punto medio.
Como era de esperar con un signo distintivo tan notable, Björk no tardó en lanzarse a una carrera en solitario. Con el exotismo de su orígen por bandera, más el incondicional apoyo que cierta high class de la música british ( Nellee Hooper, Marius de Vries ) se prestó a brindarle como su preferida . Sus primeros cuatro discos fueron sucesivas secuencias de un muy merecido crescendo creativo : Debut, Post, Homogenic, Vespertine. Todo lo que tocaba se convertía en oro. Era una musa absoluta y una especie de star-system alternativa, pues en esa época ( sobre el año 99-00 ) incluso se la veía sexy, a la manera casi esquimal de ser sexy. Puso de moda muchas cosas, cierto estilo capilar, cierto gusto por los jerseys de-construídos. Todo el mundo buscaba su sombra. Creo que llegó a tocar en el Palau. Por esa época, 93-94 en adelante (cuando salió Debut ) yo empezaba a estar un poco decepcionado del declive que los Pet Shop Boys empezaban a trazar, así que Björk me gustaba, y mucho. La ví en un concierto cuando el Razzmatazz era aún el Zeleste. La teloneaba Goldie, su por entonces novio. Los dos conciertos fueron extraordinarios. Editó la banda sonora Selmasongs de una película que protagonizó, llamada Dancer in the dark, dirigida por Lars Von Trier ( no la recomiendo mucho : es la película oficialmente llorona de Lars Von Trier, prefiero, y con mucho, Dogville, la película oficialmente hijaputa  de Lars Von Trier ). El mundo estaba a los pies de Björk : salió desfilando en Pret a Porter de Robert Altman. Era el must y tenía un merecido y compensado equilibrio de aclamación crítica y razonable nivel de ventas. Buena y famosa : como una Madonna que no te importaba reconocer que te gustaba. La fría reina del Cool.
De repente, a principios de milenio, va y graba dos discos de esos que no sabes por dónde agarrarlos. Médulla, sin instrumentos, sólo con voces, con una especie de grupos dedicados a hacer ruiditos con la boca imitando tambores, percusiones. Primera desbarrada, está claro que ya está lo suficientemente forrada y no le hace falta vender cantidades de 7 cifras. Pero claro, eso no hay quien lo aguante. Su voz es importante, pero a palo seco, difícil de digerir. Luego una banda sonora, debo confesar que ni siquiera me apetece entrar en Wikipedia a mirar el nombre, que supongo que mi inconsciente ha hecho que olvide : ruidos de ballenas, instrumentos japoneses puestos para epatar ( o sea, sin ninguna gracia y con muchas pretenciones ), gorgoritos sin sentido. No, no y no. Creo que está bién que el artista disponga de libertad creativa y la administre a su antojo. Pero ( igual que dije de la técnica ) la creatividad no tiene por qué llevar aparejado el talento. Aún así, no está nada mal :  no cualquiera puede alardear de las cuatro obras maestras que son sus cuatro primeros discos. Ahora, la pobre, parece que sólo sirva para que las revistorras cutres estilo Cuore y QMD se rían de las espantosas pintas que se gasta para acudir a determinados eventos. Parece una especie de mezcla entre la gallina Caponata y una Agatha Ruiz de la Prada que se ha metido dos ácidos.

Paseando por la encantadora librería Bertrand, de dónde debo confesar que me ha sido imposible salir sin pasar por caja y llevarme algo, me fijé en un libro con un título algo así como 1001 discos que hay que escuchar antes de morir. En el lomo, en un tamaño considerable pues es un libro rollizo, figura la foto de un disco de Björk,  no consigo recordar cual pero obviamente uno de los cuatro primeros.  Me resulta chocante. Libros como ése acostumbrarían a usar, no sé, a U2, a Coldplay, puede que a Radiohead, pues usar a los Beatles o los Stones o Dylan les daría un aire añejo poco recomendable comercialmente. Pero Björk, esa elección, resulta muy curiosa. Ahí la tenéis, a una altura a la que nunca más volverá.


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