diumenge, 6 d’abril de 2014

REFLEXIONES FRENTE A UN BOCADILLO

No debo ser el único que otorga cierta credibilidad a esa teoría manonegrista que asigna a los conflictos bélicos a gran escala propiedades reguladoras de los excedentes de población y que, por tanto, considera que son oportunamente provocados por fuerzas telúricas, por manos negras hábilmente guiadas por lobbies de los que suelen formar parte industria militar o empresas de seguridad. En cualquier caso, si hubiera que establecer un momento y un lugar que se nos antojan propicios para que un proceso así se desencadene, estos últimos días en Crimea puede, pronto es para decirlo, que tengan presencia en el recuerdo de la historia como el atentado de Sarajevo o la invasión de Polonia.
Encima, la cuestión da de lleno en dos puntos candentes: el derecho de las comunidades a determinar su futuro y el intento de Rusia de reverdecer viejos laureles y erigirse de nuevo en algo parecido a un bloque. Algo que me genera dudas. No por otra cosa que mi convencimiento de que Putin ya no tiene nada que ver con Lenin. Salvo, quizás, cierto insano concepto megalómano del patriotismo.
El hecho es que estas cosas me han pillado en plena lectura de un magnífico ensayo titulado Chavs, la demonización de la clase obrera, 350 páginas escritas por un joven periodista británico llamado Owen Jones, que en la solapa del libro es definido también como activista y que constituyen una auténtica bomba cargada de metralla de la que remueve conciencias. Con insistencia, claro, con contundencia, por supuesto, con eficacia. Vaya, en medio de tanto pasivista, agradecido es cualquier ensayo que incida en temas que solemos eludir, pues nos generan cierta incomodidad que no acabamos de justificar.
Chav es como se llama en Inglaterra lo que aquí llamamos cani o choni. Agradeceré a los lectores de otros lugares del globo que me apoyen con sus apelativos autóctonos. Se trata de individuos de clase trabajadora, con nulo o escaso acceso a educación o cultura (producto de un circulo vicioso que se inicia por el elevado coste de ésta, la necesidad de trabajar desde jóvenes para aportar a la economía familiar, y el desinterés como consecuencia de un cúmulo de circunstancias), que, usualmente, como resultado de ello, muestran dificultades de expresión, nula sofisticación, conducta bajo instintos primarios, y un largo etcétera que, ojo, nadie interprete aquí como crítica o menosprecio. Este libro ha calado en mí. Aviso. Y el ensayo de Jones parte del uso de esos términos descalificantes como primer punto de un proceso que culmina con el desprecio de la clase trabajadora en su integridad como parte influyente en la sociedad, su completa exclusión tanto práctica como institucional de cualquiera de los círculos de influencia donde se toman las decisiones. A pesar de ser la base cuantitativa de la sociedad, la clase obrera, definida como aquella cuya subsistencia económica depende exclusivamente del rendimiento obtenido por su trabajo, es ignorada de forma sistemática, cuando no vejada o vilipendiada, siendo objeto de burla desde prácticamente todos los flancos. Lo que Owen Jones razona y argumenta pertenece a casos de la sociedad inglesa, clasista hasta la médula, pero es fácilmente extrapolable a la sociedad actual de las sociedades occidentales, y trágicamente agudizado por la actual situación de profunda crisis sin perspectivas de finalización. Concienciémonos de que vamos a estar siempre así.
Lo que Owen Jones proclama es que la clase dominante, esos políticos educados en caras universidades y aislados en un mundo del cual no hacen nada por sacar incómodamente la nariz, ha conseguido al final anular el orgullo de clase obrera. Ha aplastado ese sentimiento, que fue el detonante de los escasos pero significativos cambios que se han conseguido en los últimos cien años. Nadie quiere ser obrero o proclamar que lo es: nadie siente orgullo de ser reponedor a sueldo mínimo o cajero de un supermercado, de conducir una furgoneta de reparto, de mover cajas en un almacén o de tenderse sobre el suelo aceitoso de un taller mecánico, ni tan siquiera de ser un oficinista básico dedicado primordialmente a llenar pantallas de ordenador con los datos más anodinos posibles. Gracias a la deslocalización, ya ni siquiera hay minas o fábricas de las que salir sucio y sudoroso pero satisfecho de que ese sudor sirva para que la familia subsista o progrese. Jones atribuye esta situación al pernicioso binomio que supusieron en Inglaterra tanto el thatcherismo como la era Blair. Y los chavs son ridiculizados hasta por esa intelectualidad de izquierda que teóricamente debería encargarse de defenderlos. O eso ponía en los papeles, en los manifiestos donde las fuerzas antaño marxistas, pero ahora acomodadas en ese desleído cóctel llamado socialdemocracia, deberían haber asimilado sus creencias y desde los cuales deberían haber desarrollado sus políticas. Todo el mundo la ha cagado.
En Inglaterra, donde un politico, obviamente antes del 2008, proclamó que todos eran clase media, señalar a esos individuos como escoria humana, como carne de cañón, como ciudadanos de segunda clase, se ha convertido en una especie de objetivo, de acoso y derribo, de moda como epítome de lo cool. Aludir a la posibilidad del ascenso de clases como único acceso a la dignificación del individuo: tener aspiraciones siempre de elevar el vuelo y abandonar los orígenes que uno negará, o de los que se arrepentirá toda la vida. Jones habla de páginas web que los ridiculizan, de campañas mediáticas a través de reality-shows televisivos, de periódicos, de actitudes enquistadas que no hacen más que despreciar y socavar la autoridad de una parte que es, y más hoy, numéricamente, la mayoría en cualquier sociedad. Nadie quiere estar en lo más bajo, nadie quiere demostrar pertenencia a un grupo del que todo el mundo se rie, nadie quiere hacer esa ostentación orgullosa que hace años hizo caer algunas torres que parecían no ir a caer nunca. Pocos ensayos tan necesarios para confirmar ciertas creencias.

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