dissabte, 30 de març de 2013

UNOS POCOS SEGUNDOS

Mi hija me ha pedido que escriba algo sobre Glee. Sobre por qué no me gusta Glee, o no me gusta lo suficiente o no me gusta como me gustan series en apariencia tan banales como The big bang theory o Modern family, ambas series de las que procuro no perderme ni un detalle. No es que no sepa qué decirle: es que Glee siempre me ha parecido una especie de escenificación de esos concursos caza-talentos, y mi primera norma no escrita aquí es que el que alaba Operación Triunfo puede ir pasando a recoger el abrigo y largarse. Así de sencillo.
Por otra parte, después del incidente con la foto surgido ayer (Wittgenstein está muy alejado de ser la primera opción contemplada) echo en falta algo, una declaración que hace mucho tiempo que no hago.

Soy un fundamentalista en lo referente a las expresiones artísticas. Lo soy de una manera cruel y errática (si ello no es reiterativo: no hay mayor crueldad que la de ser malvado sin que se pueda saber cuándo vas a serlo), cuestión que me va de maravilla: puedo achacar la incoherencia a los dictados de los caprichos más frívolos.
En este momento, de estar sentado en una mesa con gente a mi alrededor mirando expectante lo que voy a decir, la escena vendría a ser parecida a aquella en Kill Bill 1, cuando O'ren Ishii (Lucy Liu, clara prueba de la existencia de los ángeles) se dirige a sus allegados de la Yakuza.

Mis cinco escritores favoritos hoy mismo son, sin más orden que aquel en que acuden a mi memoria: Roberto Bolaño, David Foster Wallace, Ryszard Kapuscinski, Michel Houellebecq y Jonathan Franzen. Una hipotética decena siguiente sería de una composición más volátil pero contaría, seguro, con la presencia de Truman Capote, William Faulkner y Javier Cercas. 
Suelo valorar las obras y los artistas por la cúspide que han alcanzado: así Radiohead está en los cielos por OK Computer como los Pet Shop Boys lo están por Behaviour, aunque hayan podido hacer obras que me decepcionen. Por poner ejemplos: ¿quien se acuerda de un artista que publica ocho discos seguidos que merecen un 6?. Coño, haz uno que merezca un diez y échate a dormir. El 10 no es sencillo, para nada, pero haz eso y aquí tendrás habitación todas las noches. Por eso sin un disco magnífico a un artista puedo estarle agradecido pero no pasará de eso. Y sí; tanto The XX como Frank Ocean han merecido un 10.
Por eso es absurdo hablar de músicos favoritos. Ni de pintores ni de directores de series o de TV. Te paras delante de un cuadro porque te llama desde su imagen y no delante del siguiente o del anterior. Entonces, Mònica, ya hablaré de Glee un día que tenga una opinión más matizada. Hoy he visto en un capítulo a uno de los protagonistas cantando Heroes de Bowie, con una base instrumental; yo pensaba ¿y la guitarra de Fripp?. Sí, la voz era parecida a la de Bowie, pero yo quería la guitarra de Robert Fripp. Ese riff, ese retorno, ese momento de breves segundos que justifica toda, toda la canción, todo el disco, toda la carrera de Bowie y hasta veinte años de espera desde que los del rock'n'roll básico y ramplón empezaron a dar la tabarra hasta encontrar eso: el momento perfecto, el 10 sublime que persiste hasta el final de los tiempos.


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