dimecres, 20 de març de 2013

LA CUENTA PENDIENTE



Soy el narrador omnisciente. 
Soy una figura retórica de la hostia.
 Habríais de saberlo a estas alturas. 
Soy como el dios que todo lo ve, pero encima con rayos X. 
Veo lo que de verdad piensan los personajes, incluso lo que ocultan a los demás o a sí mismos. 
Oigo hasta lo que no dicen, y lo oigo en las palabras exactas en que uno mantiene su diálogo interior. Sí: las voces de las conciencias de los personajes cantan a coro en cuanto yo me lo propongo. 
No solo eso: 
aunque asisto a todos sus ensayos y conozco sus errores, siempre estoy cuando la representación es la definitiva. 

Los amigos

Amigo 1. Jodido freak. Estaba raro, y decir raro en él es decir muy raro. Últimamente había abandonado ese tipo de bromas tan dado en la gente poco agraciada. Sí, sabes, el rollo de soy un desgraciadico, nadie me hace caso, los trenes a que había de subirme pasaron todos hace años ya, a mí solo me quedan vagones de cola, o trenes de esos que van a Auschwitz. Entonces siempre le echábamos una mirada reprobatoria, estuviera o no Frank con nosotros. Era un tabú que respetábamos. Mira que respetábamos pocas cosas, pero esa sí. A lo que iba: raro de narices, pero que había comprobado que lo único que le funcionaba era eso, distinguirse con esa rareza, con el plan victimista es como había conseguido alguna vez destacar, pues siempre están los Amigos Oficiales de las Víctimas, que no son más gente que se cree que triunfar en algo les pone en un plano superior y eso te de derecho a ayudar hasta a quien no lo pide.

Amigo 2. Empezó a recibir llamadas constantemente, y cuando las recibía había cambiado de actitud: se notaba que no era como cuando le llamaba su madre para saber a qué hora volvía a casa. Se levantaba, nos echaba una mirada como responsabilizada, y salía a hablar a la terraza. No era nada natural: hablaba con el tono y el volumen suficiente para que supiéramos que andaba en algo importante sin llegar a enterarnos exactamente de qué iba el tema. Lo que no imaginaba es que ninguno de nosotros estaba demasiado interesado en sus cosas. Igual deberíamos haberlo hecho: preguntarle qué y cómo y con quién. Seguro que nos habría explicado algo que nos permitiera ayudarle. No sé si hasta el punto de evitar lo qué pasó, pero quizás.

Amigo 4. Ya no le preocupaba ganar o perder jugando al hijoputa. No es que menospreciara el dinero, pero se notaba que su cabeza estaba en otro sitio. Sudaba menos. Siempre se le pegaban las cartas a la mano cuando las giraba. Pero últimamente ya no. Si a otros los nervios les hacen sudar, Jesús había alcanzado ese curioso hito: los nervios por dentro habían secado su sudor.

La familia

Papá. Igual debería haber estado más en casa. El trabajo, oiga. La mujer me lo dijo: no sé en que anda tu hijo. Pero ya era mayor: los jóvenes, ya se sabe, con la crisis esta, están en casa, pero como si no estuvieran.

Mamá. ¿Han hablado con los amigos? Yo sé que no era mucho de explicar las cosas, pero igual alguno sabe. Las amistades esas no eran de hacer daño. ¿Quién no bebe dos o tres cervezas por la noche, con el calor que hace a veces? Por lo demás, claro que me hubiera gustado que tuviera una novia y la trajera a comer los domingos a casa. Porque mi hijo no era un mariquita, eh. A mi hijo siempre le habían gustado las chicas. Tenía películas y revistas de esas guarras. Que ahora no sé que haré con ellas. Me da un no sé qué tirarlas. No sé. Perdone: me va a entrar la llorera otra vez.

El comisario

Ya no me acuerdo si llegué a decirlo. Pero creo que sí se lo dije. Mira que esto es una cosa que me viene como anillo al dedo para otro asunto que tengo. Pero no le dije jamás que me tomaba en serio lo del papel con el que vino, con aquello de las pulseras y los teléfonos. Le expliqué: me va bien que crean que ando en esto, tú solo tienes que ayudar un poquito en que todo resulte creíble. Le expliqué más: estos son unos burócratas de mierda, pero si se piensan que hay algo grande, les puede la emoción, les puede esa ambición inexplicable que tienen los que están metidos en la politica: la de salir a lo grande, levantar los brazos ante una multitud y dejar que suene su nombre como si fueran héroes, aunque fuera por un día.

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