dilluns, 5 de novembre de 2012

EL BAR DE ENFRENTE

Hacía ya rato que había apurado mi café. Yo normalmente lo tomaba con leche, pero encontré una mariconada no tomar un  café corto y solo cuando había quedado con un policía, con todo un comisario sobre cuya leyenda ya había averiguado alguna cosa. Había deslizado la vista sobre todo el periódico, aún siendo consciente de que no había logrado asimilar gran cosa de lo que había leído. Pendiente de la puerta del edificio y pendiente, constantemente, de si mi teléfono estaba correctamente encendido, en zona de buena cobertura, y con el sonido en modo normal. Incluso había pagado el café, había insistido en pagar cuando me lo sirvieron, pues no quería esperar un solo segundo si el comisario me avisaba de que mi presencia era requerida, o me hacía un gesto desde la puerta. Me había puesto mi corbata nueva para dar una buena imagen, para no parecer lo que mis amigos decían tan a menudo: todo un señor pringao.

Me sentí feliz de tal decisión: me permitió despedirme de la camarera y salir rápidamente, cruzando a la carrera la calle, en cuanto le vi salir.

-¿Cómo ha ido?
-Creo que muy bien.
-¿Está seguro?
-Mira, hijo, hoy en día uno no puede estar seguro de nada.(Aunque por dentro pensaba en que de lo que estaba seguro era de que esos cabrones no se conformarían con una sola tentativa para joderlo, y que hubiese dado la pierna derecha por saber qué coño ponían los papeles que asomaban en la carpeta del subdirector general).
-Bien, bien, bien. (Me fijé en que me había llamado hijo y me acabó sonando a que no era la primera vez que lo hacía).
-Espera un momento: déjame subir al despacho a por la bufanda. Hace viento y tengo tendencia a resfriarme si llevo el cuello destapado.
-Le espero otra vez en el bar.
-Qué pollas!. Sube conmigo, sube conmigo que estoy harto de esconderme y de hacer las cosas como si fueran irregulares. Sube con toda normalidad.

En el vestíbulo, el comisario saludó al policía de la entrada con una familiaridad que me indujo a imaginar poderosamente.

-Subo a coger algo para abrigarme.
-Vale
-Joder. ¿Qué le pasa a esta tarjeta?. 

Pasaba su tarjeta ante el sensor que permitía llamar al ascensor fuera de horas de atención al público. El policía de la entrada se quedó mirando a la pantalla de su ordenador y descolgó disimuladamente el teléfono que tenía frente a sí.

-Coño. ¿Qué le pasa a este mierda?

El policía de la entrada colgó sin hacer ruido y se desplazó hacia el sensor. Pasó su tarjeta y el ascensor se abrió.

-Pase con la mía. Ahora me han dicho que se lo arreglarán. Pase.

El comisario me empujó  al interior del ascensor con su mano derecha, mientras su cara se giraba hacia la izquierda y miraba directamente a los ojos del policía de la entrada.

-Debe haberse estropeado. A estas horas aún las reprograman, ¿verdad?.
-Eso creo. 

El policía de la entrada desvió rápidamente la mirada hacia abajo y, algo nervioso, se giró.



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