dilluns, 28 de maig de 2012

LA BUENA VIDA

En un extremo, supongo, estaría algún libro de Ken Follett. Estilo sin complicaciones, vocabulario coloquial, tramas con relaciones y acontecimientos adictivos.
Y el otro lo ocuparía algo de Joyce, o de Proust. Lenguaje al servicio de sí mismo, sin importar lentitud (incluso quietud exasperante), despreciando la frivolidad de la acción como un fin en sí misma.
En medio, demasiadas cosas. Pues el otro día le recriminaba a Franzen (que es literatura) que fuera poco aguerrido al hablar de sí mismo. Que mantuviese el buen estilo pero que cojease ligeramente en la trama. ¿Cuánto devorador (a punto, de escribirlo, con "b" y "h" ) yace en nuestro interior, complicando la vida con su prisa y su urgencia al degustador, que paladearía hasta que anocheciera, ya no una frase, sino una palabra o un silencio?. Porque no sé donde situar un magnífico libro como es Cineclub. Para empezar, delimitándolo como libro en vez de llamarle obra o novela, o repaso a la historia del cine con el pretexto de un curioso pacto educativo. No le llamaría manual de autoayuda repleto de consejos involuntarios para el trato con los adolescentes problemáticos, básicamente porque, por principios (que integrarán un decálogo que quizás un día publique), debo sacudirle fuerte a los libros de autoayuda, quizás no tan fuerte como debería darle a manuales de management que se visten de libros de autoayuda (los detestables Quién se ha llevado mi queso y similares, que vienen a decirte que sólo el que tú seas estúpido es el motivo real de que no seas millonario), pero estoy ahí; dale que te pego; si quieres ayuda, acude a un psicólogo, que te vea y te conozca antes de plantearse ayudarte. Así conocerás a alguien de carne y hueso. Qué sabe el autor del libro de autoayuda del complicado panorama de cada uno de sus lectores. Mucho rostro.
Qué lejos me  voy a veces con cualquier pretexto.
Pero es que me desconcertaba tener tantas ganas de seguir leyendo este libro cuando lo hacía. A la vez, tener tantas ganas de ver los montones de películas que menciona, de ir justo a las escenas que describe, de detener el reproductor justo en la imagen que detalla. De analizar la mano de Brando que coge el guante, el gesto de Dean, o la mirada del niño al acabar Les 400 coups.
Cuando, con sorna, insisto muy a menudo aquí sobre como las series han desbancado al cine en riqueza narrativa.
Así que Cineclub es una maravilla, pero no sé si lo debería decir así, soltándolo, tan ricamente, y sin justificar con un análisis de algún calado, que me hace definirlo así. El que lleve incrustado el diario de un fan hardcore del cine de todas las épocas. El tipo (como uno que conocí) que vuelve a casa cada día y rellena una ficha técnica con los datos de las cinco o seis películas que ha visto. Pero no con actores y directores; con directores de fotografía y especificaciones de iluminación. Sí, esa podría ser una razón. El que, sin que me quede claro si es ficción o es real, el autor relate entusiasta esa inusual convivencia en casa: la del padre esperando una nueva oportunidad profesional junto al hijo que convierte su desencanto adolescente en dudas sobre su futuro. En dudas sobre la gestión de sus relaciones sentimentales.
La cuestión básica (o sea, la que se puede leer en la contraportada del libro o en cualquiera de esas webs que parecen ser de reseñas pero son de pura promoción encubierta): un padre, periodista de carrera discontinua en diversos medios, acepta que su hijo de 16 años deje el instituto con una serie de condiciones. Nada de drogas, y ver juntos un número de películas semanal.
El mensaje de fondo: que el arte es a veces la mejor de las alegorías para representar la vida, pues el arte lo hacen los vivos, en solitario o colaborando. Que una colección de películas (añado yo:  o de discos o de libros) define a su propietario, a veces más que diez tomos de autobiografía y confesiones a la luz de una vela. Un libro (repito: libro) optimista, fresco, didáctico sin pretenderlo abiertamente (aunque estoy seguro de que su autor confeccionó una lista detallada de las películas con algún mérito, por bizarro que fuese, para su inclusión). Otra demostración más de que la letra escrita genera placeres diversos. Con un uso comedido de la baza emocional. No solo el solaz en el absurdo, no solo la sorpresa ante la naturaleza humana, no solo la pulsión nostálgica del romanticismo, el viaje o la aventura. 
David Gilmour (que no es el de Pink Floyd) ha escrito algunas novelas más. No sé si debo sentir curiosidad por ellas. Me da la impresión (sería propio de un profesional indagarlo) de que éste es un libro único en su obra, y temo que los demás puedan parecerme los de un Nick Hornby en horas bajas. 

4 comentaris:

  1. Ya me estaba emocionando (y sorprendiendo) que Gilmour el de Pink Floyd, hubiera escrito un libro. Pensé, este tipo no puede ser tan genio! Pero no era él.

    Del libro, decir que parece bueno, sobre todo por la educación poco convencional y por las películas que deben ver. Seguro hay muchas para mirar. Sería interesantísimo leerlo.

    Salú

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    1. No sé como será de sencillo de encontrar. En todo caso, como éste me lo compré, puedo hacerte una relación de las películas que va mencionando, aunque sea de pasada. Que son como unas cien, de todos tipos. Incluso obliga al hijo a ver malas películas.

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  2. m'has estalviat cercar.
    Si es troba fàcil, aquesta setmana cau.
    Ja posats. Si em dius quant ($) i on, hi aniré de cap.
    Es d'aquells que sempre tinc pendent però que mai recordo al moment de comprar.
    Gràcies!

    6Q

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    1. L'he enviat un email al Gustau

      cerclesllibreria@gmail.com

      te algun stock de llibre nou de tant en tant

      Ell me'l va aconseguir.

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